Cómo escribo romance paranormal: mi proceso como autora

Llevo 14 años escribiendo romance paranormal y terror, y si hay algo que he aprendido en todo ese tiempo es que el proceso de cada autora es tan particular como sus criaturas. El mío no es el que te enseñan en los cursos. Es el que funciona para mí, con sus manías, sus contradicciones y su tunel carpiano incluido.

Hay autoras que empiezan por el personaje. Otras por el mundo. Yo empiezo por el conflicto.

Antes de saber quién va a protagonizar la historia, necesito saber qué problema existe, cómo se desarrolla y qué tipo de mundo lo hace posible. Una vez que tengo eso claro, me siento a escuchar. Y aquí viene la parte que quizás suene rara: escucho las voces de los personajes en mi mente hasta que uno habla más fuerte que los demás. Ese es el protagonista. No lo elijo yo, se impone solo.

A veces me siento más canal que constructora de mundos. No sé si eso es un don, una rareza o simplemente lo que pasa cuando llevas suficiente tiempo escribiendo, que tu cerebro trabaja por su cuenta. Lo que sé es que funciona.

Escribo a mano primero. Siempre.

Cuaderno de líneas azules, hojas blancas, bolígrafo negro. He aprendido a usar lápiz también, así puedo borrar escenas sin dejar la página convertida en un campo de batalla de tachaduras. Después paso todo a digital.

¿El problema? Que escribo demasiado y mi mano derecha ya me cobra la factura. Tunel carpiano. Ejercicios obligatorios. Guantes con aleación de cobre para aguantar el dolor en los días malos. Hace años podía sentarme y escribir 100 páginas en una sola sesión sin pensarlo. El cuerpo tiene memoria y también tiene límites.

Escribo en silencio cuando puedo, aunque he aprendido a trabajar con ruido. El silencio es preferencia, no requisito.

Al principio, hace 14 años, me sentaba a escribir lo que fuera. Sin plan. La única regla era coherencia y no dejar cabos sueltos. De alguna forma, al final todo cerraba.

Ahora planifico más. Pero no de una sola forma: preparo dos o tres escenarios posibles para la misma historia y, a medida que escribo, voy eligiendo el que mejor cuadra. También organizo fichas de personajes con sus voces, motivaciones, contradicciones y lo que no dicen pero piensan. Eso me ayuda a que nadie suene igual a nadie.

El proceso evolucionó, pero la esencia no: la historia manda. Yo la sigo.

Esto es importante y me gusta dejarlo claro: rompo las reglas, pero mantengo verosimilitud.

Mis demonios no son iguales al resto. Mis ángeles tampoco. Mis vampiros tienen personalidad, no son malos porque sí, tienen razones, tienen historia, tienen contradicciones. Intento que ninguno parezca de cartón.

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Y además de reinterpretar criaturas conocidas, he creado seres propios. Los Hijos de la Noche, esos seres que habitan los cementerios y protegen a los vivos del dolor de la pérdida, no existen en ninguna mitología porque los inventé yo. Lo mismo con las Sombras de la Saga Un Mundo de Sombras.

La regla que sí respeto siempre es la coherencia interna. Si en mi universo un vampiro funciona de determinada manera, esa lógica se mantiene de principio a fin. El lector puede no conocer las reglas del mundo real, pero detecta cuando algo no tiene sentido en el mundo que le estás contando.

El humor negro me sale solo. En la vida real a veces tengo que frenarme para no meter la pata frente a alguien, hay contextos donde no todo el mundo está listo para ese tipo de humor.

Con los personajes no me freno. Los dejo ser. Aunque se vean crueles, aunque incomoden, aunque digan lo que nadie diría en voz alta. La idea es mostrarlos sin las máscaras psicológicas a las que el humano común está acostumbrado. Total, es ficción. Y la ficción es exactamente el lugar donde esas máscaras se pueden caer.

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Hace años no podía escribir corto. Me sentaba y mínimo salían 100 páginas. El formato largo era el único que mi cabeza procesaba.

Ahora escribo muchos relatos. Son más cortos, más intensos, más específicos. He aprendido a desarrollar una historia completa en pocas páginas sin que se sienta incompleta, y eso, para alguien que durante años solo pensaba en sagas, fue un aprendizaje real.

No es que haya abandonado el formato largo. Es que ahora manejo los dos, y eso me da más libertad para contar lo que quiero contar en el espacio que necesita, no en el que me impone el género.

Catorce años en esto me han enseñado cosas que no aparecen en ningún manual de escritura. Van las más importantes.

El género tiene un problema de imagen en Latinoamérica que no existe en el mundo anglosajón. En Estados Unidos, el romance paranormal es un género establecido, con lectoras fieles y mercado sólido. Aquí todavía hay quien me pregunta si escribo «literatura del diablo». La religiosidad cultural es tan fuerte que mezclar seres sobrenaturales con romance se lee como provocación en ciertos contextos, no como entretenimiento. Eso no me ha detenido, pero sí me ha obligado a ser muy clara desde el principio sobre qué son mis libros y para quién son.

El romance ya es «literatura no seria». El romance paranormal directamente es un chiste. Hay una jerarquía no escrita en los círculos literarios hispanohablantes donde la ficción especulativa con romance ocupa el último lugar. Aprenderlo temprano me ahorró años de intentar convencer a quien no quería ser convencido. Escribo para mis lectoras, no para los que deciden qué merece tomarse en serio.

Juntar humanas con seres sobrenaturales sigue siendo tabú para parte del público. La idea de que una protagonista humana tenga una historia romántica con un vampiro, un ángel o un demonio todavía genera rechazo en lectores que no conocen el género. Lo curioso es que esos mismos lectores no tienen problema con las mismas historias si vienen traducidas del inglés. El problema no es el contenido, es el origen.

Hay un terreno que he decidido no pisar: las criaturas de mitologías latinoamericanas. Las culturas indígenas y sus cosmologías son patrimonio de comunidades reales con historia de despojo y apropiación. Meter a la Llorona o al Coco en un romance paranormal me parece un terreno delicado que no quiero cruzar sin el conocimiento y el respeto que eso requiere. Prefiero crear mis propias criaturas antes que apropiarme de algo que no me pertenece. Esa decisión me deja incómoda a veces, porque el referente cultural latinoamericano propio sería poderoso. Pero prefiero ese incómodo al otro.

Lo que sí tengo claro después de 14 años: el romance paranormal en español tiene lectoras reales, fieles y con hambre de historias que no vengan traducidas. Existen. Solo que nadie les pregunta.

No cuento mi proceso para que lo copies. Lo cuento porque creo que ver cómo trabaja otra autora, con sus métodos raros, sus cuadernos de líneas azules y su mano derecha protestando, es más útil que cualquier fórmula genérica de «cómo escribir una novela en 30 días».

Cada proceso es válido si el resultado es una historia que funciona. El mío es este. El tuyo será el tuyo.

Si quieres conocer los libros que salieron de todo este proceso, empieza por aquí: Mis libros de romance paranormal y terror.

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