Título: El vendedor
Autora: Kassfinol
Todos los derechos reservados
Género: Postapocalíptico – Horror Moral
El frasco tintineó contra otros quince cuando Viktor lo metió en la mochila. Líquido ámbar, etiqueta hecha a mano: SUERO ANTI-Z. Parecía legítimo siempre que no lo miraras muy de cerca. Si no sabías que el ámbar venía del colorante para repostería y que la fórmula patentada era bebida energizante con codeína robada.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó la mujer frente a él. Era delgada como un palo de escoba, con ojeras moradas que parecían moretones. Tenía las uñas rotas y sucias, probablemente de cavar tumbas o fortificar barricadas. Detrás de ella, un niño de quizá siete años se aferraba a su pierna. El niño tenía costras alrededor de la boca y una mirada vacía.
Viktor se reclinó en su silla plegable, la misma que cargaba de asentamiento en asentamiento. Ajustó sus lentes, esos que había encontrado en una óptica saqueada y que a decir verdad ni siquiera necesitaba, solo los usaba porque sentía que le daban un aire profesional. Se rascó la barba de tres días.
—Tengo hambre —dijo finalmente—. Tres latas de lo que sea. O un pollo si tienes. También necesito gasolina, un litro.
—Solo tengo dos latas de frijoles y media botella de gasolina. —La mujer se mordió el labio inferior. Tenía una cicatriz mal cosida que le atravesaba la mejilla, era ese tipo de herida que se infecta, pero que igual sobrevives porque no hay alternativa—. Es todo lo que tengo.
Viktor hizo como que lo pensaba, dejó que el silencio se alargara. El niño tosió. No era la tos seca de los infectados, solo hambre y neumonía sin tratar, pero la madre se tensó como si hubiera sonado una alarma. Se llevó la mano al cuchillo que llevaba en el cinturón.
—Está bien. —Viktor suspiró teatralmente—. Las dos latas y la media botella. Pero no le digas a nadie o van a venir todos queriendo que les haga descuento.
La mujer casi llora mientras sacaba las latas abolladas de su mochila raída. Viktor le pasó el frasco. Ella lo sostuvo con ambas manos, temblando.
—¿Cuándo hace efecto?
—Inmediatamente. Una dosis y si te muerden, tu cuerpo ya está preparado. Se adaptó. —Viktor ya estaba guardando las latas, preparándose para largarse—. Pero oye, evita que te muerdan la yugular o alguna vena importante, tampoco es que eres completamente inmune, esto no evitará que te desangres, no es magia.
Mentira sobre mentira. Tan fácil que casi daba risa.
El asentamiento era pequeño, doce o trece familias amontonadas en lo que había sido un centro comunitario. Las ventanas estaban tapiadas con madera podrida que olía a moho y orines. En las esquinas había pilas de basura que nadie se molestaba en sacar porque afuera era peor, no era seguro. Viktor había llegado esa mañana, cruzando un campo donde los cuerpos de tres infectados se pudrían bajo el sol, sus vientres inflados reventando con gases, gusanos blancos retorciéndose en las cuencas vacías de los ojos.
Ya había vendido ocho dosis. Otras cuatro o cinco personas más y podría irse antes del anochecer. Había aprendido a no quedarse mucho tiempo en ningún lado. Las preguntas llegaban eventualmente, y las preguntas eran malas para el negocio.
Estaba empacando su silla cuando escuchó los motores.
Tres camionetas. Pintura militar descascarada, parachoques reforzados con barrotes de metal soldado y alambre de púas. En el capó de una había un cráneo de venado atado con cadenas. Viktor sintió que algo frío le bajaba por la espalda. Conocía esos vehículos. Todo el que viajaba por la zona los conocía.
Los Lanceros. Milicianos que se hacían llamar “Las fuerzas de la restauración». En realidad, eran una banda con armas grandes y delirios de grandeza.
—Mierda —susurró Viktor. Se limpió las manos sudorosas en los pantalones.
Se bajaron ocho hombres. Iban armados hasta los dientes, con ese aire de quien ha dormido poco y ha matado mucho. Olían a sudor rancio y sangre seca. Uno tenía las botas manchadas con algo oscuro y viscoso. El que parecía estar a cargo era un tipo enorme, casi dos metros, con hombros que parecían vigas de construcción. Tenía una cicatriz que le cruzaba desde la frente hasta la mandíbula, pasando por un ojo que se veía lechoso y muerto. Llevaba un rifle colgado al hombro como si fuera parte de su cuerpo. Escupió al suelo, una flema amarillenta que se quedó ahí brillando.
—¿Quién es el farmacéutico? —gritó. Su voz era como grava siendo triturada.
Viktor sintió todas las miradas clavándose en él. La boca se le secó. El sabor metálico del miedo le llenó la lengua.
—Ese es el tipo —dijo una anciana que no había comprado nada porque no tenía con qué pagar. La venganza era gratis, supuso Viktor.
El hombre de la cicatriz caminó hacia él. Sus botas hacían crujir la grava mezclada con vidrios rotos. Con cada paso, Viktor podía ver mejor los detalles: sangre seca bajo las uñas, un diente de oro, una mancha oscura en el cuello de la camisa que probablemente era el cerebro de alguien.
—¿Tú vendes el suero? —lo miró de arriba a bajo con desprecio —Me llegó la información que tienes un suero que nos protege de los zombis.
Viktor asintió. La saliva le sabía a cobre y bilis.
—Dime tu nombre.
—Vik-tor. —tartamudeó, tomó aire y soltó rápidamente— Viktor Sokolov. —Su voz salió más débil de lo que hubiera querido.
—Yo soy el comandante Reyes. —Se detuvo a medio metro de distancia. Una ráfaga de viento golpeó la cara de Viktor y percibió que olía a sudor, pólvora y algo dulzón que podría ser carne descompuesta—. Tenemos un problema, Viktor. Mis hombres están muriendo. Los putos muertos nos tienen acorralados en cada salida que intentamos. Perdimos a doce el mes pasado. Necesitamos tu suero.
Viktor calculó rápidamente, sus dedos temblaban contra la correa de la mochila. Podía negarse, pero esos tipos no aceptaban un no por respuesta. Podía venderles lo que tenía, quince frascos a lo mucho, pero…
—¿Cuánto necesitan?
Reyes sonrió. No era una sonrisa agradable. Le faltaban dos dientes y los que tenía estaban amarillos.
—Todo lo que puedas hacer. Tengo setenta y nueve hombres. Y te voy a necesitar fabricando dosis constantes.
El estómago de Viktor se retorció. Setenta y nueve hombres. Si algo salía mal…
—Eso es… mucho producto. Las materias primas son difíciles de conseguir, yo…
—Tenemos un almacén completo de medicinas. Saqueamos un hospital hace dos meses. —Reyes se inclinó hacia adelante. Viktor pudo ver su propio reflejo distorsionado en ese ojo muerto—. También tenemos municiones. Y no me gusta negociar, Sokolov. O vienes con nosotros y produces para mis Lanceros, o te dejo aquí con un agujero en la cabeza. ¿Qué prefieres?
El complejo de los Lanceros había sido una base militar antes del colapso. Ahora era un laberinto de contenedores de metal oxidados, barricadas hechas con carros aplastados y torres improvisadas de vigilancia. Las paredes exteriores estaban decoradas con cabezas de infectados clavadas en picas, sus mandíbulas todavía chasqueando débilmente, moscas negras zumbando en nubes densas alrededor de los ojos podridos. El olor era insoportable: carne quemada, mierda, sudor y algo químico que hacía arder los ojos.
Setenta y nueve hombres armados. Viktor los vio entrenar en el patio, un espacio de concreto manchado con sangre vieja que nadie se molestaba en limpiar. Limpiaban armas, hacían guardias, peleaban entre ellos por diversión. Uno tenía la cara cubierta de costras recientes. Otro cojeaba, arrastrando una pierna que claramente estaba infectada, pero no por mordida, solo gangrena común. Todos lo miraron cuando Reyes lo llevó adentro, con esa expresión de animales hambrientos evaluando carne fresca.
Le dieron un cuarto que había sido una oficina. Había un catre con un colchón manchado de algo marrón que prefería no identificar, una mesa de metal oxidado y nada más. La única ventana estaba bloqueada con ladrillos. La puerta tenía un candado por fuera. En una esquina había un balde de plástico. Viktor no preguntó para qué era. Ya lo sabía.
—Mañana te muestro el almacén —dijo Reyes desde el umbral.—. Quiero las primeras ochenta dosis pronto.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—El que yo decida. —La puerta se cerró. El candado chasqueó.
Viktor se sentó en el catre. El colchón crujió y algo se movió dentro de él, probablemente cucarachas. Se cubrió la cara con las manos. La cafeína y la codeína producían energía, mataban el dolor, hacían que la gente se sintiera invencible por unas horas. Pero setenta y nueve hombres tomándolo regularmente… la sobredosis de codeína causaba daño hepático. Taquicardia. Convulsiones. Muerte.
Y él no tenía forma de dosificarlo correctamente, nunca había sido realmente un químico, solo un oportunista con suficiente labia para parecer creíble.
Los iba a matar. Lentamente.
Y si confesaba, Reyes le volaría la cabeza sin pensarlo dos veces.
A la mañana siguiente, Reyes cumplió su palabra. El almacén era enorme, un contenedor de carga lleno de cajas de medicamentos saqueados. Viktor vio antibióticos, analgésicos, sedantes. Suficiente para montar una farmacia real. El lugar olía a químicos y humedad. En una esquina había ratas muertas, sus cuerpos rígidos cubiertos de hongos blancos.
Reyes estaba apoyado contra una pila de cajas, fumando un cigarrillo hecho a mano. El humo se mezclaba con su aliento y salía en nubes grises.
—Veo que estás pensando mucho —dijo. Expulsó el humo por la nariz—. ¿Algún problema?
—No, ninguno. —Viktor agarró una caja de paracetamol, sus manos dejando marcas de sudor en el cartón polvoriento—. Solo estoy calculando las proporciones.
—Bien. —Reyes tiró la ceniza al suelo—. Porque tengo un teniente, Márquez, que está convencido de que eres un fraude. Dice que nadie puede fabricar un suero antimordida real sin un laboratorio de verdad.
El corazón de Viktor dio un salto. Sintió el pulso en las sienes.
—Siempre hay escépticos.
—Le dije que se callara la boca. —Reyes tiró el cigarrillo y lo aplastó con la bota. La brasa chisporroteó contra el concreto húmedo—. Pero si resulta que tiene razón, Sokolov, vas a desear que los muertos te hubieran comido primero. ¿Me entiendes? Te voy a arrancar los dedos uno por uno. Empezaré con los meñiques.
Viktor tragó saliva. El sabor del miedo era más fuerte ahora.
Pasaron tres días. Viktor fabricó las dosis en una mesa de trabajo que le habían dado, una superficie de metal manchada con sangre vieja que nunca se había limpiado bien. Mezclaba cafeína de pastillas desmenuzadas con codeína líquida y colorante. Ochenta frascos. Se veían exactamente igual que los de siempre. Pero ahora les puso el doble de codeína. Necesitaba que actuara más rápido de lo normal, que creyeran que algo estaba funcionando.
El problema era que ahora los estaba viendo tomar el suero.
Reyes organizó una ceremonia. Todos los Lanceros reunidos en el patio, formados en filas militares entre los charcos de agua estancada que olían a óxido y orina. Había un perro muerto en una esquina, su cuerpo inflado y cubierto de moscas. Viktor tuvo que pararse al frente, como un maldito sacerdote bendiciendo a sus feligreses. El sol le pegaba directamente en la cara. El sudor le corría por la espalda, empapando su camisa.
—Este hombre —dijo Reyes con voz fuerte, levantando uno de los frascos—, nos va a mantener vivos. Su suero prepara el cuerpo para aguantar una mordida. Para adaptarse. Es la diferencia entre morir como perros o sobrevivir hasta recuperar este país.
Los hombres aplaudieron. Viktor vio sus caras. Algunos jóvenes, apenas veinte años, con acné y miradas perdidas. Algunos veteranos, con cicatrices en los brazos y esa expresión de quien ha visto demasiado. Todos desesperados por creer en algo. Uno se rascaba constantemente el brazo, dejando marcas rojas. Otro tenía la camisa manchada con sangre fresca que no era suya.
Uno por uno se acercaron. Viktor les entregó los frascos y los vio beber.
—Sabe raro —dijo uno, un tipo gordo con la barba llena de migajas—. Como a jarabe.
—Es medicina, no licor —respondió Viktor. Su voz sonó más firme de lo que se sentía—. El sabor significa que está funcionando.
—¿Cuándo lo sabremos? —preguntó otro, más joven, con los ojos muy abiertos—. ¿Cuándo sabremos que estamos protegidos?
—En unos días sentirán el cambio. Se sentirán más fuertes y más resistentes. —Viktor se limpió las manos en los pantalones—. Confíen en el proceso.
Al cuarto día, empezaron los síntomas.
Un soldado llamado Ruiz vomitó durante el desayuno. Estaba sentado en una mesa de picnic cuando de repente se levantó, corrió hacia un lado y expulsó todo. El vómito era amarillento, con sangre. Cayó de rodillas, jadeando, con hilos de saliva colgando de su boca. Los otros se apartaron, mirándolo con asco y miedo.
Otro, Contreras, un tipo flaco con tatuajes en el cuello, tuvo un ataque de pánico tan severo que tuvieron que amarrarlo. Gritaba que había infectados adentro, que podía oírlos en las paredes. Se golpeó la cabeza contra el suelo hasta que le salió sangre por la nariz. Sus ojos estaban completamente dilatados y las pupilas negras tragándose todo el iris.
Tres más desarrollaron temblores incontrolables en las manos. Uno intentó limpiar su rifle y casi se voló una pierna. Otro no podía sostener una taza sin derramar todo el contenido.
Reyes entró furioso al cuarto de Viktor. No tocó la puerta, simplemente la pateó. El metal golpeó contra la pared con un estruendo que hizo eco.
—¿Qué mierda les diste a mis hombres?
—Es… es normal. —Viktor retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared fría. Levantó las manos en un gesto defensivo—. El suero tiene efectos secundarios. El cuerpo se está adaptando para resistir la infección. Es doloroso, pero el cambio es así.
—¿Adaptando? —Reyes lo agarró del cuello de la camisa, levantándolo hasta que las puntas de sus pies apenas tocaban el suelo. Su aliento olía a carne podrida—. Tengo hombres que no pueden sostener un arma porque les tiemblan las putas manos. Tengo a Contreras atado como si fuera un animal.
—Va a pasar. —Viktor apenas podía respirar. La mano de Reyes era como un tornillo de banco—. En unos días van a estar mejor que nunca, te lo prometo. Más rápidos, más fuertes. El cuerpo se está reconstruyendo por dentro.
Reyes lo soltó con un empujón. Viktor cayó al suelo, tosiendo.
—Más te vale.
Pero no pasó. Al sexto día, Contreras tuvo una convulsión tan fuerte que se mordió la lengua casi por completo. La sangre le salía de la boca a borbotones, empapando su camisa, goteando al suelo en charcos oscuros. Hacía sonidos ahogados, sus ojos en blanco. Márquez tuvo que meterle un palo entre los dientes para que no se asfixiara con su propia lengua. La lengua colgaba de su boca, casi cortada, conectada solo por un hilo de carne.
Ruiz desarrolló ictericia severa. Su piel tomó un tono amarillento enfermizo, como cera vieja. Sus ojos eran del color de la orina. Se tambaleaba cuando caminaba, chocándose con las paredes. Vomitaba constantemente, un líquido verde que olía a bilis concentrada y algo más, algo podrido y dulzón. Se rascaba la piel hasta sangrar, dejando marcas rojas en sus brazos. Decía que le picaba por dentro.
Márquez, el teniente escéptico, apareció en la puerta del cuarto de Viktor. Era delgado pero fibroso, con músculos como cables de acero. Tenía ojos que no parpadeaban lo suficiente y una mandíbula cuadrada constantemente apretada. Limpiaba sus uñas con un cuchillo mientras hablaba.
—Yo sé lo que eres —dijo. La punta del cuchillo raspaba la suciedad de debajo de sus uñas—. Un farsante.
Viktor no respondió. Mantuvo la mirada baja.
—He visto tu supuesto suero —hizo unas comillas con sus manos—. Lo probé. —Márquez escupió a un lado. La saliva aterrizó cerca del zapato de Viktor—. ¿Cuánto tiempo crees que vas a durar cuando empiecen a morir?
—No van a morir. Están cambiando.
—Mentiroso de mierda. —Márquez dejó de limpiarse las uñas y apuntó el cuchillo hacia Viktor—. ¿Pero sabes qué es lo gracioso? Que Reyes no me va a creer hasta que sea demasiado tarde. Y para entonces, yo voy a estar esperando para abrirte el estómago y sacarte los intestinos mientras todavía estés vivo. Te voy a hacer comer tu propio hígado.
Viktor sintió la orina caliente corriéndole por la pierna.
El día trece, Ruiz murió.
Su cuerpo simplemente se rindió mientras dormía. Lo encontraron en la mañana, tieso en su catre, con la piel amarilla como papel viejo y los ojos abiertos, fijos en nada. La boca estaba torcida en una mueca horrible. Había vomitado sangre durante la noche y se había ahogado en ella. La almohada estaba empapada de un líquido negro y espeso que olía a descomposición. Al menos los muertos no se convertían en zombi.
Reyes reunió a todos en el patio. El cadáver de Ruiz estaba cubierto con una lona manchada. Viktor estaba parado a un lado, con dos guardias flanqueándolo. Uno de ellos lo empujaba con el cañón del rifle cada vez que intentaba moverse. El sol golpeaba implacabley las moscas zumbaban alrededor del cuerpo, colándose bajo la lona.
—Sokolov dice que esto es parte del proceso —dijo Reyes. Su voz era peligrosamente calmada, casi un susurro—. Que algunos cuerpos no aguantan la adaptación, esto es algo normal.
Viktor sintió setenta y ocho pares de ojos sobre él. Algunos incrédulos. Otros furiosos. Uno escupió en su dirección.
Márquez dio un paso al frente. Se crujió los nudillos, un sonido seco que cortó el aire.
—Comandante, con todo respeto, esto es una mentira. No hay ninguna adaptación. Ese suero no sirve para nada. Nos está matando lentamente.
—¿Tienes pruebas? —preguntó Reyes.
—Tengo sentido común. —Márquez señaló a Viktor—. Este hijo de puta nos está envenenando. Mira a Contreras, está peor que nunca. Mira a los otros, todos temblando, vomitando. ¿Eso te parece adaptación?
Un murmullo recorrió las filas. Viktor vio manos moviéndose hacia las armas. Uno sacó un cuchillo. Otro frunció el ceño para mirarlo con mala cara.
—Yo… —Viktor tragó saliva sabiendo que solo tenía dos opciones. Confesar y morir rápido, o seguir mintiendo—. El suero funciona. Ruiz tenía una condición preexistente. Su hígado ya estaba dañado antes de tomar el suero. Pero miren a los demás. —expandió su mano hacia los demás— Están más fuertes. Los temblores son porque sus músculos se están reconstruyendo. Los vómitos son porque el cuerpo está expulsando las toxinas viejas para hacer espacio a la nueva química. Es solo ciencia.
—¡Basta! —Márquez sacó su pistola y la apuntó directamente a la cabeza de Viktor—. Deja de mentir, cobarde de mierda.
Reyes levantó una mano. Se rascó la cicatriz de la cara, un gesto casi ausente.
—Baja el arma, Teniente.
—Comandante…
—¡He dicho que bajes el arma!
Márquez obedeció, pero sus ojos seguían fijos en Viktor, llenos de promesas de violencia. Apretaba la mandíbula tan fuerte que los músculos de su cuello sobresalían como cuerdas.
Reyes caminó hacia Viktor. Sus botas aplastaban moscas con cada paso, dejando manchas negras en el concreto. Su expresión era ilegible.
—Dame una sola razón para no dejarlo matarte ahora mismo.
Viktor respiró profundo. En su cabeza calculaba. Si confesaba, moriría. Si mentía, moriría. Pero si mentía bien… tendría una oportunidad.
—Necesito reforzar la dosis. —Señaló hacia el almacén con una mano temblorosa—. Veo lo que está pasando. Algunos cuerpos resisten mejor que otros. Los débiles como Ruiz no aguantan. Pero puedo hacer una versión más fuerte que acelere el proceso. Una dosis que termine la adaptación de una vez. Los que sobrevivan estarán completamente protegidos… pero no tendrán que pasar por el proceso lento.
Era una mentira tan grande que casi podía sentir su peso. Pero era la mentira perfecta.
Reyes lo estudió durante largos segundos. Viktor mantuvo el contacto visual, aunque sentía que sus piernas iban a ceder en cualquier momento. El sudor le corría por la frente, goteando en sus ojos, haciendo que ardieran.
—Tienes tres días —dijo finalmente Reyes—. Pero el próximo que muera, tú mueres con él. Y no será rápido. Te voy a dejar con Márquez primero.
Viktor trabajó durante dos días sin dormir. En su mente ya no había espacio para el miedo, solo para el plan. Había cruzado una línea. Ya no se trataba de salir vivo. Se trataba de salir vivo mientras todos los demás morían.
Preparó setenta y ocho nuevas dosis. Esta vez no hubo sutileza. Codeína pura mezclada con fenobarbital que había encontrado en el almacén. Suficiente para detener el corazón en menos de una hora. Le agregó más colorante, más azúcar, para que supiera mejor. Para que se lo tragaran con entusiasmo.
El tercer día, Reyes organizó otra ceremonia, esta vez el ambiente era diferente porque los hombres estaban nerviosos. Contreras seguía amarrado en su cuarto, gimiendo. Otros tres estaban en camas, temblando, sudando. Pero Reyes era convincente. Les dijo que esto era la prueba final. Que después de esta dosis, estarían completos.
Viktor distribuyó los frascos. Vio cómo cada hombre bebía. Algunos vacilaron. Márquez lo miraba fijamente, sin beber. Viktor sintió el pánico subiéndole por la garganta.
—¿Por qué no bebes, Teniente? —preguntó Reyes.
—Porque no confío en este hijo de puta —dijo Márquez. Pero Reyes le puso una mano en el hombro.
—Si no bebes, estás fuera de los Lanceros. Y si estás fuera, eres un civil. Y los civiles no sobreviven ahí afuera.
Márquez apretó el frasco con evidente molestia. Finalmente, se lo llevó a los labios y bebió. Viktor sintió un alivio enfermizo.
Pasaron cuarenta minutos.
El primero en caer fue uno de los jóvenes. Simplemente se desplomó, agarrándose el pecho. Empezó a convulsionar en el suelo, con espuma saliendo de su boca. Sus ojos se pusieron completamente rojos, los vasos sanguíneos reventando la sangre le brotó de las orejas.
—¿Qué carajo…? —empezó a decir Reyes, pero entonces él también cayó. Su cuerpo masivo golpeó el suelo como un árbol talado.
El caos estalló.
Los hombres empezaron a caer uno tras otro. Algunos gritaban, agarrándose el estómago, vomitando sangre. Otros simplemente se desplomaban, muertos antes de tocar el suelo. Contreras en su cuarto empezó a gritar más fuerte, y luego simplemente dejó de gritar.
Márquez estaba de rodillas, mirándose las manos. Le temblaban violentamente. Levantó la vista hacia Viktor. Sus ojos estaban inyectados de sangre.
—Tú… —escupió sangre—. Sabía que… —No pudo terminar. Cayó de cara contra el concreto. Su cuerpo se sacudió dos veces y quedó por completo quieto.
Viktor no esperó a ver más. Corrió.
Pasó por encima de cuerpos convulsionando. Sus zapatos resbalaban en los charcos de sangre y vómito, cuando llegó a la cerca, trepó como pudo, sintiendo cómo el metal le cortaba las manos. Desde allí podía escuchaba los gritos, cada vez menos, hasta que solo quedó el silencio.
Corrió por el camino de tierra, sin mirar atrás. Corrió hasta que sus pulmones ardieron y sus piernas pidieron perdón por existir. Cuando finalmente se detuvo, estaba a kilómetros de distancia. Se apoyó contra un árbol, jadeando, intentando tomar aire para estabilizarse.
En su mochila todavía tenía varios frascos del suero original. El inofensivo, el que solo daba cafeína y esperanza.
Se quedó ahí sentado, mirándolos. Sus manos estaban manchadas de sangre de los cortes de la cerca. O quizá no solo de eso.
Pensó en Ruiz. En Contreras. En los setenta y nueve hombres que había matado. En Márquez mirándolo mientras moría, sabiendo la verdad demasiado tarde.
Viktor sacó los frascos uno por uno. Los puso en fila sobre el suelo.
Podía destruirlos y terminar con esto.
Pero hacia el oeste había escuchado que existía otro asentamiento. Un lugar donde nadie conocía su nombre todavía. Un lugar donde sabía que la gente estaba desesperada por creer en algo que le diera un poco de tranquilidad y confianza.
La desesperación siempre paga bien —pensó.
Viktor recogió los frascos cuidadosamente y los guardó de nuevo en la mochila. Se puso de pie, se limpió la sangre de los pantalones, y empezó a caminar hacia el oeste.
Detrás de él, las moscas ya estaban encontrando el banquete que había dejado atrás.
Fin
La gente cobarde siempre piensa en ellos primero.
