Relato gratis: Medianoche en el charco

Medianoche en el charco relato gratis kassfinol

Título: Medianoche en el Charco

Autora: Kassfinol

Género: Thriller Urbano

Todos los derechos reservados


El reloj pesa más de lo que debería para ser oro macizo, y eso es lo primero que me dice que me equivoqué.

Estoy apretado contra un contenedor de basura en el callejón detrás del edificio Martínez, con el agua helada filtrándose por las costuras de mis zapatos baratos. Son las tres de la mañana del 31 de diciembre y el aguanieve cae con esa consistencia pastosa que solo existe en esta ciudad de mierda. A lo lejos, alguien ya está quemando cohetes. Cada estallido me hace saltar como si tuviera diez años menos y todavía me importara vivir.

El reloj está envuelto en mi bufanda, presionado contra mi estómago. Saco una esquina para mirarlo bajo la luz amarillenta del farol. Es antiguo, de esos que tienen grabados elaborados y un mecanismo que probablemente vale más que mi apartamento. Pero hay algo raro en el peso. Lo sacudo suavemente y escucho algo moverse adentro, algo que no debería estar ahí.

—Mierda.

Mi voz suena ronca en el silencio del callejón. No he hablado con nadie en tres días, desde que Carla me dijo por mensaje que Lucas ya no quería verme para Año Nuevo. «Ya no más promesas rotas, Marco», escribió. Como si las promesas fueran algo que yo rompiera a propósito, como platos en una pelea de cocina.

Me meto más profundo en el callejón. Dos patrullas pasan por la avenida principal con las sirenas apagadas, pero las luces encendidas. ¿Me buscan a mí? ¿O es solo el despliegue normal de fin de año? Mi corazón late como si supiera la respuesta antes que mi cerebro.

Hace tres años, en Nochebuena, Lucas tenía ocho años y todavía me miraba como si yo fuera alguien importante. Le prometí que esa sería la última vez. Que después de ese «trabajo», todo cambiaría. Tendríamos una Navidad de verdad, con un árbol que no fuera de plástico barato y regalos que no salieran de la tienda de segunda mano.

Lo que no le dije es que ese trabajo era robarle un collar a la amante del jefe de Carla. Tampoco le dije que el collar resultó ser falso, o que el tipo para quien lo robé me pagó con un cheque sin fondos y una amenaza de denuncia si me quejaba.

Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que Lucas me vio contar el dinero que no teníamos, inventar una excusa sobre un «bono navideño», y luego verme salir a la calle a buscar quién me prestara para comprarle algo, lo que fuera, para que la mañana de Navidad no fuera un recordatorio más de lo inútil que era su padre.

Terminé con La Araña. Ese no es su nombre real, pero nadie usa nombres reales en este negocio. Te presta lo que necesites, sin preguntas, sin papeles. Solo con una fecha de vencimiento que es más sagrada que cualquier cosa que hayas escuchado en misa.

Mi fecha de vencimiento era la medianoche del 31 de diciembre. En veintiuna horas exactamente.

Y La Araña no acepta disculpas, extensiones ni historias tristes sobre hijos decepcionados.

Me obligo a moverme. El frío está empezando a meterse en mis huesos y sé que, si me quedo quieto mucho tiempo, la adrenalina se va a evaporar y me voy a dar cuenta de lo jodido que estoy realmente.

El plan era simple: robar el reloj de la Mansión Hawthorne durante la fiesta de fin de año, entregárselo a El Contacto a las cinco de la mañana en la Plaza Central, cobrar mis treinta mil, pagarle a La Araña sus veinte, y quedarme con diez para empezar el año con algo de dignidad. Tal vez hasta llamar a Lucas y decirle que esta vez sí, que esta vez todo iba a ser diferente.

Pero este reloj pesa mal.

Me dirijo hacia el metro. Las líneas están cerradas por las fiestas, pero conozco una entrada lateral que nunca aseguran bien. Los túneles son mi segunda casa cuando las cosas se ponen feas. Oscuros, fríos, pero seguros. Nadie te busca ahí abajo, ni siquiera la policía.

La reja cede con un gemido oxidado y bajo las escaleras de dos en dos, con el reloj todavía pegado a mi pecho. El olor a humedad y orina vieja me golpea como un saludo de bienvenida. Me fijo que hay un solo foco funcionando cada cincuenta metros, creando estos charcos de luz amarilla separados por extensiones de oscuridad absoluta.

Me siento en un banco de cemento y finalmente saco el reloj completo. Es hermoso, tengo que admitirlo… Oro grabado con escenas de caza, rubíes incrustados marcando las horas, el tipo de cosa que ves en museos detrás de vitrinas con alarmas. Hasta donde sabía la familia Hawthorne lo heredó de algún aristócrata europeo hace como cien años, o eso decía el artículo que leí cuando investigué el trabajo.

Paso los dedos por los grabados buscando algún mecanismo oculto. Nada. Intento girar la corona. Nada. Entonces presiono uno de los rubíes y algo hace clic.

La parte trasera del reloj se abre como una concha, revelando un compartimento secreto que definitivamente no aparecía en las fotos del museo.

Adentro hay un pedazo de pergamino doblado, amarillento por el tiempo, y lo que parece ser una microficha del tamaño de una uña.

—Pero qué mierda…

Desdoblo el pergamino con cuidado. La tinta está desvanecida pero todavía legible. Es una lista de nombres, fechas y números que parecen cuentas bancarias. Y ahí, casi al final de la lista, escrito con una tinta diferente, más reciente: Lucas Sandoval. Heredero legítimo. Activos bloqueados hasta 2025.

El apellido de mi hijo.

Mi apellido.

Las letras bailan frente a mis ojos. Leo el nombre otra vez. Y otra. Como si cambiara de significado si lo miro suficientes veces.

No puede ser. Es una coincidencia. Tiene que ser una coincidencia porque la alternativa es que mi hijo, el niño que vive con su madre en un apartamento de dos cuartos en el lado malo de la ciudad, tiene alguna conexión con la familia Hawthorne y yo nunca lo supe.

O peor: alguien quiere que parezca que la tiene.

Me guardo el pergamino y la microficha en el bolsillo interior de mi abrigo. El reloj vacío se siente liviano ahora, como si hubiera expulsado su veneno.

Tengo que pensar. El Contacto espera un reloj, no un mapa del tesoro con el nombre de mi hijo escrito en él. Y La Araña espera su dinero a medianoche o mis rótulas se convierten en polvo. Pero esto, sea lo que sea, cambia todo.

¿Qué si entrego solo el reloj y me quedo con el secreto? ¿Qué si esto vale más que treinta mil? ¿Qué si esto le pertenece realmente a Lucas?

¿Qué si es una trampa?

Mi teléfono vibra. Un mensaje:

«¿Tienes la mercancía? No me hagas esperarte.»

El Contacto. Puntual como un reloj suizo, que es gracioso considerando la situación.

Escribo de vuelta:

«La tengo. Pero necesitamos hablar. Hay algo más.»

La respuesta llega en segundos:

«No hay algo más. Entrega lo acordado o no hay trato.»

«Confía en mí. Esto te va a interesar.»

Tres puntos parpadeantes.

Luego:

«Plaza Central. 5 AM. Ni un minuto tarde.»

Salgo de los túneles cerca de las cuatro y media. La ciudad está empezando a despertar con esa energía frenética del último día del año. Grupos de gente ebria zigzaguean por las aceras, los bares están vomitando música y luz de neón, y en algún lugar alguien está gritando felicitaciones prematuras.

La Plaza Central es un caos contenido. Han montado una tarima gigante con pantallas enormes para la cuenta regresiva de medianoche. Hay vendedores ambulantes vendiendo gorros de fiesta y champagne barata, parejas besándose bajo las guirnaldas de luces, familias enteras acampando para conseguir un buen lugar para los fuegos artificiales.

Veo a El Contacto cerca de la fuente seca, con su abrigo negro y su cara de pocos amigos habitual. Pero no está solo. Hay otro tipo con él, más grande, con cicatrices en el cuello que desaparecen bajo su camisa.

Mierda.

Me acerco de todos modos porque soy un idiota o porque ya no tengo nada que perder. Todavía no he decidido cuál.

—Llegas tarde —dice El Contacto sin mirarme, fumando un cigarrillo que hace que el aire frío se vea más denso.

—Son las cuatro cincuenta y ocho. Dije cinco.

—Cada minuto que espero es un minuto que me cuesta dinero. —Finalmente me mira—. ¿Trajiste lo que pedí?

Saco el reloj. La luz de las pantallas gigantes se refleja en el oro y por un segundo parece mágico, como algo que realmente podría cambiar una vida.

El Contacto lo toma, lo examina con ojo experto. Abre la tapa frontal, revisa el mecanismo. Sus dedos encuentran el rubí que abre el compartimento secreto.

—Está vacío.

No es una pregunta.

—Ahí es donde viene la parte interesante —digo, tratando de sonar más confiado de lo que me siento—. Lo que estaba adentro vale mucho más que el reloj.

El tipo grande da un paso hacia mí. Puedo oler su colonia barata mezclada con sudor.

—El trato era por el reloj —dice El Contacto con esa voz suave que usan los tipos peligrosos justo antes de dejar de ser suaves—. No por historias de tesoros escondidos.

—Escúchame. —Saco el pergamino—. Esto tiene nombres, cuentas, conexiones con la familia Hawthorne que datan de décadas. Y no solo eso, tiene…

No termino la frase porque el tipo grande me agarra del brazo y me tuerce hacia atrás. El dolor me atraviesa el hombro como electricidad.

—Dámelo —dice El Contacto, extendiendo la mano.

Y ahí es cuando veo a La Araña.

Está del otro lado de la fuente, con sus lentes oscuros a pesar de que todavía no amanece, rodeado de dos de sus muchachos. Nos está mirando. No, me está mirando a mí.

El tiempo se vuelve elástico. El tipo grande todavía me tiene agarrado. El Contacto espera el pergamino. La Araña se acerca despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La pantalla gigante sobre nuestras cabezas muestra publicidad de champagne y una cuenta regresiva: 19 horas, 8 minutos, 32 segundos para medianoche.

Tomo una decisión.

Suelto el brazo del tipo grande con un movimiento brusco que me cuesta un tirón de músculo. Le empujo el pergamino a El Contacto y corro.

No hacia la salida de la plaza, eso sería obvio. Corro directamente hacia la multitud, hacia el caos de gente borracha y feliz, hacia el único lugar donde puedo desaparecer.

Escucho gritos detrás de mí, pero no miro atrás. Esquivo una pareja que baila, salto sobre una hielera con cervezas, empujo un carrito de hot dogs que se vuelca con un estruendo metálico. La multitud se cierra detrás de mí como agua, tragándome.

Me meto en un callejón lateral, luego otro, luego bajo unas escaleras que dan a un sótano de un restaurante cerrado. Me tiro contra la pared de ladrillo, jadeando, con el corazón tratando de salirse por mi garganta.

Todavía tengo la microficha.

No sé por qué la guardé. Instinto, tal vez. O porque en mi cabeza retorcida, pensé que eso era lo único que realmente importaba. El pergamino tiene nombres y números, pero la microficha probablemente tiene las pruebas, los documentos reales, la verdad sea cual sea.

Y tiene el nombre de mi hijo.

Saco mi teléfono con manos temblorosas. Marco el número de Carla, aunque sé que no debería, aunque sé que lo último que ella quiere es escuchar mi voz hoy.

Contesta al cuarto timbre.

—¿Marco? —Su voz suena cansada, resignada—. Son las cinco de la mañana.

—Lo sé, lo siento, yo… —Me atraganto con las palabras—. Necesito preguntarte algo sobre Lucas.

Silencio. Luego:

—No.

—Carla, por favor. Es importante. ¿Alguna vez te dijeron algo sobre su padre biológico? Antes de que yo… antes de que nosotros…

Otro silencio, más largo esta vez.

—Marco, estás borracho.

—Estoy sobrio. Completamente sobrio. Por primera vez en años, estoy sobrio y necesito saber. ¿El apellido Sandoval, viene de mi familia o de…?

—Era tu apellido —dice ella, y algo en su voz se quiebra un poco—. Cuando te conocí, eras tú quien insistía en que Lucas llevara tu apellido, aunque no fueras su padre biológico. Dijiste que un niño necesitaba un padre, no solo un nombre en un certificado de nacimiento.

Cierro los ojos.

—¿Quién era él? El padre biológico.

—No lo sé. Solo sé que era alguien con dinero. Estuve en una fiesta en la que me pasé de tragos; fue en una casa lujosísima, en un barrio de ricos. Me quedé embarazada y no supe a quién contactar, porque literal no conocía al hombre. Eso fue un error, yo nunca fui de ese tipo de mujeres. Para no empeorar la situación ni mi reputación, preferí dejarlo así. Mi madre me prohibió mencionar lo ocurrido. Dijo que esa gente millonaria no se hace responsable de sus errores, que solo complican todo. Nos daba miedo que nos quitaran al niño.

—¿Hawthorne? —Mi voz sale apenas como un susurro—. ¿Ese nombre te suena?

La línea se queda en silencio tanto tiempo que pienso que colgó.

—Carla.

—Si mal no recuerdo, esa era la casa donde trabajaba mi madre —dice finalmente—. Era la Mansión Hawthorne. ¿Por qué…? Marco, ¿qué hiciste?

Cuelgo.

Paso las siguientes catorce horas escondido en ese sótano, mirando la microficha a la luz de mi teléfono sin tener manera de leerla realmente. Probablemente contiene la prueba de que Lucas es el hijo bastardo de alguien de la familia Hawthorne. Probablemente contiene información sobre una herencia, un fideicomiso, dinero que le pertenece y que alguien quiere mantener enterrado.

Y yo, como un imbécil, acabo de entregarle a El Contacto el mapa de ese tesoro.

A las siete de la noche salgo del sótano. Necesito comer, necesito pensar, necesito un plan que no sea esconderme hasta que La Araña me encuentre y me haga pagar de la manera que él considere apropiada.

Termino en un café abierto las 24 horas cerca de la Plaza. El lugar está lleno de gente que se prepara para la celebración, con disfraces ridículos y sombreros de fiesta. Pido un café negro y me siento en la esquina, tratando de ser invisible.

Mi teléfono vibra. Número desconocido.

«Tenemos que hablar. Plaza Central, 11:45 PM. Ven solo.»

No hay firma, pero no la necesita. Reconozco el estilo: breve, directo, amenazante sin necesidad de amenazar explícitamente.

La Araña.

Podría no ir. Podría tomar un bus a otra ciudad y desaparecer. Pero entonces La Araña iría con Carla, con Lucas, y ellos pagarían por mi cobardía. Esa es su manera. No te persigue solo a ti; persigue todo lo que te importa hasta que no te queda nada que perder.

A las once y cuarto camino hacia la Plaza Central.

El lugar está irreconocible. Miles de personas se apiñan frente a las pantallas gigantes, gritando, riendo, brindando con copas de plástico. Hay música atronadora saliendo de los parlantes, luces de colores parpadeando en patrones hipnóticos, y ese olor particular a sudor, alcohol y esperanza desesperada que solo existe en las celebraciones masivas de fin de año.

Veo a La Araña cerca del mismo lugar donde estuve esta mañana. Está solo esta vez, o al menos sus muchachos están lo suficientemente lejos como para no ser obvios.

—Marco —dice cuando me acerco, como si fuéramos viejos amigos encontrándonos para tomar un trago—. Siempre tan puntual cuando se trata de sobrevivir.

—Tengo tu dinero —miento—. Solo necesito hasta mañana para…

—Ya no se trata del dinero —me interrumpe, y hay algo en su tono que me hiela la sangre—. ¿Sabes qué es lo gracioso? Llevo veinte años en este negocio y nunca, nunca, alguien me había robado algo tan valioso sin siquiera saber lo que tenía.

—No sé de qué hablas.

—Esa microficha. —Se saca los lentes y veo sus ojos por primera vez, pequeños y oscuros como los de un insecto—. La que todavía tienes en el bolsillo de tu abrigo barato. Contiene información que cierta familia muy poderosa pagó mucho dinero para mantener escondida. Y tú, en tu infinita estupidez, la robaste.

—Era parte del reloj…

—El reloj era el señuelo. —Se ríe, un sonido seco y sin humor—. La microficha es lo que realmente importaba. Y El Contacto que conociste esta mañana, bueno, digamos que trabaja para la gente que quiere asegurarse de que esa información nunca salga a la luz. Especialmente la parte sobre el heredero ilegítimo.

Mi estómago se convierte en piedra.

—Lucas.

—El niño ni siquiera sabe quién es en realidad. Y es mejor así. —La Araña se acerca un paso—. Dame la microficha, Marco. Todavía puedes salvar esto. Todavía puedes proteger a tu hijo de lo que viene si esa información se hace pública.

—¿Y después qué? ¿Me dejas ir? ¿Todos vivimos felices para siempre?

—Después pagas tu deuda de la manera tradicional y tal vez, solo tal vez, tu hijo crece sin saber que su padrastro murió en un callejón en Año Nuevo. —Se encoge de hombros—. O le das la microficha, intentas jugar al héroe, y lo que le pase a él y a su madre es responsabilidad tuya.

En la pantalla gigante sobre nuestras cabezas aparece el contador: 5 minutos para medianoche.

La multitud comienza a gritar la cuenta regresiva, aunque es demasiado pronto. La anticipación es casi palpable, como electricidad en el aire.

Meto la mano en mi bolsillo y siento la microficha entre mis dedos. Tan pequeña. Tan insignificante. Tan capaz de destruir lo poco que me queda.

Y es ahí cuando entiendo realmente lo que he hecho.

No robé un reloj. No descubrí un secreto por accidente. Fui el idiota útil en un plan mucho más grande, el tipo que iba a cargar con la culpa si algo salía mal. El Contacto, La Araña, la familia Hawthorne, todos sabían exactamente lo que había en ese reloj. Y me pusieron frente a él como un perro frente a un hueso, sabiendo que lo robaría, sabiendo que no podría resistir la tentación.

La pregunta nunca fue si iba a robar. La pregunta era qué iba a hacer cuando descubriera lo que realmente había robado.

—Tres minutos —dice La Araña, mirando su reloj de pulsera, uno mucho más modesto que el que robé.

Saco la microficha y la miro a la luz parpadeante de las pantallas. Podría dársela. Podría terminar esto ahora, pagar mi deuda con rótulas rotas y dedos quebrados, y dejar que Lucas siga siendo solo Lucas, un niño de once años que odia a su padrastro pero que al menos está a salvo.

O podría guardármela. Podría intentar hacer algo bueno por primera vez en mi vida miserable. Podría darle a Lucas lo que le pertenece, aunque eso signifique pintarle una diana en la espalda que lo perseguirá el resto de su vida.

—Dos minutos —dice La Araña, y ahora hay acero en su voz—. Decide, Marco. ¿Qué clase de padre quieres ser? ¿El cobarde que protege a su hijo de la verdad? ¿O el cobarde que lo destruye por orgullo?

La multitud grita:

¡Sesenta! ¡Cincuenta y nueve! ¡Cincuenta y ocho!

Miro alrededor de la Plaza. Veo parejas besándose. Familias abrazadas. Niños en los hombros de sus padres, con los ojos brillantes mirando las pantallas. Y de repente me acuerdo de Lucas a los ocho años, sentado en la sala el día de Navidad, fingiendo que el regalo barato que le compré era exactamente lo que quería.

«Es perfecto, papá», dijo, aunque sabíamos que estaba mintiendo.

Eso es lo que los niños hacen. Mienten para proteger a sus padres del peso de su propia decepción.

¡Treinta! ¡Veintinueve! ¡Veintiocho!

Cierro la mano alrededor de la microficha.

—No —digo.

La Araña inclina la cabeza.

—¿Disculpa?

—Que no. —Mi voz es más firme ahora—. No te la voy a dar.

—Marco…

—Y no porque piense que esto va a hacer a Lucas rico o feliz. —Las palabras salen en avalancha ahora, como si hubieran estado esperando años para escapar—. Sino porque estoy cansado. Cansado de ser el idiota que todos usan. Cansado de las promesas que no puedo cumplir. Cansado de mentirme a mí mismo de que todo esto es por él.

«¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho!»

La Araña hace un gesto y veo a sus muchachos acercarse desde los lados, cerrando el círculo.

—Última oportunidad.

«¡Siete! ¡Seis! ¡Cinco!»

—Él merece saber la verdad —digo, y me sorprende darme cuenta de que lo creo realmente—. Incluso si la verdad es una mierda. Incluso si la verdad lo complica todo. Porque al menos es real. Al menos es algo que no le quité yo.

«¡Cuatro! ¡Tres! ¡Dos!»

La Araña asiente, casi con respeto.

—Entonces que sea a tu manera.

«¡UNO! ¡FELIZ AÑO NUEVO!»

Los fuegos artificiales estallan sobre nuestras cabezas, convirtiendo el cielo en un caos de luz y color. La multitud grita con una alegría ensordecedora. Y en ese momento de celebración colectiva, siento el golpe en mis costillas, rápido y profesional.

Caigo de rodillas. El aguanieve ha comenzado de nuevo, más pesado ahora, y se mezcla con algo más caliente que sale de mi costado. Alguien grita, pero el sonido se ahoga en el estruendo de la celebración.

La Araña se agacha frente a mí. No se ve enojado. Se ve cansado, como si esto fuera solo otro trámite en una larga lista de trámites pendientes.

—La microficha —dice, extendiendo la mano.

La saco de mi bolsillo con dedos torpes. Pero en lugar de dársela, la dejo caer en el charco que se está formando a mis pies. El agua comienza a tragársela inmediatamente, llevándosela hacia la alcantarilla más cercana.

—Idiota —dice La Araña, pero ya no importa porque los fuegos artificiales siguen explotando y la multitud sigue gritando y yo estoy mirando el cielo que se vuelve de colores que nunca he visto antes.

Pienso en Lucas. No en el Lucas de ocho años que me miraba con esperanza. Sino en el Lucas de once años que aprendió a no esperar nada de mí. Y me doy cuenta de que tal vez ese era el mejor regalo que podía darle: la ausencia de expectativas. La libertad de no tener que mentir más para protegerme.

—Feliz Año Nuevo—murmuro, aunque no sé si las palabras realmente salen de mi boca.

El aguanieve cae más fuerte. En algún lugar cercano, alguien está cantando. La Plaza Central sigue celebrando, ajena a que alguien acaba de terminar su última cuenta regresiva.

Y lo último que pienso, antes de que todo se vuelva negro, es que tal vez la promesa sí se cumplió. Tal vez esta sí fue la última vez. Tal vez eso cuenta como algo, al final, incluso si no de la manera que ninguno de nosotros quería.

Fin

Defender el amor que sientes genuinamente por alguien y la verdad, siempre tiene un costo.

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