Relato: Marfil y bronce – Kassfinol

Título: Marfil y bronce.

Género: Romance dramático con conciencia social

Autora: Kassfinol

Registro: Safe Creative 2005234090788

Publicado: 2020 o 2021 No me acuerto :V


La vida está llena de dualidad, de equilibrio, de compensaciones. De eso estoy convencido, ya que hace poco logré experimentar el cómo desde una mala noticia caí arrastrado hacia lo más bonito y sincero que me ha ocurrió en la existencia.

Esta es la historia del cómo me enamoré.

Capítulo 1

Los secretos siempre joden las relaciones, jamás dudes de eso.

Ese fue el problema principal de la relación que tenía con mi padre. Por años cada quien vivió por su lado, nos limitábamos a pocas llamadas anuales, y nos veíamos muy poco. Una vez cada dos o tres años. No sé, no llevaba la cuenta. Nunca fuimos tan unidos, él vivía para sus negocios y yo me críe solo, con un montón de sirvientes que me cuidaron en su ausencia, y sin madre, porque ella murió al darme a luz.

En la actualidad, él vivía en Ciudad del Este, y yo en Asunción. Era mejor así, cada quien por su lado. Algo me decía que entre más supiera sobre su situación, menos me gustaría o me sentiría cómodo, así que me concentraba en mi vida personal y sostenía mi existencia de la mejor manera posible que tenía, trabajando y enfocándome en mis clientes.

Pero mi tranquilidad se acabó cuando recibí su llamada. El celular sonó varias veces, y quise que dejara el mensaje en la contestadora, pero luego de un largo rato, noté que era muy insistente así que decidí contestar.

—Hola hijo, soy yo, tu papá.

Su voz sonaba apagada, no recordaba que fuera así, ¿estaría enfermo?

—Hola Juan —me corregí—, papá, ¿ocurre algo? ¿Por qué te escuchas así?

—Son muchas preguntas y no creo que sea bueno contarte por este medio, serias tan amable de venir a tu antiguo hogar, a tu casa.

Nunca me pedía eso, así que si lo hacía era por una razón de mucho peso.

—Puedo ir el fin de semana, hoy es jueves y estoy haciéndole la contabilidad a unos clientes, no tengo tiempo para manejar por cinco horas para conversar contigo, lo siento. —el sentido de la responsabilidad no lo había heredado de él, eso estaba claro.

—Hijo, muy pocas veces te he pedido favores, es necesario que estés aquí, te debo dar una noticia importante y hasta mi abogado necesita de tu presencia.

El colmo es que me llame para que le sirva de coartada, o le proteja el cuello por algún comportamiento mal hecho, ¿será que jamás va a cambiar?

—No estoy dispuesto a que me metas en problemas, tengo responsabilidades aquí, necesito que respetes mi decisión. Esto es algo que no pienso discutir contigo.

—Está bien, voy a esperarte, es lo justo. ¿Cuándo puedes venir?

Esa respuesta no me la esperaba, siempre que deseaba algo era muy insistente, que me diera la opción a elegir era muy extraño.

—El viernes en la noche puedo tomar un avión y llegar a buena hora para conversar, pero te agradezco que guardes sobriedad para ese momento, no quiero conversar contigo y que estés ebrio.

Se escuchó una risa por lo bajo.

Debía hacerle la aclaratoria, las últimas veces que lo vi, bebía sin control y no escatimaba en hacerme sentir miserable por alejarme de su vida, al final yo era siempre el culpable y no perdía el momento para tirármelo en cara, pero no podía señalarme por querer vivir una vida más tranquila y centrada, nunca me interesó su dinero, y en cuanto crecí, siempre me concentré en vivir experiencias y evitar hacer estupideces.

—Está bien hijo, no me harás esperar mucho, me parece bien. Entonces mañana nos veremos a las ocho de la noche y conversamos, hasta entonces.

No esperó que me despidiera. Solo cortó la llamada.

Y lo maleducado tampoco se le quita —pensé. Me quedé un rato pensando en la situación y por un momento sentí ganas de tomar un avión e ir a ver qué quería. Pero mejor terminaba mi trabajo y mañana afrontaba ese problema, porque estaba claro, hablar con mi padre siempre me traía un problema.

Capítulo 2

En cuanto llegué a la casa de mi padre me di cuenta de dos cosas.

El lugar no parecía haber tenido una fiesta, situación extraña, porque siempre había una, y lo segundo que noté es que mi padre no estaba por ningún lado.

—Holaaa, ¿hay alguien aquí? La puerta estaba abierta.

—Sííí —escuché a lo lejos. Enseguida una mujer apareció frente a mí, vestida de enfermera. Puse los ojos en blanco.

Que descaro que me haya citado a una hora y esté cogiendo y cumpliendo una fantasía sexual con una mujer de turno. No cambia sus hábitos.

—¿Me puede seguir por favor, su padre lo espera? —me sacó de mis pensamientos y de inmediato fruncí el ceño ante su sugerencia.

—No, señorita, prefiero esperarlo aquí, dígale que ya llegué, por favor.

Ella me regaló una sonrisa.

—No joven, ¿David? —dudó—, ¿David, es su nombre, cierto? —Asentí—No es lo que cree, su padre está en cama y lo está esperando.

Y fue en ese momento cuando me invadió la preocupación.

No es que no quisiera a mi padre, éramos muy distinto y yo lo dejaba ser, por eso cada quien tenía su mundo y su forma de vivir.

Me fui hacia su habitación y una vez allí, la que asumí que sí era una verdadera enfermera, nos dejó a solas.

—Ohhh, viniste, cuando me alegra verte —su voz era más ronca de lo normal. Baja, sin fuerzas.

—¿Qué te ha pasado?, ¿te han disparado?, ¿en qué te metiste? ¿cómo es que no me dijiste antes nada? —dije las preguntas e hice silencio de golpe, este tipo de preocupación era difícil de controlar. Una cosa era inquietarme por alguna mala conducta, eso siempre iba ligado con vergüenza y a veces hasta rabia, pero sentir angustia pura, era diferente.

—¿Quieres el cuento corto o el largo?

—No empieces, ¡que me digas carajo!, ¿qué te ha pasado?

—Cirrosis hepática, y me queda como un mes de vida.

—Me tienes que estar jodiendo —no les daba crédito a sus palabras.

—Pero si más bien pensé que te quitaría un peso de encima —sonrió y me dejó ver su sonrisa amplia. ¿Cómo es que alguien que solo tiene sesenta años se puede ver así? Su piel se veía más blanca que de costumbre y sus ojos castaños casi que sin vida.

No le respondí, asimilaba la situación. Estaba en shock.

—Con tu rostro fino, y ese cabello corto y enmarañado e intensos ojos marrones… anudado esa cara de preocupación podría jurar que veo a tu madre. Te pareces tanto a ella.

Cada vez que me comparaba con ella, era como un golpe duro en el estómago, él y sus sirvientes siempre me lo recordaban, una lástima que nunca pude disfrutar de ella.

¿Cómo sentirme bien si llevo la sombra de que fui el causante de su muerte? Murió dándome a luz, y es algo que mi padre nunca me perdonó y fue el causante de nuestra mala relación familiar… creo que él nunca se recuperó de esa pérdida y por eso no lo culpo de su vida de exceso y estupidez.

—¿De verdad te queda un mes de vida o solo estás exagerando? —viniendo de su parte debía estar seguro.

—Solo te exagero, me quedan unos cinco o seis meses, todo depende de qué tanto me cuide —sonrió y guiñó un ojo.

Hijo de puta, como es que alguien así pudo amasar tanta fortuna. Es que no tiene respeto ni por él mismo.

—Me hubieras llamado entonces dentro de cinco meses, y me habrías ahorrado meses de incomodidad —le respondí con sarcasmo y él empezó a reírse. Yo lo seguí.

—Te llamé en el momento preciso, ¿me quieres acompañar a mi casa en África? Solo te robaré unas semanas de tu vida, y te aseguro que no te joderé nunca más… me voy a morir, ya ves —y volvió a sonreír, era demasiado cínico— No me digas que no, es mi último deseo.

Y así me obliga a que le diga que sí —me quejé.

—Allá tienes tus negocios hasta donde sé, —pasé dos veces mis manos por mi rostro—, ¿llegó el momento de encargarme de todas tus licorerías y bares en la Ciudad del Cabo? —el solo preguntar me hacía revolver el estómago.

—He cometido muchos errores en mi vida, solo quiero compartir contigo y nada más. Yo no puedo encargarme de los negocios, es verdad, pero eso será el segundo motivo, el primero sería limar asperezas. 

Mentira, algo trama —entrecerré los ojos y me mantuve en silencio. Sabía que algo maquinaba, pero si le negaba esas semanas de convivencia muy capaz el remordimiento me atormentaría el resto de lo que me quedaba de vida.

Así que acepté, sin saber que mi vida jamás volvería a ser la misma.

Capítulo 3

Mi padre estaba bastante mal de salud, más de lo que él se imaginaba, así que hacer un viaje a Sudáfrica, a la hermosa Ciudad del Cabo, se nos complicó un poco, pero con todos los millones que estuvieron de por medio no fue un problema evadir el hecho de que se tenía que quedar en cama.

Era primera vez que estaba aquí, en esta ciudad, todos los negocios de papá siempre fueron un tema tabú, nunca hablábamos de eso; hubo un tiempo donde me respondió lo necesario, hasta que un día, no dijo nada más y se comportaba evasivo sobre el tema. Así que dejé de insistir.

Estar en esta ciudad, sin saber cuáles eran mis circunstancias reales me tenían ansioso, por no decir, preocupado.

El automóvil se detuvo frente a una casa que parecía tener máxima seguridad, asumí que el chofer se había perdido y no habíamos llegado al lugar.

—¿Nos perdimos? —le pregunté a mi papá, el chofer no hablaba español, mi padre me había indicado que las personas que trabajaban para él se valían de tecnología para comunicarse y que solo hablaban su idioma el zulú. Íbamos solos, su enfermera se quedó en Paraguay y hasta donde sabía aquí la esperaba otra.

—No, aquí es, esta es mi casa. Tú casa, a decir verdad, en cuanto me muera así lo será.

—Ya sé que te vas a morir, deja el drama papá —se empezó a reír, aunque ante el hecho hizo una mueca de dolor.

Estaba claro que el analgésico y el esfuerzo de tantas horas de vuelo le estaban pasando factura.

—Que falte todo menos el sarcasmo entre los dos —se burló. Mientras veía como se abría el gran portón para dejarnos pasar.

—Ujum —murmuré mientras intentaba analizar qué tipo de droga vendía mi papá como para tener este patrimonio.

La casa era de dos pisos, con grandes ventanales, con una escalera enfrente que daba a la puerta principal y de cada lado un hermoso jardín.

—No creo que vaya a ser bueno que subas tantas escaleras —ironicé con media sonrisa. En cuanto se detuvo el automóvil frente a la puerta principal.

—Entre el chofer y mi otro empleado me ayudarán a subir, guarda tu distancia con todos. No hablan español y no están acostumbrados a socializar. No quiero problemas, ni inconvenientes.

Y cuando sea el dueño de la casa, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Cambiar el personal con uno que sí hable español y quiera socializar con el dueño? Me tienen que conocer, es lo lógico. ¿Qué clase de norma es esa? —analicé incómodo y fastidiado por su sugerencia.

Salimos del automóvil y del interior de la casa salió un hombre alto, corpulento, de piel muy oscura y ojos verdes, sus rasgos eran gruesos, característicos de su raza. Para mi sorpresa me tendió la mano y me dijo:

—Hola, tú debes ser el hijo del señor Saba, yo soy Ismat —su voz fue muy amable, me sorprendió que supiera hablar español— Trabajo para tu padre desde hace veintiún años, cuando me alegra conocerlo.

Sería muy difícil adivinar su edad, porque se veía que era alguien que cuidaba su físico, pero debía ser menor que mi padre por una veintena, no creo que papá lo pusiera a trabajar desde los quince o diez años.

—Menos charla y más trabajo. Llévame hacia mi cuarto y luego me envías un tereré, ya siento calor, necesito descansar —se quejó mi padre, y me pareció un acto de mala educación de su parte, para mi sorpresa el gran hombre se asustó y bajó su cabeza diciendo:

—Lo siento señor —y no volvió a mirarme a la cara en todo el trayecto hacia la casa. 

En todo el tiempo que viví con mi padre nunca vi que se dirigiera a alguien sin decir por favor y gracias. Y ese miedo de Ismat en los ojos no me dio buena espina.

—¿Qué eres, un matón o qué? —le pregunté en cuanto Ismat salió de la habitación de mi padre. Yo los seguí porque necesitaba encararlo. Todo a mi alrededor era demasiado ostentoso más de lo que hubiera esperado.

—No asesino gente si es lo que quieres saber, de momento, no salgas de casa si no es con el chofer, al menos de que sí quieras morir —y se empezó a reír, pero empezó a toser de inmediato—, no socialices y deja de preguntar, ya sabrás todo en su debido momento. Hazte a respetar de los sirvientes, es lo que son; yo descansaré. Necesito descansar.

Siempre me frustró ese comportamiento. Sabía que no ganaría nada con su actitud, así que salí de la habitación. Cuando iba caminando por el pasillo, vi que venía hacia mí una mujer vestida de enfermera, la saludé, pero bajó su cabeza y solo asintió.

 Supongo que me debo acostumbrar de que me traten igual o peor que a mi padre. Asumo que lo odian —pensé molesto. Bajando por las escaleras para buscar mi maleta. La había dejado al lado de un gran mueble elegante de madera pulida, pero ya no estaba.

—Oh, maravilloso, ¿y mis cosas? —susurré.

Y respondieron detrás de mí algo incomprensible:

Indoda emhlophe eyisiphukuphuku —y no me pareció que usara un buen tono.

—¿Disculpa, hablas español? —frente a mí estaba una mujer, no podía negarlo parecía una bella escultura de piel muy oscura, su cabello negro, largo, suelto hasta la cintura con lo que me pareció cientos de finas trenzas. Vestida con lo que se asemejaba a una larga túnica larga de colores, pero pegada a su cuerpo, me miraba con mala cara y volvió a decir:

Indoda emhlophe eyisiphukuphuku.

No le entendí, pero ¿para qué entenderle? Si estaba absorto del intenso color marrón de sus ojos. Y pareció notar que me quedé como idiota observándola porque me regaló una perfecta sonrisa y volvió a decirme:

Indoda emhlophe eyisiphukuphuku —había cambiado su tono a uno más gracioso o burlón, pero sí, eran las mismas palabras.

No habla español. ¿Cómo hago para que me entienda?

—Oye, ¿conoces a Ismat? —y le hice como mímica enfatizando en que era grande y corpulento— ¿Ismat? ¿Me puedes llamar o buscar a Ismat? —insistí.

—¿Ismat? —pareció comprender. Porque me asintió dos veces— ¡Ismat! —dijo y me tomó del brazo y me llevó hacia la cocina. Para darme cuenta de que ahí estaba Ismat, comiendo, en la mesa elegante que estaba en el espectacular lugar.

La bella mujer dijo varias cosas, pero solo le volví a entender cuando mencionó lo que ya me había repetido varias veces: “indoda emhlophe eyisiphukuphuku” y ahí Ismat, le dio un golpe a la mesa y siguieron hablando en idioma Zulú porque yo seguía sin entender, aunque intuí que la regañaba, pero al mismo tiempo las otras dos mujeres mayores que estaban cocinando se empezaron a reír.

Por el lenguaje corporal noté que Ismat, pareció darle la orden a la bella escultura de mujer que tenía frente a mí que se fuera de allí. Porque ella se fue con rostro muy molesto.

Hey no te vayas —pensé— Es que es demasiado hermosa.

—¿Pasó algo? —pregunté sentándome al lado de Ismat y el escandalizado me dijo:

—Señor, siéntese en su lugar, en la mesa del comedor, aquí comemos nosotros, ¿por qué se comporta así?

Le fruncí el ceño y le contesté:

—Deja la estupidez, tengo hambre, yo no soy como mi padre. Me siento donde quiera, no donde deba, ¿ellas hablan español?

El gran hombre sonrió y negó con la cabeza.

—Bueno, por favor, diles que me alimenten con lo que tengan preparado, tengo hambre y deseo descansar. Vas a tener que enseñarme a hablar Zulú, porque no puedo seguir así, por cierto qué significa eso que me dijo aquella mujer… dijo algo como: indoda emhlophe no sé qué —las mujeres se volvieron a reír.

Ismat pareció querer salir corriendo de allí. Porque puso los ojos como platos.

—No querrá saberlo señor David. Se molestará y si su padre se entera, no nos irá bien.

—Vamos insisto, dime, ¿qué significa?, despreocúpate tienes mi palabra que no le diré a mi padre.

—Significa: Estúpido hombre blanco.

No pude evitar reírme y me siguieron los demás, pero ellos de una forma más modesta.

—Como que le caigo mal, ¿no?

—Delu, es así, no se lo tome a personal. Siempre ha odiado las pocas visitas de su padre, lo que pasa es que aun ella no sabe que eres el hijo del señor Saba.

—Mmmm, comprendo. ¿Ella se llama Delu? —notó mi insistencia con ella y pareció incomodarse un poco.

Así será la clase de tipos con la que se las pasa el honorable Juan Saba —pensé

—Sí, así se llama, Delu, y si no quiere tener problemas con su padre, no la mire, no toque, y no se le acerque.

Mmm… que mierda, debe ser la mujer de mi padre. Que fastidio, como siempre él jodiendo por donde pasa —pensé algo molesto.

—Comprendo. No me le acercaré —respondí, y comencé a comer porque ya una de las señoras mayores que no se había ni molestado en sonreír o mirarme a la cara, me había acercado un plato lleno de comida, menos mal que no era vegetariano. Aunque todo estaba demasiado rico.

Acerqué el plato hacia el lavaplatos y la señora me miró con asombro. Al parecer estaban acostumbrado a gente maleducada y patán, según veía.

—Ismat, por favor, me indicas cual será mi habitación. Necesito descansar.

Se levantó de inmediato y me dijo:

—Sí, señor —lo notaba un poco más relajado.

—Asumo que mi maleta ya está allí, ¿verdad?

—Sí… —él dijo otra cosa, pero yo no lo escuché porque volví a quedar idiotizado con Delu, que estaba acostada sobre un gran sillón leyendo un libro y para mi asombro el libro estaba en español.

Ahhh, no hizo más que tomarme el pelo y decirme “Estúpido hombre blanco” Me encanta, es una lástima que sea la mujer de mi padre —me quejé.

—¿Solo tú hablas español aquí? —le pregunté a Ismat en cuanto entré a mi habitación.

El hombre hizo silencio unos segundos luego dijo:

—Delu, me insistió hace años que le enseñara, y lo hice, solo nosotros dos sabemos, por favor, no le diga a su padre. No quiero meterme en problemas por desobedecer.

¿Tanto miedo le tienen a un viejo moribundo?       

—¿De qué trabaja mi padre? —la pregunta salió sin pensarla.

Pero para mi asombro, Ismat salió de mi habitación sin decirme nada; y esa fue la última vez que lo vi tanto a él, como a Delu en varios días.

Capítulo 4

Pasaron aproximadamente cuatro días y la salud de mi padre solo empeoró, estaba siempre sedado y se veía realmente mal.

En la casa no había acceso a Internet, solo tenía televisión satelital, y el teléfono no funcionaba lo que significaba el no poder tener ningún tipo de contacto con alguien ajeno a la casa.

Me sentía como encarcelado, al chofer nunca más lo vi, y ni hablar de Delu o Ismat, solo veía a las dos cocineras y no me entendías ni una sola palabra de lo que les hablaba. Y me daban la comida que ellas querían, jamás entendían mis peticiones. 

Al sexto día, de mantenerme en la misma situación Ismat tocó mi puerta diciéndome:

—¿Cómo está? ¿Necesita algo? —abrí la puerta y con tono de queja le pregunté:

—¿Dónde estabas? ¿por qué no te he visto más por aquí?

—He estado trabajando, cuidando el negocio de su padre. Y lo siento, no tengo permiso de informarle de nada hasta que él le comunique todo. No insista por favor.

—Tranquilo, sé cuándo no tengo que insistir, mi padre casi me condecora por ignorarlo. Y no, no necesito nada, solo quiera poder estar menos solo. Saca a las mujeres de la cocina, me pondré a cocinar —miré el reloj—, la cena.

—No creo que eso sea posible, no lo tiene permitido.

Ante su negativa y mi creciente mal humor le respondí:

—No te estoy pidiendo permiso, es una orden.

—Está bien señor. Y así fue, en cuanto me dejó en la cocina le pedí que volviera dentro de cuatro horas. Deseaba estar por completo solo, haciendo una de las cosas que más me gustaba hacer, cocinar.

Cuando ya tenía alrededor de dos horas cocinando. Escuché que alguien empezó toser a mis espaldas.

Me di la vuelta y era Delu, que estaba tosiendo sin control, observé la escena y noté que se había ahogado bebiendo agua, asumía que se había asombrado al verme cocinando.  

Sin pensarlo me acerqué para ayudarla.

—¿Estás bien? Tranquilízate, respira un poco. —Y me hizo caso, luego se sentó en la silla más cercana y comenzó a hablar en Zulú.

Sonreí y le dije:

—No es necesario que finjas que no hablas español, ya sé que me comprendes, —puso os ojos como platos—, ajá, listo, te he agarrado la mentira. Dime, ¿te sientes bien?

Asintió con recelo, parecía no tenerme confianza. Muy intimidada. Como esos cachoritos que han sido siempre maltratados y uno quiere tocar, y no se dejan, bueno así.

—Delu, no te haré daño. Soy el hijo de Juan Saba —amplió mucho más sus ojos— No te haré daño te lo juro, no debes preocuparte.

—No sabías que eras su hijo.

—Y yo no sabía que eras su mujer, pero listo, no pasa nada.

—Yo-yo no-no soy la mujer de nadie, no tengo marido, ni novio —me corrigió, pero su español no era muy fluido.

Esta es la primera buena noticia en días —me alegré.

—¿Mi padre no tiene aquí más mujeres o hijos? —pregunté lleno de curiosidad, ya que nadie me decía nada.

—No, nunca, solo el señor Davíd Saba… So-solo tú —y sonrió. Ella miró hacia lo que hacía y se exaltó— ¡Se quema la comida!

—¡Mierda! —corrí a retirar la comida del sartén y sí, el brocolí que salteaba en el sartén estaba destilando humo. Y ya el conejo en salsa comenzaba a pegarse por el exceso de llama.

Como pudimos, evitamos que el resto de la comida quedara incomible y ella me ayudó a preparar una ensalada a medida que le decía que ingredientes utilizar.

Era demasiado hermosa y delicada, con una picardía tan atrayente que no me di cuenta cuando Ismat entró a la cocina y con voz autoritaria habló en el idioma Zulú, y acto seguido, Delú salió corriendo con lágrimas en sus ojos.

—¿Hey, ¿qué ocurre? ¿Qué ha sido todo eso? Ella solo me ayudaba a cocinar… ¿cómo es que la tratas así?

—Las órdenes del señor Saba, siempre ha sido que ningún hombre la mire, la toque o se le acerque. Y ella lo sabe. Si vuelve a desobedecer, le tendré que decir a su padre.

Era imposible no encolerizarme con la situación.

—Yo no soy cualquier hombre, soy su hijo, y me parece inaudito que trates a una mujer, hecha y derecha como ella como una niña. Delu, puede decidir qué hacer y que no.

—En esta casa nadie decide, solo su padre.

—Que se joda Juan Saba, ¡y a la mierda lo que me acabas de decir! —salí molesto de allí hacía la habitación de mi padre. Lo iba a despertar de ser posible, pero me iba a decir qué pasaba aquí. A mí nadie me iba limitar a vivir, y si así era la situación en esa casa me largaría de allí hoy mismo.

Estaba tan molesto, que caminé por el lugar como si conociera a la perfección hacia donde iba, pero para cuando me detuve, estaba por un lado de la gran casa que no había explorado. Lo que me trajo a la realidad fueron los sollozos que comencé a escuchar detrás de una puerta.

Es Delu —me dije a mi mismo, y sin pensarlo abrí la puerta. Sí, era ella, estaba sentada sobre el suelo, llorando con sus manos y rostro sobre la cama. Sentí demasiadas ganas de acercarme para consolarla. Y eso hice.

En cuanto sintió que toqué su hombro, solo alzó su cabeza y me miró, para luego seguir llorando con aun más desconsuelo. No sabía qué hacer en este tipo de situaciones, así que me senté a su lado y la abracé. Ella no ejerció resistencia, pareció no molestarme mi atrevimiento.

Así nos quedamos, no sé por cuanto tiempo, hasta que se quedó dormida.

Algo era muy seguro para mí, ella era una mujer muy triste y solitaria.

Sin moverla demasiado la alcé y acosté sobre la cama, no fui lo suficientemente cuidadoso, porque ella entre abrió un poco los ojos y me haló hacia su cuerpo de nuevo.

Ya sabía de memoria su perfume, pero ya me había separado de ella y cuando ejerció esa fuerza, y me acercó hacia su cuerpo me embriagó de nuevo con todo eso que implicaba su ser.

—No le digas a nadie —me susurró. Y sin más me besó.

Si ambos hubiéramos querido, esa noche la habría hecho mía, infinitas veces, pero había muchas cosas de las que necesitaba tener respuestas, y no quería acelerar la situación, aún más despues escuchar esas palabras que me retumbaron una y otra vez en mi cabeza…

No le digas a nadie.

Le comí los labios hasta el cansancio, a penas y pude separarme de ella, pero el momento llegó cuando sonriendo me dijo:

—Espero verte pronto.

Y no debía abusar de la confianza y de lo que había pasado entre nosotros. Así que me alejé y me fui hacia mi habitación, en ese momento no tenía cabeza para poder hablar con nadie. Solo quería una cosa que en ese momento no podía tener, así que me tocaba darme una ducha bien fría. 

Capítulo 5

Debió pasar una semana más para darme cuenta de que en esa casa cada quien parecía estar en su espacio y no conversaban mucho entre sí. Solo las dos mujeres mayores que trabajaban en la cocina parecían tener cierta confianza, pero Ismat solo comía y se iba, la enfermera casi ni la veía fuera de la habitación de mi padre; y Delu… Ella estaba ausente. 

Tenía muchos días sin verla y estaba comenzando a desesperarme la situación. Deseaba contemplarla, hablarle, pero desapareció por completo después de que intimamos un poco esa noche.

¿Y si voy a su habitación de nuevo? ¿Se molestará? ¿Será que no le gustó lo que pasó entre nosotros? ¿Qué se supone que deba hacer?

No se me ocurrió otra cosa que prepararle un postre de chocolate y para evitar problemas o que la volvieran a regañar, intenté no ser visto mientras caminaba hacia su habitación.

Es insólito que deba esconderme como un crío en la que se supone es mi propia casa —y todo porque el amo y señor tiene prácticamente un coma inducido porque no soporta el dolor de su enfermedad.

Me trajo aquí y que para compartir conmigo y lo que estoy es en una lujosa cárceltampoco tengo Internet, voy a volverme loco en esta mierda.

Toqué la puerta y nadie me abrió.

¿Se fue? ¿Acaso ya no está en la casa?

—Delu —volví a tocar— Soy yo, David —toqué de nuevo de la forma más prudente que pude. Pero nadie me respondió. —Delu, perdóname si te incomodé hace días, solo quiero saber que estás bien.

Fui ahí cuando escuché:

—No, no has hecho nada —contesto con voz dudosa— No me incomodaste, es solo que no puedo abrir la puerta he sido castigada por el señor Saba, no sé cuándo podré salir de aquí, —casi rompo con mis manos el pequeño plato que sostenía el postre, sentí como se me calentó el cuerpo a medida que decía las palabras—, yo quiero verte, pero no me dejan. Lo siento.

—¿Y cómo es que mi padre te ha encerrado si ese no puede con su alma? A penas y ha estado consciente en estos días de lo mal que está de salud.

—No, no-no lo sé —sentí que no quería seguir hablando.

—¿Sabes dónde guardan las llaves? Tengo que sacarte de aquí. ¿Has comido? ¿te han alimentado?

—Sí, solo Ismat me trae la comida. Nadie más llega aquí.

Siento que empiezo a odiar a ese infeliz.

—¿Sabes dónde están las llaves para abrir las habitaciones o al menos poder ingresar a la tuya?

—Hay copias en la cocina. En un jarrón que está cerca del microondas, ahí están guardadas.

—Iré por ellas, ya vengo. —salí directo hacia allá. Tenía el corazón a mil por horas, no sabía si por la euforia de estar comportándome a mis treinta y un años como un joven de quince, o por la molestia que sentía de que en esta casa se vieran tantas injusticias y acciones irracionales.

¿Desde cuándo es normal encerrar a una mujer por días en un cuarto? —me pregunté mientras conseguía las llaves y las metía en mi bolsillo.

Cuando me di vuelta, la enfermera de mi padre estaba allí, frente a mí.

—Buenas noches joven.

—Hola —alcancé a decir, esperaba que no hubiera notado lo que metí en mi boldillo.

—Su padre desde ayer ya está un poco mejor, pero ya sabe su condición.

—¿Alcanzó hablar con Ismat en estos días? —necesitaba saber quién había encerrado a Delu en ese cuarto.

—No, nadie ha ingresado a la habitación más que usted. Yo solo bajo a buscar comida y subo de inmediato, solo me lo permito cuando está recién sedado. Así que no se preocupe. Ya mismo subo a atenderlo.

No insistí, eso era más que suficiente para mí. Aunque sus palabras me desconcertaban, yo no le estaba pidiendo explicaciones, ese exceso de miedo y autoridad en esta casa era muy perceptible.

Tomé una manzana y me senté a comérmela para esperar a que la enfermera se fuera de allí, y sí, no se tardó ni cinco minutos buscando su comida, tanto que tenía un pequeño bolso donde metió frutas y galletas, como si tuviera planeado no salir de la habitación en un buen tiempo.

Esto es extraño, muy extraño —pensé mirando hacia los lados para ver si era observado. Estaba solo, así que de inmediato caminé hacia la habitación de Delu.

Cuando abrí la puerta la vi acostada leyendo un libro. En cuanto me vio, dejó el libro sobre la cama y saltó hacia mí para poder abrazarme y darme un corto beso.

—Pensé que no te vería de nuevo, pensé que ya te habías ido de esta casa.

—Esto no es una casa es una cárcel —murmuré intentando controlar mi mal humor—, ten te traje un postre que hice, es de chocolate— ella lo tomó y comenzó a comerlo. —¿Desde cuándo no comes?

—Desde esta mañana, Ismat me trae la comida antes de irse de aquí.

—Ese hijo de puta te encerró porque quiso, no fue mi padre quien lo mandó —le dije mientras acariciaba su suave mejilla.

—Es indiferente, ellos dos piensan igual, son idénticos —afirmó probando otra cucharada del postre.

—¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? Se me ha dicho que nadie se puede acercar a ti, no comprendo, ¿por qué toman esa actitud hacia ti? Las mujeres que cocinan son más libres que tú.

—Nadie es libre, somos esclavos.

Mencionó las palabras y le mundo me dio vueltas. No sabía ni que decir, estaba asqueado por todo esto.

Con razón no socializaban, había tanto respeto y tampoco tenían Internet. Nadie salía una vez entraban. Es que, ¿cómo no me pude dar cuenta? El mejor ejemplo, eran mis días de estadía aquí.

—¿Esclavos? ¿Tú eres su esclava? —no daba crédito a mis palabras. 

—Sí, esto es África, siempre pasa, ¿qué-qué es lo que te-te extraña? —no fue sarcasmo, pude sentir la repulsión en sus palabras.

—No creo que eso lo permita mi papá. Él es estúpido, pero no es una mala persona para permitirse tener esclavos, cuando puede pagar miles de sirvientes si así lo quisiera.

Ella solo bajó y subió los hombros, luego me entregó el plato.

—Muy rico, ¿me traerás mañana? —sonrió y yo me derretí ante su mirada. Pero me congelé, no me sentía digno ni siquiera de volver a tocarla. Yo era el hijo del hombre que la privó de su libertad.

—Sí-sí, sí, te traeré —ante mi respuesta me tomó de la mano y me dijo:

—Tú no eres como tu padre, eres distinto. Me gustas.

Y a mí me gustaba entera, pero yo no podía seguir en esa habitación, en esa casa, en ese país. Todo era una maldita desgracia… ¿cómo se podía tener esclavos en pleno siglo veintiuno? ¿Cómo un humano podía privar a la gente de lo más valioso que tenían un ser vivo que era su libertad? Se tiene que ser muy podrido de alma como para caer en ese tipo de actividades.

Es que, si no se muere el muy maldito, yo mismo le daré una sobredosis de analgésico, no, mejor, yo mismo evitaré que le den analgésicos para que sienta mucho dolor —pensé, iracundo. Ahora sí detestaba a mi padre, esta era la gota que había derramado el vaso de agua.

Como se dio cuenta que no diría nada, ya que estaba inmerso en mis pensamientos, me preguntó:

—¿Vendrás mañana? —y me abrazó.

—Sí, mañana nos veremos —le correspondí el abrazo, luego lr di un beso en la frente y salí de allí.

Capítulo 6

Se me caía la cara de vergüenza. Y al mismo tiempo estaba demasiado molesto.

Caminé hacia la habitación de mi padre y como era de esperar estaba dormido, se vía peor que antes.

—¿Cuándo se despertará ese infeliz? —pregunté con mala cara observando como dormía. Su color de piel era diferente, más amarilla. 

—Lo siento señor David, su padre tiene mucho dolor, su fase terminal no está siendo muy agradable con él, ni con todos los cuidados que tenemos aquí —señaló un montón de aparatos y medicinas—, podemos evitarle el sufrimiento, casi no tolera estar despierto.

—Supongo que con todo lo que ha hecho en la vida, se lo merece —la mujer miró hacia el suelo, sabía que nada más diría—. Te voy a dar una orden y espero que me hagas caso porque si me entero de lo contrario, me conocerás molesto, necesito que deje despierto a mi padre la próxima vez que se despierte y que me busques, porque necesito hablar con él.

—Haré lo posible —contestó entre dientes.

—¿Acaso no me expliqué? Dije que era una orden —ser déspota era algo que sabía hacer, siempre vi esa actitud de mi padre. Podía imitarlo a la perfección.

—Prefiero un regaño de su parte que del señor Saba —claro, era de esperarse. En ese momento me dio curiosidad por saber algo…

—¿Cómo es que hablas tan bien español?

—Soy la enfermera particular de su padre, él me pagó un curso en México y por eso pude aprender, le debo mucho a su papá. Cada vez que el viene a esta casa, yo también debo hacerlo es nuestra rutina. Pero por favor, no tengo permitido conversar con los que viven en este lugar, espero me pueda comprender. Es por mantener la seguridad.

Ah, es que a las blancas sí las deja salir, y a las otra las esclaviza… Bien ya me queda más clara la situación —estaba demasiado indignado.

Salí de ahí, no sin antes cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria detrás de mí. Me fui a mi cuarto y me di un baño. Si todo salía bien, mañana mismo podré saber qué es lo que pasa en este lugar.

Pasaron cinco días, y muy a pesar que iba hasta tres veces al cuarto de mi padre a verlo, siempre estaba dormido, comenzaba a ponerse muy hinchado y su color estaba aún más amarillo. Sabía que le quedaba poco. Y no quería que se muriera sin que me diera una explicación.

Los días se me pasaban muy lentos, y en las noches me iba al cuarto de Delu, y pasábamos horas leyendo, comiendo, mirándonos en silencio, aproveché y le enseñé más español; me encantaba su compañía. Y estaba seguro que el sentimiento era mutuo.

Pero cada vez que le preguntada el cómo conoció a mi papá. Se quedaba en silencio y no decía nada. Una vez insistí tanto que solo me respondió con voz baja y avergonzada:

—Ismar, me hizo jurar que no te dijera nada, no sin que antes tú hablarás con tu papá. De hecho, no debí decirte lo que te dije aquella vez, eso era un secreto y los secretos se deben guardar y respetar. 

Me confundía el sentimiento de lealtad que ella le tenía, pero asumía que sufría del síndrome de estocolmo así que no iba a luchar contra eso. Además, su nivel de inocencia era tal, que estaba seguro que nunca se había acostado con nadie.

Mi padre la cuidaba como un lobo de los demás, ¿cuál era el motivo?

Aquí estaba, acostado, a su lado, viéndola dormir. Ya era hora de irme. Sino me quedaría dormido y me toparía con Ismat por la mañana.

Me levanté con cuidado y cuando di tres pasos hacia la puerta, esta se abrió. Y me topé con Ismat que me miraba asombrado, olía a alcohol y en cuanto me vio se puso histérico a gritar.

—¡Tú niño mimado de mierda! ¿Qué haces aquí? —me empujó y ejerció tanta fuerza que caí de culo sobre el suelo. Me levanté con rapidez mientras él seguía gritando— ¡Quítate, llegó la hora de reclamar lo que es mío! Sal de aquí estúpido blanco.

Y se abalanzó sobre ella con mucho ímpetu, como si fuera su derecho.

Delu comenzó a forcejear con él aún más histérica, desesperada, mientras que él intentaba abrir sus piernas.

—Maldito infeliz, que la dejes en paz —le grité mientras lo golpeé en la cabeza con una lampara, pero eso de saber defenderme no era algo en lo que era habido. El golpe no fue lo suficientemente fuerte. Él de un manotazo me golpeó la cara y del dolor cerré los ojos por unos segundos.

Estaba aturdido entre los gritos de ella y mi dolor. Enfoqué la mirada para poder concentrarme y tener algo con qué golpearlo, y vi que en su cinturón tenía una pistola. Por un segundo me frené, estaba claro que sacarla nos pondría en peligro a todos, pero en cuanto vi que la besaba; y afincaba su cuerpo con fuerza hacia Delu, la rabia me cegó.

Le quité el arma y le disparé sin pensarlo.

Mi vida dio un giro inesperado después de esa noche.

Capítulo 7

Dos días después de todo el incidente, mi padre abrió los ojos delante de mí.

Ismat estaba en una habitación encerrado, con una venda que le atravesaba el muslo de su pierna derecha y estaba esposado a la cama. Se salvó de que no lo matara porque apunté demasiado mal y porque la enfermera en cuanto escuchó los gritos se acercó hacia donde nosotros estábamos y actuó a tiempo con la herida de bala del idiota.

No me había molestado en conversar con él, no lo quería ver jamás. Desde entonces, Delu estaba conmigo en mi habitación, no se quería separar de mí, claramente en el pasado ya había pasado por eso.

Yo lo intuía, no tenía la certeza, no sabía si antes había sido abusada, porque no me dijo nada; desde el incidente se limitaba solo a dormir y se mantenía en silencio y nada más.

Parecía que la joven curiosa e inteligente que conocí se hubiera esfumado. Y eso me dolía el triple, toda esta situación de mierda me tenía al borde.

—Hola hijo, ¿por qué esa mala cara? —la pregunta me ofendió.

—Te estás muriendo y sigues de hijo de puta.

—Oh, más respeto soy tu padre, ¿se te olvida eso? Guárdate los insultos para cuando no esté —eso último lo dijo tomando una bocana de aire de forma audible, le costaba hablar.

—¿Cómo quieres que te respete si…? —me detuve, la enfermera seguía en la habitación, así que la miré y le dije— Hazme el favor de dejarnos a solas.

Ella asintió y se fue.

—Esa educación es de… —lo interrumpí.

—Sí, ya sé que esa educación es de mi madre, es que no me queda duda que todo sea de ella, porque tú eres una gran mierda de persona —sentía como se me empezaba a calentar la sangre—, ¿Cómo es que tienes tanto dinero? ¿Traficas armas o qué mierda? Además, tus sirvientes los tienes como esclavos —¡Esclavos papá, ex-cla-vooosss— a esta altura toda la casa debería de estar escuchando mis gritos, es que no tenía control estaba al borde! —Además tienes a un potencial maldito violador en la casa, ese Ismat, hace unos días entró a la habitación de Delu e intentó abusar de ella estando borracho… ahí, frente a mí, como si nada más le importara en la vida.

—Ese maldito se va a morir —susurró mi padre. Y eso me congeló en seco, una cosa era que yo pensar que era un asesino o algo parecido, pero darme cuenta de que sí lo era me impresionaba.

—Entonces asesinas así sin más… ¿No te importa nada? La ley, los problemas que pueden causarme, ya tú no importas, morirás, pero ¿yo? Alguna vez pensaste en mí.

—Siempre, por eso nunca te dije nada.

—Ni una mierda papá, ¿estos son los negocios que me vas a heredar? ¿Así es como me arruinas la vida? Dándome una responsabilidad que no quiero de un negocio que aun hoy ni tengo la certeza de saber que es, y me das tres esclavas y un potencial violador. Esto es el colmo.

—No soy ningún asesino, solo tráfico cuernos de rinoceronte y cualquier cosa que se le parezca, y se lo vendemos a los chinos o Islámicos, ellos lo usan como medicina afrodisiaca, remedio para la fiebre, y dolores cardiovasculares. —Me tuve que sentar porque no había forma de que me mantuviera en pie— Sé que no es algo de lo que te sientas orgulloso, pero vendí mi parte del negocio y tú solo debes cobrar el dinero y jamás saber de nada de lo que aquí ocurrió. Irte a Paraguay y seguir con tu vida normal. Solo deseaba dejarte una buena cantidad de dinero para los nietos.

—¿Y también las esclavas? Ya sabes… no es sufriente estar podrido de dinero manchado de sangre animal; también se debe tener los cojones de no pagarle a las mujeres solo para seguir una cultura de mierda que permite infringir al derecho de ser libre solo por dinero… o ya va… ya va… También, ¿tenemos que incentivar los complejos de superioridad internos siendo abusivos con quien no se puede defender?

—¿De qué esclavas me hablas? —su ceño estaba por completo fruncido.

—Las cocineras y Delu, esas esclavas. Asumo que la enfermera por ser blanca no puede ser tu esclava —ironicé viéndolo con molestia contenida.

—No sé qué dices. Sea lo que sea que te dijeron no es cierto. Delu, yo mismo la rescaté de ser abusada por un enfermo. Hace veinte años fui a cerrar el trato con un socio en su propia casa, y el muy maldito —tosió dos veces y se llevó la mano hacia su estómago, estaba demasiado inflamado—, había comprado a dos niñas de nueve años para violarlas; y luego solo Dios sabría lo que habría hecho con ellas… no dudé en ningún momento de mi decisión, tenía que hacerme pasar como un pedófilo e insistirle en gastar todo mi dinero para que me diera las niñas… él no accedió, cerramos el trato y solo pude traerme conmigo a una de ellas y esa fue Delu. Cada vez que recuerdo ese momento, me duele no haber tenido la capacidad, el carácter y poder de convencimiento que tengo en estos momentos.

Para entonces estaba mirándolo asombrado de lo que me decía. Papá comenzó a toser de nuevo y se movía algo incómodo en la cama.

—Ella creció aquí, Ismat, ya era mi socio y me apoyó por un tiempo. Ese mes que pasé aquí fue horrible, yo intentaba ingresar al negocio del contrabando de diamantes, pero esa vida que llevan es horripilante. Dos semanas después de quedarme con Delu, me enteré de que, a las esclavas, mujeres mayores que enfermaban e interrumpían las labores de trabajo diarias en las minas clandestinas, eran asesinadas como perros… me enteré en el preciso momento en que iban a eliminar a seis, esa vez pude pagar solo por dos.

—¿Cómo es eso posible?

—Lo es, pero deja que termine de limpiar un poco mi nombre frente a ti, deja que el dolor que siento en estos momentos valga la pena… —moví mi mano para que continuara—. Ellas eran jóvenes aun, elegí a las menos viejas para que pudieran cuidar de Delu, porque estaba en banca rota después de pagar cientos de miles por sus vidas, ellas no valían nada, solo exigieron esa cantidad para ver si tenía mucho dinero para poder ingresar al negocio, al final, nunca entré, tampoco es que después de ver todo lo que vi me quedaran ganas de ingresar, pero al menos en el proceso no me asesinaron y salvé vidas.

—No voy a negar que hiciste algo bueno entre tanta mierda, pero como es que son esclavas. Además, jodiste a miles de animales… ¿no te da asco ser así?

—Una vez que te acostumbras, no, cada quien debe hacer lo que le toca hacer. Al menos yo cuidé de mucha gente en el proceso y ayudé a surgir a otros más. La enfermera es un ejemplo… pensé que Ismat era diferente, pero veo que no.

—Yo le disparé con su arma —contesté en tono orgulloso.

—¿En la cabeza? —sonrió.

—No, en la pierna.

—Ese es mi hijo, usted nunca podrá ser un asesino.

—¿Por qué son esclavas? —insistí.

—Ismat me informó que Delu estaba por graduarse de la universidad. Y mis excelentes cocineras tienen sus propias casas y ellas vienen solo cuando yo vengo hasta acá, unas seis o cinco veces al año, ese fue el trato por salvarlas y por cuidar de Delu… les dejé dicho todo con Ismat. Yo no quiero socializar mucho con nadie, si me encariño todo sale mal, desde que perdí a tu madre nunca pude permitirme sentimientos con nadie más.

—Eso me quedó muy claro —respondí con ironía, eso sí me lo heredaste.

 —No sé quién te dijo que ellas son esclavas, ellas pueden entrar y salir cuando quisieran, como el chofer, como la enfermera… No sé, al fin y al cabo, yo no me entero de nada, poco hablamos, no es necesario que se enteren de lo que hago, pues sus vidas pueden correr peligro. Ya que siempre existió la posibilidad de que Ismat no se cuidara o se metiera en problemas y atrajera hacia aquí gente mal intencionada; aunque el negocio de los cuernos es un poco tranquilo. No es como otros tipos de contrabando.

—Ismat te engañó, esas mujeres no salen de aquí, sé lo que te digo, Delu me contó.

—¿Veinte años Delu encerrada aquí? No lo creo —su asombro era palpable.

—Sí, es así, esa joven no ha socializado con nadie, es ingenua y fue convencida de que todos los hombres son malos, incluyéndome, la primera vez que me vio solo me decía: Blanco estúpido.

Mi padre sonrió.

—Ismat es un bastardo que merece morir, si hizo esto a mis espaldas estoy seguro que hizo un sin fin de otras cosas. Me habrá robado y jodido negocios a su favor, no lo dudo. ¿dónde está? —intentó levantarse.

—Está esposado en su cuarto según sé. —ok, con eso es suficiente.

—¿Suficiente para qué?

—Yo me entiendo, ese no es tu problema —me contestó con autoridad.

Y ahí está su actitud de: “No te diré nada más”.

—¿Quieres saber algo más antes de que me muera? —preguntó en tono melodramático.

—¿Mamá sabía de esto? De tus negocios ilícitos.

—No, nunca lo supo, no estuvo lo suficiente conmigo para enterarse, ya sabes esa historia.

—Sí —y miré hacia el suelo. Me quedé ahí en silencio.

—¿Te gusta Delu? —y una sonrisa pícara se plasmó en el rostro de mi padre.

—Supongo que no es tu problema.

—Esa es la confirmación que necesitaba, total, le disparaste a alguien sin pensarlo dos veces. Te debe de gustar demasiado.

—No soy tan visceral como tú, eso lo habría hecho por cualquier mujer indefensa.

—Sí, lo sé, eres un buen hombre… Entonces, ¿cómo me explicas que ibas a la habitación de ella todas las noches?

Mierda, eso no lo vi venir.

—¿Cómo sabes eso? —pregunté y luego me arrepentí. Eso había sido un juego de palabras.

—No lo sabía, pero para que estuvieras en el momento exacto en que Ismat intentó violarla dentro de su habitación, acoto, palabras tuyas de hace un momento, es porque estabas allí con ella. Solo debes ser más deductivo al escuchar a la gente.

Infeliz, no se les escapa nada.

—Creo que estoy enamorado, a decir verdad, pero soy prácticamente hijo del casi causante de su desgracia, ¿cómo se supone que pueda olvidar eso y seguir adelante con mis sentimientos?

—Tú no eres el culpable de nada. Solo sigue tus sentimientos, lo peor que puede pasar es que muera… y mirala, está vida —sonrió. El siempre con su sarcasmo. Aunque tenía razón.

—No lo sé, necesito pensar son demasiadas cosas, ¿algo más que me tengas que decir? —pregunté deseando que no hubiese más sorpresas.

—La enfermera te va a indicar cuando puedas retirar el dinero de esta cuenta —me señaló el cajón de su mesita de noche y yo saqué un sobre cerrado —Ahí están los datos. Usa ese dinero para hacer algo mejor de lo que yo hice, y sigue siendo el hombre que jamás críe, te hice un favor, aunque no lo creas.

—Ujum —murmuré.

—Dame un abrazo, por favor. —y eso hice, me acerqué y lo abracé, me di cuenta de que tenía fiebre.

—Creo que es hora de que venga la enfermera —musite. Entonces me dijo:

—Unas ordenes más y me voy. No te preocupes, en cuanto me vaya podrás salir de esta casa, ya eso está preparado.

—¿Por qué me dejaste aquí encerrado? —tenía que preguntárselo.

—Delu, necesitó siempre un hombre de buenos sentimientos, siempre que la vi estaba sola y asumí que si me venía a visitar cada vez que venía era porque le importaba, gran error, nunca supe que estaba encerrada en mi propia casa, pero las veces que la observé siempre me llegabas a la mente… solo intuí que se gustarían, por eso te traje aquí, para ver si entre tantos malos ratos podría conseguirte la eterna felicidad… la vida es extraña, aunque las casualidades no existen.

—Sí, en eso tienes razón —le di otro abrazo y salí de la habitación.

Delu me esperaba y tenía muchas cosas que pensar.

Capítulo 8

Camino a mi habitación empecé a escuchar los gritos de Ismat, exigiendo que lo soltaran.

Así que me tomé la libertad de ingresar a la habitación.

—Ohh, pero qué tenemos aquí, es el blanco idiota de David.

—Cierra la boca, estúpido, ¿por qué mantuviste como esclavas a esas mujeres por tantos años?

—Porque me dio la gana, Delu, sería mía en cuanto tu padre muriera, él tiene años enfermo y esa era mi oportunidad. Demasiados años cuidándola y conservándola pura virgen para mí… tu media hermana tiene un horrible carácter, como me costó sobrellevarla, pero sin tu padre de por medio podré hacer con ella lo que quiera y nadie lo va a impedí.

¿Mi media hermana? —fruncí el ceño—, Papá le mintió para protegerla. Estoy seguro.

—Ella no es mi media hermana, es una niña que compro para evitar que llevara una mala vida como juguete de un pedófilo.

Ismat se revolcó en la cama intentando soltarse, visiblemente molesto.

—Ese maldito viejo siempre se salía con la suya en todo. Como lo odio… ¡Sácame de aquí estúpido blanco!

En eso llegó la enfermera con una jeringa.

—Permiso joven —me dijo y me aparté.

—Ismat, dice el señor Saba que necesita que hagas silencio —le tomó el brazo, pero el gritó:

—No te me acerques perra blanca, lárgate de aquí, fuera de mi casa, siempre mantuve esta casa impecable, cuidé de los negocios, di la cara muchas veces para que todo saliera bien, ¿y así me pagan? —gritaba muy fuerte, pensé que en cualquier momento se desmayaría por sus movimientos bruscos y la efusividad de sus palabras, tenía rabia contenida.

—No, me acabo de enterar de que fuiste un abusivo y privaste de su libertad a tres mujeres por años; y mentiste diciendo que eran sus órdenes, y el señor Saba ya no requiere de tus servicios.

—¿Qué? —alcanzó a decir Ismat.

Pero la única respuesta que recibió fue la inyección directa en su cuello, asumí que sería imposible tomarle la vena al infeliz y por eso decidió inyectarlo por allí.

Para mi asombro la enfermera me miró y me dijo:

—Las cosas nunca son buenas o malas, solo existe la perspectiva.

Asentí y observé a Ismat que comenzaba a botar espuma por la boca, estaba convulsionando.

—Hey, ayúdalo, ¿qué le pasa?

—No, debo cuidar de las pocas horas que le quedan a tu padre. Vete a dormir, cuando despiertes este abusador no estará aquí. Órdenes del señor. 

Y ante mi asombro salió de la habitación y me dejó ahí, inerte, mientras que Ismat dejaba de respirar frente a mí.

No sé cuánto tiempo me quedé allí. Pero me sacó de la realidad un grito de Delu. Angustiado, corrí hacia mi habitación.

Allí estaba ella toda arropada temblando de miedo.

—Fue solo una pesadilla mi amor, soy yo, aquí estoy.

—No me dejes sola por favor, Ismat puede venir.

—No lo verás jamás, lo prometo —ella me abrazó y poco despues se quedó dormida, a diferencia mía que durante toda la noche no pude dormir.

Cuando lo creí prudente por la hora de la mañana, le dije a Delu que se levantara y me acompañara, cuando iba caminando hacia la cocina me topé con una nota en el comedor que decía que mi padre había muerto hace unas horas y que el chofer esperaría mis indicaciones para irme. Había un celular que irónicamente este sí tenía señal con un único número guardado que decía: “Chofer”

No sentí nada, me quedé como en blanco por unos minutos.

—¿Murió el señor Saba? —había también leído la nota— ¿Te irás? —sus ojos marrones comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Sí, mi padre murió, y sí, debo irme tengo una vida en mi país.

Delu comenzó a sollozar como aquel día en que la vi llorar por primera vez.

—Hey, ¿qué pasa? No llores, ¿tanto te duele la muerte de mi padre? Él hizo todo lo que pudo en esta vida, y estaba muy enfermo.

—Fue malo conmigo, con nosotras, somos sus esclavas desde hace mucho tiempo.

—No, eso es mentira, Ismat, se inventó todo eso para tenerte aquí encerrada, te quería para él, y también quería a dos esclavas, según veo —señalé hacia la cocina, al escuchar ruido proveniente de allí—, él fue el tipo malo, mi padre no fue el causante de nada. Te lo juro, él me lo contó todo.  

—Entonces, tú nos dejarás ahora encerrado como lo hizo él.

—No mi amor —le quité las lágrimas de sus ojos, tú desde siempre fuiste libre, pero desde hoy podrás hacer lo que quieras. Yo te dejaré esta casa y mucho dinero para que puedan vivir tranquilas, sé que esas mujeres de allí las debe estar esperando algún familiar, de no ser así, se pueden quedar aquí, esto es de las tres por derecho.

—¿Y Ismat? —miró hacia los lados como buscándolo.

—Te dije que jamás lo volverías a ver.

—¿Y tú? ¿Cuándo regresarás?

Yo no tenía una respuesta para eso, todo lo que había vivido en estos días me habían cambiado, necesitaba alejarme y pensar.

—Pronto, te lo prometo.

Todo lo que le dije lo cumplí. Retiré el dinero de la cuenta que me dejó mi padre y doné parte del dinero; el resto se lo entregué a Delu. Antes de irme logramos -pagando con una gran cantidad de dinero- sacarle pasaporte y una identificación a Delu.

Ella era por completo libre y era su oportunidad de empezar de cero.

Yo regresé a mi país, nunca volví a ser el mismo después de ese viaje a África.

Capítulo 9

Cada vez que se posaba la noche, me acordaba de Delu, era inevitable no sentir ese hueco en mi pecho. Sí, sé que fui un idiota en dejarla, pero así era yo, alguien demasiado justo. No me la merecía.

Tenía nueve meses así, y cada noche que pasaba me sentía aún más mal, nunca conocería a una mujer como ella, lo sabía.

Tocaron mi puerta y asumí que era la pizza que acaba de pedir, la depresión me tenía con unos diez kilos de más. Abrí la puerta, le pagué al joven y me dispuse a comer, poco después volvió a sonar el timbre, acaba de notar que no me habían entregado la gaseosa. Cuando abrí la puerta, ahí estaba Delu, con mi gaseosa.

—Creo que es hora de cenar —me dijo, y se lanzó hacia mí.

No lo negaré, fue el momento más espectacular en mucho tiempo de mi vida.

Empezó a besarme y entre las caricias le pregunté:

—¿Cómo llegaste aquí, ¿cómo me encontraste? —me reí de forma picara— Se nos va a enfriar la pizza.

Ella soltó una risa por lo bajo.

—Ay, mi amor, después de que te fuiste un mes después, no hice más que buscarte, pagué mucho dinero para poder encontrarte, pero nunca habría sido suficiente —se separó de mí y frunciendo el ceño me reclamó— ¿Por qué no me buscaste? ¿Acaso no te importo?

—Te quiero, pero no sabía cómo manejar la situación, no quería lastimarte, no sé, soy un cobarde, aunque admito que no habría durado más tiempo así. Desde que te conozco, no hago más que pensar en ti… perdóname, debí buscarte antes. Soy un completo estúpido. Nada de lo que te diga va a excusarme. Siempre tomo malas decisiones, como muchas veces lo hizo mi padre. 

—La distancia pone todo en perspectiva, no hay mala decisión que pueda arruinar lo bonito que pasó entre nosotros… —me besó hasta el punto en que terminamos suspirando—, en cuanto te alejaste no hice más que buscar la forma de encontrarte y aquí estoy, dispuesta a no permitir que te vuelvas a ir nunca más.

—Juro que extrañé todo de ti, tu olor, tu mirada, lo suave de tu piel, que idiota fui al dejarte, no debí, no debí hacer eso, fue por completo un error —los besos cada vez eran más intensos y mis ganas por hacerla se desbordaban por todos mis sentidos.  

—Ya nada importa, lo único valioso es que a pesar de todo lo malo, podemos permitirnos estar juntos y ese es un privilegio que muchas personas no pueden tener —volvió a besarme mientras me alzó la camisa—, no podemos desperdiciarlo pensando en tonterías, ¿qué es lo peor que puede pasar?

—Tienes razón —y nos besamos aún más, hasta que no existió motivos para evitar estar juntos sin la estorbosa ropa que llevábamos puesta.

Hicimos el amor varias veces ese día… y ese fue el comienzo de la única relación estable y sincera que ambos pudimos tener en muchos ámbitos de nuestra vida; y si les quedó dudas, ese eso fue lo más valioso e importante que logré conseguir de mi viaje a África.

Fin

En la actualidad, la esclavitud es algo que se sirve debajo de la mesa. Existe, y las más perjudicadas son las niñas y mujeres que viven en esta situación. El mundo necesita de más personas que rompan el ciclo y dejen de ser partícipe de estas prácticas. Enfóquense en el amor, empatía y el respeto entre ustedes mismos, entre la raza humana. 


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