Relato gratis: El concurso de la novia del CEO

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Título: El Concurso de la Novia del CEO

Autora: Kassfinol

Género: Romance Paranormal

Todos los derechos reservados



—Esto es la peor idea que has tenido, y eso es decir mucho viniendo de la mujer que una vez trató de teñirse el cabello con Kool-Aid.

Mi mejor amiga, Jess, me ignoró por completo mientras me arrastraba por el vestíbulo de mármol del hotel más pretencioso que había visto en mi vida. Y había visto muchos, porque trabajar como freelance te hace aceptar reuniones en los lugares más ridículos con tal de que haya wifi gratis.

—Amanda, cállate y camina. Esto va a cambiar nuestras vidas.

—Nuestras vidas están bien como están.

Mentira. Mi vida era una mierda. Treinta mil dólares en deudas estudiantiles, un apartamento del tamaño de un clóset y clientes que pensaban que «exposición» pagaba la renta. Pero había niveles de desesperación, y esto —lo que fuera que Jess me estuviera arrastrando a hacer a las nueve de la noche un martes— cruzaba varias líneas.

—»Una Semana con el CEO» —leí el banner elegante que colgaba sobre las puertas de caoba mientras ella me jalaba del brazo—. Jess, esto suena a película porno de bajo presupuesto.

—Es un concurso legítimo —me soltó solo para empujarme por la espalda—. Kael Thorne, el CEO de Thorne Industries, está buscando… bueno, no estoy segura de qué está buscando, pero el premio es un millón de dólares y un contrato laboral de por vida.

Clavé los talones en el suelo de mármol.

—¿Un millón?

—Y el contrato.

—¿Qué tengo que hacer? Porque si involucra fluidos corporales que no sean los míos, estoy fuera.

Jess puso los ojos en blanco y me empujó hacia las puertas.

—Solo tienes que pasar una semana en su mansión. Ser… compatible con él.

—Compatible. Qué palabra tan vaga y aterradora al mismo tiempo.

—Amanda, tienes treinta mil en deudas. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no fuera ramen?

Ayer. Pero había sido ramen fancy con un huevo, así que en teoría estaba subiendo en el mundo.

—Fine —dije, porque era débil y estúpida—. Pero cuando esto resulte ser una operación de tráfico humano, quiero que sepas que te voy a perseguir como fantasma.

—Anotado.

Las puertas se abrieron hacia un salón que parecía diseñado para hacer sentir pobre a cualquiera que entrara. Techos de seis metros. Candelabros que costaban más que mi educación universitaria. Ventanas cubiertas con cortinas gruesas de terciopelo, lo cual era raro para un hotel, pero el aire acondicionado estaba a temperatura de morgue y la iluminación venía toda de las lámparas, así que tal vez era parte de la estética de «billonario con crisis existencial».

Y mujeres. Muchas mujeres.

Todas lucían como modelos de pasarela que se habían perdido camino a una sesión de fotos de lencería de lujo. Yo lucía como alguien que había comprado su «outfit elegante» en una tienda de segunda mano y esperaba que nadie notara las manchas de café.

—Jess —le apreté el brazo—. No pertenezco aquí.

—Nadie pertenece aquí. Por eso es perfecto. Sé tú misma.

—Ser yo misma me ha llevado a vivir en un apartamento donde puedo tocar todas las paredes sin moverme.

—Detalles.

Una mujer con un portapapeles y una expresión que sugería que odiaba su vida tanto como yo la mía se acercó con pasos precisos. Traje oscuro, pelo recogido tan tirante que le debía doler.

—¿Nombre?

—Amanda Reyes.

Pasó el dedo por su lista y frunció el ceño.

—No estás registrada.

—Oh, qué lástima, supongo que tendré que—

—Yo la registré —interrumpió Jess—. Anoche. Confirmación número 2847.

La mujer revisó otra vez, suspiró como si acabáramos de arruinar su día.

—Fine. Se registraron más de tres mil candidatas, pero solo cincuenta pasaron el filtro. Felicidades, eres una de ellas —lo dijo con el mismo entusiasmo de un dentista anunciando una endodoncia—. Habitación C-12. El señor Thorne comenzará las entrevistas en una hora. Vístete de forma apropiada.

Miró mi outfit con el tipo de desdén que se reserva para crímenes de guerra.

—Más apropiada —añadió antes de girar sobre sus tacones.

La «habitación» resultó ser una suite más grande que mi apartamento, con baño de mármol, cama king size y un vestidor lleno de ropa que no era mía.

—¿Qué mierda? —murmuré, pasando las manos por vestidos que costaban más que mi auto.

Había una nota en papel grueso, caligrafía elegante:

«Para las candidatas. Elijan lo que les plazca. Todo es cortesía de Thorne Industries. Buena suerte.»

Buena suerte. Como si esto fuera un concurso de talentos y no… lo que fuera que era.

Saqué el vestido más simple que pude encontrar: uno negro, mangas largas, cuello alto. Si iba a venderme por un millón de dólares, al menos lo haría con algo de dignidad. Me lo puse, cerré el zipper con dificultad y me paré frente al espejo de cuerpo completo.

Casi no me reconocí. El vestido me quedaba perfecto. Demasiado perfecto.

—Okay, esto es inquietante a un nivel nuevo.

Un golpe en la puerta me hizo saltar.

—¿Señorita Reyes? —una voz masculina, profesional—. El señor Thorne está listo para verla.

Ya. Porque el universo no creía en darme tiempo para procesar nada.

—Un segundo —grité, y usé esos treinta segundos para tener un ataque de pánico compacto pero eficiente.

Respiré hondo. Me pellizqué las mejillas para que tuvieran algo de color. Esto es estúpido. Esto es la cosa más estúpida que he hecho. Pero es un millón de dólares. Puedo ser estúpida por un millón de dólares.

Abrí la puerta.

El hombre del otro lado era alto, traje impecable, joven —tal vez de unos treinta años— con una expresión que sugería que había visto demasiado y ya nada lo sorprendía.

—Sígame, por favor.

Caminamos por pasillos que no terminaban nunca. Las ventanas del hotel habían quedado atrás; aquí todo era iluminación artificial, cálida, pero sin fuente visible, como si la luz saliera de las paredes mismas. Subimos escaleras de mármol con pasos medidos —los suyos, no los míos, porque yo iba tratando de no matarme con los tacones prestados— y pasamos obras de arte que seguro estaban aseguradas por millones.

—¿Cuántas candidatas hay? —pregunté, porque el silencio me estaba matando.

—Cincuenta.

—Jesús.

—El señor Thorne es muy… selectivo.

—Apostaría.

Me miró de reojo mientras doblábamos una esquina, y algo parecido a diversión le cruzó la cara.

—Usted es diferente de las otras.

—¿Es un cumplido o una observación?

—Ambas.

Nos detuvimos frente a puertas dobles de madera oscura, talladas con diseños que parecían antiguos. Célticos, tal vez. O algo más viejo. Él puso la mano en el picaporte, pero esperó.

—El señor Thorne la verá ahora.

Empujó las puertas.

Y ahí estaba.

Kael Thorne.

Mierda.

Las fotos no le hacían justicia, y las fotos ya eran de injustas para arriba.

Alto, más de un metro ochenta y cinco fácil, cabello negro que le caía justo por encima de los hombros, facciones como sacadas de una escultura renacentista a la que alguien le hubiera dicho «más». Y los ojos. Grises, pero no gris normal: algo más frío, más metálico, como plata vieja o escarcha sobre acero. Algo que no debería existir en un rostro humano.

Estaba de pie en el centro de la habitación —sin ventanas, noté; solo paneles de madera y estantes de libros iluminados con lámparas de mesa— con las manos entrelazadas detrás de la espalda.

—Señorita Reyes —dijo sin voltearse del todo, como si supiera en qué ángulo exacto me había detenido—. Qué interesante elección de vestido.

Su voz tenía algo oscuro, algo bajo que me hizo enderezar la espalda sin que yo lo decidiera. Como whisky caro: te quemaba sin que supieras por qué querías más.

—Era el más modesto —dije, porque mi boca siempre funcionaba antes que mi cerebro.

Se giró entonces, cada movimiento fluido, controlado, y sus ojos me encontraron con una intensidad que me cortó la respiración por un segundo.

—La modestia —dijo mientras daba un paso hacia mí, luego otro— no es lo que busco.

Me crucé de brazos, más por instinto de protección que por actitud.

—¿Qué busca entonces?

Sonrió. Apenas. Se detuvo a dos metros de distancia e inclinó la cabeza como si estuviera estudiándome, evaluando algo que yo no podía ver.

—Todavía estoy decidiendo.

Un silencio largo. Él no lo rompió. Yo no iba a perder primero.

—¿Por qué está aquí, señorita Reyes?

Intenté meter las manos en los bolsillos del vestido. No tenía bolsillos. Mierda. Las dejé caer a mis costados.

—Por el dinero. Tengo deudas y si gano esto, las pago todas.

—Honesta —su tono no era de burla; era de alivio, casi—. Eso me agrada.

Dio otro paso. Ahora estaba lo bastante cerca como para que pudiera ver que sus pestañas eran de una longitud insultante.

—¿Las otras mienten?

—Las otras dicen lo que creen que quiero oír. Que están aquí por la oportunidad, por la aventura… —hizo una pausa, y su mandíbula se tensó un segundo— por mí.

Pasó una mano por su cabello, echándolo hacia atrás con un gesto que parecía más hábito que vanidad.

—¿Usted está aquí por mí?

—No lo conozco —dije, encogiéndome de hombros—. Sería absurdo estar aquí por alguien que es un extraño muy rico con un concurso muy raro.

Algo brilló en su mirada. Se movió otra vez, esta vez rodeándome despacio, con las manos todavía detrás de la espalda. Tuve que girar la cabeza para seguirlo, y mi nuca se erizó cuando pasó detrás de mí.

—¿Encuentra esto raro?

—Encuentro esto raro a niveles preocupantes. ¿Quién hace un concurso para encontrar… ¿qué, exacto? ¿Una asistente? ¿Una novia? ¿Un espécimen de laboratorio? No ha sido nada específico.

Se detuvo frente a mí otra vez, tan cerca que podía oler su perfume. Algo especiado y antiguo, como bibliotecas cerradas y vino que llevaba décadas en una bodega.

—¿Y si fueran las tres cosas?

—Entonces es raro y sobreexigente.

Levantó una mano, y por un segundo pensé que iba a tocarme. En cambio, señaló hacia un sillón de cuero.

—Siéntese.

—Prefiero estar de pie.

—No era una sugerencia.

Me senté. Porque algo en su tono hizo que mis piernas obedecieran antes de que mi cerebro pudiera protestar, y eso me molestó más que cualquier otra cosa desde que había entrado a esta habitación.

Él se apoyó contra el escritorio, cruzó los brazos sobre el pecho. El gesto debería haberlo hecho ver casual; en cambio, parecía un depredador que se había acomodado a descansar porque sabía que su presa no iba a ningún lado.

—Dígame, señorita Reyes, ¿qué haría con un millón de dólares?

Me recosté contra el respaldo y crucé las piernas.

—Pagar mis deudas. Comprar un apartamento donde pueda estirar los brazos sin golpear una pared. Tal vez tomarme unas vacaciones que no involucren dormir en el sofá de mi amiga.

—Aspiraciones modestas —su tono fue serio; no era burla.

—Aspiraciones realistas —repliqué sin pensarlo.

Se empujó del escritorio y caminó hacia una pequeña barra en la esquina. Sacó una botella de cristal con líquido oscuro y sirvió dos copas sin preguntar si yo quería. Sus movimientos eran precisos, casi rituales, como si hubiera servido vino miles de veces y cada vez le importara hacerlo bien.

—¿Y el contrato? ¿El trabajo de por vida? ¿Qué piensa sobre eso?

—Depende del trabajo. Pero viendo que no tengo muchas opciones…

Me ofreció una copa. La tomé, y nuestros dedos se rozaron un segundo. Lo bastante como para darme cuenta de que su piel estaba fría. No fría de «me lavé las manos con agua fría», sino fría como mármol, como algo que no había tenido calor en mucho tiempo.

—Trabajaría para mí —dijo, volviendo a su posición contra el escritorio—. En lo que yo necesitara.

Tomé un sorbo. El vino era muy bueno, del tipo que no tiene precio en el menú porque si necesitas preguntarlo, no te lo puedes pagar.

—Eso suena un poquito a esclavitud —dije, y el vino me dio la valentía justa para añadir—. ¿Tengo que comprar mi grillete o ya viene incluido con el puesto?

Soltó una carcajada corta. El sonido fue grave, inesperado, y provocó algo raro en mi pecho: un tirón, como cuando pisas un escalón que no estaba ahí.

Luego se sentó en el sillón frente al mío, estiró las piernas con esa gracia absurda que tenía y me miró mientras hacía girar el vino en su copa.

—Me agrada usted, señorita Reyes.

—No estoy aquí para agradarle. ¿Lo recuerda? Solo el dinero y el trabajo.

—Lo sé. Y por eso me agrada.

Sus ojos no dejaron los míos. No parpadeó. No miró a otro lado. Esa atención concentrada debería haberme incomodado, y lo hizo, pero también me clavó al sillón con algo que no sabía si era miedo o curiosidad o las dos cosas enredadas.

—¿Aceptaría el contrato? Una semana en mi mansión. Accediendo a mis peticiones. Sin hacer preguntas.

—Eso último es un problema, porque yo siempre tengo preguntas.

—Lo he notado.

Hice girar el vino en mi copa, observando cómo la luz lo atravesaba.

—¿Y si sus peticiones involucran cosas ilegales?

—No lo harán.

—¿Inmorales?

—Eso depende de su definición de moral.

Dejé la copa en la mesita entre nosotros con más fuerza de la necesaria.

—Cada vez me está gustando menos este pitch.

Sonrió otra vez, y esta vez mostró dientes. Blancos, alineados con una perfección que no parecía natural y… ¿un poco afilados? Los caninos. Solo un poco.

Son solo sus dientes, me dije. La gente tiene caninos puntiagudos. No es nada.

Se puso de pie en un movimiento fluido y caminó hacia una esquina del estudio donde había un reloj de péndulo que marcaba las once de la noche. Lo miró un segundo, como verificando algo, y luego se giró.

—Le daré un tiempo para pensarlo. Si acepta, mi chofer la recogerá mañana a las nueve de la noche. Si no… —se encogió de hombros sin voltear del todo— el dinero irá a otra candidata menos interesante.

Me levanté y alisé el vestido con manos que querían temblar pero que obligué a quedarse quietas.

—¿Ya decidió? ¿Sin entrevistar a las otras cuarenta y nueve?

—No necesito entrevistarlas. Ya sé lo que dirán y lo que harán. Son predecibles, y lo predecible me resulta insoportable después de tantos años.

¿Tantos años? Tenía, ¿qué, treinta y cinco? ¿Cuarenta como mucho? ¿De qué «tantos años» hablaba?

Caminé hacia la puerta y puse la mano en el picaporte.

—¿Y yo no? ¿Yo no le resulto predecible?

Giró, cruzó la distancia entre nosotros en tres zancadas largas —demasiado rápidas, algo en mi cerebro registró que eran demasiado rápidas para la distancia— y de pronto estaba ahí, invadiendo mi espacio, haciendo que el aire se volviera denso entre los dos.

—Usted, señorita Reyes, es cualquier cosa menos predecible —se inclinó y su aliento acarició mi oído, frío, sin rastro de calor humano—. Y eso es justo lo que necesito.

Se alejó con la misma rapidez con la que se acercó, volvió al centro del estudio con esa gracia maldita, y se quedó de pie junto al reloj como si no acabara de provocar un cortocircuito en todo mi sistema nervioso.

—Mi asistente la escoltará de vuelta. Que tenga buenas noches, señorita Reyes.

Abrí la puerta con manos torpes. El asistente esperaba en el pasillo con expresión neutral, como si escoltar mujeres aturdidas fuera parte habitual de su rutina laboral.

Mis piernas apenas me sostuvieron mientras caminábamos de vuelta por esos pasillos sin ventanas. El frío de los dedos de Kael todavía me hormigueaba en la piel. Su voz todavía me vibraba en el oído. Y mi cerebro no paraba de repetir un loop estúpido: la velocidad, el frío, los dientes, la forma en que dijo «tantos años» como si fueran muchos más de los que su cara mostraba.

Acababa de conocer al hombre más peligroso de mi vida.

Y lo peor —lo más jodido de todo— era que no podía esperar para volver a verlo.

Jess me esperaba en mi habitación, tirada en la cama king size como si la hubiera comprado ella, comiendo uvas de una bandeja de frutas que costaba más que mi presupuesto semanal de comida.

—¿Y? —preguntó en cuanto entré—. ¿Cómo estuvo?

Me quité los tacones y los lancé a una esquina. Uno golpeó la pared; el otro rebotó contra una mesita y casi tira un jarrón que seguro valía más que mi riñón.

—Raro. Intenso. Y muy seguro ilegal en al menos tres jurisdicciones.

—¿Pero vas a hacerlo?

Me dejé caer en el sillón junto a la ventana, masajeando mis pies adoloridos mientras la ciudad brillaba abajo, toda luces nocturnas y tráfico de medianoche.

—No lo sé. Seguro que no. No. En definitiva, no.

—Entonces ¿por qué suenas como si estuvieras tratando de convencerte?

—Porque es un millón de dólares, Jess. ¡Un puto millón!

—¿Qué te pidió que hicieras?

—Nada todavía —me quité el vestido negro por la cabeza porque ya no soportaba sentir esa tela que me quedaba demasiado bien, y me puse mi camiseta vieja de Radiohead—. Solo estar en su mansión. Acceder a sus peticiones. No hacer preguntas.

Jess se incorporó y agarró otra uva.

—Eso podría significar cualquier cosa.

—Exacto. Podría ser «organiza mis calcetines por color» o «ayúdame a ocultar un cadáver». No hay forma de saber.

—¿Y él? ¿Cómo es?

Me froté la cara con ambas manos.

—Jess, ese hombre no es normal.

—Obvio —puso los ojos en blanco—. Es billonario. ¿Qué esperabas, un tipo con crocs y una cuenta de Netflix compartida?

—No, me refiero a que hay algo off. La forma en que se mueve, la forma en que habla, es como si fuera de otra época. Se movió demasiado rápido en un momento, cruzó toda la habitación en dos segundos, y sus ojos… —me estremecí— juro que no parpadeó ni una sola vez en toda la entrevista.

—Lentes de contacto fancy. Los ricos hacen esas mierdas.

—Tal vez —pero eso no explicaba la temperatura de su piel cuando nuestros dedos se rozaron, ni la forma en que cada instinto en mi cuerpo me gritó peligro mientras que algo más estúpido y primitivo me jalaba hacia él como un imán—. Y todo el evento fue de noche, Jess. A las nueve de la noche un martes. ¿Quién organiza un concurso millonario a las nueve de la noche?

—Alguien que tiene suficiente dinero como para que nadie le diga que es rara la hora.

—O alguien que no puede hacerlo de día.

Jess me miró con cara de «estás siendo dramática» y se metió tres uvas en la boca.

—¿Vas a aceptar?

Me levanté, caminé hacia el ventanal. La ciudad se extendía abajo, un mapa de luces y sombras.

—Si acepto y resulta ser una trampa, me culparás para siempre.

—Si no aceptas y pierdes un millón de dólares, te culparás a ti misma para siempre.

Tenía un punto. Un punto que me jodía, pero un punto.

—Dame hasta mañana. Necesito dormir en esto.

Jess se bajó de la cama, me abrazó por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro.

—Pase lo que pase, estaré aquí. Aunque sea para identificar tu cuerpo.

—Qué reconfortante.

—Para eso están las amigas.

No dormí.

Me quedé despierta lo que quedaba de la noche, mirando el techo, reproduciendo la conversación con Kael en mi cabeza. Cada palabra. Cada gesto. Cada momento en que se acercó demasiado y mi cuerpo no supo si correr o quedarse.

A las seis de la mañana, me rendí. Me duché, me puse jeans y una camiseta —mi ropa real, no los vestidos prestados— y me senté en el borde de la cama con mi teléfono en las manos.

Busqué «Kael Thorne» en Google.

Miles de resultados. CEO de Thorne Industries a los veinticinco. Fortuna estimada en cinco mil millones. Inversiones en tecnología, bienes raíces, arte. Filántropo. Soltero. Cada artículo incluía la misma línea: «conocido por su estilo de vida nocturno y su aversión a los eventos diurnos.»

Y fotos. Muchas fotos.

En galas benéficas —todas nocturnas—, siempre solo o con alguna modelo del brazo que cambiaba cada evento. En juntas de negocios, con esa expresión neutral que había visto anoche. Bajando de jets privados… de noche.

Pero algo me llamó la atención. Amplié una foto de hacía diez años, un artículo sobre jóvenes empresarios exitosos.

Kael se veía igual.

No «bien conservado para su edad». Igual. La misma cara. El mismo ángulo de mandíbula. Los mismos ojos grises mirando a la cámara con la misma expresión de «soy mejor que tú y ambos lo sabemos».

Busqué fotos más viejas. Veinte años atrás, un evento de caridad en los noventa. Si la fecha era correcta, debería tener unos quince años en esa foto.

Pero el hombre de la imagen tenía la misma cara de treinta y tantos que yo había visto anoche. Mismo rostro. Mismo cabello. Mismos ojos plateados. Congelado en el tiempo.

Imposible.

Cerré el navegador. Dejé caer el teléfono en la cama.

Photoshop. Tiene que ser photoshop. O es un pariente con genes de infarto. O estoy perdiendo la cabeza por falta de sueño.

Pasé el día tratando de distraerme. Trabajé en un proyecto de diseño que tenía pendiente, comí sobras del minibar, le mandé memes a Jess, y traté de no pensar en ojos color plata ni en piel fría ni en fotos imposibles.

No funcionó.

A las nueve de la noche, un golpe en la puerta me sacó de una espiral de Google donde había terminado leyendo artículos sobre criogenia y teorías de conspiración sobre billonarios inmortales.

—¿Señorita Reyes? —la voz del asistente de anoche—. El señor Thorne pregunta si ha tomado una decisión.

Qué puntual. Tal como había dicho. Ni un minuto antes.

Me puse de pie y abrí la puerta.

—Dígale que sí.

No sé qué me hizo decirlo. Tal vez la desesperación. Tal vez la curiosidad. Tal vez las fotos imposibles que no podía sacarme de la cabeza, porque si había algo raro con este hombre, la parte estúpida de mi cerebro —la que siempre ganaba— quería saber qué era.

El asistente asintió sin sorpresa, como si ya lo supiera.

—El auto la espera abajo. ¿Necesita empacar?

—¿Nos vamos ahora?

—El señor Thorne prefiere no perder tiempo.

Por supuesto que no.

Metí mis cosas en la mochila desgastada —no era mucho: ropa, laptop, cargadores, lo esencial— y le mandé un mensaje a Jess, que dormía en su habitación:

«Acepté. Si no sabes de mí en una semana, llama a la policía. O a un exorcista. Lo que parezca más apropiado.»

El auto era lo que esperarías de un billonario que no conoce la palabra «suficiente». Negro, largo, con interiores de cuero que olían a dinero viejo y privilegio heredado.

El chofer —un hombre mayor con expresión amable y manos grandes de alguien acostumbrado a cargar cosas pesadas— me abrió la puerta.

—Bienvenida, señorita Reyes. El viaje tomará unas dos horas.

—¿Dos horas? ¿A dónde queda esta mansión?

—En las afueras, bien adentro del campo. Al señor Thorne le gusta su privacidad.

Claro que le gusta.

Me acomodé en el asiento trasero. Había una botella de agua fría esperándome, y una caja de chocolates con una nota:

«Para el viaje. K.T.»

Abrí la caja. Chocolates artesanales, cada uno una pequeña obra de arte oscura y brillante. Tomé uno y me lo metí a la boca.

Se derritió en mi lengua —rico, complejo, con un fondo amargo que se convertía en dulce— y costaba, seguro, lo que yo pagaba de renta.

Mierda. Me está comprando con chocolate fancy.

Y está funcionando.

El auto salió de la ciudad y tomó carreteras cada vez más vacías. Los edificios dieron paso a campos oscuros bajo un cielo sin luna, y los semáforos se convirtieron en tramos largos de nada donde los faros del auto eran la única fuente de luz. Saqué mi laptop, traté de trabajar, pero la pantalla brillaba demasiado contra tanta oscuridad y cada pocos minutos levantaba la vista hacia la ventana, preguntándome a dónde mierda me estaban llevando.

Por fin, después de lo que pareció una eternidad, el auto giró por un camino privado flanqueado por árboles antiguos cuyos troncos aparecían y desaparecían en los faros como centinelas pálidos.

Y entonces la vi.

La mansión.

Mansión era quedarse corto. Era un puto castillo. Tres pisos de piedra gris que se recortaban contra el cielo nocturno, torres en las esquinas, ventanas arqueadas que brillaban con luz cálida desde adentro, como si el edificio entero estuviera despierto esperándome. Jardines oscuros se extendían en todas direcciones, y el olor a tierra mojada y jazmín nocturno entró por la ventana del auto.

—Jesús —murmuré.

—Impresionante, ¿verdad? —dijo el chofer mientras se detenía frente a las escaleras de entrada—. El señor Thorne la restauró él mismo. Tiene más de trescientos años.

—El castillo o él —dije, más para mí que para el chofer.

—¿Perdón?

—Nada. Hablo sola. Es un problema.

La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocar, lo cual ya de por sí era inquietante a las once de la noche en medio de la nada. Una mujer mayor, vestida con impecable traje oscuro, me saludó con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Señorita Reyes. Soy la señora Blackwood, el ama de llaves. Permítame mostrarle sus habitaciones.

—¿Mis habitaciones? ¿Plural?

—El señor Thorne cree en la comodidad de sus invitados.

Me llevó por un vestíbulo que parecía sacado de una película de época, pero de las que dan miedo. Candelabros de cristal que arrojaban sombras largas por las paredes. Escaleras de mármol con barandal tallado. Pinturas de personas que llevaban siglos muertas mirándome desde marcos dorados.

Y todo estaba iluminado con velas y lámparas, ninguna luz fluorescente, ningún tubo LED, nada que pareciera posterior al siglo XIX. Como si la electricidad fuera una sugerencia y no un requisito.

Subimos al segundo piso y doblamos por un pasillo largo con alfombras que amortiguaban nuestros pasos.

—Esta es su suite —dijo la señora Blackwood, abriendo puertas dobles.

La habitación era más grande que mi apartamento entero. Cama con dosel, chimenea encendida que proyectaba sombras naranjas por las paredes, ventanas del piso al techo con cortinas gruesas de terciopelo —cerradas—, y un baño anexo con una tina que podría albergar a tres personas sin que ninguna se quejara.

—El señor Thorne la verá para cenar en una hora —continuó la señora Blackwood—. Hay ropa en el vestidor si desea cambiarse. Si necesita algo, toque el timbre.

Señaló un cordón de terciopelo junto a la cama.

—¿Un timbre? ¿De los de jalar?

—El señor Thorne aprecia las tradiciones.

Salió, cerrando las puertas detrás de ella con un click suave que sonó demasiado a cerradura.

Me quedé parada en medio de la habitación, girando despacio, procesando. La chimenea crepitaba. El aire olía a madera quemada y lavanda.

¿En qué me metí?

Exploré. El vestidor tenía ropa en mi talla exacta. Vestidos, pantalones, blusas, todo en estilos que me gustaban. Había joyería en una caja de terciopelo. Zapatos organizados por color. Hasta la ropa interior era de mi talla.

Alguien había hecho su tarea. Alguien me había investigado a un nivel que cruzaba la línea entre «atento» y «obsesivo» sin frenar.

Debería haberme asustado. Pero lo que sentí fue rabia. Odiaba que supiera tanto de mí cuando yo no sabía nada de él.

Decidí no cambiarme. Si Kael quería que usara su ropa, tendría que pedírmelo con todas las letras.

Pasé la hora siguiente explorando la suite, tratando de trabajar en la laptop, fallando por completo, y mirando las cortinas cerradas preguntándome si habría algo afuera además de jardines oscuros y esa sensación de estar muy, muy lejos de todo lo que conocía.

Cuando tocaron mi puerta, ya llevaba diez minutos sentada en el borde de la cama convenciéndome de que esto no era el inicio de una película de terror.

—¿Señorita Reyes? El señor Thorne la espera en el comedor.

Abrí. Frente a mí, en el pasillo, había un joven con traje —otro asistente; Kael al parecer los coleccionaba— con expresión tranquila.

—Guíeme —dije, alisando mi camiseta de banda y mis jeans.

Si Kael esperaba elegancia, iba a decepcionarse.

El comedor era lo que esperarías encontrar dentro de un castillo a medianoche. Mesa larga de madera oscura que podría sentar a veinte personas, candelabros encendidos, cortinas de terciopelo sobre ventanas que imaginé enormes pero que estaban cubiertas del piso al techo. Todo era cálido, dorado, íntimo de un modo que se sentía calculado, como si alguien hubiera diseñado este espacio para que fuera imposible sentirse cómodo del todo.

Y en la cabecera, Kael.

Vestido de forma más casual que anoche: pantalones oscuros, camisa blanca con los primeros botones abiertos, cabello suelto y húmedo como si acabara de ducharse. Se puso de pie cuando entré e hizo un gesto hacia la silla a su derecha.

—Señorita Reyes. Me alegra que decidiera unirse a mí.

—Como si tuviera opción. Estoy a dos horas de cualquier parte y no tengo auto.

Una sonrisa pequeña le curvó los labios mientras me jalaba la silla. Un gesto anticuado, como de otra era, que me hizo sentir rara. Me senté. Él volvió a su lugar y sirvió vino en mi copa sin preguntar.

—Siempre tiene opción. Podría haberse quedado en su habitación.

—¿Y perderme cenar en un castillo de terror a medianoche? Ni loca.

—¿Castillo de terror? —levantó una ceja—. Qué descripción tan colorida.

—Tiene trescientos años. Está en medio de la nada. No hay una sola luz eléctrica que yo haya visto. Y usted es espeluznante —me serví pan y lo arranqué con más fuerza de la necesaria—. No estoy ciega ni soy tonta. Los ingredientes están todos ahí.

Tomó su propia copa, la hizo girar mientras me estudiaba con esa atención suya que parecía tener peso físico.

—¿Espeluznante a secas?

—Muy espeluznante, pero estoy tratando de ser educada. Es su casa y me dio chocolates.

La risa otra vez. Grave. Corta. Con un fondo que no supe identificar.

—Aprecio el esfuerzo.

Las puertas se abrieron y entraron dos personas con platos que olían como si un chef con estrella Michelin hubiera tenido un buen día. Filete. Vegetales asados con algo que olía a romero y ajo. Pan recién horneado. Mi estómago gruñó con la dignidad de un perro callejero.

Comí porque estaba muerta de hambre, no porque tuviera ganas de cenar con mi posible empleador/captor/lo que fuera. La carne se deshacía con el tenedor y los vegetales tenían un punto de caramelización que me dio ganas de llorar.

Kael apenas tocó su plato. Tomó vino, me observó, cortó su carne en pedazos pequeños que empujó por el plato con el tenedor sin llevarse ninguno a la boca. Lo mismo que anoche, cuando había servido vino para los dos pero solo bebió él. ¿Cuándo era la última vez que había visto a este hombre comer algo sólido?

Nunca. La respuesta era nunca.

—¿No tiene hambre? —pregunté.

—Ya comí.

—¿Cuándo? ¿Antes de que llegara?

—Algo así.

Raro. Pero a estas alturas «raro» era la línea base de todo lo relacionado con Kael Thorne, así que lo dejé pasar. Por ahora.

—Dígame, señorita Reyes, ¿qué le pareció su habitación?

—Excesiva. Hermosa. Bastante invasiva considerando que la ropa es mi estilo exacto y mi talla exacta, hasta la ropa interior.

—Hago mi investigación.

—Eso no es investigación. Es acecho nivel experto. Si no fuera millonario, le llamaríamos stalking.

Dejó el tenedor, se recostó en su silla y cruzó los brazos. La camisa se le tensó en los hombros y decidí mirar mi plato en vez de eso.

—¿La hace sentir incómoda?

—Hace que me pregunte qué más sabe de mí.

—Todo.

Lo dijo tan simple, tan directo, que me quedé sin palabras un segundo. Cosa que no me pasa casi nunca.

—¿Todo?

—Sus deudas estudiantiles. Su historial laboral. Que prefiere café negro, odia las mañanas, y toma trabajos que pagan poco porque son los que la dejan ser creativa.

Dejé el tenedor con un ruido metálico contra el plato.

—Eso es…

—¿Aterrador? ¿Invasivo? —inclinó la cabeza—. Lo sé. Pero necesitaba estar seguro.

—¿Seguro de qué?

Se inclinó hacia adelante, y sus ojos encontraron los míos con una intensidad que me clavó a la silla.

—De que era usted.

—¿Yo qué?

—La correcta.

El silencio se hizo denso entre los dos. Los candelabros proyectaban sombras que se movían en las paredes y el fuego de la chimenea al fondo del comedor crepitaba en un ritmo que se sentía demasiado parecido a un latido.

—No entiendo este juego —dije, empujando mi plato—. El concurso, la mansión, la ropa, esto. ¿Qué está buscando de verdad?

Kael se levantó, caminó hacia la chimenea y se quedó de pie frente a las llamas con las manos en los bolsillos. El fuego le dibujó sombras en la cara y, desde este ángulo, con esa luz, parecía una pintura renacentista: hermoso y un poco amenazante, como si debajo de la superficie hubiera algo que era mejor no tocar.

—Una compañera.

—¿Cómo así? —me enderecé en la silla—. ¿Novia?

—Algo así. Pero más… permanente.

—¿Esposa?

—Con el tiempo.

Me levanté y me acerqué hasta quedar a unos metros de donde estaba. El calor de la chimenea me golpeó la cara, pero él estaba justo ahí, entre las llamas y yo, y no parecía sentirlo en absoluto.

—Entonces ¿por qué no usar Tinder como la gente normal? ¿Por qué todo este show?

Giró hacia mí, y la intensidad de su mirada me hizo retroceder un paso sin querer.

—Porque no busco un romance convencional. Busco a alguien específico. Alguien con cualidades particulares.

—¿Qué cualidades?

—Fuerza. Independencia. Alguien que no se asuste fácil.

—¿Y yo califico?

—Usted, señorita Reyes, califica de sobra.

Su mano se levantó, y el dorso de sus dedos rozó mi mejilla. El toque fue suave. Y frío. Demasiado frío, sobre todo para alguien que estaba parado junto a una chimenea encendida.

—¿Por qué está tan frío? —pregunté sin pensar—. Está al lado del fuego.

Algo le cruzó la mirada —una grieta en esa fachada de control que tenía— y apartó la mano rápido.

—Mala circulación. Problemas de tiroides, quizás —forzó una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Debería ver a un médico.

Mentira. Lo supe en el acto, tan claro como si me lo hubiera escrito en la frente.

—Kael…

—Mañana por la noche comenzaremos las actividades —dijo, cortando cualquier pregunta con un cambio de tema tan brusco que fue casi físico—. Nada doloroso. Nada peligroso. Solo cosas para conocernos mejor.

—¿Qué tipo de actividades?

Una sonrisa cerrada. Sin dientes esta vez.

—Ya verá. Buenas noches, señorita Reyes.

Y así, otra vez, fui despedida. Como si esta fuera su corte y yo una súbdita a la que le daba audiencia cuando le convenía.

Salí de ese comedor con más preguntas que respuestas y el fantasma de sus dedos fríos todavía en mi mejilla.

Mientras el asistente me escoltaba de vuelta por pasillos iluminados con velas, con sombras que se movían en las paredes como cosas vivas, mi cerebro hizo inventario:

No comía. No dormía —o dormía poco—. Su piel era fría incluso junto al fuego. Se movía demasiado rápido. Todas las fotos eran nocturnas. Todas las reuniones eran de noche. La mansión no tenía luz eléctrica, como si la hubieran construido antes de que existiera y nunca se hubieran molestado en actualizarla.

Y las fotos. Las malditas fotos de hace décadas donde se veía idéntico.

Kael Thorne escondía algo. Algo grande. Algo que mi cerebro se negaba a formular porque sonaba ridículo incluso dentro de mi propia cabeza.

Pero iba a descubrir qué era.

Aunque la respuesta me rompiera la noción de lo posible.

Me desperté con un golpe en la puerta y el cuerpo desorientado, sin saber si eran las tres de la tarde o las tres de la mañana. En esta habitación sin luz natural —las cortinas de terciopelo bloqueaban todo— podría ser cualquier hora.

—¿Señorita Reyes? —la voz de la señora Blackwood—. El almuerzo la espera en el comedor. El señor Thorne la verá esta noche a las ocho.

Busqué mi teléfono. Las dos de la tarde. Había dormido casi doce horas, lo cual tenía sentido considerando que me había acostado a las tres de la mañana después de la cena con Kael.

Me arrastré fuera de la cama más cómoda en la que había dormido en mi vida, me duché rápido y me puse jeans y una camiseta limpia. Si Kael esperaba que me vistiera como una de sus muñecas de porcelana, iba a seguir decepcionándose.

Esta noche a las ocho. No «esta mañana». No «al mediodía». Esta noche. Como todo lo demás con él.

Comí sola en el comedor —salmón, ensalada, pan que sabía cómo si lo hubieran horneado hace cinco minutos— y después, sin nada que hacer hasta las ocho, decidí explorar.

La mansión de día era distinta a la de noche. La luz del sol entraba por las ventanas de los pasillos —las que no tenían cortinas gruesas, que eran pocas— y revelaba detalles que no había visto con la iluminación de velas: grietas en el mármol, marcas de siglos en los barandales, polvo flotando en los rayos de luz como si el aire mismo fuera antiguo.

Pero había zonas enteras de la casa que estaban cerradas a cal y canto contra la luz. Puertas con cortinas dobles. Ventanas selladas. Pasillos interiores sin una sola ventana. Como si alguien hubiera dividido la mansión en dos: la parte que toleraba el sol y la parte que lo rechazaba.

Llegué a la terraza trasera por mi cuenta. Era más jardín de Versalles que patio: mesas de hierro forjado bajo pérgolas cubiertas de glicinas, vista a un lago que brillaba bajo el sol de la tarde, senderos de piedra que se perdían entre árboles.

Hermoso. Y vacío.

Ni un solo empleado afuera. Ni señora Blackwood, ni asistentes, ni jardineros. Todo ese esplendor, pero parecía que solo funcionaba de noche.

¿Para quién son estos jardines diurnos si nadie sale de día?

Me senté en una de las mesas de hierro, saqué mi laptop e intenté trabajar. El wifi era excelente —claro, billonario— pero mi cerebro no cooperaba. Cada pocos minutos levantaba la vista hacia la mansión, buscando señales de vida detrás de esas ventanas selladas, preguntándome dónde dormía Kael. Si dormía. Si su cuarto tendría alguna ventana o sería un bunker oscuro donde la luz no entraba nunca.

A las siete y media, el sol empezó a bajar, y como relojería la mansión cobró vida. Luces cálidas se encendieron detrás de las ventanas, sombras se movieron en los pasillos, y escuché pasos y voces que no habían existido durante todo el día.

La mansión se despertaba al anochecer. Como su dueño.

A las ocho en punto, un asistente me guio hasta una sala que no había visto: amplia, con chimenea encendida, estantes llenos de libros del piso al techo y lámparas de mesa que proyectaban círculos dorados sobre las alfombras persas.

Kael estaba de pie junto a los estantes, con un libro en la mano. Pantalones de lino oscuro, camisa blanca con los botones de arriba abiertos, cabello recogido en una media cola. Se veía diferente. Menos CEO intimidante, más… no, seguía siendo intimidante, solo que de otra forma. Como un lobo que se ha quitado el traje de oveja y ya no finge.

—Buenas noches —dijo, dejando el libro en su lugar.

—¿Duerme? —pregunté mientras me dejaba caer en un sillón de cuero.

—¿Perdón?

—Cada vez que lo veo está recién duchado y listo para funcionar, pero nunca a horas normales. ¿Cuándo duerme?

Se sentó en el sillón frente al mío. La mesita entre nosotros tenía un servicio de té —para él— y café —para mí. Alguien había tomado nota de mis preferencias.

—Duermo poco. Nunca he necesitado mucho —se sirvió té, y noté que sus manos se movían con la precisión de alguien que ha repetido ese gesto miles de veces.

—Debe ser agradable.

—Tiene sus ventajas.

Tomé un sorbo de café. Negro. Fuerte. Bueno.

—¿Tampoco cena?

—Ya comí.

—¿Cuándo? ¿A las cuatro de la mañana?

—Cerca.

Dejé la taza en el platillo con un ruido deliberado.

—Okay, tengo que preguntar. ¿Qué tipo de dieta sigue? ¿Ayuno intermitente? ¿Keto? ¿Vampirismo?

Lo dije como broma. Una de esas cosas estúpidas que dices cuando no entiendes a alguien y tu boca decide llenar el silencio con lo primero que se le ocurre.

Kael se quedó inmóvil. No «se puso serio». Inmóvil. Como una estatua. Como algo que no necesita respirar y de pronto dejó de fingir que lo hacía.

—¿Vampirismo? —repitió, y algo en su tono hizo que mi broma se cuajara en el aire entre los dos.

—Es un chiste —dije, aunque mi voz sonó menos segura de lo que quería—. Porque nunca lo veo comer. Y está pálido. Y frío. Y tiene esta aura de aristocracia europea de hace siglos —hice un gesto vago con la mano hacia toda su persona—. Y toda la mansión funciona de noche. Me pasé el día entera sola ahí afuera y no vi un alma.

—Es bastante observadora.

—Es mi trabajo. Bueno, parte de él.

Se levantó del sillón y caminó hacia la chimenea, quedándose de pie frente a las llamas con las manos en los bolsillos. El fuego le iluminó un lado de la cara; el otro quedó en sombra.

—La primera actividad —dijo, cambiando de tema tan brusco que me tomó un segundo seguirlo— es simple. Quiero que pase la noche conmigo. Haciendo lo que yo haga. Sin juzgar.

—¿Eso es todo?

—¿Le parece poco?

—La verdad, esperaba algo más elaborado. Un escape room, tal vez. O un laberinto. Algo acorde con toda la estética gótica que tiene montada.

Giró hacia mí, y esa intensidad suya me golpeó de frente.

—La compatibilidad no viene de pruebas elaboradas, señorita Reyes. Viene del tiempo. De la observación. De ver cómo reacciona a mi mundo.

—¿Y qué hacen en su mundo una noche normal?

Una sonrisa pequeña.

—Venga. Le mostraré.

Resultó que el mundo nocturno de Kael Thorne incluía:

Caminar por los jardines bajo la luna mientras él identificaba cada planta por su nombre en latín, tocando las hojas con esos dedos largos y fríos como si fueran viejos conocidos. Los jardines de noche eran otra cosa: olían más fuerte, a jazmín y tierra húmeda, y la luna convertía el lago en un espejo plateado.

Leer en su biblioteca —una sala de dos pisos atestada de libros que valían más que mi apartamento, mi auto y seguro mi vida entera— mientras él trabajaba en silencio en su laptop. El único sonido era el crujir de las páginas, el clic de su teclado y el tic-tac de un reloj de péndulo que parecía contar siglos en lugar de segundos.

Y ahora, pasada la medianoche, observar arte.

Me había llevado a una galería privada dentro de la mansión. Las pinturas cubrían las paredes del suelo al techo, algunas las reconocí —un Caravaggio, un Rembrandt, algo que parecía un Goya— y la mayoría no. Todas antiguas. Todas con esa calidad de color que solo el tiempo y el aceite original podían dar.

Kael se detuvo frente a un retrato de una mujer con vestido renacentista. La miró de una forma que no pude descifrar, con la mandíbula apretada y los ojos fijos como si estuviera teniendo una conversación silenciosa con el lienzo.

—¿La conocía? —pregunté, porque esa mirada era demasiado personal para ser solo apreciación artística.

—Conocí al artista. Hace mucho.

—¿Cuánto es mucho?

—Más de lo que importa.

Caminó a la siguiente pintura. Esta era más oscura: un bosque de noche, luna llena derramándose entre ramas negras, una figura pálida entre los árboles que podría ser humana o podría no serlo.

—¿También conoció a este artista?

—Yo pinté esta.

Me acerqué. Estudié los trazos. Eran buenos. Más que buenos: tenían esa seguridad que solo viene de años de práctica, décadas de mirar el mundo y traducirlo a pinceladas.

—¿Tiene fecha?

—1880.

Lo dijo casi en automático, como quien menciona lo que desayunó.

Me reí, porque tenía que ser una broma.

—Okay, oooo-kay. Sé que está tratando de impresionarme con esto de hombre misterioso, pero si eso fuera cierto, tendría… —hice silencio mientras calculaba.

—Ciento cuarenta y tantos años.

—177, para ser exacto.

Lo dijo tan serio, tan sin inflexión, que mi risa se murió en la garganta.

—Está bromeando.

—No.

—Kael…

—¿Quiere saber la verdad, señorita Reyes? —se giró hacia mí, dio un paso, luego otro—. ¿La razón real del concurso? ¿Por qué estoy buscando a alguien específico?

Mi pulso me latía en las sienes. Lo sentía en los oídos, en las muñecas, en la garganta.

—Sí.

—Porque soy lo que usted bromeó hace unas horas. Un vampiro. He vivido 177 años. No envejezco. No como comida humana. No puedo estar bajo el sol sin quemarme como papel —su voz era plana, clínica, como si estuviera leyendo los síntomas de una enfermedad—. Y necesito a alguien con una línea sanguínea particular para tener un heredero sin tener que convertirla.

El suelo se inclinó bajo mis pies. O eso sentí. Mis manos buscaron la pared detrás de mí y la encontraron fría y sólida.

—Eso no es gracioso.

—No estoy tratando de ser gracioso.

—Los vampiros no existen.

—Sin embargo, aquí estoy.

Me alejé, poniendo metros entre los dos. Mi cerebro corría como motor desbocado, buscando la explicación lógica, el truco, la cámara escondida.

—Está loco. Este es un concurso para encontrar a alguien tan desesperada que acepte vivir con un lunático rico. Eso es. Eso tiene que ser.

—Si fuera un lunático, ¿por qué no mentiría? ¿Por qué no inventaría algo más creíble?

—Porque los lunáticos no saben que están locos. Es parte de la condición.

Kael se acercó despacio, con las palmas abiertas, como quien se aproxima a un animal herido y le da tiempo de correr.

—¿Qué necesita ver para creerme?

—Nada. Porque no hay nada que ver. Los vampiros son ficción. Drácula. Crepúsculo. Jacob… Ah, no, Jacob era lobo… en fin…  Anne Rice. Ficción, ficción, ficción… ¿Usted me entiende?

—¿Quiere que se lo demuestre?

Algo en su tono —algo frío y antiguo que no tenía nada que ver con el hombre educado que me había servido té hacía dos horas— me hizo retroceder otro paso hasta que mi espalda tocó la pared.

—No.

—¿Segura?

—No quiero ver trucos de magia bar—

Se movió.

Un segundo estaba a tres metros de distancia. El siguiente, su cuerpo presionaba contra el mío, empujándome contra la pared, y su cara estaba a centímetros de la mía. No lo vi moverse. No hubo transición. Allá, y luego aquí, como si alguien hubiera cortado los fotogramas del medio.

—¿Cómo…?

—Velocidad —dijo, su voz grave y baja, vibrando contra mi pecho—. Una de muchas habilidades.

Su mano se levantó y sus dedos fríos acariciaron el costado de mi cuello. Sentí mi pulso saltar bajo su toque como un pájaro atrapado.

—Puedo oír tu corazón. Va a 150 por minuto —bajó la voz hasta que fue casi un susurro—. Estás asustada. Confundida. Y algo más que no quieres admitir. Puedo olerlo en tu piel.

—Kael…

—¿Quieres más prueba?

Abrió la boca.

Y sus caninos se alargaron. Crecieron frente a mis ojos, afilándose en puntas blancas que brillaban bajo la luz de las lámparas.

Colmillos.

Tenía putos colmillos.

El grito se me atascó en la garganta, salió como un sonido ahogado, y mis rodillas dejaron de funcionar.

Kael retrocedió al instante, dándome espacio, y los colmillos se retrajeron hasta que sus dientes parecían normales otra vez. Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis rodillas, con el corazón golpeándome las costillas tan fuerte que dolía.

—Lo siento —dijo, y por primera vez desde que lo conocí sonó distinto. No controlado. No calculado. Arrepentido, de verdad, con los hombros caídos y las manos a los costados como si no supiera qué hacer con ellas—. No quería asustarte, pero necesitabas saber antes de que fuéramos más lejos.

—Esto no está pasando —dije contra mis rodillas—. Estoy soñando. O tuve un accidente de camino aquí y estoy en coma en un hospital y esto es una fantasía premuerte de mierda. Una muy elaborada, eso sí. Puntos extra por la producción.

Kael se arrodilló frente a mí, a un metro de distancia, con cuidado de no tocarme.

—Está pasando. Soy real. Y necesito que entiendas lo que significa.

—¿Qué significa?

—Que el contrato no es solo por una semana. No de verdad. Si eres compatible —y creo que lo eres— te estoy ofreciendo todo. Riqueza. Poder. Protección. Y si lo quieres, con el tiempo, inmortalidad.

—¿A cambio de qué? ¿Mi sangre? ¿Mi alma? ¿Mi riñón izquierdo?

—A cambio de un heredero. Y si lo deseas, más adelante, la conversión. Pero no tiene que ser ya. Puedes vivir tu vida natural si prefieres. Solo necesito… —se detuvo, se pasó una mano por el pelo, y por un segundo se vio joven de verdad, no como un ser de 177 años sino como alguien perdido— necesito a alguien que pueda entender este mundo. Que pueda estar en él sin romperse. Y tú eres más fuerte de lo que crees.

—No me siento fuerte —mi voz salió rasposa—. Me siento como si estuviera teniendo un colapso nervioso en el suelo de una galería de arte a la una de la mañana.

—Eso es normal.

—¿Normal? ¿Qué parte de esto es normal? —levanté la cabeza para mirarlo—. ¿La parte donde un vampiro me dice que quiere embarazarme o la parte donde estoy considerando no salir corriendo?

Algo le tembló en la comisura de la boca. Casi una sonrisa. Casi.

Me puse de pie con piernas que temblaban pero que al menos funcionaban.

—Necesito procesar esto. Sola.

—Por supuesto. Toma el tiempo que necesites.

—¿Puedo irme? ¿O soy prisionera ahora?

Le vi apretar la mandíbula. Dolor. Real.

—Puedes irte cuando quieras. Esto no es una prisión, Amanda. Es una oferta.

El uso de mi nombre de pila me detuvo. No «señorita Reyes». Amanda. Como si al decir la verdad sobre sí mismo se hubiera ganado el derecho a decir la verdad sobre mí también.

—¿Y si digo que no?

—Te pago el millón de todos modos, por tu tiempo. Y borro tu memoria de todo esto.

—¿Puedes hacer eso?

—Puedo hacer muchas cosas.

Nos miramos un momento largo, pesado. Él de rodillas en el suelo de mármol, con una vulnerabilidad que no le había visto antes, como si hubiera apostado todo a esta conversación y todavía no supiera si había ganado o perdido. Yo contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, tratando de decidir si lo que sentía era miedo o algo peor.

—Necesito aire —dije.

—Los jardines son tuyos. Toda la propiedad es tuya. Ve a donde necesites.

Salí de esa galería con piernas que apenas me sostenían.

Vampiros.

Los vampiros eran reales.

Y acababa de aceptar pasar una semana con uno que quería tener un hijo conmigo.

Mi vida era una mierda antes, pero al menos tenía sentido.

Caminé por los jardines el resto de la noche y toda la mañana siguiente.

Primero bajo la luna, que lo bañaba todo de plata y hacía que el lago pareciera un espejo puesto ahí para reflejar el cielo. Después bajo un amanecer rosado que me encontró sentada en un banco de piedra junto al agua, con los pies helados y la cabeza en otro planeta.

El sol subió. Las horas pasaron. Y en todo ese tiempo, nadie salió a buscarme.

Porque no puede, entendí de pronto. No puede salir mientras haya sol.

La idea me dio un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana. Estaba sola en estos jardines no porque Kael respetara mi espacio —que tal vez también—, sino porque el sol era una barrera tan real como una pared. Él estaba ahí adentro, en su mansión sin ventanas, esperando a que se pusiera el sol para poder existir otra vez.

No puedo estar bajo el sol sin quemarme como papel, había dicho.

Cada parte lógica de mi cerebro gritaba que esto era imposible. Pero había visto los colmillos. Había sentido su velocidad. Había notado todas las señales desde el principio: la temperatura, la falta de comida, los horarios nocturnos, la mansión dividida entre zonas con luz y zonas selladas.

Y las fotos. Las malditas fotos de hace décadas donde se veía idéntico.

No era locura. No era truco.

Kael Thorne era un vampiro.

El sol empezó a bajar alrededor de las seis y yo llevaba horas sentada en ese banco, sin comer, sin moverme, con el cerebro dando vueltas sobre lo mismo. Cuando la luz se volvió naranja y las sombras se alargaron sobre el césped, me levanté y caminé de vuelta a la mansión.

La señora Blackwood me interceptó en el vestíbulo. Tenía una bandeja con comida y la expresión de alguien que ha estado esperando con paciencia profesional.

—¿Cena, señorita Reyes?

—No tengo hambre.

—Insisto —dijo, y su tono no dejaba mucho espacio para réplica—. Lleva casi veinte horas sin comer.

Tomé un pan de la bandeja porque discutir con ella parecía más agotador que todo lo demás.

—El señor Thorne pidió que le informara que respetará su espacio esta noche. Pero si desea hablar, estará en su estudio a partir de las nueve.

Subí a mi habitación. Me tiré en la cama ridícula. Miré el techo.

¿Qué voy a hacer?

Opción uno: correr. Tomar el millón, dejar que me borre la memoria y volver a mi vida de deudas y ramen. Todo pagado, todo resuelto, todo olvidado. Como si nada de esto hubiera pasado.

Opción dos: quedarme. Aprender más. Tal vez —y esta era la parte que me asustaba de verdad— aceptar lo que Kael estaba ofreciendo.

Inmortalidad.

La palabra rebotaba en mi cabeza como una pelota en un cuarto vacío. Vivir para siempre. Ver siglos pasar. Nunca envejecer.

¿Quién rechazaría eso?

Alguien cuerdo, respondió mi cerebro.

Pero yo nunca había sido de las cuerdas. Si lo fuera, no habría venido aquí.

Me levanté. Caminé hacia el vestidor. La ropa que Kael había elegido seguía ahí: colgada, ordenada, esperando. Tomé un vestido azul oscuro, simple, sin pretensiones, y me lo puse.

Me vi en el espejo. Diferente. No mejor ni peor. Solo diferente. Como si al saber la verdad sobre Kael, algo en mí también se hubiera alterado.

Bajé al tercer piso. Encontré la puerta. Toqué.

—Adelante.

Abrí.

El estudio olía a cuero viejo y tinta. Libros por todas partes, escritorio antiguo, lámparas que arrojaban sombras cálidas. Y Kael detrás de su escritorio con una copa en la mano.

Roja. El líquido era rojo y espeso. No era vino.

Ya sabía qué era.

Levantó la vista cuando entré, y la sorpresa le desarmó la expresión un segundo: las cejas arriba, los labios separados, la copa a medio camino. Luego se recompuso, pero demasiado tarde. Lo había visto.

—Amanda. No esperaba verte esta noche.

—Cambié de opinión sobre el espacio —me senté en la silla frente a su escritorio, crucé las piernas e intenté parecer más tranquila de lo que estaba—. Tengo preguntas.

—Imagino que sí.

—Y quiero respuestas honestas. Sin misterio, sin juegos, sin esquivar con frases enigmáticas. ¿Puedes hacer eso?

Dejó la copa a un lado —sin esconderla, lo cual agradecí— y me dio toda su atención.

—Tienes mi palabra.

—¿Matas gente?

Si la pregunta lo sorprendió, no lo mostró.

—Ya no. No desde hace décadas.

—¿Pero solías hacerlo?

—Sí. Cuando era joven, antes de aprender control. Los primeros años después de la conversión son… —buscó la palabra— salvajes. No hay otra forma de describirlo.

—¿De qué te alimentas ahora?

—Bolsas de sangre. Bancos hospitalarios, clínicas privadas. Mis donaciones a sus instituciones son lo bastante generosas como para que no hagan demasiadas preguntas sobre lo que pido a cambio.

—O sea que les compras la sangre.

—Es una transacción. Nadie sale herido.

—¿Cuántos vampiros hay?

—Miles. En todo el mundo. Vivimos escondidos, en las sombras. Algunos en posiciones de poder, otros solo… existiendo.

—¿El concurso? ¿Todo eso era para encontrar a alguien con sangre especial?

Asintió.

—Tu línea sanguínea es rara. Uno en diez millones. Hace posible concebir sin conversión previa. Tiene que ver con marcadores genéticos antiguos… es complicado de explicar sin sonar a clase de biología sobrenatural.

—Inténtalo.

—Hay linajes humanos que comparten origen con los primeros vampiros. Antes de la separación de especies, antes de que nos convirtiéramos en lo que somos. Tu sangre tiene esos marcadores ancestrales. Es como una llave que encaja en una cerradura que llevamos siglos buscando.

—Poético. Y perturbador.

—Lo sé.

—¿Y el sol? Dijiste que no puedes estar bajo el sol. ¿Qué pasa si sales?

—Me quemo. De verdad. No como una quemadura solar humana. Hablo de combustión. Minutos de exposición directa y mi piel empieza a ampollarse, a arder. Más tiempo y… —hizo un gesto con la mano— no queda mucho que contar.

—Por eso toda la mansión funciona de noche.

—Por eso toda mi vida funciona de noche. Desde hace 177 años.

—¿Y un hijo tuyo? ¿También tendría esa… alergia mortal al sol?

Algo cambió en su expresión. Se suavizó.

—No. Esa es la diferencia. Un híbrido —mitad humano, mitad vampiro— puede tolerar el sol. No sin límites, pero sí durante horas, sin protección, sin quemarse. Es una de las ventajas de la mezcla de sangres. Tendrían lo mejor de ambos mundos: fuerza y longevidad vampírica, pero sin la condena de vivir en la oscuridad para siempre.

Un hijo que pudiera caminar bajo el sol cuando su padre no puede.

La idea me golpeó más fuerte de lo que debería.

—¿Y si acepto? ¿Qué pasa después?

Se recostó en su silla y me estudió.

—Nos conocemos mejor. Pasamos tiempo juntos. Y si ambos decidimos que funciona, cuando estés lista, consumamos el acuerdo.

—Sexo. Estás hablando de sexo.

—Entre otras cosas —parpadeó despacio.

—¿Y luego?

—Luego intentamos concebir. Puede tomar tiempo. Puede no funcionar nunca. Pero si funciona, tendrías un hijo mitad humano, mitad vampiro, con toda la protección y los recursos que vienen con ser parte de mi mundo.

—¿Y yo? ¿Qué me pasa a mí después?

—Eso lo decides tú. Puedes seguir siendo humana. Puedes convertirte cuando estés lista. O nunca. Es tu elección.

—Excepto que, si tengo un hijo tuyo, ese hijo vivirá siglos y yo no. Voy a envejecer, a morirme, mientras él sigue joven.

—Por eso la mayoría elige la conversión. Con el tiempo. Pero no hay prisa. Tienes décadas para decidir.

Me froté la cara con las dos manos. El cuero de la silla crujió bajo mi peso cuando me recosté.

—Esto es una locura.

—Lo sé.

—Debería correr. Debería salir de aquí y no mirar atrás.

—Deberías.

—¿Entonces por qué no lo hago?

Kael se levantó, rodeó el escritorio y se apoyó contra el borde frente a mí. Desde ahí arriba, con la luz de la lámpara dibujándole sombras en los pómulos, parecía algo salido de un cuadro del Renacimiento oscuro. El tipo de pintura que te atrae y te inquieta al mismo tiempo.

—Porque eres curiosa. Porque parte de ti quiere esto. Y porque, a pesar del miedo, hay algo aquí que te jala.

Tenía razón. En todo. Y eso me cabreaba.

—¿Puedo pensarlo? ¿Un día más?

—Puedes pensarlo todo el tiempo que necesites.

Me puse de pie. Caminé hacia la puerta. Pero me detuve con la mano en el picaporte.

—Kael, cuando dijiste que pintaste ese cuadro en 1880… ¿qué edad tenías?

—Treinta y uno. Humano todavía. Me convertí al año siguiente, en 1881. Tenía treinta y dos.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo 177 años. Y he estado buscándote los últimos cincuenta.

Las palabras me golpearon en el pecho como algo sólido.

—¿Buscándome? ¿A mí?

—A alguien como tú. Con tu sangre, con tu fuerza, con tu espíritu —se quedó mirándome desde el escritorio, y por primera vez vi algo en su cara que no era control ni elegancia ni misterio; era cansancio, del tipo que no se cura durmiendo—. Había perdido la esperanza. Y entonces apareciste. Amarga, sarcástica, con manchas de café en la blusa y la honestidad de alguien a quien le importa una mierda impresionarme.

Mi garganta se cerró. No de miedo. De algo peor: de algo que se parecía demasiado a ternura por un hombre que no era un hombre y que llevaba medio siglo buscando algo que yo tenía sin saberlo.

—No soy lo que crees que soy —dije.

—Eres más.

Nos miramos a través de la habitación. Los libros, las lámparas, la copa roja sobre el escritorio, todo se difuminó hasta que solo quedamos él y yo y el silencio entre los dos.

—Buenas noches, Kael.

—Buenas noches, Amanda.

Salí antes de que pudiera hacer algo estúpido. Como besarlo. Como decir que sí. Como lanzarme a este mundo de sangre y noche y siglos sin mirar atrás.

Un día más, me prometí mientras subía las escaleras con piernas que ya no temblaban pero que tampoco se sentían del todo firmes. Un día más para decidir.

Pero en el fondo —en esa parte del cerebro que siempre sabe la verdad antes de que el resto la acepte— ya sabía mi respuesta.

Ya sabía que me quedaría.

La decisión de quedarme debería haber hecho las cosas más fáciles.

No lo hizo.

Pasé el día siguiente evitando a Kael, lo cual era absurdo considerando que él no podía salir al sol y yo en teoría tenía toda la mansión diurna para mí sola. Pero igual lo evité por principio. Almorcé en mi habitación, exploré los jardines bajo un sol que me parecía más brillante ahora que sabía lo que significaba para él —no incomodidad, sino peligro real, combustión, muerte—, y me escondí en la biblioteca con un libro que no leí en realidad porque cada tres páginas mi cerebro volvía a lo mismo: vampiro, vampiro, vampiro, le dijiste que te ibas a quedar, estás loca, vampiro.

A las ocho de la noche, la señora Blackwood me encontró.

—El señor Thorne solicita su presencia en los jardines del este.

—¿Solicita o exige?

Una sonrisa diminuta cruzó ese rostro severo.

—Con el señor Thorne, ambas son lo mismo.

Los jardines del este de noche eran otra cosa. Más salvajes que los jardines principales, con árboles antiguos que parecían más altos bajo la oscuridad y un claro cubierto de hierba que la luna convertía en terciopelo plateado.

Kael estaba de pie en el centro. Pantalones oscuros, camisa blanca con las mangas enrolladas, y una expresión que intentaba ser casual pero que le salía más bien como «depredador tratando de parecer amigable». Había una manta extendida en el suelo, con una canasta de picnic y faroles de vela alrededor que arrojaban círculos de luz cálida sobre la hierba.

Me detuve al borde del claro.

—¿Un picnic?

—Dijiste que querías normalidad. Esto es lo más normal que puedo ofrecer.

—Excepto que es de noche. Y no comes.

—Pero tú sí. Y las noches aquí son mejores que los días, te lo aseguro.

Tenía un punto. Me acerqué, me senté en la manta. Él se sentó frente a mí y abrió la canasta.

Sándwiches. Frutas. Queso de un tipo que seguro tenía nombre francés y costaba lo que yo ganaba en un mes. Cosas normales de picnic, si ignorabas el hecho de que estábamos en el jardín de un castillo, bajo la luna, con un ser inmortal como anfitrión.

Y una botella térmica.

—¿Qué hay ahí? —pregunté, señalándola.

—Sangre —se rascó el hombro con un gesto que era casi humano en lo casual—. Prefiero no mentir sobre lo que soy.

Al menos era honesto. Lo cual era más de lo que podía decir de mi último novio, que mintió sobre ser alérgico a los gatos para no tener que conocer a mi madre.

Comí en silencio por un rato, bajo una luna que iluminaba el claro lo suficiente como para ver los colores de la fruta pero no tanto como para que se sintiera como día. Los grillos cantaban. El aire olía a hierba y a algo floral que no identifiqué. Kael me observaba, tomando sorbos de su botella térmica de vez en cuando. Traté de no pensar en lo que contenía. No lo logré.

—¿Duele? —pregunté—. La conversión.

—Sí. Bastante. Tu cuerpo muere y luego renace. No es un proceso agradable.

—¿Lo recuerdas? ¿Tu conversión?

Algo oscuro le cruzó la cara. La mandíbula se le apretó y sus dedos se cerraron alrededor de la botella con una fuerza que la abollaba.

—Cada segundo. Fue en 1881. Tenía treinta y dos años. Me estaba muriendo de tuberculosis. Tosía sangre, no podía respirar sin que se sintiera como tragar vidrio. Un vampiro me ofreció una salida. Yo no sabía lo que implicaba.

—¿Te arrepientes?

—A veces. Sobre todo los primeros años. La soledad es… —buscó la palabra, y en ese silencio vi más de lo que cualquier respuesta me hubiera dicho— intensa. Los humanos mueren. Los vampiros son territoriales, difíciles, y forjar conexiones reales con ellos es como intentar hacer amigos en una guerra: posible, pero agotador.

—¿Por eso quieres un heredero? ¿Alguien que esté contigo para siempre?

Levantó la vista. La luna le daba de lleno en la cara y esos ojos grises parecían líquidos, como mercurio en movimiento.

—En parte. Pero también porque he visto el mundo cambiar durante casi dos siglos. He acumulado conocimiento, poder, recursos. Y no tener a nadie con quien compartirlo… —dejó la frase suspendida, pero la entendí. Vacío. Un vacío de siglos.

—Debe haber otros vampiros. Alguien que…

—Los hay. Pero no es lo mismo. No quiero una alianza política ni una relación de conveniencia. Quiero lo que los humanos tienen —me miró, y había algo crudo en su expresión, algo despojado de la elegancia habitual—. Familia. Amor. Propósito. Cosas que son fáciles de descartar cuando las tienes y que se vuelven obsesión cuando llevas un siglo sin ellas.

Mi pecho se apretó. No de miedo. De algo que no quería examinar demasiado de cerca porque se parecía a compasión por un monstruo que no era del todo monstruo.

—¿Y crees que puedes tener eso con alguien a quien, en esencia, compraste en un concurso?

Una risa amarga, corta.

—Cuando lo dices así, suena terrible.

—Porque es terrible.

—Lo sé. Por eso te doy opciones. Por eso no te obligo. Esto tiene que ser tu decisión, Amanda. Libre y consciente.

Dejé el sándwich a medio comer y me recosté en la manta, mirando las ramas de los árboles recortarse contra el cielo nocturno. Las estrellas asomaban entre las hojas, más de las que había visto en mi vida, porque la mansión estaba tan lejos de todo que no había contaminación lumínica que las apagara.

—Si acepto… si hago esto… ¿qué pasa con mi vida? ¿Mis amigos? ¿Mi familia?

—Puedes mantener contacto. Dentro de lo razonable. Pero tendrías que ser cuidadosa. No pueden saber la verdad sobre mí.

—Entonces tendría que mentirles. Para siempre.

—O decirles la verdad y arriesgarte a que piensen que estás loca. O peor, que intenten rescatarte.

—Jess viene con un equipo SWAT si no le contesto el teléfono en cuatro horas.

—Tu amiga es leal. Es una buena cualidad.

Me giré hacia él, apoyándome en un codo.

—¿Qué pasa si no funciona? El heredero, digo. ¿Qué pasa si intentamos y no puedo concebir?

—Entonces lo intentamos mientras quieras intentarlo. Y si nunca funciona, aún tienes el contrato. El dinero. Un lugar aquí si lo quieres.

—¿Y si funciona? ¿Cómo es un niño mitad vampiro?

—De verdad, no lo sé del todo. Son raros, muy raros. Crecen más rápido que los humanos normales, maduran alrededor de los quince y luego envejecen despacio. Tienen algunas habilidades vampíricas, pero no todas. Necesitan sangre, pero también comida normal. Y pueden tolerar el sol —añadió, y algo le cambió en la voz, se le suavizó—. Horas enteras bajo la luz directa, sin quemarse, sin protección.

—Pueden hacer lo que tú no puedes.

—Sí.

Lo dijo sin autocompasión, pero el peso de esa sílaba me aplastó.

—Suena complicado —dije, porque no sabía qué más decir ante un hombre que quería un hijo que pudiera caminar bajo un sol que a él lo mataría.

—Lo es. Por eso necesito a alguien fuerte. Alguien que pueda manejar ese mundo.

El silencio se instaló entre los dos, cómodo por primera vez. Los grillos llenaban el aire, y la luna se había movido lo suficiente como para que la luz cayera entre nosotros como una línea divisoria plateada.

—¿Puedo preguntarte algo personal? —dije.

—Lo que quieras.

—¿Has estado enamorado? ¿Alguna vez?

Su expresión se suavizó. No de golpe, sino como hielo que empieza a ceder: el ángulo de la mandíbula se relajó, los hombros bajaron medio centímetro, y sus ojos perdieron ese filo metálico.

—Una vez. Hace mucho. Era humana. Se llamaba Catherine. Nos conocimos en París en 1920. Era artista, rebelde, el tipo de mujer que fumaba en público y le decía a los hombres que se fueran al diablo cuando la interrumpían.

—Me cae bien ya.

—Se habrían caído bien las dos —una sonrisa triste—. Le dije la verdad. Sobre lo que era. Huyó. Murió tres años después en un accidente de auto. Nunca tuve la oportunidad de… —se detuvo, y vi cómo su garganta subió y bajó al tragar— después de eso, decidí que era más fácil mantener distancia. Solo relaciones superficiales. Nada real.

—Hasta ahora.

—Hasta ahora.

Se acostó en la manta junto a mí, lo bastante cerca para tocar pero sin hacerlo. La hierba crujió bajo su peso y los faroles a nuestro alrededor proyectaban sombras que se movían con la brisa.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Has estado enamorada?

—Una vez. En la universidad. Duró dos años. Terminó cuando él descubrió que estaba demasiado enfocada en mi carrera y no lo bastante disponible. Sus palabras.

—¿Te dolió?

—En su momento. Pero tenía razón. No estaba presente. Siempre estaba trabajando, tratando de probar algo.

—¿Qué intentabas probar?

Miré hacia las estrellas. Una pasó fugaz por el borde de mi visión y desapareció antes de que pudiera señalarla.

—Que valía la pena. Que no era solo la chica pobre con sueños ridículos. Que podía ser alguien.

Kael giró la cabeza hacia mí.

—Ya eres alguien.

—Fácil decirlo cuando tienes siglos de logros respaldándote.

—Los logros no significan nada si estás solo. Créeme. He tenido 177 años para acumularlos, y algunos días me despierto en esa habitación sin ventanas y no encuentro un motivo para levantarme.

La honestidad de eso me golpeó más fuerte que cualquier demostración de colmillos. Este hombre —este vampiro— que parecía tenerlo todo, admitiendo que se despertaba sin motivo. Que el poder y el dinero y los siglos no llenaban lo que faltaba.

—¿Es por eso que hiciste el concurso? ¿Para llenar ese hueco?

—En parte —se giró hacia mí, y su mano buscó la mía sobre la manta. Sus dedos se entrelazaron con los míos, fríos contra mi piel caliente—. Pero también porque cuando te vi, cuando hablaste con ese sarcasmo y esa honestidad brutal, sentí algo que no había sentido en décadas. Esperanza.

Mi pulso se disparó. Él lo escuchó, por supuesto que lo escuchó, y la comisura de su boca se levantó un milímetro.

—No te conozco lo suficiente para amarte todavía —dije, y era verdad—. Pero quiero conocerte. Quiero ver si esto, lo que sea que sea, puede convertirse en algo real.

—¿Y si no funciona? ¿Y si pasamos tiempo juntos y decidimos que no somos compatibles?

—Entonces me dejas ir. Con el millón. Sin drama.

—Sin drama —repitió—. Pero Amanda… —apretó mi mano— de verdad espero que funcione.

—Yo también —las palabras salieron antes de que pudiera tragarlas. Honestas. Peligrosas.

Porque a pesar de la locura, a pesar de todo, había algo aquí. Algo que me hacía querer quedarme en esta manta bajo las estrellas con un hombre que no tenía pulso pero que de alguna forma hacía que el mío se acelerara.

Kael se incorporó despacio, dándome tiempo de moverme, de alejarlo. Su mano libre rozó mi mejilla y apartó un mechón de pelo que el viento había puesto sobre mis ojos.

—¿Puedo besarte?

—Pensé que nunca ibas a preguntar.

Cerró la distancia.

El beso fue suave al principio, cuidadoso, como si tuviera miedo de romperme. Sus labios estaban fríos, pero se calentaron contra los míos, y sabían a algo oscuro y especiado que no pude identificar —no vino, algo más antiguo, más profundo.

Enredé mi mano libre en su cabello y lo jalé más cerca.

Un sonido grave salió de su garganta —bajo, animal, vibrando contra mi boca— y sus manos me rodearon la cintura, jalándome hacia él. Me moví sin pensar, terminando medio encima de él sobre la manta, nuestros cuerpos presionados juntos, y su pecho contra el mío era sólido y frío y diferente de cualquier cosa que hubiera sentido, y una parte de mi cerebro registró que no tenía latido debajo de las costillas, nada, silencio donde debería haber un corazón bombeando.

Y no me importó.

Sus manos apretaron mi cintura mientras el beso se volvía más desesperado, menos controlado, y entonces sentí algo afilado rozar mi labio inferior. Sus colmillos, extendiéndose sin permiso.

Me separé con la respiración rota.

—Lo siento —dijo, la voz más ronca, más grave de lo que le había escuchado nunca—. Reacciono a la… es difícil controlarlos cuando…

—No te disculpes.

—¿No te asustan?

—Un poco —admití—. Pero también son… interesantes.

Una sonrisa lenta, peligrosa, le curvó los labios.

—¿Interesantes?

—No me hagas repetirlo.

Me besó otra vez, y esta vez no fue cuidadoso. Sus colmillos rozaron mi lengua —el filo de la posibilidad, de sangre, de dolor— y todo se volvió más intenso: los grillos, la luna, el frío de su cuerpo contra el calor del mío, sus manos en mi espalda baja jalándome más cerca como si no hubiera suficiente cercanía en el mundo.

Me arqueé contra él, y su cuerpo respondió al mío —sólido, tenso, controlándose con un esfuerzo que le vi en la mandíbula apretada y en las manos que temblaban contra mi piel.

Kael rompió el beso, respirando con dificultad aunque no necesitaba el aire.

—Deberíamos parar.

—¿Por qué?

—Porque si no paramos ahora, no voy a querer parar. Y esto —gesticuló entre los dos con una mano que todavía temblaba— merece más que un jardín.

—¿Qué merece?

—Tiempo. Cortejo. No quiero apresurarlo.

—Qué anticuado.

—Tengo 177 años. Anticuado es mi configuración por defecto.

Me reí. El sonido salió ligero, libre, y se perdió entre los árboles como si los propios jardines se lo llevaran. Me separé de él y me senté en la manta, alisándome el pelo con dedos que no querían cooperar.

—Está bien. Tiempo. Cortejo. Lo que sea que eso signifique en tu mundo.

—Significa cenas. Conversación. Conocernos más allá de lo físico.

—¿Y luego?

Sus ojos se oscurecieron. El gris metálico se volvió algo más profundo, más hambriento.

—Y luego te haré mía, por completo… Si todavía me quieres.

—Tengo la sensación de que sí voy a quererte.

—Esa es la esperanza.

Esa noche, Kael cumplió su promesa de cortejo anticuado.

Me llevó a un salón que no había visto antes: íntimo, con chimenea encendida y un piano de cola en la esquina que brillaba como un animal negro y dormido bajo la luz de las velas.

—¿Tocas? —pregunté, señalando el instrumento.

—Un poco.

Un poco viniendo de alguien de 177 años seguro significa a nivel de concertista.

—A ver, toca. —sonreí.

Se sentó, sus dedos encontraron las teclas con la familiaridad de alguien que lleva décadas hablando ese idioma. La música que llenó la habitación era melancólica, hermosa de un modo que dolía: notas que subían y caían como olas y que me hicieron cerrar los ojos sin querer.

—¿Chopin? —adiviné.

Nocturno en Mi bemol mayor. Opus 9, número 2.

—Por supuesto que sabes el opus.

Sonrió sin dejar de tocar.

—Chopin murió antes de que yo pudiera escucharlo en persona. Pero compré la partitura original de este nocturno en una subasta en 1905. La tengo guardada en la bóveda del tercer piso.

—Tienes una bóveda.

—Tengo varias.

—Por supuesto que sí.

La música siguió, y él pasó a otra pieza, luego a otra, como si cada canción fuera un recuerdo que necesitaba soltar.

—¿A cuántas personas famosas has conocido? —pregunté.

—Demasiadas para contar. Algunas fueron buenas. Otras menos.

—¿Algún favorito?

Sus dedos se deslizaron a algo más lento, más íntimo.

—Oscar Wilde. Tenía un ingenio devastador. Lo conocí en Londres, en los noventa del siglo XIX. Nos emborrachamos juntos después de ver una de sus obras. Él no sabía lo que yo era, pero sospechaba. Me llamó «criatura de la noche con alma de poeta».

—Suena bastante exacto.

—Era más perceptivo de lo que la gente le daba crédito.

Terminó la pieza y se giró hacia mí en el banco del piano.

—¿Bailas?

—¿Aquí? ¿Ahora? ¿Sin música?

Se levantó, caminó hacia un tocadiscos vintage en la esquina y seleccionó un disco de vinilo real. Lo colocó con cuidado, bajó la aguja.

Música de vals llenó la habitación. Algo con cuerdas y un tempo que hacía que el aire se sintiera más lento.

Me ofreció su mano.

—¿Me concedes este baile?

—No sé bailar vals.

—Yo te guío.

Tomé su mano. Me jaló hacia él. Su otra mano encontró mi cintura, y empezamos a movernos.

Fui terrible. Le pisé los pies tres veces en los primeros treinta segundos y una cuarta vez al intentar compensar las primeras tres.

—Lo siento, lo siento…

—No te disculpes. Solo sígueme.

Cerré los ojos. Dejé que su cuerpo guiara el mío. Despacio, sin forzarlo, encontramos algo que se parecía a un ritmo. Sus movimientos eran fluidos, precisos, producto de décadas —de siglos— de práctica, y cuando me relajé lo bastante como para dejar de pensar en mis pies, el vals se convirtió en algo que no era solo baile: era conversación sin palabras, pregunta y respuesta, acercarse y alejarse.

—¿Dónde aprendiste a bailar así? —pregunté con la mejilla contra su hombro.

—En cada década. En cada país. Bailes de salón en Viena. Tangos en Buenos Aires. Swing en Nueva York. Era la forma en que la gente se conectaba antes de las pantallas.

—Debe ser extraño. Ver el mundo cambiar tanto.

—Es extraño y es fascinante. Cada generación trae algo nuevo. Nueva música. Nuevo arte. Nuevas formas de conectar. Y nuevas formas de estar solo, también.

Nos movimos juntos en ese salón mientras el disco giraba y las velas bajaban y la chimenea crepitaba. Cuando la música terminó, no nos separamos de inmediato. El silencio que dejó el último acorde fue denso, lleno, como si la habitación estuviera conteniendo la respiración igual que yo.

Kael me miró. Su mano todavía en mi cintura. La mía todavía en su hombro.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por darme una oportunidad. Por no correr cuando te dije la verdad. Por estar aquí, a las dos de la mañana, bailando vals conmigo en un salón lleno de velas.

—Todavía podría correr.

—Lo sé. Por eso significa más.

Me besó. Despacio. Profundo. Con un cuidado que me hizo entender que este hombre —este ser— llevaba siglos esperando poder besar a alguien así: sin prisa, sin miedo, sin fecha de expiración.

Y en ese momento, con sus labios fríos contra los míos y la música todavía vibrando en el aire, supe que no iba a correr.

Iba a quedarme. Iba a explorar este mundo imposible. Iba a ver a dónde nos llevaba esto.

Porque Kael Thorne —vampiro, billonario, hombre de otra época— me hacía sentir algo que no había sentido en años.

Me hacía sentir viva.

Los siguientes tres días cayeron en un ritmo que no debería haber funcionado pero que funcionó de todas formas.

De día, yo existía sola. Dormía hasta el mediodía, comía lo que la señora Blackwood dejaba como ofrenda silenciosa en el comedor, y exploraba la mansión bajo un sol que entraba por las pocas ventanas sin cortinas, descubriendo habitaciones que parecían no haber sido abiertas en décadas. Un salón de música lleno de instrumentos cubiertos de sábanas blancas. Una sala de mapas con cartografía del siglo XVII clavada en las paredes. Un invernadero con plantas que no reconocí y que olían a algo dulce y medicinal.

De noche, Kael se despertaba, y el mundo cobraba vida.

Me mostró su mundo de verdad, no la fachada de billonario. Su biblioteca privada donde guardaba primeras ediciones que harían llorar a cualquier coleccionista: un Shakespeare de 1623, un Quijote que olía a cuatro siglos de polvo, un Darwin con notas al margen que Kael juró eran del propio Darwin. Me enseñó su taller de arte —un cuarto del tercer piso con lienzos a medio terminar apoyados contra las paredes, tubos de óleo exprimidos, un olor a trementina que me picó los ojos—, y se sentó a pintar mientras yo lo observaba, y por primera vez vi algo en él que no era control ni elegancia: concentración pura, la lengua asomando entre los dientes mientras mezclaba colores con una paleta que llevaba décadas de uso.

Me habló de los otros vampiros. Las jerarquías. El Consejo que gobernaba en las sombras. Las reglas no escritas que mantenían su mundo oculto del nuestro.

Y yo le mostré el mío. Mis diseños gráficos en la laptop, que él observó con una atención que ningún cliente me había dado jamás. Mis proyectos frustrados, las ideas que tenía pero que nunca había podido financiar. Le enseñé a usar TikTok, lo cual fue un error porque se pasó cuarenta minutos viendo videos de gatos y preguntándome por qué los humanos filmaban a sus mascotas haciendo cosas mundanas.

—Porque es gracioso —le dije.

—El gato está durmiendo.

—Y eso es gracioso.

—He vivido 177 años y sigo sin entender a tu especie.

—Bienvenido al club. Nosotros tampoco nos entendemos.

Había química. Eso era innegable. Cada vez que nos tocábamos —al pasar un libro, al rozar dedos sobre un lienzo, al bailar otra vez en ese salón con el tocadiscos que ya se estaba convirtiendo en nuestro ritual— sentía un tirón bajo la piel, algo caliente y eléctrico que no tenía nada que ver con la temperatura de su cuerpo y todo que ver con lo que me provocaba.

Pero Kael mantenía distancia. Cortés. Respetuoso.

Y disciplinado hasta la frustración para alguien que llevaba décadas sin tocar a nadie.

La cuarta noche, durante otra cena donde él fingía comer y yo de verdad comía, reventé.

—¿Cuánto tiempo vas a esperar?

Dejó el tenedor sobre el plato. Esos ojos grises me encontraron desde el otro lado de la mesa, iluminados por las velas.

—¿Para qué?

—Para esto. Para nosotros —dejé mi copa de vino con más fuerza de la necesaria—. Llevas cuatro noches besándome y deteniéndote. Cuatro noches acercándote y alejándote. Es como tratar de agarrar humo.

—Porque quiero que estés segura.

—Estoy segura.

—¿De qué?

Me levanté, rodeé la mesa y me planté frente a él. Desde arriba, con él sentado y yo de pie, se veía menos intimidante. Más accesible. Más humano, si es que esa palabra todavía aplicaba.

—De que te deseo. De que esto —señalé entre los dos— es real. De que no voy a despertarme mañana y cambiar de opinión porque de pronto recordé que eres un vampiro, porque te juro que no se me olvida ni un segundo.

Kael se levantó. Sus manos encontraron mis brazos con un agarre suave pero firme.

—Amanda…

—Deja de tratarme como si fuera a romperme. No soy de cristal. Soy la mujer que vio tus colmillos y se sentó en el suelo a procesarlo en vez de salir corriendo. Dame algo de crédito.

—No pienso que seas de cristal. Pienso que eres… —se detuvo, y vi el esfuerzo que le costó elegir la palabra correcta en vez de decir algo genérico— extraordinaria. Y no quiero arruinar esto por ir demasiado rápido.

—¿Y si yo quiero ir más rápido?

Algo se le oscureció en la mirada. El gris metálico se volvió tormenta.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que tomé mi decisión. Acepto. El contrato. El heredero. La semana entera de locura que me has ofrecido.

—Amanda, no tienes que decidir ahora. Te quedan tres días de—

—No los necesito. Sé lo que quiero. Y lo que quiero es que dejes de ser un caballero del siglo XIX y me beses como si fuera el fin del mundo.

Sus manos me apretaron los brazos. Vi el momento exacto en que su control se agrietó: un temblor en la mandíbula, los dedos contrayéndose contra mi piel, los ojos cayendo a mis labios como piedras al agua.

—¿Estás segura? Porque una vez que crucemos esta línea, no hay vuelta atrás.

—Bien. No quiero vuelta atrás. No he querido vuelta atrás desde que bailamos vals a las dos de la mañana y tú me miraste como si fuera la primera cosa hermosa que veías en un siglo.

Me besó.

Nada gentil. Nada contenido. Pura hambre de décadas comprimida en un solo punto de contacto. Sus colmillos rozaron mi labio inferior y esta vez no se disculpó, y esta vez no me importó.

—Arriba —gruñó contra mi boca—. Ahora.

No necesitó repetirlo.

Me tomó de la mano y me guio por escaleras y pasillos que ya me resultaban familiares hasta llegar a una puerta que no había visto: la suya. Sus habitaciones.

Eran distintas de las mías. Más oscuras —sin una sola ventana, noté, ni siquiera con cortinas; las paredes eran sólidas—. Más personales. Cama enorme con dosel de tela negra. Libros por todas partes: apilados en mesas, en estantes, en el suelo, abiertos boca abajo como si hubiera estado leyendo diez a la vez y ninguno le hubiera ganado la atención del todo.

—Perdona el desorden —dijo mientras cerraba la puerta—. No suelo tener visitas aquí.

—Me gusta. Se siente real —miré a mi alrededor, absorbiendo los detalles: una taza de algo oscuro en la mesa de noche, un cuaderno abierto con garabatos, una camisa arrugada sobre una silla—. Comparado con el resto de la mansión, que parece un museo, esto parece un lugar donde de verdad vive alguien.

—Comparado con la imagen que proyecto, dirás.

—Eso también.

Me jaló hacia él. Sus manos encontraron mi cintura y mi espalda tocó su pecho, frío a través de la tela, sólido como mármol.

—Contigo no quiero proyectar nada —dijo contra mi pelo—. Solo quiero ser yo.

—Entonces sé tú.

Lo fue.

Sus manos subieron por mi espalda, encontraron el zipper del vestido, lo bajaron despacio, con una lentitud que me hizo apretar los dientes. La tela se deslizó por mis hombros y cayó al suelo.

Me quedé en ropa interior, bajo su mirada que me recorría como si estuviera memorizando cada centímetro. No con hambre animal —o no solo eso— sino con algo más profundo, más viejo: reverencia, quizás. La mirada de alguien que lleva mucho tiempo sin ver algo que lo sorprenda.

—Hermosa —murmuró.

—Tu turno.

Sonrió. Empezó a desabotonarse la camisa. Despacio. Disfrutando mi impaciencia, el cabrón.

—Kael…

—¿Sí?

—Si no te apuras, lo voy a hacer yo. Y no voy a ser delicada con los botones.

—¿Amenaza o promesa?

—Ambas.

Se rio —esa risa grave que me vibraba en las costillas— y terminó con los botones. Se quitó la camisa.

Y ahí estaba. Ese cuerpo que había imaginado pero no visto de verdad. Pálido como luna sobre piedra. Definido de un modo que no parecía producto del gimnasio sino de siglos de existencia, como si su cuerpo se hubiera esculpido a sí mismo por pura fuerza de tiempo. Y cicatrices. Muchas más de las que esperaba: líneas blancas y rosadas que cruzaban su piel como un mapa de violencia antigua.

Me acerqué. Tracé una con los dedos, una línea diagonal que le cruzaba el pectoral derecho.

—¿De qué es esta?

—Espada. Duelo en 1890. El otro tipo hizo trampa.

—¿Ganaste?

—Estoy aquí, ¿no?

Toqué otra, más grande, sobre su costado izquierdo. Irregular, hundida.

—¿Y esta?

—Bala. Primera Guerra Mundial. Me tomó tres días sacarla por completo.

—Dios.

—El cuerpo vampírico sana. Pero duele igual. Cada vez.

Bajé hasta una justo sobre su cadera. Más pequeña que las otras, pero diferente: dos marcas paralelas, como puntos, con bordes que parecían viejos y suaves.

—¿Esta?

Su mano cubrió la mía, deteniéndome.

—Esa fue de mi conversión. Donde el vampiro que me convirtió mordió primero.

—¿Te duele todavía?

—Ya no. Pero la recuerdo cada vez que la veo. Cada segundo de esa noche.

Lo besé ahí, justo sobre las marcas. Su cuerpo se tensó bajo mis labios, no de dolor, sino de algo que le recorrió entero, que le hizo cerrar los ojos y soltar el aire que no necesitaba.

—Amanda…

—Quiero conocer todas tus cicatrices. Todas tus historias.

—Tengo 177 años de historias. Va a tomar tiempo.

—Acabo de aceptar quedarme con un vampiro. Creo que tiempo es lo que mejor me sobra ahora.

Me levantó entonces —del suelo, sin esfuerzo, como si pesara lo mismo que un libro— y me llevó a la cama. Me dejó caer sobre el colchón, y el dosel negro se cerró alrededor de nosotros como un cielo privado.

Se posicionó sobre mí, apoyándose en los brazos para no aplastarme, y me miró desde arriba con esos ojos que ya no eran grises sino casi negros.

—¿Segura? —preguntó—. Última oportunidad.

—Kael, si preguntas una vez más voy a…

No terminé. Su boca encontró mi cuello y empezó a bajar; besos lentos, mordiscos que no rompían la piel, su lengua trazando un camino que me sacó un sonido que no sabía que podía hacer.

Sus colmillos rozaron mi piel justo sobre la clavícula. No lo bastante como para penetrar, solo lo justo para que cada nervio de mi cuerpo se encendiera con la posibilidad.

—¿Puedo? —murmuró contra mi garganta—. ¿Probarte? Solo un poco.

Mi cerebro gritaba que esto era mala idea. Mi cuerpo ya estaba asintiendo.

—Sí.

El pinchazo fue agudo pero breve. Un segundo de filo y después su boca sobre mi cuello, succionando despacio, y la sensación fue…

Joder.

Placer. Líquido, caliente, imposible. Se extendió desde el punto donde sus colmillos entraron, bajó por mi columna como electricidad y se concentró entre mis piernas con una intensidad que me arrancó un gemido que habría sido vergonzoso si me hubiera quedado capacidad de sentir vergüenza.

Me arqueé contra él, enganchando mis piernas alrededor de su cintura.

Kael se separó después de unos segundos —aunque cada uno se sintió como un minuto entero— y lamió la herida para cerrarla. Vi el cambio en su cara: las pupilas dilatadas hasta que apenas quedaba un anillo de gris, la boca manchada de rojo que debería haberme horrorizado y en cambio me provocó algo oscuro y caliente que no quise examinar demasiado.

—Sabes como imaginé —dijo, la voz tan ronca que casi no la reconocí—. Dulce. Fuerte.

—¿Los vampiros hacen reseñas de Yelp de la sangre que beben? Porque esa fue muy poética.

Se rio contra mi cuello, y la vibración me recorrió entera.

—Solo cuando la sangre lo merece.

Sus manos encontraron mi sostén. Lo quitó con una habilidad que delataba siglos de práctica —o una ingeniería textil muy diferente en el siglo XIX, quién sabe—, y su boca siguió el camino de sus dedos. Cada beso, cada mordisco calculado para llevarme al borde sin empujarme.

Cuando llegó a mis pechos, mi espalda se levantó de la cama por cuenta propia.

—Kael, por favor…

—¿Por favor qué?

—Más. Necesito más.

—¿Más de esto? —mordió despacio, lo justo, y el sonido que salió de mi boca no tenía traducción a ningún idioma que yo hablara.

—Todo. Necesito todo.

Se rio contra mi piel —grave, oscuro, satisfecho— y siguió bajando. Quitó mi ropa interior con una facilidad que debería haberme molestado y en cambio me impacientó más.

Y entonces estaba ahí. Expuesta. Mirándome desde abajo con esos ojos que ya no eran humanos en absoluto, con los colmillos apenas asomando y la boca a centímetros de donde más lo necesitaba.

—No me hagas esperar —dije, y mi voz sonó rota hasta para mis propios oídos.

No me hizo esperar.

Lo que hizo con su boca debería estar regulado por algún tratado internacional. Lengua, dientes —no los colmillos, gracias a Dios—, presión, succión, un conocimiento del cuerpo femenino que solo dos siglos de práctica podían explicar.

Porque los tiene, me recordó mi cerebro. Tiene dos siglos de práctica.

No me importó. Solo me importaba esto: sus manos sosteniendo mis caderas contra el colchón, su boca desarmándome pieza por pieza, el placer construyéndose como una ola que no iba a poder contener.

No pude.

Me vine con los dedos clavados en su pelo y un grito que se llevó todo el aire de la habitación, y antes de que pudiera bajar del todo ya estaba subiendo otra vez porque él no paró, no aflojó, siguió hasta que el segundo orgasmo me golpeó encima del primero y ya no supe dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Subió después, besándome, y el sabor de mí misma en su lengua mezclado con el rastro metálico de mi sangre en sus labios debería haber sido raro y en cambio fue lo más íntimo que había experimentado en mi vida.

—Tu turno —jadeé.

—No tienes que…

—Kael. Si no me dejas tocarte ahora, voy a perder la cabeza. Y no de la forma sexy.

Sonrió. Se recostó en la cama con una confianza que me molestó y me excitó a partes iguales.

—Entonces tócame.

Lo hice. Exploré cada centímetro de su cuerpo con manos y boca, aprendiendo el mapa de su piel: qué lo hacía tensarse, qué le arrancaba esos sonidos graves de la garganta, dónde eran sensibles las cicatrices y dónde no.

Cuando llegué al botón de sus pantalones, lo miré.

—¿Sí?

—Sí —levantó las caderas para ayudarme, y la urgencia de ese gesto —de este hombre que controlaba todo, siempre, cediendo el control— me golpeó más fuerte que cualquier otro momento de esta noche.

Los quité junto con todo lo demás, y…

Bueno.

Vampiro o no, todo funcionaba. Más que bien.

Lo tomé en mi mano y disfruté el sonido que hizo: un gruñido bajo, entrecortado, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás contra la almohada.

—Amanda…

—¿Sí?

—Si haces eso, no voy a durar.

—¿Quién dice que quiero que dures?

Bajé la cabeza. Lo probé. Frío al principio, como todo en él, pero calentándose rápido bajo mi lengua. Diferente de cualquier otro hombre, pero no de una forma que me importara: solo era él, Kael, con las manos temblando en mi pelo y la respiración que no necesitaba rompiéndose en jadeos.

Maldijo en lo que sonaba como tres idiomas —algo que podría haber sido francés, algo que era de seguro latín, y algo que no identifiqué— mientras yo encontraba el ritmo, aprendiendo qué le gustaba, cómo hacer que ese control de hierro se deshiciera.

Sus manos se enredaron en mi cabello, sin empujar, solo ahí, y cuando habló, mi nombre en su boca sonó como algo sagrado y obsceno al mismo tiempo.

—Amanda, tienes que parar o voy a…

Lo tomé más profundo como respuesta.

Se vino con un gruñido que no era humano —grave, largo, vibrando en el aire como si la habitación misma temblara— y lo tragué todo porque a estas alturas ya había cruzado todas las líneas posibles y unas cuantas que no sabía que existían.

Cuando terminó, me jaló hacia arriba y me besó como si yo fuera oxígeno y él estuviera ahogándose.

—Eres increíble.

—Tú tampoco estás mal para tener 177 años.

—¿Para tener 177? —levantó una ceja—. ¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que esperaba que estuvieras más… no sé. Oxidado. Fuera de práctica. Algo.

Se rio, me giró hasta que estaba bajo él otra vez, y el peso de su cuerpo sobre el mío era frío y sólido y perfecto de un modo que no debería haber sido pero que era.

—Déjame mostrarte qué tan fuera de práctica estoy.

Y lo hizo.

No fue una vez. Eso habría sido simple, y nada entre nosotros era simple.

La primera fue desesperada: meses de tensión en él, días de tensión en mí, todo explotando a la vez. Rápida, ruidosa, con sus colmillos rozando mi hombro mientras se movía dentro de mí y mis uñas dejando marcas en su espalda que sanaron antes de que pudiera verlas.

La segunda fue lenta. Él encima, mirándome a los ojos, moviéndose con un ritmo constante que me hacía sentir cada centímetro, cada segundo. Sin prisa. Sin hambre. Solo atención, como si estuviera memorizando esto, grabándolo en algún lugar donde los siglos no pudieran borrarlo.

Y entre la segunda y la tercera, acostados enredados en sábanas que ya no estaban frías porque yo las había calentado, Kael se incorporó sobre un codo y me miró con una expresión que no le había visto antes. Seria. Casi solemne. Como alguien a punto de confesar algo que lleva mucho tiempo cargando.

—Hay algo más —dijo—. Algo que necesito decirte antes de que vayamos más lejos.

—¿Más lejos? Acabas de estar dentro de mí muchísimas veces. ¿Qué tan más lejos podemos ir?

No sonrió.

—El vínculo de compañera. Es diferente para vampiros. No es solo emocional. Es físico. Hay… magia en él, por falta de una palabra mejor.

—¿Magia? —repetí, y una parte de mí quiso reírse pero otra parte —la que había visto colmillos crecer y velocidad imposible y un hombre que no envejecía— se quedó callada.

—Cuando un vampiro reclama a su compañera, hay un ritual. Intercambio de sangre durante el acto. Crea una conexión permanente. Podremos sentir las emociones del otro. Saber dónde está el otro. Estar unidos. De verdad.

Me senté en la cama, jalando la sábana sobre mi pecho. No por pudor —ese barco ya había zarpado— sino porque necesitaba algo entre su mirada y yo mientras procesaba.

—¿Y eso es lo que quieres? ¿El vínculo?

—Solo si tú lo quieres. Pero Amanda, necesitas entender: una vez hecho, no se deshace. Estarás atada a mí y yo a ti. Hasta que uno de los dos deje de existir.

—¿Y si me convierto? ¿Si me vuelvo vampira algún día?

—Entonces estaremos juntos hasta que el universo se apague. Sin metáfora.

Me quedé en silencio. La chimenea de su habitación crepitaba —una chimenea dentro de un cuarto sin ventanas, porque por supuesto— y las sombras bailaban en el dosel sobre nosotros.

Debería haberme asustado. La palabra «permanente» debería haber activado cada alarma de una mujer de treinta años con problemas de compromiso que no había podido mantener una suscripción de Netflix más de seis meses.

Pero «permanente» se sentía distinto cuando lo decía alguien que había estado solo 177 años. Cuando podías sentir el peso de ese aislamiento en la forma en que te tocaba, como si cada caricia fuera la primera y la última al mismo tiempo.

—Hazlo —dije—. El vínculo. Quiero estar atada a ti.

—¿Segura?

—Kael Thorne, si me preguntas una vez más si estoy segura, voy a atarte yo a ti con las sábanas de esta cama. Y no de la forma erótica.

Le tembló la boca.

—¿Hay una forma erótica?

—Concéntrate.

Se acercó, me tomó la cara con las dos manos —frías, firmes, temblando un poco— y me besó. No con hambre esta vez. Con algo más denso. Más pesado. Como si estuviera sellando algo con sus labios antes de sellarlo con sangre.

—Entonces será un honor, Amanda Reyes.

Me recostó, se posicionó entre mis piernas, y vi en su cara algo que no era control ni elegancia ni misterio: era miedo. De verdad. El miedo de alguien que ha esperado esto medio siglo y no puede creer que esté pasando.

—Va a doler un poco —advirtió—. Cuando muerda. Pero después…

—Confío en ti.

Entró despacio, dejándome ajustarme, y empezó a moverse con un ritmo que era diferente de las veces anteriores. Más profundo. Más lento. Como si cada movimiento tuviera intención, como si estuviera construyendo algo entre los dos con cada embestida.

El placer subió como marea. Sin prisa pero sin pausa, llenándome desde los dedos de los pies hasta la coronilla, hasta que cada parte de mí estaba tensa y vibrando y a punto de romperse.

—¿Lista? —susurró, la boca contra mi cuello, los colmillos rozando mi piel.

—Sí.

Mordió justo cuando el orgasmo me golpeó.

El dolor y el placer se estrellaron juntos como dos olas en direcciones opuestas, y de la colisión salió algo más: una conexión, un hilo invisible que se estiró entre su pecho y el mío, vibrando con una frecuencia que sentí en los huesos. Pude sentir mi sangre fluyendo hacia él. Pude sentir su placer mezclándose con el mío, como dos colores fundiéndose en agua. Y debajo de todo, algo antiguo y enorme despertándose: el vínculo.

Kael se vino dentro de mí con un sonido que salió de algún lugar más profundo que la garganta, y en el mismo movimiento se mordió la muñeca —un tajo rápido, brutal— y la presionó contra mis labios.

—Bebe.

Su sangre no sabía como esperaba. No era metálica ni salada. Era dulce, especiada, con un fondo que me recordó a noches de invierno junto al fuego y algo más viejo que eso, algo que no tenía nombre porque existía antes que el lenguaje.

Y mientras tragaba, sentí el vínculo completarse.

Como una cerradura encontrando su llave. Como una nota musical que por fin forma el acorde. Un click que no fue sonido sino sensación: algo encajando en un lugar que no sabía que estaba vacío.

Colapsamos juntos, los dos respirando con dificultad —él por instinto, yo por necesidad— y el vínculo latía entre nosotros como una cosa viva, un tercer corazón que no pertenecía a ninguno y a los dos al mismo tiempo.

—¿Puedes sentirlo? —preguntó Kael, acariciándome el pelo con una mano que todavía temblaba.

—Sí. Estás… aliviado. Asustado todavía, un poco. Y feliz. Muy feliz —la sensación era rara, como escuchar un idioma que no hablabas pero que de pronto entendías—. ¿Así se siente siempre?

—No lo sé. Nunca lo había hecho.

—¿En serio? ¿En 177 años?

—En 177 años —confirmó, y la emoción detrás de esas palabras me llegó a través del vínculo como una ola: soledad, espera, desesperanza, y después yo. Como si toda su existencia fuera un pasillo oscuro y largo y yo fuera la puerta al final.

—Bueno —dije, porque mis ojos estaban ardiendo y no iba a llorar desnuda encima de un vampiro en un castillo, eso era demasiado cliché incluso para mí—. Espero estar a la altura de 177 años de expectativas.

—Ya las superaste.

Me acurruqué contra su pecho. Debajo de mi oído, donde debería haber silencio, escuché algo: un latido. Lento, espaciado, como un reloj al que le queda poca batería, pero ahí. Existente.

—Tu corazón late.

—Muy despacio. Unas diez veces por minuto.

—El mío va a como mil.

—Lo sé. Lo escucho. Es mi sonido favorito.

Cerré los ojos. El vínculo vibraba entre nosotros como una cuerda de guitarra recién tocada, y a través de él podía sentir lo que Kael sentía: una paz enorme, oceánica, del tipo que solo viene después de que algo que te ha dolido mucho tiempo deja de doler por fin.

—¿Y ahora qué? —pregunté contra su pecho.

—Ahora descansamos. Y mañana por la noche empezamos nuestra vida juntos. De verdad.

—¿Y el heredero?

—Vendrá cuando venga. No hay prisa. Tenemos tiempo.

—Tiempo —repetí, y la palabra se sintió distinta en mi boca. Más grande. Más llena—. Esa es la parte más surreal de todo esto. De pronto tengo tiempo.

—Todo el que quieras.

Me besó el pelo. Me apretó más cerca. Y la verdad salió de mi boca antes de que pudiera tragarla, empujada por el vínculo que hacía imposible mentir, que convertía cada emoción en algo transparente entre los dos.

—Creo que te quiero. Sé que es ridículo decirlo después de cinco días. Sé que suena a locura. Pero el vínculo… puedo sentir lo que sientes por mí, y es enorme, Kael, es aterrador lo enorme que es. Y lo que yo siento de vuelta no es tan grande todavía, pero está ahí. Creciendo. Y no quiero fingir que no.

—No es ridículo —su voz vibró contra mi pelo—. He esperado 177 años por esto. No voy a cuestionar el calendario.

—Típico de billonario. El tiempo no les importa porque les sobra.

Se rio. Bajito. Contra mi pelo. Y a través del vínculo sentí su risa como algo cálido derramándose en mi pecho.

—Mi Amanda —dijo—. Mi compañera.

—Tuyo —dije, porque era verdad, y el vínculo lo confirmó con un pulso que sentimos los dos.

Nos quedamos así mientras las velas bajaban y la chimenea se convertía en brasas. Fuera de esas paredes sin ventanas, el amanecer estaba llegando —lo sentí a través de Kael, una incomodidad sutil, como un tirón en los huesos que decía sol, peligro, escóndete—, pero aquí adentro, en esta habitación oscura que era su refugio del mundo, estábamos a salvo.

Y por primera vez desde que llegué a esta mansión imposible, me sentí en casa.

En una casa sin ventanas, en un mundo que no debería existir, pero en casa.

Me desperté sola.

La cama estaba fría del lado donde Kael había estado, y la habitación —su habitación, sin ventanas, sin reloj, sin ninguna referencia al mundo exterior— me daba la misma información que una cueva: nada. Busqué mi teléfono en la mesita de noche. Las cuatro de la tarde. Había dormido como muerta después de una noche que me había dejado músculos adoloridos en lugares que no sabía que podían doler, y una sonrisa estúpida se me instaló en la cara antes de que pudiera evitarla.

Estoy vinculada a un vampiro.

Tuve sexo con un vampiro. Varias veces. Y tragué su sangre durante un ritual que ahora me conectaba a él de por vida.

Mi vida se había convertido en una novela paranormal barata. De las que tienen portadas con tipos sin camisa y títulos como «Mordida por el Destino».

Y no me importaba ni un poco.

Me levanté, encontré una de las camisas de Kael tirada en el suelo y me la puse. Olía a él: especias, papel viejo, algo profundo y oscuro que no tenía nombre pero que mi cuerpo ya reconocía como suyo.

Había una nota en la mesa de noche, con esa caligrafía elegante de alguien que aprendió a escribir antes de que existieran los bolígrafos:

«Buenas tardes, amor mío. Tuve que atender asuntos de negocios en la oficina del sótano. Estaré ocupado hasta el anochecer. La señora Blackwood tiene comida esperándote. Tuyo, K.»

Amor mío. Tuyo.

Algo caliente se me expandió en el pecho, y a través del vínculo sentí un eco de lo mismo: afecto, satisfacción, un fondo de concentración que me dijo que estaba trabajando, pero pensando en mí entre tarea y tarea.

Esto va a tomar tiempo para acostumbrarme, —pensé.

Como si me hubiera escuchado —y tal vez lo hizo, el vínculo era nuevo y ninguno de los dos sabía dónde estaban los límites— sentí un pulso cálido. Su forma de decir yo también.

Comí en el comedor —café fuerte, salmón, tostadas, fruta fresca— bajo la supervisión silenciosa de la señora Blackwood, que no hizo comentarios sobre mi aspecto desarreglado ni sobre el hecho de que llevaba la camisa de su jefe como vestido.

Pero había algo en sus labios que se parecía mucho a una sonrisa.

—El señor Thorne parecía… contento hoy —dijo mientras me servía más café.

—¿Sí?

—Silbaba. No lo había escuchado silbar en los quince años que llevo trabajando aquí.

El calor me subió a la cara.

—Bueno. Tuvimos una buena noche.

—Me alegra oír eso, señorita Reyes. El señor Thorne merece algo de alegría. Ha estado solo demasiado tiempo.

Se fue antes de que pudiera responder, dejándome con mis pensamientos y una cafetera llena y la sensación de que la señora Blackwood sabía mucho más de lo que decía. Seguro lo sabía todo. Seguro llevaba quince años viendo a Kael silbar por los pasillos de cero veces y ahora una, y eso le bastaba.

Pasé la tarde explorando partes de la mansión que no había visto. Con el sol entrando por las pocas ventanas descubiertas, los pasillos diurnos tenían un aire diferente: más polvoriento, más abandonado, como un teatro entre funciones. Encontré la sala de música que ya conocía, y más allá, un gimnasio completo con equipo que parecía nuevo y sin usar; porque un vampiro con fuerza sobrenatural no necesitaba pesas, pero al parecer sí necesitaba aparentar normalidad.

Y entonces encontré algo que me detuvo en seco.

Una puerta al final de un pasillo del tercer piso. Diferente de las otras: más vieja, más oscura, con grabados tallados en la madera que parecían símbolos de algo que no reconocí. Ni célticos ni latinos. Algo más antiguo.

La manija estaba fría bajo mi mano. Giré.

Cerrada.

Por supuesto. Porque en esta mansión todo lo interesante estaba cerrado, sellado o envuelto en misterio, y yo era la idiota que seguía intentando abrir puertas que no debía.

—Esa habitación está restringida.

Di un salto tan fuerte que casi me caigo. Me giré con el corazón en la garganta.

Un hombre que no había visto jamás estaba parado a metros de distancia, en el pasillo oscuro —las cortinas de esta zona estaban cerradas, noté ahora; estábamos en territorio nocturno de la mansión—. Alto. Elegante de un modo diferente a Kael: más afilado, menos cálido. Cabello rubio platinado. Y ojos que brillaban dorados bajo la poca luz, como monedas en el fondo de un pozo.

Otro vampiro. Dentro de la mansión, en las zonas sin sol, como un pez en su acuario oscuro.

—¿Quién eres? —pregunté, retrocediendo un paso antes de poder evitarlo.

—Lucien. Consejero y amigo de Kael —sonrió, y sus colmillos no se extendieron pero sus caninos eran lo bastante afilados como para que el mensaje fuera claro—. Y tú debes ser Amanda. La famosa compañera.

La forma en que dijo «famosa» no sonaba ha cumplido. Sonaba a diagnóstico.

—¿Kael sabe que estás aquí?

—Lo sabe. Vine a conocer a la humana que logró atrapar a nuestro solitario Kael después de medio siglo de búsqueda.

Se acercó con esa gracia sobrenatural que tenían todos, esos movimientos fluidos que parecían no gastar energía, y me obligué a no retroceder otra vez. Si iba a vivir en un mundo de vampiros, no podía saltar cada vez que uno aparecía de la nada en un pasillo oscuro. Aunque ganas no me faltaban.

—No lo atrapé. Él me eligió.

—Mmm. Interesante forma de verlo.

Se detuvo frente a mí, inclinó la cabeza y me estudió con esa atención de depredador evaluando algo. No con hambre —o no solo hambre— sino con curiosidad clínica, como un biólogo examinando una especie rara.

—Puedo ver por qué te eligió. Tienes espíritu. Y esa sangre… —inhaló despacio, y sus fosas nasales se abrieron un milímetro— puedo olerla incluso con el vínculo de Kael encima. Rara. Antigua. Deliciosa, si me permites decirlo.

—No te lo permito. ¿Vas a explicar la puerta cerrada o solo vas a ser espeluznante? Porque si es lo segundo, te advierto que ya tengo mi cuota cubierta con tu amigo.

Una risa corta, genuina.

—Me agradas. La mayoría de los humanos se congelan cuando un vampiro se acerca. Tú atacas primero.

—Aprendí que la mejor defensa es la ofensa. Y la mejor ofensa es el sarcasmo.

—Sabio —concedió—. Y para responder tu pregunta: esa habitación contiene recuerdos de Kael. Cosas de su pasado que prefiere mantener bajo llave.

—¿Como qué?

—Eso tendrás que preguntárselo a él. No es mi historia para contar.

Lucien se giró para irse, pero se detuvo. La diversión desapareció de su cara como si alguien hubiera apagado un interruptor.

—Una advertencia, Amanda. No una amenaza; hay diferencia y quiero que notes cuál es esta. El mundo vampírico no es como el tuyo. Hay política. Jerarquías. Enemigos de siglos con rencores más viejos que tu país. Y ahora que eres la compañera de Kael, tienes una diana en la espalda.

—¿Quiénes?

—Hay vampiros que piensan que Kael debió vincularse con una de los nuestros. No con una humana. Y hay una en particular… Seraphine. Antigua. Poderosa. Lleva décadas esperando ser ella la elegida. No tomó bien la noticia.

—¿Qué tan «no bien»?

—Lo bastante como para que yo esté aquí advirtiéndote en vez de atendiendo mis propios asuntos —me miró con esos ojos dorados—. Ten cuidado.

Y entonces desapareció por el pasillo con esa velocidad imposible que me dejó mirando el espacio vacío donde había estado y preguntándome si acababa de tener una conversación o una alucinación.

Me quedé ahí, frente a la puerta cerrada, con las palabras de Lucien rebotando en mi cráneo.

Recuerdos. Enemigos. Seraphine.

¿En qué me metí de verdad?

A través del vínculo sentí el momento en que Kael terminó de trabajar. Su concentración se relajó, se convirtió en algo más cálido. Anticipación, ganas de verme y unos minutos después lo escuché subir las escaleras.

Me encontró en la biblioteca, que se había convertido en mi refugio diurno: el único lugar de la mansión donde me sentía cómoda estando sola, rodeada de libros que olían a siglos y sillones que me tragaban enteros.

—Hola, amor —me besó largo, profundo, y sus labios fríos se calentaron contra los míos mientras el vínculo vibraba entre los dos como un diapasón.

Por un momento todo se desvaneció: Lucien, la puerta, la advertencia.

Hasta que se separó y frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—¿Qué? Nada.

—Amanda —su voz bajó medio tono—. Puedo sentirte. Estás ansiosa. Llevas ansiosa varias horas. ¿Qué pasó?

Maldito vínculo. Iba a necesitar aprender a modular mis emociones o este hombre iba a saber cada vez que me estresaba, me enojaba, o tenía un pensamiento sexual inapropiado en el supermercado.

—Conocí a Lucien.

Kael se tensó. No mucho —un endurecimiento de la mandíbula, un cambio en la postura—, pero a través del vínculo le sentí un destello de algo caliente y posesivo que me sorprendió.

—¿Qué te dijo?

—Me advirtió. Sobre enemigos. Sobre ser tu compañera humana. Y mencionó un nombre: Seraphine.

El destello se convirtió en algo más oscuro. Kael se sentó en el sofá junto a mí, tomó mis manos y las envolvió en las suyas, que estaban más frías de lo normal.

—Lucien tiene razón. Hay vampiros que no están contentos con mi elección. Seraphine es una de ellos. Es antigua, del linaje Deveraux, y lleva décadas asumiendo que sería mi compañera. Cuando anuncié el concurso y busqué una humana… lo tomó como insulto personal.

—¿Qué tan peligrosa es?

—Lo suficiente como para que la tome en serio. Pero no lo bastante como para que te ponga en riesgo real. No mientras estés aquí, bajo mi protección, con el vínculo activo.

—Eso suena a «no te preocupes» envuelto en «preocúpate un poco».

—Es un «estoy al tanto y no voy a dejar que te pase nada» —apretó mis manos—. Confía en mí.

—Confío en ti. Es en Seraphine en quien no confío, y eso que no la conozco.

—Bien. Ese instinto te va a servir.

Silencio. La chimenea de la biblioteca crepitaba. Afuera, la noche se había asentado del todo y la mansión estaba en su hora de mayor vida, con pasos y murmullos del personal moviéndose por los pasillos.

—Kael, la puerta. En el tercer piso. Lucien dijo que tiene tus recuerdos. Cosas de tu pasado.

Su expresión se cerró como un libro. El vínculo se opacó un segundo, como si hubiera puesto una pared entre sus emociones y las mías.

—No es algo de lo que quiera hablar.

—Está bien. No tienes que—

—Pero deberías saberlo —me interrumpió, y la pared del vínculo bajó de golpe, dejándome sentir lo que había debajo: dolor. Viejo, profundo, del tipo que no se cura sino que se aprende a cargar—. Si vamos a estar juntos. Si vamos a tener un hijo. Necesitas saber quién fui. No solo quién soy ahora.

Se puso de pie. Me ofreció su mano.

—¿Quieres ver?

—Solo si estás listo.

—Contigo estoy listo para cualquier cosa. Eso ya lo descubrí.

La habitación era más pequeña de lo que esperaba. Y más oscura, lo cual era decir mucho en una mansión donde la oscuridad era el estado natural de las cosas.

Kael encendió velas —una por una, con fósforos, no con un encendedor; la costumbre de siglos— y la luz fue revelando las paredes.

Retratos. Docenas de retratos. Pinturas, dibujos, fotografías en marcos de diferentes épocas. Gente con vestidos del siglo XIX, uniformes militares, ropa de los años veinte, de los sesenta, de los noventa. Rostros de todas las edades, todos los colores, todos mirando desde sus marcos con esa quietud que solo los muertos tienen.

—Mi familia —dijo Kael, y su voz sonó hueca, como si viniera de muy lejos—. No de sangre. De elección. Humanos que amé a lo largo de los años. Que envejecieron y murieron mientras yo seguía.

Me acerqué al primero. Una mujer con vestido victoriano y sonrisa suave, pintada con trazos que reconocí como los de Kael.

—Catherine —dijo detrás de mí—. De quien te hablé. Mi primer amor real. Murió en 1923 en un accidente de auto. Tenía treinta y seis años.

El siguiente era un hombre joven con uniforme militar, en una fotografía en blanco y negro con los bordes amarillentos.

—James. Lo conocí durante la Segunda Guerra Mundial. Era soldado americano, tenía una risa que se escuchaba a tres cuadras. Murió en Normandía salvando a su pelotón. Veintitrés años.

Me guio por la habitación despacio, y cada retrato era una puñalada.

Una mujer india con sari de seda, ojos enormes: Priya, profesora de filosofía en Bombay, muerta de cáncer a los cincuenta y uno. Un niño rubio con cara de travesura: Thomas, huérfano que Kael crio en secreto en los años treinta, muerto de viejo a los ochenta y dos. Una pareja de ancianos tomados de la mano: los Müller, humanos que sabían su secreto y lo guardaron cuarenta años, muertos con meses de diferencia en 1988.

Cada retrato, una vida. Cada vida, una pérdida. Y Kael ahí, de pie en el centro de esa habitación, cargando todas esas muertes con el peso de alguien que sabe que va a seguir acumulando más.

—¿Por qué los guardas aquí? —pregunté, y mi voz salió más ronca de lo que quería—. Si duele tanto.

—Porque necesito recordar. Necesito recordar que cada conexión humana es temporal. Que amar a un humano significa perderlo al final. Y que aun así —me miró— vale la pena.

Me giré hacia él y vi lo que no había querido ver: no lágrimas, porque no estaba segura de que los vampiros pudieran llorar, sino algo peor. Una sequedad en los ojos que era como un desierto donde debería haber agua. Aridez de siglos.

—Kael…

—Tienes que entender algo, Amanda —dio un paso hacia mí, y a través del vínculo sentí su miedo como si fuera el mío—. Si eliges seguir siendo humana. Si decides no convertirte nunca. Te voy a perder. En cincuenta años. Sesenta si hay suerte. Y voy a tener que vivir con eso. Agregarte a esta pared. Recordarte mientras sigo sin ti.

Miré a Catherine. A James. A Priya y Thomas y los Müller. Todos los rostros que Kael había amado y perdido, colgados como recordatorios de que el tiempo era su enemigo más cruel.

—Entonces me convertiré.

—No digas eso a la ligera. No puedes hacerlo por mí. Tiene que ser por ti. Porque lo quieras de verdad.

—Lo quiero. Escúchame: no ahora. No todavía. Quiero vivir una vida humana primero. Tener nuestro hijo, si eso funciona. Verlo crecer. Experimentar las cosas que solo se pueden experimentar cuando sabes que el tiempo se acaba. Pero después de eso, sí. Quiero estar contigo. No solo cincuenta años. El tiempo entero.

Me abrazó con una fuerza que me sacó el aire, y a través del vínculo sentí algo romperse en él. No de dolor esta vez. De alivio. Como un muro que llevaba décadas en pie y que por fin cedía.

—No sabes lo que eso significa para mí —dijo contra mi pelo.

—Creo que sí lo sé. Porque lo estoy sintiendo ahora mismo a través de este vínculo ridículo que tenemos —le pasé la mano por la espalda—. Se siente como si alguien te hubiera devuelto algo que no sabías que te faltaba.

—Exacto.

Nos quedamos así, rodeados de los fantasmas del pasado de Kael, y tomé una decisión.

No iba a ser solo otro retrato en esa pared.

Iba a ser la que se quedara.

Esa noche, durante la cena —la cena donde él fingía comer y yo comía de verdad, nuestro ritual—, Kael puso una caja pequeña de terciopelo negro sobre la mesa.

—¿Qué es esto?

—Ábrelo.

Dentro había un anillo. Antiguo, de los que no se fabrican sino que se forjan: banda de plata oscura con una piedra negra en el centro que brillaba con una luz que no venía de ninguna fuente externa, como si tuviera su propia luna adentro.

—Kael…

—No es un anillo de compromiso. No todavía —se apresuró a decir, y a través del vínculo sentí un nerviosismo que me habría enternecido si no hubiera estado tan ocupada mirando la piedra—. Es un anillo de protección. Todos los vampiros de mi línea lo reconocerán. Les dice que estás bajo mi amparo. Que tocarte es declarar guerra contra mí.

Me lo puse. Encajó como si hubiera sido hecho para mi dedo.

—¿Cómo sabías mi talla?

—Te dije. Hago mi investigación.

—Espeluznante pero dulce. Mi combinación favorita. La historia de nuestra relación, en realidad.

Se rio, se inclinó sobre la mesa y me besó por encima de los candelabros.

—Hay algo más —dijo al separarse, y su tono cambió lo suficiente como para que mi estómago se apretara—. Una reunión. En tres noches. El Consejo Vampírico quiere conocerte.

—¿El Consejo?

—Los líderes. Los vampiros más antiguos y poderosos de esta región. Necesitan aprobar nuestra unión de forma oficial.

—¿Y si no la aprueban?

—Entonces tenemos un problema.

—»Tenemos un problema» es la frase más aterradora que me han dicho, y eso incluye «tus exámenes de sangre salieron raros».

—No te preocupes. He lidiado con el Consejo durante un siglo. Sé cómo funcionan.

—Eso no me tranquiliza. Eso me dice que llevas un siglo lidiando con gente que puede matarte y que eso te parece normal.

Me tomó las manos por encima de la mesa.

—Amanda. Estaré ahí. A tu lado. No van a tocarte.

—¿Y si intentan algo raro?

—Entonces les recordaré por qué no se meten conmigo.

—¿Y yo?

—Tú —sonrió— tienes permiso de usar tu sarcasmo como arma.

—Bien. Es la única arma que tengo, aparte de un puñetazo bastante mediocre.

Las tres noches siguientes fueron entrenamiento.

Kael me enseñó etiqueta vampírica con la paciencia de alguien que ha tenido siglos de práctica explicando cosas a humanos que no entienden. Jerarquías: los más antiguos mandan, los más jóvenes obedecen, y el respeto se mide en inclinaciones de cabeza cuya profundidad yo jamás iba a poder calcular bien. Títulos: Consejero, Anciano, Lord, Lady, y un sistema de honoríficos que me hizo sentir como si estuviera estudiando para un examen de derecho vampírico.

—¿Y si me equivoco? —pregunté la segunda noche, mientras practicábamos reverencias en el salón del piano.

—No te van a matar por una reverencia mal hecha.

—¿Pero van a juzgarme?

—Van a juzgarte pase lo que pase. Son vampiros. Es lo que hacen.

—Genial. Son como las tías de mi familia en Navidad pero con colmillos.

La señora Blackwood me ayudó a elegir el vestido: negro, largo, elegante sin ser ostentoso. Humano pero con algo que dijera «pertenezco aquí aunque ambos sabemos que no». Me recogió el pelo en un moño bajo que dejaba el cuello expuesto —lo cual, en un mundo de vampiros, era según Kael señal de confianza y no de estupidez, aunque yo lo sentía como lo segundo.

Y Lucien reapareció la última noche para darme consejos no solicitados sobre cómo no morir frente al Consejo.

—No mires a los Ancianos a los ojos demasiado tiempo. Lo verán como desafío.

—¿Y si miro muy poco?

—Lo verán como debilidad.

—Entonces estoy jodida de cualquier forma.

—En esencia.

—Eres de una utilidad devastadora, Lucien.

—Hago lo que puedo.

La noche de la reunión, Kael me encontró en la biblioteca donde llevaba una hora tratando de leer y fracasando de forma espectacular.

Se paró detrás de mí, me envolvió en sus brazos, y el frío de su cuerpo contra mi espalda ya no me asustaba sino que me anclaba. Algo a lo que agarrarse.

—¿Nerviosa?

—Aterrada.

—Bien. Significa que entiendes la gravedad.

—Eso no ayuda, Kael.

—Lo siento —me besó el pelo—. Estaré ahí. A tu lado. Pase lo que pase.

—¿Y si deciden que no soy la apropiada? ¿Si dicen que no?

—Entonces nos vamos. Desaparecemos. Vivimos nuestra vida lejos del mundo vampírico.

—¿Harías eso? ¿Dejar todo? ¿El Consejo, las jerarquías, tu posición?

Me giró hasta que estuve frente a él. Sus manos me tomaron la cara, y a través del vínculo sentí algo tan firme y absoluto que me cortó la respiración: certeza. Sin grietas. Sin dudas.

—Por ti dejaría cualquier cosa. Eres más importante que cualquier Consejo, cualquier tradición, cualquier regla que escribieron siglos antes de que nacieras.

—Te amo —dije, porque era verdad y porque el vínculo hacía imposible tragarse las cosas.

—Y yo te amo. Más de lo que pensé que era posible amar a nadie después de 177 años de intentarlo.

Me besó, y por un momento no hubo Consejos, ni política, ni Seraphine, ni peligro. Solo su boca fría contra la mía y el vínculo latiendo entre los dos como un corazón compartido.

El auto nos recogió a las diez de la noche.

Me vestí con cuidado, dejé que la señora Blackwood revisara cada detalle, me puse el anillo de protección. Cuando bajé, Kael me esperaba en el vestíbulo: traje oscuro, cabello peinado hacia atrás, cada centímetro el vampiro poderoso que era. El Kael de las fotos de las galas benéficas. El Kael público. La armadura.

—Estás hermosa —dijo.

—Estoy aterrada.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

El auto nos llevó por carreteras oscuras durante una hora, lejos de la mansión, más adentro del campo, hasta una propiedad que hizo que la de Kael pareciera modesta. Gótica. Imponente. Muros de piedra oscura, torres con ventanas que brillaban como ojos, y un portón de hierro que se abrió solo cuando el auto se acercó.

El tipo de lugar donde esperarías encontrar vampiros.

Porque ahí estaban.

Nos recibieron en un salón enorme. Candelabros de cristal. Techos pintados con escenas que parecían del Renacimiento pero que, si las mirabas de cerca, mostraban cosas que el Renacimiento no habría aprobado. Y sentados en tronos —porque por supuesto que tenían tronos, estos seres llevaban siglos sin actualizar su decoración— cinco vampiros que irradiaban poder antiguo como calor de un horno.

El Consejo.

Kael apretó mi mano mientras nos acercábamos. A través del vínculo le sentí algo que no le había sentido antes: tensión calculada. No miedo. Preparación. Como un jugador de ajedrez que conoce a su oponente y sabe que la partida va a ser larga.

—Miembros del Consejo —dijo, con una voz que resonó en el salón con autoridad que no necesitaba volumen—. Les presento a Amanda Reyes. Mi compañera vinculada.

Cinco pares de ojos se clavaron en mí. Cinco miradas de seres que habían visto imperios nacer y caer y que ahora miraban a una mujer de treinta años con deudas estudiantiles y un vestido negro prestado como si fuera un acertijo que necesitaban resolver antes de decidir si lo rompían.

Y supe, con una certeza que me heló la sangre, que los siguientes minutos iban a determinar el resto de mi vida.

O el fin de ella.

La vampira del centro habló primero.

Parecía de cuarenta, pero sus ojos tenían esa profundidad que ya estaba aprendiendo a reconocer en los inmortales: capas y capas de tiempo acumulado detrás de la mirada, como un pozo sin fondo disfrazado de charco. Vestía de negro, con joyas antiguas en el cuello y los dedos, y su voz llenó el salón sin necesidad de levantarla.

—Kael Thorne. Has traído una humana ante nosotros. Una compañera humana.

Su tono dejaba claro lo que pensaba de eso. Como si hubiera dicho «has traído una cucaracha a nuestra mesa».

—Sí, Consejera Morgana —Kael habló con una voz que no le había escuchado antes: formal, dura, sin rastro del hombre que me besaba y me hacía reír en la oscuridad de su habitación—. Amanda es mi compañera vinculada. Reclamo su protección bajo las leyes antiguas.

—Las leyes antiguas —repitió otro consejero, un hombre con cicatrices que cubrían la mitad de su rostro como un mapa de guerra— fueron escritas para proteger a vampiras. No a humanas.

—Las leyes no especifican especie —respondió Kael—. Solo dicen «compañera vinculada». Amanda califica.

Morgana se inclinó hacia adelante y me estudió como si fuera un insecto que hubiera aterrizado en su plato y que todavía no decidía si aplastar o dejar ir.

—Acércate, niña. Déjame verte.

Kael apretó mi mano. Luego la soltó.

Di tres pasos hacia adelante y mantuve la cabeza alta, aunque mi corazón latía tan fuerte que con toda seguridad todos los vampiros en la habitación podían oírlo. Cinco consejeros. Docenas de observadores en las sombras del salón. Todos con sentidos que captaban cada gota de sudor, cada aceleración de mi pulso, cada onda de miedo que mi cuerpo estaba irradiando como una antena.

Estás de pie frente a criaturas que podrían matarte en el tiempo que te toma parpadear. Respira. No te caigas. No vomites.

—¿Sabes lo que eres? —preguntó Morgana—. ¿Por qué Kael te eligió?

—Por mi sangre. Por mi línea sanguínea.

—Sé más específica.

—Tengo marcadores genéticos raros. Uno en diez millones. Hacen posible concebir con un vampiro sin conversión previa.

—Hmm —un sonido que no era aprobación ni rechazo; era evaluación—. Al menos te educó. Eso es algo.

Se puso de pie, bajó de su trono con un movimiento que no hizo ruido, y caminó a mi alrededor. Despacio. Cada paso medido, calculado para hacerme sentir como lo que era: presa en un salón lleno de depredadores.

—Pequeña. Frágil. Humana en todo sentido —se detuvo frente a mí, y desde esta distancia sus ojos eran de un marrón tan oscuro que parecía negro, sin pupilas visibles—. ¿Qué te hace pensar que sobrevivirás en nuestro mundo?

—No lo sé —admití, porque mentirle a alguien que puede oler la mentira en tu sudor era una estupidez que ni yo cometería—. Pero estoy aquí. Sabiendo lo que son. Sabiendo lo que podrían hacerme. Y no me fui.

—¿Dispuesta? —se rio, y no había humor en el sonido; era el tipo de risa que los gatos le dedican a los ratones antes de aburrirse de jugar—. El mundo vampírico no recompensa la disposición, niña. Recompensa la fuerza. El poder. La astucia. ¿Tienes algo de eso?

—Tengo lo suficiente para estar de pie frente a cinco vampiros que podrían arrancarme la garganta y responderles sin que me tiemble la voz.

Me tiemblan las rodillas, pero la voz no. Puntos para mí.

Morgana inclinó la cabeza. Algo cambió en su expresión: un destello de algo que podría haber sido interés o podría haber sido hambre, y con vampiros la línea entre ambas era demasiado delgada para mi gusto.

—Valiente o estúpida. Todavía no puedo decidir cuál.

—Según mi mejor amiga, ambas. No son excluyentes.

Un consejero al fondo —el más joven en apariencia, tal vez de veinticinco, con ojos oscuros y una media sonrisa que sugería que se estaba divirtiendo más que los demás— se rio.

—Me agrada. Tiene espíritu.

—Nadie pidió tu opinión, Dante —gruñó el del rostro cicatrizado.

—Y aun así la doy. Gratis, incluso. Servicio comunitario.

Morgana regresó a su trono, se sentó con la gracia de alguien que ha ocupado lugares de poder durante siglos, y me miró desde arriba.

—Kael Thorne. Entendemos tu deseo por un heredero. Pero vincular a una humana es problemático. Crea debilidad. Vulnerabilidad. Un punto de presión para cualquier enemigo que quiera llegar a ti.

—Amanda no es mi debilidad —dijo Kael, y dio un paso adelante hasta quedar a mi lado. A través del vínculo le sentí algo férreo, inamovible, como una pared de acero—. Es mi fuerza.

—Palabras bonitas —el consejero cicatrizado cruzó los brazos—. Pero ¿qué pasa cuando tus enemigos la usen contra ti? ¿Cuándo la tomen como rehén? ¿La torturen para llegar a ti? Porque van a intentarlo. No es cuestión de si, sino de cuándo.

—Entonces destruiré a cualquiera que la toque.

La temperatura del salón bajó. No como metáfora: bajó de verdad, como si alguien hubiera abierto una ventana al invierno. Los observadores en las sombras se movieron, inquietos.

—¿Amenazas al Consejo, Kael? —la voz de Morgana fue suave, pero la suavidad de un cuchillo.

—Declaro mi intención. Cualquiera que lastime a Amanda me tiene como enemigo. Sea quien sea. Lleve el título que lleve.

Morgana y Kael se miraron. Batalla de voluntades. De poder. El aire entre ellos se espesó con algo que no era visible pero que sentí en los dientes, en los huesos, como la presión antes de una tormenta eléctrica. Los otros consejeros miraban sin moverse, y yo estaba ahí en el medio, la humana frágil y pequeña entre titanes, con el corazón a punto de salirse del pecho y los puños cerrados a mis costados.

Al final, Morgana apartó la vista. Un milímetro. Lo suficiente.

—Muy bien. Aceptamos tu vínculo. Bajo condiciones.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué condiciones? —preguntó Kael, y su tono decía que estaba dispuesto a negociar, pero no a ceder.

—Primera: Amanda debe demostrar su valor. No puede ser solo una incubadora con sangre especial. Debe contribuir a nuestro mundo de forma significativa.

—¿Cómo? —pregunté, porque ya estaba harta de que hablaran de mí como si no estuviera presente.

—Eso lo decides tú. Tienes seis meses para demostrarlo.

—Entendido —dijo Kael—. ¿Segunda condición?

Morgana intercambió una mirada con el consejero cicatrizado antes de hablar.

—Si el heredero nace, será evaluado. A los diez años. Para determinar si es digno de nuestra protección… o una amenaza que deba ser eliminada.

La palabra «eliminada» me cayó como un balde de agua helada. Y antes de que mi cerebro pudiera intervenir, antes de que Kael pudiera tocar mi brazo con la advertencia que ya sentí a través del vínculo —cuidado, no los provoques—, mi boca abrió.

—No.

Todos los ojos del salón se clavaron en mí. Docenas de miradas vampíricas, antiguas, hambrientas, y yo ahí parada con mis tacones prestados y mi vestido negro y una rabia tan caliente que me quemó el miedo como gasolina.

—¿Disculpa? —Morgana levantó una ceja.

—Dije que no. No van a «evaluar» a mi hijo. No van a amenazar con matarlo. No van a usar a un niño como moneda de negociación para mantener su control. Eso no es negociable.

Kael tocó mi brazo. Lo ignoré.

—Eres humana —dijo el consejero cicatrizado, con un desprecio que le salía tan natural como respirar—. No tienes voz aquí.

—Soy la madre del heredero que tanto quieren que exista. El heredero que su especie lleva generaciones sin poder producir. Eso me da toda la voz que necesito.

Silencio. El tipo de silencio que precede a las explosiones o a las ejecuciones, y no estaba segura de cuál de las dos era más probable.

Y entonces Morgana se rio. De verdad. No la risa vacía de antes; una risa con cuerpo, con fondo, que le cambió la cara por un segundo y la hizo parecer casi humana.

—Oh, Kael. Elegiste bien. Tiene fuego —se recostó en su trono, tamborileó los dedos sobre el reposabrazos—. Está bien. Modificaremos la condición. El niño será observado. Evaluado en sus capacidades. Pero no amenazado a menos que demuestre ser un peligro activo para nuestra especie. ¿Aceptable?

Miré a Kael. A través del vínculo sentí su orgullo —feroz, caliente, desbordante— y un asentimiento sutil.

—Aceptable —dije—. Siempre y cuando «observado» no signifique «acosado». Si veo a un vampiro siguiendo a mi hijo sin mi conocimiento, voy a asumir que es una amenaza y actuaré en consecuencia.

—¿Y cómo actuarías, humana? —preguntó el cicatrizado con una sonrisa condescendiente.

—Le diría a Kael. Y ya él les dejó claro lo que pasa cuando alguien toca a su familia.

La sonrisa se le borró. Dante, al fondo, se tapó la boca con la mano para disimular una risa.

—Tercera condición —continuó Morgana, y su tono sugería que estaba disfrutando esto más de lo que debería—. Amanda debe convertirse. Con el tiempo. No podemos tener una compañera humana de uno de nuestros vampiros más poderosos. Crea un precedente problemático.

—Planeo convertirme —dije—. Pero en mis términos. Cuando yo decida.

—Tienes hasta que el niño cumpla veintiuno. Después de eso, o te conviertes o… bueno —se encogió de hombros con una elegancia que me dio ganas de pegarle— los humanos no viven para siempre.

Amenaza velada. Cristalina. Conviértete o muere de vieja y pierde a todos.

—Entendido.

—Bien —Morgana se puso de pie, y los otros cuatro consejeros la imitaron como piezas de un reloj sincronizado—. La unión está aprobada. Bienvenida al mundo vampírico, Amanda Reyes.

Hizo una pausa. Me miró con esos ojos sin fondo.

—Que tengas más suerte de la que mereces.

Salimos de esa mansión con aprobación oficial y una lista de condiciones que me hacían querer vomitar en los arbustos del jardín gótico.

En el auto, con la noche cerrándose alrededor de nosotros y las luces de la mansión del Consejo desapareciendo detrás de los árboles, Kael me abrazó. Fuerte. Más fuerte de lo que solía permitirse, como si necesitara verificar con el tacto que yo seguía entera.

—Lo hiciste increíble —dijo contra mi pelo.

—¿Increíble? Casi me matan. Le grité que no a una vampira de mil años. Eso no es increíble, es suicida.

—Te defendiste. Defendiste a nuestro hijo que ni siquiera existe todavía. Fue… —buscó la palabra.

—No digas perfecto. Si dices perfecto te juro que grito.

—Fue extraordinario.

—Se siente como si acabara de firmar un contrato con el diablo.

—Cinco diablos. Que además tienen tronos.

—No ayuda, Kael.

Me besó la coronilla, y a través del vínculo sentí su alivio —enorme, oceánico— mezclado con algo más duro: preocupación. Las condiciones le pesaban. Sobre todo la tercera, la de la conversión. Él no quería que fuera por presión; quería que fuera mía. Y ahora el Consejo le había puesto fecha límite a algo que debería ser libre.

—Seis meses para demostrar mi valor —dije, separándome para mirarlo—. ¿Qué se supone que haga? ¿Resolver el calentamiento global? ¿Curar el cáncer? ¿Enseñarles a los vampiros a no ser imbéciles pretenciosos?

Se rio.

—Ese último tomaría milenios. Pero piensa: ¿qué amas hacer? ¿Qué te apasiona además de criticar todo lo que se mueve?

—Diseño. Arte. Crear cosas que la gente ve y siente algo.

—Entonces haz eso. Para nosotros. Para el mundo vampírico.

—¿Como qué?

—Ya lo descubriremos. Juntos.

La idea vino tres noches después, a las dos de la mañana, mientras no podía dormir y estaba sentada en el taller de arte de Kael rodeada de sus lienzos y bocetos y siglos de historia apilada en cada rincón.

Un museo.

No cualquier museo. Un museo de historia vampírica. Un espacio donde los artefactos que estaban dispersos, escondidos, pudriéndose en bóvedas privadas, pudieran existir juntos. Presentados al público humano como «ficción». Como «interpretación artística de mitología». La verdad escondida a plena vista, donde nadie la buscaría porque estaría disfrazada de entretenimiento.

Se lo presenté a Kael esa misma noche, con bocetos en servilletas y un entusiasmo que no sentía desde la universidad.

—Es brillante —dijo, pasando los dedos por mis dibujos con la misma reverencia que le había visto dedicar a primeras ediciones.

—Es una locura.

—Las mejores ideas lo son.

Pasamos las semanas siguientes construyéndolo. Kael contactó vampiros con colecciones privadas. Yo diseñé el espacio: cómo se vería, cómo fluiría, cómo contaría la historia sin revelar demasiado. Descubrí que tenía un talento que no sabía que tenía: traducir lo sobrenatural a lo humano, hacer que lo imposible se sintiera accesible, convertir siglos de secretos en algo que un visitante de museo podría mirar y pensar «qué imaginación tan increíble» sin sospechar nunca que era real.

Cuando presenté el concepto al Consejo dos meses después —en otra reunión nocturna, otra mansión gótica, otros tronos ridículos—, Morgana revisó los planos con una expresión que no le había visto: interés genuino.

—Inteligente —dijo—. Escondes la verdad a plena vista.

—Es lo que mejor hago. Llevo toda la vida siendo subestimada. Resulta que eso es una habilidad.

—Aprobado. Procede —se levantó para irse, pero se detuvo—. Y Amanda.

—¿Sí?

—Estaba equivocada sobre ti. No eres solo valiente o estúpida. Eres peligrosa. De la mejor forma.

Viniendo de una vampira de mil años, eso era lo más cercano a un cumplido que iba a recibir.

Tres meses después de la aprobación del museo —cinco meses después de la reunión del Consejo, con los planos avanzados y los primeros artefactos ya en camino—, descubrí algo que no tenía nada que ver con museos ni con política vampírica.

Estaba en el baño de nuestra habitación —porque ahora era nuestra, no solo de Kael; mi cepillo de dientes junto al suyo, mi ropa en la mitad del vestidor, mis libros invadiendo su mesa de noche como colonos en territorio nuevo— mirando tres pruebas de embarazo alineadas sobre el mármol del lavabo.

Tres líneas rosas. Tres positivos. Tres confirmaciones de que lo imposible había dejado de serlo.

Me quedé mirándolas un tiempo que no supe medir. Podría haber sido un minuto. Podrían haber sido diez. Mi cerebro se negaba a procesar, como una computadora que se congela cuando le pides demasiado.

Estoy embarazada. De un vampiro. Voy a tener un bebé mitad humano, mitad vampiro. Un bebé que puede caminar bajo el sol cuando su padre no puede. Un bebé que va a tener colmillos.

Kael estaba en su estudio. Entré sin tocar, las tres pruebas en la mano, y él levantó la vista de su laptop con esa sonrisa que me daba cada noche al verme —cálida, íntima, como si después de 177 años de existencia yo siguiera sorprendiéndolo— y entonces vio mi cara.

Se puso de pie.

—¿Amanda? ¿Qué…?

Le mostré las pruebas. Las tres, desplegadas en abanico como una mano de póker que nadie esperaba ganar.

El silencio que siguió fue largo. Tan largo que mi corazón tuvo tiempo de latir treinta veces —las conté, porque a través del vínculo sentí que Kael también las contaba— antes de que él se moviera.

Me levantó del suelo. Me giró en el aire. Y se rio de una forma que nunca le había escuchado: abierta, rota, sin control, la risa de alguien que lleva medio siglo esperando algo y no puede creer que esté pasando.

—¿Estás segura? —preguntó con la voz descompuesta—. ¿De verdad?

—Tres pruebas. Todas positivas. Las tres. No creo que las tres se hayan equivocado al mismo tiempo.

Me dejó en el suelo, se arrodilló y puso las manos en mi estómago todavía plano. A través del vínculo sentí lo que le recorría como un río desbordado: asombro, terror, alegría, todo mezclado y chocando entre sí como olas en una tormenta.

—Hola, pequeño —dijo contra mi abdomen, y su voz se quebró en la segunda palabra—. Soy tu padre. He esperado mucho tiempo por ti.

Las lágrimas me corrieron por las mejillas. No las limpié. No me importó.

—Vamos a ser padres —dije.

—Vamos a ser padres —repitió, mirándome desde abajo con esos ojos grises que ahora brillaban de una forma que no había visto nunca: húmedos. De verdad húmedos. Los vampiros sí podían llorar, después de todo—. Tú y yo. Y nuestro pequeño milagro.

—Mitad vampiro. ¿Crees que tendrá colmillos?

—Seguro que sí. Eventua… —se detuvo, me miró— con el tiempo.

—Genial. Amamantar va a ser toda una aventura.

Se rio, se levantó, me besó con la cara mojada y las manos todavía en mi estómago, y el vínculo entre los dos latía tan fuerte que parecía que teníamos un tercer corazón, uno nuevo, uno que acababa de empezar a formarse ahí donde sus manos tocaban mi piel.

—Lo descubriremos —dijo—. Juntos. Como todo lo demás.

—Como todo lo demás —repetí.

Y ahí, en ese estudio sin ventanas, a las dos de la mañana, con tres pruebas de embarazo en el suelo donde las había dejado caer y un vampiro de 177 años arrodillado frente a mí llorando como si fuera la primera vez que sentía algo real en décadas —porque lo era, porque a través del vínculo supe que lo era—, entendí algo que no había entendido del todo hasta ahora:

No había vuelta atrás. No porque no pudiera irme, sino porque ya no quería. Este mundo de noche, sangre, política imposible y seres que vivían siglos sin encontrar lo que yo había encontrado en semanas… era mi mundo ahora.

Y estaba a punto de traer a alguien nuevo a él.

Alguien que iba a ser mitad de cada cosa: mitad noche, mitad día. Mitad frío, mitad caliente. Mitad siglos, mitad minutos.

Y si me salía con la mía, iba a ser todo lo que ambos mundos necesitaban.

El embarazo fue… raro.

No «raro» como en antojos de pepinillos con helado a las tres de la mañana. Raro como en que mi cuerpo estaba gestando a un ser sobrenatural y cada día me recordaba que esto no estaba en ningún manual de maternidad.

Para empezar, duró seis meses en vez de nueve. El bebé crecía más rápido de lo normal pero no de forma peligrosa —según la enfermera vampira que Kael había contratado, una mujer llamada Ines que tenía cuatrocientos años y la paciencia de alguien que ha visto de todo, de verdad todo—. Mis caderas se ensancharon en semanas, mi abdomen se redondeó como si alguien hubiera puesto la gestación en velocidad 1.5x, y mis pechos pasaron de «aceptables» a «armas de destrucción masiva» en un tiempo récord.

Y luego estaban los antojos.

No de comida. De sangre.

La primera vez que sentí la necesidad —un tirón en la garganta, una sequedad que no se iba con agua ni con jugo ni con nada que saliera de un refrigerador normal— me asusté tanto que casi llamé a emergencias antes de recordar que: «hola, estoy embarazada de un vampiro y creo que necesito sangre» no era una conversación que pudiera tener con ningún servicio de salud público.

—Es normal —me aseguró Kael mientras me pasaba una copa de sangre tibia que mi cuerpo necesitaba y mi cerebro rechazaba con cada fibra de dignidad que me quedaba—. El bebé es mitad vampiro. Necesita nutrición vampírica también.

—Esto es tan raro —dije, mirando la copa con una mezcla de asco y deseo que no debería ser posible sentir al mismo tiempo.

—Bienvenida a mi mundo.

Bebí. Sabía a hierro y a algo dulce debajo del hierro, y mi estómago —o el bebé dentro de él— ronroneó de satisfacción.

—Si le cuentas esto a alguien, te mato —le dije.

—¿A quién se lo contaría? ¿A los otros vampiros? Ellos beben sangre varias veces al día. No se impresionan.

Los movimientos del bebé eran fuertes. Demasiado fuertes. Más de una vez me pateó tan duro que vi mi abdomen deformarse desde fuera, como una escena de Alien pero con menos ácido y más colmillos.

—Tiene tu fuerza —le dije a Kael, frotando el lugar donde me había dado la última patada—. Y creo que también tu temperamento.

—Y tu espíritu. Va a ser un terror.

—Genial. Justo lo que el mundo necesita. Otro Thorne.

En el quinto mes, supimos que era niña.

Kael lloró. No la humedad discreta que le había visto la noche del vínculo; lloró de verdad, con la cara entre las manos y los hombros temblando, y a través del vínculo sentí algo que no tenía nombre en ningún idioma: la alegría de alguien que lleva casi dos siglos sin creer que merecía algo así y que de pronto lo tiene.

—Una hija —dijo con la voz destrozada—. Voy a tener una hija.

—Vamos a tener una hija.

—Vamos a tener una hija —repitió, y se rio mientras todavía le caían lágrimas, lo cual era una imagen que jamás pensé ver en un vampiro y que me rompió algo por dentro de la mejor manera posible.

Elegimos el nombre juntos. Después de semanas de debate que incluyeron una lista de más de cuarenta opciones, tres peleas menores, y una amenaza mía de llamarla «Draculina» si no se decidía.

Elena. Por la madre humana de Kael. La que murió de tuberculosis antes de que él fuera convertido, y que seguía viva en su memoria después de casi dos siglos.

—¿Segura? —preguntó—. Es un nombre con mucho peso.

—Estoy segura. Elena Thorne. Nuestra hija. La que va a poder caminar bajo el sol que tú no puedes.

Algo le cruzó la cara —dolor y esperanza en partes iguales— y me besó el pelo sin decir nada más.

El parto fue un infierno. Uno corto, pero infierno.

Cuatro horas de labor con un bebé que empujaba con fuerza sobrenatural, como si estuviera tratando de derribar una puerta en vez de nacer.

Menos mal que el parto no fue como el que relatan en Crepúsculo, aunque pensar en eso hace semanas me cagaba del miedo. Para mi suerte todo fue más… digamos que… controlado.

Kael estuvo a mi lado las cuatro horas, sosteniéndome, dejándome apretar su mano con toda la fuerza de mi cuerpo mortal, que para él era como un apretón de bebé, pero que a mí me daba algo a lo que aferrarme.

Y entonces, con un último empujón que me arrancó un grito que rebotó en las paredes sin ventanas de la habitación, estuvo aquí.

Elena.

Pequeña. Arrugada. Con cabello oscuro como Kael y mis ojos —no grises como los de él ni del todo marrones como los míos, sino algo intermedio, un ámbar que la luz de las velas convertía en miel.

Y cuando abrió la boca para llorar, vi colmillos diminutos. Ya ahí. Ya afilados.

—Dios —jadeé—. Ya tiene dientes.

—Es hermosa —Kael la tomó en brazos con un cuidado que contradecía toda su fuerza, acunándola contra su pecho, y a través del vínculo sentí algo tan enorme que me sacó las lágrimas de golpe: amor. Del tipo que no cabe en un cuerpo, que desborda y se derrama y llena la habitación entera.

Ines, la enfermera, la revisó con manos expertas de cuatrocientos años.

—Diez dedos en las manos. Diez en los pies. Respiración fuerte. Latido cardíaco más lento que un humano normal, pero estable. Es una bebé sana. Mitad vampiro, pero sana.

Me la pasaron. Y en el momento en que la sostuve —ese peso tibio contra mi pecho, esos ojos ámbar mirándome como si yo fuera lo único que existía en el universo— supe algo con una certeza que me sacudió los huesos:

Mataría por ella. Moriría por ella. Y me convertiría en vampira por ella sin pensarlo dos veces, sin condiciones, sin plazos del Consejo. Solo por tener más tiempo para verla crecer.

—Hola, Elena —susurré—. Bienvenida al mundo más raro en el que podías nacer.

Bostezó. Me mostró esos colmillos de bebé. Y se durmió contra mi pecho como si el mundo fuera un lugar seguro.

Kael se rio a mi lado, con los ojos rojos y la cara mojada.

—Es tu hija.

—Es nuestra hija. Y si amamantar con esos colmillos es tan doloroso como sospecho, vamos a tener una conversación seria sobre tu contribución genética.

Elena tenía tres meses cuando todo se fue al infierno.

Debería haberlo visto venir. Lucien me había advertido. Kael me había dicho que estaba al tanto. Pero tres meses de felicidad —despertares nocturnos, pañales, esos colmillos diminutos que sí, de hecho, hacían que amamantar fuera una aventura en la que yo sangraba y ella se alimentaba y ambas salíamos del proceso un poco más unidas y un poco más traumatizadas— me habían ablandado. Me habían hecho creer que ya habíamos ganado.

No habíamos ganado nada todavía.

Estaba en la guardería que habíamos montado —un cuarto junto al nuestro, sin ventanas como todo el ala privada, pintado de un amarillo suave que era el único color alegre en toda la mansión—, meciendo a Elena mientras canturreaba algo sin sentido, cuando lo sentí a través del vínculo.

Miedo. De Kael.

Puro. Concentrado. Como un bloque de hielo cayendo en mi pecho.

Nunca había sentido eso de él antes. Ni frente al Consejo. Ni durante el parto. Ni en ningún momento de nuestra vida juntos.

Puse a Elena en su cuna —protestó con un gruñido pequeño que sonaba demasiado animal para un bebé de tres meses, pero que ya era su forma normal de expresar descontento— y corrí hacia su estudio.

Lo encontré de pie junto al escritorio, el teléfono todavía en la mano, la cara más pálida de lo que le había visto nunca. Y en vampiros, «más pálido de lo normal» significaba que se veía como algo que pertenecía en una morgue.

—Amanda…

—¿Qué pasó?

—Seraphine. Presentó petición formal ante el Consejo. Dice que nuestro vínculo es ilegítimo. Que yo la elegí primero, que la corté y que luego te elegí a ti.

El estómago se me hundió al piso.

—¿Es verdad?

—No. Nunca la elegí. Nunca pasé tiempo con ella. Pero tiene evidencia. Falsa, pero bien fabricada. Fotos manipuladas. Documentos forjados. Correos electrónicos con fechas alteradas.

—¿Y el Consejo le cree?

—Morgana me llamó. Hay audiencia en dos noches. Para determinar la legitimidad de nuestro vínculo.

—¿Y si deciden que no es legítimo?

Kael no respondió. No necesitaba. Vi la respuesta en sus ojos, y la sentí a través del vínculo como un abismo abriéndose bajo mis pies.

Si el vínculo era ilegítimo, tendrían que disolverlo. Y disolver un vínculo de compañera…

—Nos mataría —susurré—. ¿Verdad? Romperlo nos destruiría a los dos.

—A mí, seguro. A ti… no lo sé. Pero te dejaría rota de formas que no puedo predecir.

—¿Y Elena?

El silencio que siguió fue el más aterrador de mi vida.

—Si somos declarados ilegítimos, ella se considera no autorizada. El Consejo tendría derecho a decidir su futuro.

Sobre mi cadáver.

La frase me cruzó el cerebro como un relámpago, y no era metáfora. Si alguien intentaba tocar a mi hija, iban a tener que pasar por encima de mi cuerpo muerto, y si eso no bastaba, iban a tener que lidiar con mi fantasma, porque ni la muerte me iba a detener.

—No van a tocarla —dije, y mi voz sonó como algo que no reconocí: fría, plana, sin rastro de sarcasmo ni humor—. No van a tocar a Elena.

—Lo sé. Yo tampoco lo permitiré. Por eso vamos a pelear.

Las dos noches siguientes fueron guerra silenciosa.

Lucien apareció con archivos, documentos, registros que probaban que Kael jamás había tenido contacto con Seraphine. Se instaló en el estudio con nosotros y esparció papeles por cada superficie disponible como un detective de película a las cuatro de la mañana.

—Las fotos son buenas —dijo, estudiando las imágenes que Seraphine había presentado: Kael y ella juntos en eventos, cenas, paseos—. Pero no son perfectas. Hay inconsistencias en la iluminación, en las sombras. Un buen analista forense las desmonta en horas.

—¿Tienes uno? —pregunté.

—Conozco a alguien. Un vampiro que lleva tres décadas especializándose en análisis digital. Va a costar.

—Paga lo que sea necesario —dijo Kael, y su voz tenía el filo de alguien dispuesto a quemar el mundo entero si eso protegía a su familia—. No voy a perder a mi hija por una vampira resentida con Photoshop.

—¿Cuántos consejeros están de su lado? —pregunté.

Lucien me miró con esos ojos dorados que ya no me daban miedo, sino que me daban información.

—Al menos dos. El cicatrizado —Viktor, se llama— nunca aprobó la unión. Y hay otra, Consejera Yelena, que es del mismo linaje que Seraphine. Lazos de sangre pesan en nuestro mundo.

—Dos de cinco. Y necesitamos tres para ganar.

—Morgana es impredecible. Dante estará de nuestro lado. El quinto, Consejero Marcus, es neutral. Se irá con quien tenga mejor argumento.

—Entonces necesitamos un argumento que no deje espacio a duda —dije—. No solo desmontar las fotos. Necesitamos demostrar que Seraphine fabricó todo. Motivo, medio y oportunidad. Que no quede ambigüedad.

Lucien y Kael me miraron.

—¿Qué? —dije—. Veo series de abogados. Algo se pega. —sonreí mientras subía y bajaba los hombros.

La noche antes de la audiencia, no pude dormir.

Elena estaba en su cuna, dormida, ajena a todo. Los puños cerrados sobre la sábana. La respiración suave. Los colmillos diminutos apenas visibles entre los labios entreabiertos. Tan pequeña. Tan nueva en un mundo que ya estaba tratando de decidir si tenía derecho a existir.

Kael me encontró ahí, sentada en la mecedora a oscuras, mirándola.

—Tenemos que ganar —dije sin apartar los ojos de nuestra hija—. No hay otra opción.

—Lo sé.

—¿Qué pasa si no ganamos?

Se arrodilló junto a mi silla. Tomó mi mano.

—Entonces corremos. Los tres. Desaparecemos. Hay lugares en el mundo donde ni el Consejo puede encontrarnos.

—¿Y viviríamos como fugitivos? ¿Siempre?

—Si es necesario.

—¿Qué vida es esa para Elena?

—Una donde está viva. Con ambos padres. Es mejor que la alternativa.

Tenía razón. Pero la idea de huir, de criar a nuestra hija en sombras, de robarle la posibilidad de un mundo entero por el rencor de una vampira despechada…

—No va a llegar a eso —dijo Kael, como si hubiera leído mis pensamientos; o tal vez los leyó, a través del vínculo, donde mi miedo era un grito constante que no podía apagar—. Vamos a ganar.

—La verdad no siempre gana.

—Pero el poder sí. Y yo tengo poder, Amanda. He acumulado 177 años de recursos, aliados, favores. Si es necesario, uso todo.

—¿Y si eso significa hacer enemigos del Consejo?

—Por ti y por Elena, haría enemigos del universo entero sin pensarlo dos veces.

Me besó. A través del vínculo sentí su miedo —porque sí tenía miedo, debajo de la determinación, debajo del acero; tenía miedo de perder lo que le había costado casi dos siglos encontrar— y le mandé de vuelta lo único que tenía para darle: certeza. De que estábamos juntos en esto. Pasara lo que pasara.

—Pase lo que pase mañana —dijo contra mis labios—, quiero que sepas algo. Estos meses contigo, con Elena, han sido los más felices de toda mi existencia. No cambiaría un solo segundo.

—Yo tampoco.

—Excepto tal vez los colmillos de bebé. Esos podrían haber esperado un par de meses.

Me reí a pesar de todo. Bajito, para no despertar a Elena.

—Sí. Eso habría sido útil.

La audiencia fue en la misma mansión del Consejo. Mismos tronos. Mismos candelabros. Misma decoración gótica que necesitaba una actualización urgente.

Pero esta vez era diferente. El salón estaba lleno: no solo los cinco consejeros sino docenas de vampiros. Testigos. Observadores. Todos ahí para ver el espectáculo, porque en el mundo vampírico una disputa de compañera era el equivalente a un juicio televisado, y estos seres tenían siglos de aburrimiento que llenar.

Y en el centro, de pie frente al Consejo con una expresión que era triunfo puro, estaba Seraphine.

Era hermosa. No del modo en que Kael era atractivo —elegancia contenida, misterio— sino de un modo que golpeaba: cabello rojo como fuego cayendo hasta la cintura, piel como porcelana sobre huesos afilados, ojos verdes que brillaban con poder antiguo y con un rencor que me atravesó como un cuchillo cuando cruzó su mirada con la mía.

Me odiaba. No con el desprecio casual del consejero cicatrizado. Con algo más profundo: el odio de alguien que cree que le robaron lo que le correspondía.

No te robé nada, pensé. Nunca fue tuyo.

Pero no lo dije. Todavía no. Ese era un cartucho que quería guardar para el momento correcto.

—Kael Thorne. Seraphine Deveraux —dijo Morgana desde su trono—. Han sido convocados para resolver una disputa de compañera. Seraphine alega que Kael la eligió como compañera, estableciendo vínculo preliminar, antes de romperlo para vincularse con Amanda Reyes. ¿Es esto cierto, Kael?

—No —respondió Kael, y su voz llenó el salón sin esfuerzo—. Nunca elegí a Seraphine. Nunca pasé tiempo con ella fuera de los filtros iniciales del concurso. No existió cortejo ni vínculo preliminar de ningún tipo.

—Mentiras —siseó Seraphine, y su voz era bella incluso cargada de veneno—. Pasamos semanas juntos. Me cortejó. Me prometió el vínculo. Y luego me descartó por ella —señaló hacia mí con un dedo largo y elegante—. Una humana. Débil. Ordinaria. Elegida solo por su sangre, no por quién es.

—Cuidado —la voz de Kael cayó varios grados—. Habla de mi compañera.

—Tu supuesta compañera. Cuya legitimidad es lo que estamos aquí para determinar.

Morgana levantó una mano.

—Seraphine, presenta tu evidencia.

Lo hizo. Fotografías que mostraban a Kael y ella juntos en galas, cenas íntimas, caminatas nocturnas. Correos electrónicos con lenguaje romántico. Mensajes de texto. Todo organizado en una cronología que, si no supieras que era mentira, resultaba convincente.

Mi corazón se hundía con cada pieza. No porque creyera que era real —sabía que no lo era, lo sentía a través del vínculo con la misma certeza con la que sentía mis propios recuerdos—, sino porque vi las caras de los consejeros. Viktor, el cicatrizado, asentía. La Consejera Yelena estudiaba las fotos con interés. Y Marcus, el neutral, fruncía el ceño de una forma que podía ir en cualquier dirección.

—¿Ha terminado? —preguntó Kael cuando Seraphine dejó la última foto sobre la mesa.

—He terminado.

—Bien. Con el permiso del Consejo, presento mi contra evidencia.

Lucien dio un paso adelante y entregó un archivo grueso a Morgana. Mis manos sudaban. Mi corazón latía tan fuerte que cada vampiro en la sala podía oírlo, y no me importó, porque lo que estaba dentro de ese archivo iba a determinar si mi hija crecía con sus padres o sin ellos.

—Análisis forense digital de cada fotografía presentada por Seraphine —dijo Lucien, con una calma que me resultó casi insultante dadas las circunstancias—. Todas manipuladas. Las sombras no coinciden con la iluminación ambiental. En dos de las fotos, Kael lleva un reloj que no compró hasta 2024, pero las fotos llevan fecha de 2022. Los correos electrónicos fueron enviados desde cuentas creadas hace tres semanas, con fechas alteradas en los metadatos. Y los mensajes de texto provienen de un número que no se activó hasta enero de este año.

—Mentiras —gritó Seraphine—. Él los fabricó para desacreditarme.

—¿Con qué propósito? —preguntó Dante desde su trono, con esa media sonrisa que ya le conocía—. Ya tiene compañera. Ya tiene heredera. ¿Por qué arriesgaría todo lo que tiene solo para mentir sobre ti?

—Porque me rechazó y no puede admitir que cometió un error.

—O —dijo Morgana, pasando las páginas del informe forense con una lentitud deliberada— porque nunca existió nada entre ustedes y esto es una fabricación completa nacida de un rencor que llevabas décadas cultivando.

Seraphine palideció. Lo cual, en una vampira, era casi impresionante.

—Pero yo…

—No he terminado —Morgana cerró el archivo—. Hay algo más en este informe. Algo interesante. Las cuentas de correo desde las que se enviaron los mensajes fueron creadas desde una dirección IP que corresponde a la propiedad de la familia Deveraux en Lyon. Tu propiedad, Seraphine. Tu computadora.

El silencio que cayó sobre el salón fue total. Ni respiración, ni movimiento, ni siquiera el crepitar de las velas.

Seraphine abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez.

—Yo solo quería lo que me correspondía…

—Kael Thorne nunca te correspondió —Morgana se puso de pie, y el poder que irradió hizo que me dolieran los dientes—. Seraphine Deveraux, has presentado evidencia falsificada ante el Consejo. Has intentado romper un vínculo legítimo. Has puesto en peligro la vida de una heredera vampírica reconocida. Estos son crímenes que este Consejo no puede ignorar.

—Por favor… yo solo…

—Exilio. Quince años. Sin contacto con sociedad vampírica. Sin recursos de tu linaje. Sin acceso a territorios protegidos. Sola.

Dos guardias aparecieron de las sombras —porque todo en el mundo vampírico salía de las sombras, era una constante temática que ya no me sorprendía— y tomaron a Seraphine por los brazos. Luchó. Gritó. Me miró con un odio que me habría dado pesadillas si no hubiera estado tan ocupada sintiendo alivio.

Se la llevaron. Los gritos se apagaron detrás de las puertas del salón como si la noche se los hubiera tragado.

Morgana nos miró.

—Kael Thorne. Amanda Reyes. El Consejo falla a su favor. El vínculo es legítimo. La heredera Elena Thorne es reconocida bajo la protección total de este Consejo. Y cualquiera que desafíe esto en el futuro enfrentará consecuencias severas —barrió la sala con la mirada, asegurándose de que cada vampiro presente registrara el mensaje—. ¿Ha quedado claro?

Silencio. Asentimientos. Ojos que se desviaban.

—Pueden irse. Y felicitaciones por su hija. Espero que sea fuerte, sabia… y que herede el carácter de su madre. Lo va a necesitar en este mundo.

En el auto, Kael me abrazó tan fuerte que me crujieron las costillas.

—Terminó —dijo contra mi pelo, y a través del vínculo sentí cómo la tensión de semanas se soltaba de golpe, como una cuerda que se corta—. De verdad terminó.

—¿Y Seraphine? ¿Crees que va a ser un problema cuando vuelva?

—En quince años, tal vez. Pero para entonces Elena va a ser más grande. Más fuerte. Y nosotros estaremos preparados.

—Una adolescente mitad vampiro. Suena aterrador.

—Va a ser nuestra hija adolescente mitad vampiro. Eso es más aterrador para el mundo que para nosotros.

Llegamos a la mansión y encontramos a Elena despierta, siendo mecida por la señora Blackwood, que nos miró con una pregunta en los ojos que no necesitó formular.

—Todo bien —dije—. Todo está bien.

Tomé a Elena en brazos. Inhalé ese olor que era mitad bebé humano y mitad algo más, algo que no tenía nombre pero que era solo de ella. Me agarró el dedo con una fuerza que ningún bebé de tres meses debería tener, y sonrió.

Su primera sonrisa de verdad. Mostrando esos colmillos diminutos que me habían costado sangre —literal— y que eran lo más hermoso que había visto en mi vida.

Kael se rio a mi lado. Le tembló la voz.

—Tu hija, sin duda.

—Nuestra hija. Colmillos y todo.

Seis meses después, inauguramos el museo.

Tres pisos de historia vampírica presentada como «ficción elaborada». Artefactos de siglos acomodados en vitrinas que yo había diseñado. Arte de maestros que nadie sabía que eran vampiros. Historias contadas de formas que los humanos disfrutaban sin sospechar que eran reales, porque la verdad, cuando se presenta como entretenimiento, es la mejor forma de esconderla.

Fue un éxito. Críticos de arte lo llamaron «visionario». Personas hacían fila para entrar. Y bajo la superficie, vampiros de toda la región venían a ver su historia honrada y preservada por primera vez en siglos.

Había cumplido la condición del Consejo. Demostrado mi valor.

Morgana vino a la inauguración. Caminó por las galerías con una expresión que en cualquier otra persona habría llamado orgullo.

—Bien hecho, Amanda. Esto es… más de lo que esperaba de ti.

—Gracias. Viniendo de alguien que me llamó «niña frágil» hace varios meses, lo aprecio.

Le tembló la boca. Lo más cercano a una sonrisa que le había visto.

—Has cambiado las cosas. De formas pequeñas pero significativas. Algunos vampiros te resisten todavía. Pero otros te ven como puente. Entre nuestro mundo y el humano.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende de a quién le preguntes. Pero creo que es lo que necesitábamos.

Se fue, dejándome con sus palabras y una copa de champán que no iba a beberme porque todavía estaba amamantando y los colmillos de Elena más alcohol no era una combinación que quisiera experimentar.

Kael me encontró minutos después, con Elena en brazos, llevándola por las galerías como si estuviera dándole un tour privado a la persona más importante del mundo.

—Mamá hizo esto —le decía, señalando las vitrinas, las luces, los artefactos—. Tu mamá construyó un puente entre dos mundos. Y tú vas a caminar por los dos.

Elena no entendía nada todavía. Tenía nueve meses, estaba más ocupada tratando de comerse el cuello de la camisa de Kael que en apreciar el arte.

Pero algún día entendería.

Algún día sabría que su madre entró a un concurso por desesperación y salió con un mundo entero.

Que su padre esperó 177 años para encontrarnos.

Que su familia era rara, complicada, imposible.

Y suya.

Diez años después.

Estaba en mi oficina del museo —sí, tenía oficina, con título de Directora Ejecutiva y una placa en la puerta que decía mi nombre con letras doradas que Kael había insistido en pagar— cuando él entró con cara de problema.

—Tenemos situación.

—¿Qué tipo de situación?

—El tipo donde nuestra hija de diez años acaba de corregir a su profesora de historia sobre detalles de la Revolución Francesa.

—¿Y?

—Y cuando la profesora insistió en que estaba equivocada, Elena dijo: «Mi papá estaba ahí. Él me contó lo que de verdad pasó.»

Me reí tan fuerte que casi caí de la silla.

—Oh no.

—Oh sí. Tenemos reunión de padres y maestros el viernes. Porque nuestra hija es demasiado lista para su propio bien y tiene cero filtros entre el cerebro y la boca.

—Se parece a alguien que conozco.

—¿A quién?

—A mí, Kael. Se parece a mí. Ese es el chiste.

—Lo sé. Era sarcasmo.

—Tu sarcasmo necesita trabajo. Llevas 187 años en el planeta y todavía no lo dominas.

Esa noche, sentamos a Elena en la sala. Había crecido rápido —ya parecía de doce, aunque tenía diez— y sus ojos se habían vuelto más plateados con los años, más como los de Kael, con un anillo de ámbar alrededor de las pupilas que era solo suyo.

—¿Estoy en problemas? —preguntó, con la misma cara de inocencia falsa que yo había perfeccionado a su edad.

—No, cariño. Pero necesitamos hablar contigo sobre algo importante.

—¿Sobre cómo papá no come comida de verdad?

Kael y yo nos miramos.

—Ya lo sabías —dije.

—Obvio. Nunca lo veo comer. Solo toma ese «vino» que huele a sangre. Y se mueve demasiado rápido. Y no sale al sol. No soy tonta, mamá.

Mi hija. Sin ninguna duda.

—Está bien —dijo Kael—. Entonces esto va a ser más fácil de lo que pensábamos. Sí, es sangre. Porque soy vampiro.

—¿Como Drácula?

—Sin el ajo y sin convertirme en murciélago. Pero sí.

—Genial —dijo, y la palabra le salió con un entusiasmo que me dio un poquito de miedo—. ¿Y yo? ¿Por qué soy más fuerte que todos en mi clase? ¿Por qué escucho cosas que nadie más escucha?

—Porque eres mitad vampiro —le dije—. Mitad yo, mitad tu papá. Única.

Elena procesó esto con la cara seria de alguien haciendo cálculos.

—¿Por eso puedo estar al sol y papá no?

—Por eso. Lo mejor de ambos mundos.

—¿Y voy a tomar sangre?

—Sí, en su momento cuando termines de crecer, en unos años. Tu cuerpo lo necesitará, pero no será con la misma concurrencia como lo hago yo.

—Ahh, comprendo, papá… ¿Y voy a vivir mucho tiempo?

—Mucho. Más que los humanos normales. Bastante más.

—¿Y tú, mamá? ¿Vas a…?

—Voy a convertirme. Cuando esté lista. Porque quiero estar con tu papá y contigo todo el tiempo que pueda. Todo.

Elena asintió. Se levantó del sofá, caminó hacia la ventana y miró las estrellas.

—Esto explica muchas cosas. Como por qué siento emociones que no son mías. Y por qué a veces quiero morder a los compañeros que me molestan.

—Elena…

—Es broma —pausa—. Más o menos.

Se giró, nos miró con una sonrisa que era Kael por completo: inteligente, traviesa, con un filo que prometía problemas.

—Esto es lo más genial que me han dicho en la vida. ¿Tengo poderes? ¿De verdad?

—Algo así. Y con entrenamiento, vas a aprender a usarlos.

—¿Quién me entrena?

—Tu papá. Y tu tío Lucien.

—¿Tío Lucien también es vampiro?

—Cariño, todos en nuestro círculo son vampiros.

—¿La señora Blackwood?

—No. Ella es humana. Pero es más aterradora que la mayoría de los vampiros que conozco.

Elena se rio. Una risa que sonaba como la mía, pero con algo debajo, algo más antiguo, heredado de un padre que había vivido casi dos siglos.

—¿Puedo contarles a mis amigos?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca. Hay reglas. Los humanos no pueden saber sobre vampiros.

—Eso es aburrido.

—Bienvenida a nuestro mundo —dijo Kael—. Muchas reglas aburridas. Pero también colmillos, súper velocidad y una familia que te va a querer durante siglos. El paquete completo.

Elena lo pensó un segundo. Luego asintió.

—Acepto.

Y ahí estaba. Nuestra hija. Aceptando lo imposible con la misma facilidad con la que yo había aceptado quedarme en una mansión con un vampiro meses después de entrar a un concurso absurdo.

Kael me miró. A través del vínculo sentí lo que sentía: amor tan grande que no cabía en 187 años, alivio, alegría, y un orgullo feroz por las dos mujeres que tenía frente a él.

Le devolví todo eso multiplicado.

Y después —en algún momento del futuro, en nuestros términos, sin prisa— me convertiría. No por el plazo del Consejo. No por miedo. Porque quería estar ahí para verlo todo: a Elena crecer, al mundo cambiar, a Kael seguir pintando y tocando piano y aprendiendo sarcasmo con una lentitud que ya era entrañable.

Porque resulta que la eternidad no es un castigo cuando tienes a alguien con quien compartirla.

Es solo el principio.

FIN

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