Título: La Coleccionista de Recuerdos
Autora: Kassfinol
Todos los derechos reservados
Género: Postapocalíptico – Horror Moral
Elena limpió la sangre del formulario con un trapo húmedo. El papel se deshizo un poco en las esquinas, pero el texto era legible: Certificado de Defunción #4.731.
Lo había encontrado en las oficinas del registro civil, junto con cajas enteras de formularios vírgenes. Dos años después del brote y todavía le quedaban suficientes para otros tres años de documentación. Eso si conseguía más tinta para la impresora. La última botella de tinta había costado tres latas de atún.
Mecanografió con cuidado: Roberto Valdez (nombre inferido por identificación). Varón, 43 años. Infección: mordida en antebrazo derecho. Defunción: 23 octubre 2027, 14:47 hrs. Causa inmediata: paro cardiorrespiratorio secundario a infección vírica.
Firmó al pie como Oficial del Registro Civil y estampó el sello oficial que había rescatado de su antigua oficina.
El cuerpo de Roberto Valdez yacía en el piso del almacén, a tres metros de su escritorio. La mordida en su brazo había dejado de sangrar hacía veinte minutos. Sus ojos abiertos miraban al techo con expresión de sorpresa.
Elena se acercó y le cerró los párpados. Luego le quitó el anillo de bodas y cortó un mechón de cabello con sus tijeras de oficina. Cinco centímetros. Siempre lo hacía así.
Guardó el mechón en una bolsa de plástico reciclada, las bolsas estériles se habían acabado hacía meses y lo etiquetó con marcador: Muestra #4.731.
Se lavó las manos en la palangana con agua que había hervido esa mañana. Ya no tenía jabón antibacterial. Usó ceniza mezclada con agua. Frotó hasta que le ardió la piel. No era suficiente. Nunca era suficiente. Pero era lo que había.
Un rugido gutural resonó desde la calle.
Elena se congeló. Se asomó por la ventana tapiada. Un infectado, varón, treinta y tantos, en etapa tres de la transformación, arrastraba los pies por el asfalto. La mandíbula descolgada, los ojos blancos, la piel grisácea. Buscaba. Olfateaba.
Elena retrocedió en silencio. Los de etapa tres eran peligrosos. Rápidos cuando detectaban movimiento. Violentos. Insaciables.
Esperó quince minutos hasta que el infectado se alejó, caminó hacia el cuerpo inerte de Roberto y le sacó el pequeño cuchillo de caza de la cabeza y lo colocó sobre el escritorio; y luego, arrastró el cuerpo hasta el sótano, donde guardaba los otros catorce.
No tenía formol. No tenía químicos de preservación. Solo tenía cal, que robaba de las obras abandonadas, y bolsas de plástico industrial. Envolvió a Roberto cuidadosamente y lo cubrió con cal. No era perfecto, pero ralentizaba la descomposición.
Alguien tenía que documentar esto. Alguien tenía que llevar el registro oficial de quién había muerto, cómo, cuándo. Porque cuando todo terminara, si es que terminaba, alguien necesitarían estos datos.
Un golpe metálico en la puerta principal la sobresaltó.
—¡Archivista! —gritó una voz humana—. ¡Abre la puerta!
Elena tomó el cuchillo de caza del escritorio. No podía ser infectados. Los infectados no hablaban.
—¡Sabemos que guardas registros ahí dentro! ¡Abre antes de que la tiremos!
Elena dudó. Luego caminó hacia la puerta y descorrió los cerrojos.
Tres hombres armados entraron. El líder tenía una cicatriz que le cruzaba la cara. Los otros dos eran más jóvenes, flacos, con esa mirada hambrienta de los saqueadores.
—Mierda —dijo el de la cicatriz, viendo las pilas de formularios, las cajas de archivos, los estantes improvisados—. Es verdad. Sigues llenando papeleo como si el mundo no se hubiera ido a la mierda.
—Alguien tiene que mantener los registros —dijo Elena.
—Claro. Muy profesional. —El hombre sonrió—. Soy Marcos. Trabajas para nosotros ahora.
—No trabajo con vivos.
—Pues empieza. El Comandante Hernández necesita encontrar a su familia. Y tú, con tus papelitos, vas a ayudarnos.
—Solo documento fallecimientos.
Marcos sacó su pistola y disparó al suelo, cerca de los pies de Elena.
—Puedo destruir todo esto sino colaboras. No creo que tengas muchas opciones. No estás en posición de elegir.
Elena revisó sus archivos durante dos días mientras Marcos y sus hombres fumaban en su almacén, ensuciaban sus pisos, tocaban sus documentos con las manos sucias.
Carla Hernández. Sofía Hernández. Marta Hernández. Desaparecidas junio 2026. Reportes de avistamiento en el distrito de Alameda.
Elena encontró tres certificados de defunción en su archivo de agosto 2026:
Certificado #2.247: Carla Hernández, 38 años. Infección por mordida en cuello. Defunción: 14 agosto 2026, 11:23 hrs.
Certificado #2.248: Sofía Hernández, 14 años. Infección por mordida en brazo. Defunción: 14 agosto 2026, 11:31 hrs.
Certificado #2.249: Marta Hernández, 10 años. Infección por mordida en pierna. Defunción: 14 agosto 2026, 11:45 hrs.
Colocó los tres certificados sobre su escritorio. Marcos los leyó lentamente.
—¿Las encontraste muertas?
—Correcto. Las tres estaban infectadas. En Calle Bolívar, esquina con Alameda. Las documenté apropiadamente.
—¿Y los cuerpos?
—En el sótano. Preservados con cal. Números 2.247, 2.248 y 2.249.
Marcos la miró como si acabara de decir que tenía tres cabezas.
—¿Guardaste… los cuerpos de la familia del Comandante?
—Naturalmente. Para fines de identificación futura. Evidentemente eran una familia, no me había topado con una familia casi completa… era necesario documentar toda la evidencia. Las llevé en la camioneta: no estaban rígidas, así que las acomodé sobre sábanas y las amarré con cuerdas para que no se movieran. No hubo prisa; fue un trabajo metódico, como cualquier otro trámite.
—¡Llévame ahora mismo!
Elena los guió al sótano. Las bolsas de plástico estaban apiladas contra la pared, numeradas con marcador grueso. El olor a cal y descomposición lenta era penetrante.
—Números del 2.247 al 2.249 —dijo Elena, señalando tres bultos envueltos.
Marcos miró las bolsas durante un largo momento.
—El Comandante necesita ver esto. Prepárate. Vienes con nosotros.
—No puedo abandonar el archivo.
Marcos le apuntó con el rifle.
—No es una solicitud.
El cuartel del comandante Hernández estaba fortificado con muros de concreto y alambre de púas. Guardias armados patrullaban el perímetro. Adentro, todo olía a desinfectante industrial.
Hernández era un hombre pulcro, militar, de modales precisos. Su oficina parecía sacada del mundo anterior al brote… el escritorio ordenado, archivos impecables, mapas en las paredes.
—La Archivista —dijo Hernández—. He oído cosas extrañas sobre usted.
—Mantengo los registros civiles actualizados —respondió Elena, encogiendo sus hombros—. Alguien debe hacerlo.
—Admirable. —Hernández abrió una carpeta—. Marcos me informó que encontró certificados de defunción de mi familia. De hace más de un año.
—Correcto. Agosto 14 de 2026. Las tres fallecieron por infección vírica.
—¿Sabe cómo murieron exactamente?
Elena sacó copias de los certificados de su bolsa y los extendió sobre el escritorio.
—Las encontré en etapa uno de la infección. Recién mordidas. Todavía conscientes, pero con fiebre alta y las convulsiones iniciales su transformación era inevitable.
—¿Y qué hizo?
—Les facilité el tránsito. Un golpe en la nuca, rápido, antes de que la transformación completara y se convirtieran en infectados violentos. Luego documenté las defunciones apropiadamente.
El silencio en la oficina era absoluto.
—¿Las mató? —preguntó Hernández lentamente.
—Les ahorré el sufrimiento. La infección era irreversible. Convertirse en uno de esos monstruos es un destino peor que la muerte. Actué con misericordia.
Hernández cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo oscuro en ellos.
—¿Sabías que se trabajaba en una cura o en un tratamiento? —la miró incrédulo— ¿Sabe qué fecha es hoy? ¿Por qué me mientes?
—9 de octubre de 2027.
—Exacto. —Hernández sacó un documento de su carpeta—. Este es el reporte médico del Centro de Investigación del Sector Norte. Fecha: 20 de marzo de 2027. Hace siete meses desarrollaron un suero que detiene la infección si se administra en las primeras seis horas posmordida. La tasa de supervivencia es del setenta y dos por ciento.
Elena sintió algo frío deslizándose por su espalda.
—Desde marzo —continuó Hernández—, cientos de personas han sido salvadas. Niños, ancianos, soldados. Todos ellos habrían muerto sin el tratamiento. Pero ahora viven.
—Yo… no lo sabía.
—¡Claro que lo sabías! ¡No me mientas desgraciada! —Hernández arrojó más papeles sobre el escritorio—. Estos son reportes de los últimos meses. Encuentros con supervivientes que reportaron haber visto a una mujer sola, vestida con ropa de oficina, acercándose a personas recién infectadas. Ofreciéndoles una supuesta ayuda. Y esas personas desaparecían. Nunca llegaban a los refugios. Nunca recibían tratamiento… ¡Mientes! Logro ver todas tus mentiras en estos reportes.
Elena negó con la cabeza.
—Yo solo documento…
—¿Cuántos? —interrumpió Hernández—. ¿Cuántas personas has matado desde que existe la cura?
Elena hizo cálculos mentales. Desde marzo hasta ahora… siete meses…
—Trescientos cuarenta y dos —susurró—. Pero todos estaban infectados. Todos iban a convertirse…
—¡HAY UNA CURA! —rugió Hernández, golpeando el escritorio—. ¡Trescientos cuarenta y dos seres humanos que pudieron salvarse! Todo lo tienes asquerosamente bien organizado y con fechas exactas… por eso sabemos el maldito numero exacto de las personas que asesinaste.
—Pero… yo estaba siguiendo el protocolo… el protocolo establecido…
—¿Qué protocolo? ¡El mundo se acabó! ¡No hay protocolos! ¡Solo hay supervivencia!
Hernández se levantó y rodeó el escritorio. Tomó a Elena de la camisa.
—Mi familia: Sofía y Marta. Tenían toda la vida por delante. Carla era inmune por su tipo de sangre, ¿sabías? Se determinó que algunos lo son; siempre que la mordida no las desangrara, las personas inmunes podrían vivir… Yo… yo —se pasó la mano por la cabeza, parecía que en cualquier momento la ahorcaría— yo solo debía reencontrarme con ella. Su mordida nunca habría progresado; solo se sentiría mal por un tiempo, pero sobreviviría… Apuesto que también las niñas… Pero usted no se molestó en esperar. No se molestó en averiguar. Solo las mató y llenó sus malditos formularios… ¡Maldita sea la hora en que ellas se toparon contigo! —gritó esto último con un sonido que hasta pareció gutural.
—Yo… yo trataba de ayudar… —la habitación comenzó a dar vueltas.
—No… ¡no y no! Tú solo tratabas de mantener tu ilusión de orden, de creer que tenías el maldito control. ¡Matas gente para poder archivarlos limpiamente! Para poder poner sus nombres en columnas perfectas.
Elena sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas. Pero incluso ahora, incluso con la verdad destruyéndola, una parte de su mente pensaba: Necesito lavarme la cara. Necesito limpiarme. Necesito actualizar los registros.
Hernández ordenó traer una caja de su almacén. La caja #1.127.
—Ábrala —ordenó.
Elena obedeció con manos temblorosas. Dentro había un certificado de defunción y una bolsa con cabello rubio rizado.
—Lea el nombre.
—Alejandra Mendoza. Seis años. Infección por mordida. Marzo 15 de 2027.
—Cinco días —dijo Hernández— después de que se distribuyó la cura. Esa niña tenía madre. Tenía un hermano. Llegaron al refugio dos horas después buscándola. Dijeron que una mujer oficial les había dicho que llevara a la niña para darle tratamiento. La madre confió. Nunca volvió a ver a su hija.
—Yo… estaba ayudando…
—¿¡AYUDANDO!? —Marcos, que había permanecido en silencio, finalmente explotó—. Mi hermano menor. Lo encontraste en julio. Diecisiete años. Una mordida en la mano. Le dijiste que lo llevarías al centro de tratamiento. Yo lo busqué durante semanas. Encontré su certificado de defunción en tu archivo. Número 3.845.
Elena recordó. Un chico joven, asustado, llorando. Ella le había dicho que todo estaría bien. Que solo debía dormir. Y luego… y luego había sido tan fácil. Un golpe rápido. Y después el silencio… El orden perfecto del silencio.
—Yo pensé… al principio no había cura… después yo solo… necesitaba continuar el trabajo… necesitaba seguir trabajando es la única forma que tengo de vivir.
—¿Trabajo? —Hernández escupió la palabra—. Asesinato. Eso es lo que hiciste. Asesinato en serie disfrazado de burocracia.
Elena se hundió en la silla. Las cifras bailaban en su cabeza. 4,731 defunciones documentadas. ¿Cuántas de las últimas habían sido salvables? ¿Cuántas?
Y lo peor: incluso ahora, incluso comprendiendo el horror de lo que había hecho, una parte de ella todavía quería regresar… todavía quería completar los formularios…. todavía necesitaba el orden.
Hernández no la mató. Eso habría sido misericordioso.
Sus hombres destruyeron el almacén. Quemaron los formularios. Los cuatro mil setecientos treinta y un certificados de defunción se convirtieron en cenizas. Sacaron los cuerpos del sótano y los cremaron apropiadamente, con ritos, con respeto, con nombres leídos en voz alta.
A Elena le dieron una mochila con provisiones para tres días y la echaron fuera de la zona segura.
—Sobrevive si puedes —dijo Marcos—. Pero si nos enteramos de que vuelves a acercarte a alguien que acaba de ser mordido para documentarlo, te matamos.
Elena caminó durante horas por las calles abandonadas. Sin rumbo. Sin propósito.
Al anochecer, escuchó un gemido.
En un callejón, una mujer joven estaba tirada contra la pared. Una mordida fresca en el hombro. Temblaba, sudaba, lloraba.
—Ayuda —susurró al ver a Elena—. Por favor… el centro de tratamiento… está a seis calles… no puedo caminar…
Elena se arrodilló junto a ella. Sacó de su mochila lo único que había salvado: un formulario en blanco, un bolígrafo.
—¿Tu nombre? —preguntó.
—¿Qué? Yo… María… María Solís… por favor, ayúdame a llegar al centro…
—Edad.
—¿Por qué…? ¡Por favor! ¡Veintitrés años! ¡Ayúdame!
Elena escribió con letra perfecta: María Solís, 23 años. Infección por mordida en hombro.
—¿Qué haces? —La chica intentó levantarse, pero estaba demasiado débil—. ¡El centro está cerca! ¡Puedes llevarme! ¡Por favor!
Elena miró el formulario. Miró a la chica. Luego miró sus propias manos temblorosas, manchadas de tinta y recordó:
Había una cura. Había tratamiento. Había esperanza.
Pero sin el orden, sin los registros, sin la documentación perfecta… ¿qué sentido tenía todo?
Elena cerró los ojos. Cuando los abrió, ayudó a María a ponerse de pie.
—Vamos —dijo—. Te llevaré al centro.
Caminaron lentamente por las calles oscuras. María se apoyaba en Elena, respirando con dificultad. A dos calles del centro médico, un grupo de infectados en etapa tres emergió de un edificio.
Cinco de ellos, eran rápidos y hambrientos.
Elena empujó a María detrás de un auto abandonado.
—Corre cuando te diga —susurró—. El centro está allá, tienes que correr y no mires atrás, no se te ocurra detenerte por mí.
Los infectados se acercaban, rugiendo, con horribles sonidos guturales.
—¡Ahora! —gritó Elena.
María corrió y Elena se quedó atrás, gritando, atrayendo la atención de los infectados hacia ella.
Los monstruos se abalanzaron.
Elena sintió los dientes desgarrando su brazo, su pierna, su cuello.
Mientras caía, con la sangre llenando su boca, su último pensamiento fue: Necesito documentar esto. Certificado número 4.732. Mi propio certificado.
Pero no había formularios.
No había orden.
Solo caos.
Solo el fin.
FIN
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