Publicaste. Nadie vio ¿Y ahora qué? (Te doy soluciones)

Hoy hablaré sobre la tiranía del algoritmo (o cómo el sistema nos tiene bailando mientras nuestras novelas acumulan polvo).

Hay un gato generado con IA que tiene más alcance que cualquier cosa que yo haya escrito en los últimos seis meses.

Tómate un momento para digerir eso.

Un gato. Con IA. Sin existir. Con más visibilidad que yo, que llevo catorce años publicando, escribiendo, creando, construyendo algo que (permíteme la osadía) requiere cerebro, corazón y unas cuantas noches de insomnio. Pero aquí estamos, en 2024, donde el algoritmo decidió que los fideos molestos hirviendo en agua caliente son más relevantes para el mundo que cualquier historia que yo tenga para contarte.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que sé exactamente por qué pasa y, de todas formas, me sigue doliendo.

Hubo un tiempo (y no estoy hablando de prehistoria digital) en que abrías tu red social favorita y veías lo que querías ver. Las personas a las que seguías. Los libros que te importaban. Las recomendaciones de autores que admirabas. Tu feed era tuyo.

Ahora es de ellos.

Ahora es un collage esquizofrénico de contenido que nadie pidió, interrumpido cada tres publicaciones por un anuncio, salpicado de videos de desconocidos que el sistema decidió que «te podrían gustar», y coronado (siempre coronado) por algún escritor desesperado publicando su milésima historia de éxito mientras tú llevas tres semanas viendo caer tus métricas como si fueran piedras en el mar.

El algoritmo no es neutro. Nunca lo fue. Es un sistema diseñado para mantenerte dentro de la plataforma el mayor tiempo posible, y resulta que los gatos y los fideos enojados son infinitamente más adictivos que una recomendación de novela. No es culpa de los gatos. No es culpa de los fideos. Pero tampoco es culpa nuestra.

El problema es que nos están cobrando el precio de esa decisión a nosotros.

En algún momento alguien en una sala de reuniones decidió que los escritores de ficción también debíamos ser:

Videógrafos. Diseñadores gráficos. Guionistas de Reels. Expertos en tendencias de audio. Especialistas en carruseles. Gestores de comunidad. Analistas de métricas. Y, si tienes energía sobrante para las tres de la mañana, escritores.

Porque no basta con escribir bien. Hay que hacer el video. Y el carrusel. Y el hilo de Twitter —perdón, de X. Y el Reel con el audio de moda. Y la historia con cuenta regresiva. Y la publicación estática con tipografía bonita. Y el podcast. Y el live. Y la newsletter.

¿Y sabes lo más irónico? Que muchos lo hacemos bien. Porque somos creativos, porque tenemos historias que contar en cualquier formato, porque adaptamos. Hacemos el carrusel y queda bien. Grabamos el video y resulta que tenemos presencia. Escribimos el hilo y la gente lo guarda.

Y luego lo publica el algoritmo frente a cincuenta personas.

Cincuenta. Con suerte.

Cuatro horas de trabajo. Cincuenta personas. Y tres de ellas son bots.

El tiempo que gasté editando ese video era tiempo que podría haber usado para escribir el capítulo que lleva semanas esperándome. Pero el sistema nos tiene convencidos de que si no publicamos, no existimos, y si no existimos, no vendemos, y si no vendemos… bueno, ya conoces la espiral.

Verificar métricas se convirtió en una forma de autolesión disfrazada de estrategia de negocio.

Abres el panel. Ves los números. Los números son bajos. Te preguntas qué hiciste mal. Revisas el contenido. El contenido está bien. Pero el alcance orgánico cayó un 40% esta semana porque la plataforma actualizó su algoritmo y ahora favorece otro formato que aún no dominas. Decides aprender ese formato. Te pasas dos días aprendiendo. Públicas… Alcance del 12%. Abres el panel. Ves los números.

Y así hasta el infinito, o hasta que decidas dejar de publicar, lo que también tiene consecuencias porque el algoritmo premia la constancia y castiga el silencio como si fuera una falta disciplinaria.

Lo que nadie dice en voz alta, porque suena a derrota, es que hay escritores brillantes, con historias extraordinarias, que dejaron de escribir porque el ciclo de publicar-esperar-decepcionarse-publicar de nuevo los agotó más que cualquier bloqueo creativo.

Y el sistema, mientras tanto, sigue girando. Impávido. Indiferente. Mostrándote el próximo gato.

Podría hablar del algoritmo durante horas. Pero hay algo que me parece más urgente decir:

Si ves el trabajo de otro escritor y no le das like, no lo compartes, no le escribes un comentario, eso también es parte del problema.

Lo sé. Suena duro. Pero es verdad.

Nos quejamos de que nadie apoya nuestro contenido mientras nosotros mismos scrolleamos el de los demás sin detenernos. El apoyo entre escritores no es caridad ni obligación, pero sí es lógica básica: si queremos que el algoritmo favorezca el contenido literario, necesitamos generar las señales que le digan que ese contenido importa. Y esas señales son las interacciones.

Un like tarda dos segundos. Un comentario de diez palabras puede cambiarle el día a alguien que lleva tres semanas preguntándose si tiene sentido seguir.

Esto no es un sermón. Es un recordatorio de que el problema del algoritmo también tiene una dimensión que sí está en nuestras manos.

El sistema espera que produzcamos en un estado de agotamiento creativo crónico, que seamos constantes sin importar cómo nos sentimos, que generemos contenido de valor mientras lidiamos con la decepción de que nadie lo ve, y que escribamos obras maestras en el tiempo que nos sobra después de todo lo anterior.

Y encima, que no nos quejemos, porque «si de verdad amas escribir, escribes por amor al arte, no por dinero.»

Eso es, con todo el respeto que me queda, una trampa.

Amar lo que haces no significa que no puedas querer vivir de ello. Son cosas completamente distintas. El fontanero que ama su trabajo también cobra. El médico que eligió su profesión por vocación también tiene hipoteca. Querer monetizar tu escritura no la hace menos auténtica ni a ti menos artista. Solo te hace alguien con sentido común.

El problema es que el sistema convirtió esa aspiración legítima en una debilidad que explotar. Te dice que si no produces contenido, no vendes. Que si no vendes, no eres profesional. Que si no eres profesional, no mereces tomarte en serio. Y todo eso mientras se queda con el 30% de cada venta y te ofrece, a cambio, un algoritmo que decidió que hoy no te toca.

No voy a decirte que esto tiene solución fácil, porque no la tiene. Pero sí hay cosas concretas que puedes hacer para recuperar algo de control sobre todo esto.

Puedes adaptarte. Puedes aprender los formatos. Puedes publicar con constancia. Pero si tu estrategia depende únicamente de que el algoritmo orgánico te muestre, estás construyendo sobre arena. El alcance orgánico lleva años en caída libre y la tendencia no va a invertirse.

Lo que sí puedes construir es algo que el algoritmo no puede quitarte: una lista de correo.

Suena anticuado. No lo es. Las personas que se suscriben a tu newsletter eligieron estar ahí. Nadie le pregunta al algoritmo si te muestra. Es comunicación directa, sin intermediarios, y es tuya. Empieza a construirla hoy, aunque empieces con veinte personas.

Esto va a sonar contraintuitivo después de todo lo que acabo de decir, pero escúchame: el contenido en redes puede traerte visibilidad, pero los libros son lo que construye carrera a largo plazo. Si tienes que elegir entre tres horas escribiendo tu novela o tres horas haciendo Reels, elige la novela. Siempre. El Reel caduca en 48 horas. El libro dura.

El agotamiento del escritor-creador de contenido viene en gran parte de intentar estar en todas partes. No puedes. Nadie puede. Elige la plataforma donde está tu lector, aprende a usarla bien, y suelta el resto sin culpa.

Si tienes un libro publicado y quieres que llegue a más personas, los anuncios (cuando están bien hechos) hacen lo que el algoritmo orgánico ya no hace: te muestran a quienes realmente podrían estar interesados. No es rendirse. Es entender las reglas del juego y jugar en consecuencia.

El algoritmo va a cambiar mañana. Y pasado. Y el mes que viene. Va a seguir favoreciendo lo que genere más tiempo de pantalla, sea lo que sea. No puedes escribir en función de eso y conservar la cabeza intacta.

Escribe tus historias. Las que te quitan el sueño. Las que te importan. Las que necesitas contar. Haz el trabajo de marketing con estrategia y cabeza fría, pero que tu escritura nunca dependa de si el algoritmo tuvo un buen día.

Todo lo que sentiste leyendo esto (el reconocimiento, el cansancio, quizás un poco de rabia) es válido. No estás siendo dramático. No estás exagerando. El sistema es genuinamente injusto con los creadores de contenido intelectual, y pretender que no lo es porque «eso es el mercado» es una forma muy elegante de decirte que te aguantes.

Pero quejarse sin actuar es solo ventilación. Y si hay algo que no podemos permitirnos los escritores, es quedarnos atascados en el desánimo cuando tenemos historias que terminar.

El gato de IA puede quedarse con su alcance.

Nosotros nos quedamos con las palabras.

¿Y tú qué piensas al respecto? Te leeo en los comentarios.

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