CARNADA COLOR AMARILLA
Autora: Kassfinol
Género: Ficción Apocalíptica – Terror Zombi
Todos los derechos reservados.
El primer mordisco sonó a costilla partida. Un chasquido seco y húmedo a la vez. Leo lo oyó desde el armario donde su madre lo había empujado, susurrándole:
—Quieto, mi amor, quieto como en el juego —con una voz tan calmada que, por un segundo, él creyó que todo iba a pasar.
Luego, la puerta se abrió de un golpe. A través de las rendijas del armario, Leo vio sombras forcejeando. Su madre gritaba mientras empujaba contra algo que gruñía, algo que no sonaba humano. Los brazos de ella se movían desesperados, tratando de apartarlo, pero la cosa se abalanzó sobre su hombro. El crujido fue peor de cerca.
Su padre apareció en el marco de la puerta. Leo vio la sangre en su brazo, el desgarro en la manga de su camisa. Vio sus ojos, todavía sus ojos, fijos en mamá.
El primer disparo hizo que Leo se tapara los oídos. La cosa que mordía a su madre cayó al suelo.
El segundo disparo fue más suave, como si su padre ya no tuviera fuerzas. Su madre se desplomó contra la puerta del armario, cerrándola con su propio peso. Leo escuchó su último suspiro, un sonido que jamás olvidaría.
—Perdóname —la voz de su padre sonaba rota—. Cuídate Leo.
El tercer disparo resonó en el silencio.
Leo no supo cuánto tiempo pasó. Horas, tal vez días. No tenía fuerzas, pero el olor lo sacó. Un hedor dulzón y espeso que le provocaba arcadas. Empujó la puerta y el cuerpo de su madre se desplomó en el suelo con un ruido blando. No miró hacia atrás. Cruzó el pasillo, esquivando los cristales rotos, el charco viscoso que ya no era rojo sino casi negro, y salió por la ventana de la cocina a la calle desierta.
La imagen de su padre mordido, matando primero al zombi, luego a su madre antes de que se convirtiera, y finalmente disparándose a sí mismo, había sido el último gesto amable de su padre. Aun así, el recuerdo lo golpeaba una y otra vez.
El mundo se había puesto quieto y ruidoso a la vez. El viento movía papeles por el asfalto, pero los gruñidos bajos y los pasos arrastrados venían de todas direcciones. Leo corrió. No sabía hacia dónde. Su mente era una repetición en bucle:
Es momentáneo. Como un corte de luz grande. Volverán los policías, los bomberos. Alguien vendrá.
Antes, su vida había sido de color amarillo. El amarillo de las paredes de la cocina en las mañanas de sábado, el de la mermelada de albaricoque que su madre hacía, el del sol en las tardes de fútbol con su padre en el parque.
Su familia era una excepción a la regla, una burbuja de risas y abrazos que a veces le daba un poco de vergüenza delante de sus amigos, pero que por dentro le hacía sentirse como una fortaleza impenetrable. Soñaba, de forma vaga, con un futuro que era una extensión de ese presente: una chica que lo mirara como su padre miraba a su madre, una casa con un jardín, la tranquilidad de saber que el mundo era, en esencia, un lugar benévolo.
Esa ingenuidad era ahora su lastre y su motor. Mientras se escondía en un contenedor vacío, mordisqueando una barra de cereal que había sacado de su mochila, pensaba:
Esto no puede ser para siempre. Tiene que acabar. Solo tengo que aguantar.
Una semana después, los encontró. O ellos lo encontraron a él. Eran tres: Mara, una mujer delgada y con ojos que no paraban de moverse; Jota, un tipo grande con una llave inglesa siempre en la mano; y el Chico, un adolescente flaco que tosía sin parar.
—Puta madre, un crío —escupió Jota al verlo esconderse bajo un coche volcado.
Mara lo miró con una curiosidad fría.
—Está entero… Limpio.
—¿Y qué? Pesa menos que mi mierda y estoy seguro que llora por las noches.
—Los pequeños caben en sitios donde nosotros no —dijo ella, y su sonrisa no llegó a los ojos—. Oye, niño, ¿estás solo?
Leo asintió, desconfiado. Les contó, a trozos, lo de sus padres. Mara fingió una pena que no sentía.
—Vente con nosotros. Tenemos un sitio seguro. Esperaremos juntos a que todo esto se calme.
El sitio seguro era un sótano húmedo detrás de un supermercado saqueado. La primera noche, Jota le dio una lata abollada.
—Tienes que ganarte la comida, enano. Mañana, te toca salir a ti.
Salir, significaba ser el cebo. Leo, con su cuerpo pequeño y ágil, debía distraer a los caminantes —así los llamaban ellos— mientras Mara y Jota saqueaban una farmacia. Le dieron un silbato.
—Corre como si te llevaras el diablo detrás —le dijo Mara, ajustándole la chaqueta con una falsa ternura que le recordó, de forma grotesca, a su madre—. Y pita. Pita fuerte.
Lo hizo. Corrió como si el corazón le fuera a estallar, el silbato gritando en sus oídos, con media docena de figuras lentas y persistentes siguiéndolo. Mientras, ellos entraban y salían de la farmacia, llenando sus mochilas. Cuando terminaron, Jota le gritó:
—¡Ya, todo listo!
A Leo no le quedó más remedio que dar un rodeo, esquivando manos grises y bocas abiertas, para volver al punto de encuentro. Al llegar, jadeante, con las piernas temblorosas, Jota se rió.
—Bien hecho, carnada. Resultaste ser bastante útil.
Así fue durante unos días. Leo era el señuelo, el explorador, la pieza pequeña y desechable. Una tarde, buscando comida en una casa, Jota lo empujó hacia una habitación donde algo se movía.
—Mira a ver qué hay. Eres el que mejor corre.
Leo abrió la puerta. Era un caminante, un anciano con un pijama sucia, que se abalanzó sobre él. Leo logró cerrar la puerta de golpe, asegurándolo dentro, pero no antes de que una mano fría y rígida le rozara la cara. Se desplomó contra la pared, vomitando la bilis.
Desde fuera, oyó la risa de Jota.
—¿Ves? Para eso sirve. Para que nosotros no nos manchemos las manos.
Por las noches, el Chico, el adolescente que tosía, a veces se sentaba cerca de él.
—No les des importancia —murmuró una vez, mientras limpiaba un cuchillo oxidado—. Todos estamos jodidos. Tú solo en este momento estás más jodido que nosotros.
—¿Por qué te quedas con ellos? —preguntó Leo, con un hilo de voz.
El Chico tosió, un sonido profundo y húmedo. —¿A dónde mierda voy a ir? Antes de esto ya estaba jodido. Esto… es solo más de lo mismo.
Leo no lo entendió. Para él, el antes era el paraíso. El ahora era una pesadilla temporal. La idea de que alguien pudiera haber estado jodido antes le resultaba tan ajena como el propio apocalipsis.
El plan final fue una estupidez. Jota había oído rumores de un refugio en una fábrica a las afueras de la ciudad, pero el camino estaba plagado de ellos.
—Una manada dijo Mara, sus ojos brillando con una idea peligrosa.
—El crío los lleva lejos. Nosotros entramos, limpiamos el lugar, y luego le recogemos.
—¿Y cómo piensas que va a escapar? —preguntó el Chico, con la voz más firme de lo habitual.
—Ese es su problema —espetó Jota—. O lo hace, o se queda fuera. Con sus nuevos amigos.
Leo los miró. Vio la indiferencia en los ojos de Mara, el desprecio en los de Jota, y una sombra de algo que pudo ser lástima en los del Chico. Su mente, por primera vez, aceptó la verdad cruda: no iban a volver por él. Su esperanza era un defecto de fábrica, un lujo de quien había tenido una vida de color amarillo.
—De acuerdo —confirmó Leo, y su propia voz le sonó extraña, fría.
Al amanecer, se colocó en la entrada de la avenida, frente a la masa lenta y gruñona de docenas de zombis. Al otro lado, tras una valla, estaba la fábrica. Mara, Jota y el Chico observaban desde un segundo piso de un edificio contiguo. Le hicieron la señal.
Leo respiró hondo. Ya no pensaba en el futuro, en la chica, en la casa con jardín. Solo pensaba en la mancha oscura en la camiseta de su madre. Sopló el silbato con todas sus fuerzas.
Las cabezas se giraron al unísono. Un coro de gruñidos surgió de la multitud. Y entonces, Leo no corrió para alejarlos. Corrió hacia ellos, esquivando los primeros brazos, zigzagueando entre los cuerpos podridos, directo hacia la valla de la fábrica.
No era el plan. Él no era la carnada. Era un misil.
—¡Qué hace el jodido crío! —oyó gritar a Jota a lo lejos.
Leo trepó la valla con una agilidad desesperada. Cayó del otro lado y corrió hacia la puerta principal de la fábrica, seguido de cerca por los primeros caminantes que, atraídos por el ruido, empezaban a agolparse contra la cerca. Él había traído la plaga directamente hacia su puerta.
Desde la ventana, Mara lo miró con odio puro. Leo les había arruinado su jugada limpia. Ahora tenían que pelear para entrar y para salir.
La puerta de la fábrica cedió con un golpe seco. No estaba tan vacía como creían. La oscuridad interior empezó a bullir con formas. Leo no se esperó. Giró sobre sus talones y corrió calle abajo, alejándose del caos de gritos y gruñidos que estallaba detrás de él. No miró atrás. No le importaba.
Corrió hasta que el aire le quemó los pulmones. Se refugió en lo que quedaba de una zapatería, desplomándose entre un montón de cajas vacías. Estaba solo. Completamente solo… De nuevo, y por primera vez, lo entendió.
El mundo no se había roto. Simplemente, siempre había estado así para la mayoría. El Chico lo sabía. Mara y Jota, probablemente, también. Su familia, su burbuja amarilla, había sido la anécdota, no la norma. La vida no era justa, ni benévola, ni momentáneamente mala. Era esto: un juego de supervivencia donde los más débiles servían de carnada.
Dos días después, el hambre lo hizo imprudente. Salió a buscar comida a un restaurante con las ventanas reventadas. Dentro, moviéndose entre las mesas volcadas, había solo uno. Un zombi lento, con el uniforme de camarero desgarrado.
Leo pensó que podía con él, porque era solo uno.
Se deslizó hacia la cocina, buscando latas. Encontró un paquete de galletas medio pisado. Cuando se agachó para cogerlo, una mano surgió de debajo de una mesa, agarrándolo del tobillo con una fuerza férrea. Era otro, uno que había permanecido quieto, tirado en el suelo. Leo gritó y forcejeó, pero el agarre era de hierro. El camarero, giró lentamente y empezó a caminar hacia él, arrastrando los pies.
Leo miró al que lo sujetaba. Era un niño como de doce años. No mucho mayor que él. Su rostro estaba pálido y sucio, pero en sus ojos no vacíos se mostraban llenos de una angustia antigua y resignada, vio el reflejo de lo que el Chico le había dicho:
Antes de esto ya estaba jodido.
No hubo lucha. No hubo un final épico. Solo el acercamiento lento e inevitable del camarero, y la comprensión final de Leo. Su sufrimiento había sido corto. Una desgracia breve comparado con la vida de miseria que este otro niño, y millones como él, habían llevado desde su primer respiro. El hecho de que fuera común no lo hacía normal. Solo lo hacía más terrible.
El mordisco, cuando llegó, también sonó a costilla partida. Y esta vez, no hubo un armario desde donde escucharlo. Solo la oscuridad, y el alivio frío de dejar de ser la excepción a la regla.
Fin
