Título: El Matarife de la Granja
Autora: Kassfinol
Todos los derechos reservados
Género: Terror psicológico – Postapocalíptico – Horror Moral
La sangre en el delantal ya no me molesta. Tres años desde que todo se fue a la mierda y mis manos dejaron de temblar hace mucho. El trabajo es el trabajo, siempre lo fue. Antes en la carnicería del pueblo, ahora aquí. La carne es carne.
—Papá, hay alguien en la cerca —grita Clara desde la ventana del segundo piso.
Dejo el cuchillo sobre la mesa de trabajo y me limpio las manos en el trapo. Otro más. Van cuatro este mes. La cosecha ha sido buena.
—¿Cuántos? —pregunto subiendo las escaleras.
—Uno solo. Parece joven.
Me asomo por la ventana. Un tipo flaco, veintitantos quizá, se apoya contra la cerca de madera. Lleva una mochila raída y cojea de la pierna derecha. Perfecto. Los cojos no corren.
—¿Está mordido? —Clara entrecierra los ojos.
—Todavía no se le ve la fiebre. Pero dale unas horas.
Mi hija no responde. Tiene dieciséis años y todavía le cuesta entender que la compasión es un lujo que no podemos pagar. Su hermano menor, Tomás, lo entiende mejor. O tal vez solo dejó de preguntar.
Bajo y abro la puerta principal. El tipo levanta la cabeza cuando me acerco. Tiene los ojos hundidos, la piel grisácea. Deshidratación severa.
—Por favor —su voz es un graznido—. Solo necesito agua. Y un lugar para… para descansar una noche.
—¿Estás solo?
Asiente. Mentira, probablemente. Siempre mienten al principio.
—¿Mordido?
—No. Solo… me torcí el tobillo. Hace tres días. No he comido desde entonces.
Le doy un vistazo completo. Sin armas visibles. Las costillas se le marcan bajo la camiseta sucia. Este no va a dar problemas.
—Está bien. Puedes pasar. Pero hay reglas.
Sus ojos se iluminan con algo que casi había olvidado: esperanza. Pobre imbécil.
Lo conduzco adentro. Clara está en la cocina, removiendo el guiso de la cena. Carne de cerdo, papas, zanahorias. Los cerdos están gordos este año. Bien alimentados.
—Él es… —me doy cuenta de que no le pregunté el nombre.
—Mateo —dice el tipo, prácticamente arrastrándose hasta una silla—. Dios, gracias. Gracias de verdad. Pensé que… pensé que no iba a encontrar nada.
Clara le sirve un vaso de agua. Él lo bebe como si fuera lo último que va a tomar. Técnicamente, no está equivocado.
—Despacio —le advierto—. O lo vas a vomitar todo.
Mateo asiente, reduciendo la velocidad. Sus ojos se pasean por la cocina, por las alacenas llenas, las cuerdas de cebolla colgando del techo, el pan fresco sobre la mesa. Este lugar es una puta anomalía en medio del infierno y él lo sabe.
—¿Cómo lo hacen? —pregunta—. ¿Cómo mantienen todo esto… funcionando?
—Trabajo duro. Planificación. —Me siento frente a él—. Y sacrificio.
No capta el doble sentido. Nunca lo hacen.
Clara le sirve un plato de guiso. Mateo lo devora sin preguntar qué tipo de carne es. Mejor así. Las preguntas son incómodas.
—Puedes dormir en el granero esta noche —le digo—. Mañana vemos qué hacemos con ese tobillo.
—No sé cómo agradecerles.
—No hace falta.
Esa noche, cuando los niños están dormidos, mi esposa Carmen me encuentra en el porche. Está fumando uno de los últimos cigarrillos que nos quedan. Su rostro es una máscara de cansancio permanente.
—Es muy joven —dice sin mirarme.
—La edad no importa.
—Clara lo estuvo mirando durante la cena.
Eso me detiene. Miro hacia la ventana de mi hija. La luz está apagada.
—Es lo suficientemente grande para entender cómo son las cosas.
—¿Lo es? —Carmen exhala el humo—. Porque yo tengo cuarenta y dos años y todavía no estoy segura de entenderlo.
—Entonces deja de pensar. Pensar es lo que mata a la gente ahora.
Se ríe, pero es un sonido amargo.
—No, cariño. Nosotros somos lo que mata a la gente ahora.
No respondo. No hay nada que decir. Carmen apaga el cigarrillo y entra. Yo me quedo en el porche, escuchando los sonidos de la granja: los cerdos gruñendo en su corral, las gallinas inquietas en el gallinero, y desde el granero, la respiración pesada de alguien que piensa que está a salvo.
Al día siguiente, Clara desaparece después del desayuno. La encuentro en el granero, sentada en la paja junto a Mateo. Están hablando en voz baja, casi susurrando. Él le muestra algo, una foto, arrugada y desteñida.
—Era mi hermana —dice Mateo—. Se la llevó un grupo de saqueadores. Hace un año. Yo escapé, pero ella…
Clara toca su hombro. Un gesto simple, pero me clava algo en el pecho.
—Tenemos que revisar ese tobillo —interrumpo. Mi voz suena más dura de lo que pretendía.
Clara salta, como si la hubiera cachado robando.
—Solo estábamos hablando, papá.
—Ve a ayudar a tu madre.
Me mira con esos ojos que heredó de Carmen, llenos de desafío silencioso. Pero obedece. Siempre obedece.
Cuando se va, me acerco a Mateo. Él intenta ponerse de pie, pero le hago un gesto para que se quede sentado.
—Déjame ver esa pierna.
Me arrodillo y examino su tobillo. Está hinchado, amoratado. Un esguince severo, quizá una fractura menor. Sanará en unas semanas con el cuidado adecuado.
Lástima que no tiene unas semanas.
—¿Puedo quedarme un poco más? —pregunta—. Solo hasta que pueda caminar bien. Puedo trabajar. Sé de cultivos, de animales. Puedo ser útil.
Útil. La palabra me hace sonreír.
—Ya eres útil, hijo.
No entiende lo que quiero decir. Se lo ve en la cara, esa expresión de gratitud estúpida.
Qué fácil es engañar a la gente cuando están desesperados.
Los siguientes tres días son un problema. Clara pasa cada minuto libre con Mateo. Le lleva comida extra, vendas limpias para su tobillo, libros de nuestra colección. Lo veo desde la ventana, cómo se ríen juntos, cómo él le toca el brazo cuando habla.
Carmen lo nota también.
—Tienes que hacerlo pronto —dice una noche en la cama—. Antes de que ella se encariñe más.
—Ya es demasiado tarde para eso.
—Entonces haz que ella no esté presente. Mándala al pueblo con Tomás. Invéntate una excusa.
Es un buen plan. Pero algo me frena. Quizá sea la forma en que Clara sonríe ahora, algo que no había visto en meses. O quizá sea el hecho de que Mateo le recordó que hay un mundo más allá de esta granja, más allá de las decisiones que he tenido que tomar.
Al cuarto día, encuentro a Clara llorando en su habitación.
—¿Qué pasó?
—Nada —se limpia los ojos rápidamente—. Es solo que… Mateo me habló de cómo era antes. De su familia. De los planes que tenían.
Me siento en su cama.
—Eso ya no existe, Clara.
—Lo sé. Pero… ¿y si pudiera existir de nuevo? ¿Y si pudiéramos…? —me mira con ojos brillantes—. ¿Y si él se quedara? Podría ayudarnos. Podría ser parte de la familia.
Ahí está. La pregunta que sabía que vendría.
—No podemos alimentar a otra boca.
—Pero él puede trabajar. Dijo que sabe de cultivos, que…
—Clara. —Mi voz es firme—. La respuesta es no.
Ella no discute, pero veo la traición en su rostro. Sale de la habitación dando un portazo. Carmen aparece en el pasillo.
—Sabe algo —dice en voz baja—. Quizá no todo, pero algo.
—Es imposible.
—Los niños no son estúpidos. Han visto cosas. Han escuchado cosas.
Esa noche, no puedo dormir. Bajo a la cocina y me sirvo un trago del whisky que guardo para emergencias. Una emergencia. Eso es lo que tengo ahora.
Escucho pasos en las escaleras. Clara. Se detiene al verme.
—No puedes dormir tampoco —dice.
—Ven. Siéntate.
Ella duda, pero finalmente se acerca y toma asiento frente a mí.
—¿Qué les pasó a los otros? —pregunta de repente.
Mi mano se congela con el vaso a medio camino de mis labios.
—¿Cuáles otros?
—Los que llegaron antes. Como la mujer del mes pasado. Y el hombre con su hijo. Los que se quedaron unos días y luego… desaparecieron.
Bajo el vaso lentamente.
—Se fueron. Siguieron su camino.
—Sin despedirse. —No es una pregunta—. Y los cerdos siempre engordan después de que se van.
El silencio se extiende entre nosotros como un abismo. Puedo ver su mente trabajando, conectando puntos que intenté mantener separados.
—Clara…
—No quiero que Mateo desaparezca.
La miro a los ojos. Esos ojos que conocen la verdad, pero se niegan a admitirla.
—A veces tenemos que hacer cosas terribles para sobrevivir —digo finalmente—. Cosas que nunca imaginamos que seríamos capaces de hacer.
—¿Cómo qué? —Su voz tiembla.
—Como elegir entre un extraño y tu familia. Entre lo correcto y lo necesario.
Las lágrimas corren por sus mejillas.
—Hay otra manera. Tiene que haberla.
—No la hay.
—Entonces somos monstruos.
La palabra queda flotando en el aire. Monstruos. Quizá tenga razón. Pero los monstruos sobreviven cuando los humanos mueren.
—Ve a dormir —le digo—. Mañana será un día largo.
Ella se levanta, pero antes de irse, se detiene en la puerta.
—Si lo haces —dice sin mirarme—, nunca te lo voy a perdonar.
—Lo sé.
A la mañana siguiente, preparo las cosas. El cuchillo afilado, las cadenas, la lona. Todo lo que necesito está en el cobertizo detrás del granero. He hecho esto suficientes veces como para saber exactamente cuánto tiempo toma, cuánto ruido hace, cómo minimizar el desorden.
Pero cuando voy al granero, Mateo no está.
Encuentro a Clara en la cocina. Está preparando el desayuno como si nada. Pero sus ojos están rojos.
—¿Dónde está?
—Se fue —dice sin emoción—. Esta madrugada. Le di provisiones. Y un mapa.
La rabia me sube por la garganta como bilis.
—¿Qué mierda hiciste?
—¡Lo que tenía que hacer!
La agarro del brazo, fuerte.
—¡Ese era nuestro suministro! ¡Esas provisiones que le diste eran para nosotros!
—¡Era una persona! —grita, liberándose—. ¡Una puta persona, papá!
Carmen aparece corriendo. Tomás está detrás de ella, pálido.
—¿Qué está pasando?
—Tu hija acaba de condenar a esta familia.
—Salvé a alguien —Clara me encara—. Alguien tenía que hacerlo.
La abofeteo. No es fuerte, pero el sonido resuena en la cocina como un disparo. Carmen jadea. Tomás retrocede. Y Clara me mira con algo peor que odio: decepción.
—Ve a tu cuarto —digo con voz temblorosa.
Ella sube las escaleras sin decir nada más.
Carmen se acerca a mí.
—Necesitas calmarte.
—Necesito que mis hijos entiendan que no estamos jugando. Que cada decisión estúpida…
—Ya lo entiende —interrumpe Carmen—. Entiende más de lo que te imaginas. Y por eso lo dejó ir.
No respondo. Salgo al porche y me quedo ahí, mirando la verja donde Mateo apareció hace cinco días. La verja por donde ahora se fue, llevándose provisiones que nos hacen falta y dejando atrás una grieta en esta familia que no sé cómo reparar.
Los cerdos tienen hambre. Puedo escucharlos desde aquí, gruñendo, esperando. Van a tener que esperar más.
Esa noche, Clara no baja a cenar. Carmen le lleva un plato, pero regresa con él intacto.
—Dale tiempo —dice.
Tiempo. Como si tuviéramos ese lujo.
Dos semanas después, llega otro viajero. Una mujer, mayor, con una herida infectada en el brazo. No va a durar mucho de todas formas. Cuando abro la cerca, Clara me ve desde su ventana. Nuestros ojos se encuentran por un segundo.
Luego cierra las cortinas.
Y yo conduzco a la mujer hacia el granero, el cuchillo ya afilado, las cadenas ya preparadas, diciéndome a mí mismo que esto es supervivencia. Que esto es amor. Que un padre hace lo que tiene que hacer.
Pero la cara de mi hija, esa mezcla de horror y comprensión, me persigue mientras trabajo. Me persigue mientras alimento a los cerdos. Me persigue cuando me lavo las manos y la sangre desaparece por el desagüe, pero la mancha permanece.
Los cerdos están gordos de nuevo.
Y mi hija ya no me mira a los ojos.
Supongo que así son las cosas ahora. Sobrevivimos. Seguimos adelante y hacemos lo necesario.
Pero hay noches en que me despierto y me pregunto si lo que mantuve vivo era realmente mi familia, o solo los cuerpos que alguna vez fueron mi familia. Si la diferencia importa cuando el mundo ya está muerto.
El trabajo es el trabajo.
La carne es carne.
Y los monstruos, según veo no necesitan colmillos.
Solo necesitan razones suficientemente buenas para actuar.
Fin

Wow… genial como siempre
Gracias por leerlo Freya ♥