Título: El Negociador del Silencio
Autora: Kassfinol
Todos los derechos reservados
Género: Postapocalíptico – Horror Moral
Los dedos de Marcus temblaban mientras ajustaba el último tornillo del dispositivo. No era el frío de la mañana lo que lo hacía temblar. Era la certeza de que alguien, en algún lugar, estaba intentando copiar su trabajo.
—¿Otra vez revisándolo? —preguntó Sara desde la puerta del taller. Tenía los brazos cruzados y esa mirada que decía ya sé que me vas a mentir.
—Mantenimiento de rutina —respondió Marcus sin levantar la vista—. Ya sabes cómo es esto. Un tornillo flojo y…
—Y todos morimos devorados. Sí, lo repites cada puta semana.
Marcus dejó el destornillador sobre la mesa y se giró hacia ella. Sara había sido su primera cliente tres años atrás, cuando el asentamiento de Redhill era apenas treinta personas escondidas en un almacén. Ahora eran doscientas. Todas vivas gracias al pequeño aparato negro que zumbaba suavemente en cada esquina de sus murallas.
—¿Qué quieres, Sara?
—Información. Hay rumores de que Valle Norte está desarrollando algo propio. Dicen que ya no van a necesitar tus servicios.
La noticia golpeó a Marcus como un puñetazo en el estómago, pero mantuvo la expresión neutral. Había pasado años perfeccionando esa cara de póker.
—Que lo intenten —dijo, volviendo a su trabajo—. No es tan fácil como parece.
—¿Y si lo logran?
—No lo lograrán.
Sara se acercó, sus botas haciendo eco en el piso de concreto.
—Marcus, este lugar depende de ti. Si Valle Norte encuentra la forma de…
—He dicho que no lo lograrán.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el zumbido constante del dispositivo. Sara suspiró y salió del taller sin despedirse. Marcus esperó hasta que sus pasos se perdieron en la distancia antes de permitirse cerrar los ojos y apretar los puños.
—Valle Norte. Malditos idiotas —. Murmuró con mala cara.
Se levantó y caminó hacia el armario al fondo del taller. Tras una caja de herramientas oxidadas, sus dedos encontraron el radio oculto. Un modelo viejo, de los que ya nadie usaba. Lo encendió y esperó.
—Aquí Delta —dijo al micrófono—. Necesito confirmación. ¿Valle Norte está trabajando en réplicas?
La estática crujió durante diez segundos eternos.
—Confirmado —respondió una voz distorsionada—. Tienen prototipos al parecer son tres unidades funcionales.
Marcus apretó el radio hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos semanas. Quizás tres.
—Entendido.
Apagó el radio y lo guardó de nuevo. Su cerebro ya estaba trabajando, calculando, planeando. Había invertido demasiado en esto. Demasiados meses de investigación, de prueba y error, de noches sin dormir mientras los gritos de los muertos resonaban afuera. No iba a permitir que un grupo de ingenieros de quinta se lo quitara.
La frecuencia era simple, en realidad. 23.5 kilohertz, modulada a intervalos de 2.3 segundos. Ultrasónica. Invisible. Suficiente para desorganizar los impulsos neurológicos residuales de los infectados. Los paralizaba por completo en un radio de cincuenta metros. Pero los componentes… los componentes eran otra historia. Capacitores específicos, un cristal de cuarzo tratado con una solución química que él mismo había desarrollado. Sin esos elementos, el dispositivo, estaba seguro que sería inútil.
Y él había asegurado el monopolio de cada uno de ellos.
Pero si Valle Norte había logrado crear tres prototipos funcionales, significaba que habían encontrado sustitutos. O peor, habían creado algo mejor que a él no se le había ocurrido.
Marcus sacó su mochila del armario y comenzó a llenarla con herramientas, cables y, escondido en un compartimiento secreto, un pequeño control remoto. Negro, sin marcas, con un solo botón rojo.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Sara al día siguiente, mientras Marcus revisaba su mochila por tercera vez.
—Tres días. Cuatro como máximo.
—Reeves te está esperando, ¿verdad?
Marcus asintió. El comandante Reeves lo había contactado la semana anterior, invitándolo formalmente a Valle Norte para una consulta técnica, había dicho. Pero ahora que Marcus conocía sus verdaderas intenciones era el momento de actuar a su favor.
—Ten cuidado —dijo Sara—. Algo en todo esto no me gusta.
—Nunca te gusta nada.
—Es mi encanto. —sonrió guiñándole un ojo mientras ladeaba su cabeza y hacía el signo de la paz con sus dedos.
Marcus sonrió a pesar de todo. Sara era de las pocas personas en este mundo de mierda que todavía le caían bien.
El viaje a Valle Norte tomó dos días. Marcus evitó las rutas principales, moviéndose por caminos secundarios donde los infectados eran pocos y dispersos. Cuando uno se acercaba demasiado, activaba el pequeño dispositivo portátil que llevaba en el cinturón. El zombi se detenía en seco, sus músculos congelándose mientras intentaba procesar el sonido que su cerebro podrido o lo que quedaba de él no podía comprender.
Valle Norte era más grande que Redhill vivían alrededor de quinientas personas, protegidas por muros sólidos de aluminio, además de simple alambre de púas. Marcus podía ver tres de sus propios dispositivos instalados en torres de vigilancia. Los reconocía por el diseño de las cajas metálicas, por la forma en que los cables se conectaban a los generadores.
Reeves lo recibió en lo que antes había sido una cafetería. Era la cuarta vez que Marcus lo veía en persona. Un hombre alto, de barba descuidada y ojos calculadores. Tenía ese aire de autoridad que algunos adoptaban después del colapso, mitad líder, mitad carnicero.
—Marcus —dijo Reeves, estrechando su mano con demasiada fuerza—. Gracias por venir. Sé que el viaje no es fácil.
—Tus dispositivos han funcionado bien, según veo.
—Sí, sí. Excelente trabajo como siempre. Pero tenemos que hablar de… ajustes.
Marcus dejó que el silencio se extendiera. Contó hasta cinco en su cabeza.
—¿Qué tipo de ajustes?
Reeves intercambió miradas con un hombre delgado que estaba junto a él, llevaba gafas redondas y manchas de grasa en las manos.
—Te presento a Daniels, nuestro ingeniero jefe. Ha estado estudiando tus dispositivos y…
—¿Estudiando?
—Analizando —corrigió Reeves rápidamente—. Para entender mejor cómo funcionan, intentando hacer un mantenimiento más eficiente, ya sabes.
Marcus conocía esa mirada en los ojos de Daniels. El brillo de alguien que cree haber descubierto algo importante.
—Muéstrame —dijo Marcus.
Lo llevaron a un taller improvisado en el sótano de un edificio. Tres dispositivos descansaban sobre mesas de trabajo, rodeados de herramientas y diagramas. Marcus los examinó con cuidado, tocando los componentes, revisando las conexiones.
Eran buenos. Muy buenos.
Pero no perfectos.
—Impresionante —se sinceró finalmente—. ¿Ya los han probado?
—Pruebas preliminares —respondió Daniels, ajustándose las gafas—. Funcionan, pero queremos hacer más ajustes antes de…
—Deberían probarlos en campo —interrumpió Marcus—. Un ambiente controlado no te dice nada. Necesitan saber cómo responden bajo presión real, necesitas saber si tiene la capacidad de detener a uno o varios zombis.
Reeves se frotó la barba, pensativo.
—¿Sugieres que los instalemos ya?
—¿Por qué no? —Marcus señaló uno de los dispositivos—. Este parece estar listo. Instálenlo en el perímetro este, reemplacen uno de los míos temporalmente. Si funciona bien durante una noche entera, sabrán que van por buen camino.
La mirada codiciosa de Reeves, le dio la respuesta que él esperaba.
—Es una buena idea. Daniels, prepara el dispositivo para mañana en la noche.
—Comandante, yo creo que deberíamos…
—Mañana en la noche —repitió Reeves, esta vez sin espacio para debate.
Marcus pasó esa noche en una habitación de huéspedes que olía a humedad y moho. Le habían asignado un cuarto en el segundo piso de un edificio residencial, cerca del centro del asentamiento. Desde su ventana podía ver las torres de vigilancia, los muros, el movimiento de los guardias.
Esperó hasta pasada la medianoche. El asentamiento dormía, excepto por las patrullas que recorrían el perímetro. Marcus se levantó y revisó el dispositivo portátil en su cinturón. La batería estaba al máximo. Lo encendió en el modo más bajo para crear una burbuja de seguridad de tres metros a su alrededor y se deslizó fuera de su habitación.
El aire nocturno era frío y cargado de humedad. Marcus se movió entre las sombras, manteniéndose alejado de las rutas de patrulla. Alcanzó el perímetro del este sin ser detectado. Aunque al mismo tiempo se dio cuenta que donde estaba alojado era de los sitios más seguros, el resto de las casas no tenían cerca, y las puertas y ventanas tan deterioradas que daban lastima.
El dispositivo de Valle Norte zumbaba suavemente en su torre, idéntico al sonido de los suyos propios. A pocos metros, en las torres adyacentes, sus tres aparatos originales seguían funcionando.
Marcus sacó el control remoto de su bolsillo. Un dispositivo tan simple. Un botón que activaba una señal de anulación, una backdoor que había instalado en todos sus aparatos desde el principio. Por seguridad, decía siempre, para un mantenimiento remoto de emergencia.
Apuntó hacia las tres torres.
Presionó el botón rojo.
El cambio fue casi imperceptible. Las luces indicadoras de los tres dispositivos se extinguieron de golpe. El zumbado ultrasónico cesó, dejando un vacío en el espectro de frecuencias.
Solo el prototipo de Valle Norte seguía funcionando.
Marcus guardó el control y regresó a su habitación. Se sentó en la cama, revisó una vez más que su dispositivo portátil estuviera encendido y esperó.
Los primeros gritos comenzaron media hora después.
Desde su ventana, Marcus podía ver el caos. Los infectados habían detectado el silencio, el vacío donde antes había un muro invisible de frecuencias que los mantenía alejados. Venían en oleadas, docenas de ellos, moviéndose con esa determinación terrible que solo los muertos hambrientos poseen.
El prototipo de Valle Norte los mantuvo a raya en el sector este. Marcus podía ver su luz verde parpadeando en la torre.
Entonces, seis minutos después de iniciado el ataque, la luz se volvió roja.
El dispositivo había fallado.
Marcus escuchó los disparos, los gritos, el sonido de carne siendo desgarrada. Los zombis entraron por el perímetro este como una inundación. El asentamiento no estaba preparado. Habían confiado demasiado en la tecnología, descuidado las defensas tradicionales.
Un error fatal.
Algunos infectados llegaron hasta su edificio. Marcus escuchó sus pasos en las escaleras, sus gruñidos guturales, el arañar de uñas contra las paredes. Pero nunca llegaron a su puerta. El dispositivo portátil en su cinturón los mantenía confundidos, paralizados, incapaces de procesarlo como presa.
Marcus se sentó en la oscuridad de su habitación, rodeado por un círculo invisible de protección, mientras afuera el pequeño mundo que esta gente había organizado se desmoronaba a su alrededor.
Cerró los ojos, pero no tapó sus oídos. Este era el precio. Tenía que escucharlo.
Tenía que recordar por qué era necesario.
Cuando el amanecer llegó, el silencio era peor que los gritos. Marcus salió de la habitación. Los pasillos estaban manchados de sangre, llena de nuevo zombis que al verlo se quedaban paralizados. Caminó con cuidado, evitando: los cuerpos, ser mordido y los restos.
Buscó el prototipo que había fallado, necesitaba saber cuál había sido el error… Los circuitos estaban intactos, pero el cristal de cuarzo estaba fracturado. No había soportado la carga continua de un ataque real. Exactamente como él había anticipado cuando lo revisó por primera vez.
Reeves estaba muerto, su cuerpo partido a la mitad en el centro de la cafetería. Daniels también. La mayoría del asentamiento, en realidad.
Marcus recuperó sus tres dispositivos originales de las torres. Los limpió de sangre con cuidado, revisó cada componente. Funcionaban perfectamente. El control remoto solo los había apagado temporalmente. Así que decidió llevárselos de allí ya no tenían a nadie a quien cuidar, ya luego los revendería.
***
De regreso en Redhill, Sara lo esperaba en el taller.
—¿Escuchaste sobre Valle Norte? —preguntó. Su voz temblaba.
—Estuve ahí —respondió Marcus, dejando su mochila en el suelo—. Fue terrible. Un fallo en su prototipo. Esto me salvó— se tocó el pequeño aparato sujetado en el cinturón—. Les advertí que su prototipo no estaba listo, pero no me hicieron caso, su ingeniero, un idiota total.
—Quinientas personas, Marcus. ¡Quinientas!
—Por eso insisto tanto en la calidad sobre el precio. —Se giró hacia ella, su expresión seria—. No podemos permitirnos errores. Ni uno solo.
Sara lo miró durante largo rato. Marcus sostuvo su mirada sin pestañear.
—Voy a necesitar aumentar la tarifa —dijo finalmente—. Los componentes son cada vez más difíciles de conseguir. Y con lo que pasó en Valle Norte, otros asentamientos van a querer reforzar sus sistemas. La demanda va a subir.
—¿Más caro? Marcus, la gente apenas puede…
—La seguridad no es negociable, Sara. Es eso o terminan como Valle Norte.
Ella apretó la mandíbula, pero asintió. No tenía otra opción. Ninguno la tenía.
Cuando Sara se fue, Marcus se sentó frente a su mesa de trabajo. Sacó el control remoto y lo examinó bajo la luz. Un dispositivo tan simple. Un solo botón que podía apagar la salvación de cientos de personas.
Su teléfono satelital, vibró. Era un mensaje de texto de un asentamiento al sur. Querían tres dispositivos. Habían escuchado sobre Valle Norte y estaban desesperados.
Marcus respondió con su cotización. El triple de su precio normal.
Aceptaron sin regatear.
Guardó el control remoto en el cajón secreto de su escritorio, junto a los planos originales de la frecuencia. Documentos que nunca compartía completamente, que nunca entregaba en su totalidad. Siempre faltaba algo. Un componente. Una especificación. Un pequeño detalle que los mantenía dependiendo de él.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse. Los dispositivos de Redhill zumbaban en armonía, manteniendo a raya a los muertos. Marcus cerró los ojos y escuchó ese sonido familiar. Su sinfonía. Su obra maestra.
Su prisión.
Porque ahora no podía detenerse. Valle Norte había sido necesario, una demostración de lo que pasaba cuando intentaban reemplazarlo. Pero también había sido una línea que cruzó. Y al otro lado de esa línea, no había vuelta atrás.
Otros asentamientos intentarían replicar su tecnología. Él lo sabía. Era inevitable. Y cada vez que lo hicieran, tendría que tomar una decisión.
Dejar que lo reemplacen y morir eventualmente, olvidado e inútil en un mundo que ya no lo necesitaba.
O asegurarse de que recordaran por qué él era insustituible.
Marcus abrió el cajón de nuevo y sacó el control remoto. Lo sostuvo en su mano, sintiendo su peso. Tan liviano. Tan poderoso.
Afuera, en la oscuridad creciente, los muertos gemían y arañaban el aire, mantenidos a distancia por una frecuencia que solo él controlaba completamente.
Marcus guardó el control y comenzó a trabajar en el siguiente dispositivo.
Tenía pedidos que cumplir.
Y un monopolio que proteger.
¿Hasta dónde serías capaz de llegar por sostener tu propia supervivencia?
Fin
