Relato Gratis: Los caníbales del último manantial

Titulo: Los caníbales del último manantial

Autora: Kassfinol

Género: Postapocalíptica

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El olor llegó antes que el grito.

Alejandro se incorporó en su catre, el sudor pegándole la camisa al pecho. Conocía ese olor. Carne fresca. Alguien nuevo había caído en las trampas del perímetro.

—Levántate, muchacho —la voz de Ramón atravesó la lona de la tienda—. Tenemos trabajo.

Afuera, el sol del mediodía convertía el campamento en un horno. Alejandro entrecerró los ojos y vio el grupo reunido cerca de la fosa de contención. Seis personas rodeaban algo en el suelo. El polvo se levantaba con cada movimiento brusco.

—¿Qué es esta vez? —preguntó Alejandro, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

Carmela, con sus brazos musculosos cruzados sobre el pecho, escupió hacia un lado.

—Una mujer. Sola. Cargaba herramientas raras.

Alejandro se acercó. La mujer estaba de rodillas, las manos atadas a la espalda con alambre oxidado. Sangre fresca corría desde su ceja hasta la mandíbula. No lloraba. Eso era inusual. La mayoría suplicaba o se desmayaba. Esta los miraba con una expresión que Alejandro no supo identificar de inmediato. Después lo entendió: era lástima.

—Agua —dijo la mujer, su voz ronca pero firme—. Solo quiero agua.

Ramón se rio, un sonido seco como papel quemado.

—Todos quieren agua, cariño. Por eso están aquí.

La mujer movió la cabeza, despacio, como si estuviera hablando con niños.

—No entienden. Puedo ayudarlos. Soy ingeniera hidráulica. Vi sus tuberías desde el cerro. Son una mierda. Están perdiendo el treinta por ciento del agua en fugas.

El silencio cayó sobre el grupo. Alejandro sintió cómo los demás intercambiaban miradas. Ramón se agachó frente a la mujer, sus rodillas crujiendo.

—¿Y qué más viste desde ese cerro tuyo?

—Vi que tienen una fuente. Un manantial real. —La mujer tosió, escupió sangre—. Vi que la están desperdiciando como idiotas.

Carmela dio un paso adelante, pero Ramón levantó la mano.

—Llévenla a la bodega —ordenó—. Déjenme pensar.

Alejandro ayudó a levantar a la mujer. Pesaba menos de lo que esperaba. Cuando sus ojos se encontraron, ella sonrió. Una sonrisa pequeña, triste.

—Tú eres joven —dijo—. Todavía hay tiempo para ti.

La bodega era en realidad un contenedor de carga medio enterrado. Dentro, el calor se concentraba como en un horno. Alejandro dejó a la mujer sentada contra la pared de metal y le quitó las ataduras de las muñecas.

—¿Por qué haces eso? —preguntó ella, frotándose la piel marcada.

—Ramón no dijo que te mantuviera atada aquí adentro.

La mujer lo estudió con esos ojos grises, calculadores.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte. Más o menos.

—¿Naciste aquí?

Alejandro asintió. Se sentó en una caja de madera, manteniéndose entre ella y la puerta.

—Tres años después del Colapso. No recuerdo el antes.

—¿Y esto? —señaló vagamente hacia afuera—. ¿Esto te parece normal?

Alejandro se rascó la nuca. La cicatriz detrás de su oreja le picaba cuando hacía calor.

—Normal es lo que funciona. Tenemos agua limpia. Comida suficiente. No hay zombis en cincuenta kilómetros a la redonda. —Hizo una pausa—. Sobrevivimos.

—¿A qué costo?

—Al costo que sea necesario.

La mujer se rio, un sonido amargo que rebotó en las paredes metálicas.

—Dios. Te lavaron el cerebro desde que eras un crío, ¿verdad?

Alejandro sintió algo caliente treparse por su garganta. Rabia. O quizás vergüenza.

—No sabes una mierda de nosotros.

—Sé que comen gente. —Lo dijo sin rodeos, como quien comenta el clima—. Vi los huesos. Los usan para filtrar el agua, ¿cierto? Carbón de hueso. Técnica antigua. Efectiva.

El silencio se hizo denso. Alejandro no sabía qué decir. Nadie hablaba de eso así, tan abiertamente. Era simplemente lo que hacían. Lo que siempre habían hecho.

—Los zombis son venenosos —dijo finalmente—. No podemos comerlos.

—Pero los humanos no.

—Los viajeros vienen solos. Desesperados. Si no fuéramos nosotros, serían los zombis. O la sed. Al menos así sirven para algo. Nutren la tierra. Purifican el agua. Es… —buscó la palabra— ecológico.

La mujer lo miró con algo que podría haber sido compasión.

—¿Sabes lo que eres, chico? Eres un animal de granja que defiende al granjero.

Alejandro se levantó bruscamente, la caja cayendo hacia atrás con un estruendo metálico.

—Vete a la mierda.

—Espera. —La voz de ella cambió, se suavizó—. Espera. Lo siento. Mira, yo… déjame mostrarte algo. Déjame explicarte qué puedo hacer por ustedes.

Alejandro se quedó de pie, la mano en el picaporte oxidado.

—Tengo una hora antes de que vengan por ti. Ramón decidirá qué hacer contigo.

—Entonces dame esa hora.

Y Alejandro, sin saber muy bien por qué, se quedó.

Durante la siguiente hora, la mujer, que dijo que se llamaba Elena,  dibujó diagramas en el suelo polvoriento con un pedazo de carbón. Sistemas de filtración. Tanques de sedimentación. Tuberías con menos fugas. Un futuro donde el agua pudiera purificarse sin usar huesos humanos. Donde la comida pudiera cultivarse sin fertilizar con cadáveres.

—Necesitarían dos meses de trabajo duro —explicó, sus manos moviéndose rápido, animadas—. Pero después, serían autosuficientes. Realmente autosuficientes. Podrían incluso comerciar con otras comunidades. Agua limpia vale más que el oro en estos días.

Alejandro observaba, fascinado y aterrado a la vez.

—Ramón nunca lo permitirá.

—¿Por qué no?

—Porque… —Alejandro se detuvo. ¿Por qué no? La pregunta flotó en su mente como humo—. Porque él dice que esta es la única forma.

—¿O porque le gusta cómo son las cosas?

Esa noche, durante la cena, Alejandro no pudo comer. La carne en su plato, siempre les decían que era del nuevo lote… se veía diferente. Sabía diferente. O tal vez él era quien había cambiado.

Ramón comía con apetito, la grasa brillando en sus labios.

—Mañana procesamos a la mujer —anunció—. Carmela, prepara las herramientas.

—¿Y si la escuchamos primero? —Las palabras salieron de la boca de Alejandro antes de que pudiera detenerlas.

Todos en la mesa se quedaron quietos. Ramón levantó la vista con lentitud, limpiándose la boca con el antebrazo.

—¿Perdón?

—Dice que puede mejorar el sistema. Menos desperdicio de agua. Más eficiencia— le respondió con más entusiasmo del necesario.

—Ya somos eficientes.

—Pero podríamos ser mejores. —Alejandro sintió las miradas de los demás clavadas en él como alfileres—. Podríamos no tener que… ya sabes.

Ramón se recostó en su silla, que crujió bajo su peso considerable.

—Ah. Entiendo. La puta te llenó la cabeza de ideas. —Sonrió, pero no había humor en esa sonrisa—. ¿Sabes qué pasa con las ideas, Alejandro? Te hacen débil. Te hacen dudar… Y muchacho… la duda mata.

—Solo digo que deberíamos escucharla.

—Y yo digo que mañana la descuartizamos. —Ramón se levantó, la silla raspando el suelo de concreto—. Fin de la discusión.

Alejandro apretó los puños bajo la mesa. Sintió algo quebrarse dentro de él. Algo que había estado agrietándose durante años sin que se diera cuenta.

Después de la cena, Carmela lo encontró fumando cerca del perímetro.

—Estás jugando con fuego, muchacho.

—Tal vez sea hora de que alguien lo haga.

Carmela exhaló humo por la nariz, mirando hacia las estrellas.

—¿Sabes por qué Ramón está gordo y nosotros no?

Alejandro volteó a verla.

—Porque él come más. Siempre se queda con las mejores partes. —Carmela aplastó el cigarrillo bajo su bota—. No se trata de supervivencia, Alejandro. Nunca se trató de eso. Se trata de poder. Y a Ramón le gusta el poder. Le gusta cómo sabe.

—¿Por qué me dices esto?

—Porque eres el único lo suficientemente joven para recordar que debería haber algo más. —Carmela se alejó, su silueta disolviéndose en la oscuridad—. Haz lo que tengas que hacer.

Alejandro entró a la tienda de Ramón a las tres de la mañana, el cuchillo en su mano temblaba.

Ramón dormía boca arriba, roncando. En la mesa junto a su cama había un plato con restos de comida. Alejandro reconoció lo que era. Sintió bilis subiendo por su garganta.

Hazlo rápido—pensó. —Como con los viajeros. Rápido y sin dolor.

Pero esto era diferente. Esto era elegir. Esto era matar sin la excusa de la supervivencia.

—¿Vas a quedarte ahí parado toda la noche?

Alejandro casi dejó caer el cuchillo. Ramón tenía los ojos abiertos, mirándolo con calma.

—Sabía que vendrías —dijo el hombre, sin moverse—. La pregunta es: ¿tienes los huevos para hacerlo?

—Déjala ir. Déjala construir el sistema.

—¿Y después qué, Alejandro? ¿Crees que nos convertiremos en santos? —Ramón se sentó, su mole ocupando la mitad de la cama—. El mundo se fue a la mierda. Los zombis se comieron todo lo bueno que quedaba. Nosotros somos lo que sobrevivió. Lo que funciona. ¿Quieres cambiar eso? Adelante. Mátame. Pero cuando los suministros se acaben y las cosas se pongan difíciles, ¿qué harás? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que tú también hagas lo mismo que yo?

Alejandro dio un paso adelante. El cuchillo dejó de temblar.

—Quiero averiguarlo.

El corte fue profundo. Ramón intentó gritar, pero Alejandro fue rápido, como le habían enseñado. La sangre empapó las sábanas, caliente y espesa. Los ojos de Ramón lo miraron con algo que podría haber sido orgullo o decepción, hasta que la luz en ellos se apagó.

Alejandro se quedó ahí, cubierto de sangre, el cuchillo goteando en el suelo. No sintió triunfo. No sintió alivio. Solo sintió un vacío enorme donde debería estar la certeza.

Tres meses después, el sistema de filtración funcionaba. Elena había mantenido su palabra. El agua fluía limpia sin necesidad de huesos humanos. Los cultivos crecían con fertilizante fabricado de compost vegetal y estiércol animal que habían empezado a criar.

Pero las cosas no eran más fáciles.

Alejandro estaba de pie junto al manantial, mirando el agua cristalina. Elena trabajaba cerca, ajustando una válvula.

—Está funcionando —dijo ella, sonriendo—. Les dije que funcionaría.

—Sí.

—¿No estás feliz?

Alejandro no respondió. En cambio, miró hacia el campamento. La gente se veía más delgada, más hambrienta. Carmela lo había desafiado dos veces por el liderazgo… y los suministros duraban cada vez menos y para empeorar todo… las peleas eran más frecuentes.

Y a veces, en las noches, Alejandro soñaba con el sabor de la carne. Rica, saciante. Fácil.

—¿Alejandro?

Él volteó. Vio a Elena, su herramienta en la mano, vulnerable. Sola. Una solución a un problema que no terminaría de irse.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

Alejandro sonrió. Fue una sonrisa pequeña, triste.

—Sí. Solo estaba pensando.

—¿En qué?

—En que tienes razón. —Metió las manos en los bolsillos, sintiendo el mango del cuchillo—. En que todavía hay tiempo para mí.

Elena sonrió, aliviada, y volvió a su trabajo.

Alejandro la observó trabajar. El sol se ponía detrás de las montañas, tiñendo todo de rojo. El agua seguía fluyendo, limpia y pura… La solución perfecta.

Pero él seguía teniendo hambre.

Y el cuchillo en su bolsillo seguía ahí.

Porque Ramón tenía razón en algo: el mundo se había ido a la mierda. Y lo que sobrevivió no fue lo bueno. Fue lo que podía vivir con lo que había hecho para seguir vivo.

Alejandro se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que las trampas del perímetro volvieran a activarse. Antes de que otro viajero solitario apareciera, desesperado por agua.

Antes de que él tuviera que elegir de nuevo.

Solo que esta vez, ya sabía qué elegiría.

Porque la monstruosidad no desaparece con un sistema de filtración.

Solo se disfraza de progreso.

Fin.

Somos lo que somos y esos siempre sale a la superficie.

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