Escritores asesinos: 12 casos reales, verificados, más allá de los cinco de siempre

Si llevas un rato buscando «escritores que fueron asesinos», ya conoces el combo: Liu Yongbiao, Richard Klinkhamer, Anne Perry, Kristian Bala y Óscar Castro Cedeño. Son casos reales, están bien documentados, y por eso mismo los repite cualquier blog con ganas de tráfico fácil. El problema no es que estén mal contados. El problema es que son los mismos cinco nombres desde hace años, copiados de artículo en artículo, mientras la realidad sigue produciendo material nuevo casi al mismo ritmo que las editoriales producen thrillers.

Yo también topé con esa lista. Y en vez de reescribirla por enésima vez, fui a buscar lo que falta: casos verificables, con fuentes que puedes rastrear tú misma, organizados no por orden cronológico, sino por el tipo de relación (siempre retorcida) que cada autor tuvo con su propio crimen. Porque no es lo mismo alguien que confiesa entre líneas un asesinato que ya cometió, que alguien cuya novela terminó siendo el guion literal de una masacre que todavía no había ocurrido. Son categorías distintas de horror, y merecen tratarse distinto.

Al final te voy a hacer la pregunta que de verdad importa: si sabes que quien escribió el libro es un asesino condenado, ¿lo lees igual? Ya hablé de la separación entre el autor y la obra en este post, así que no voy a repetir el argumento completo aquí. Pero con estos casos concretos sobre la mesa, la pregunta deja de ser abstracta.

Porque no voy a hablar sin pruebas :V

EscritorPaísEl caso en una fraseFuente
Liu YongbiaoChinaEscribió sobre un asesinato de 1995 que él mismo había cometido; lo condenaron 23 años después.Newsweek
Richard KlinkhamerPaíses BajosPropuso un libro sobre cómo mataría a su esposa; la mató de verdad y la enterró en su jardín.Wikipedia
Anne PerryReino UnidoA los 15 años ayudó a matar a la madre de su mejor amiga; se reinventó como reina de la novela negra.Wikipedia
Kristian BalaPoloniaSu novela Amok narraba el asesinato real de un hombre relacionado con su exesposa.Infobae
Óscar Castro CedeñoEcuadorPoeta y fotógrafo que drogaba y agredía sexualmente a jóvenes en Barcelona.El Punt Avui
Jack UnterwegerAustria«Modelo de rehabilitación» que, ya como periodista, cubría los asesinatos que él mismo cometía.Wikipedia
William S. BurroughsEstados UnidosMató a su esposa jugando a Guillermo Tell y dijo que esa muerte lo convirtió en escritor.Open Culture
Jack Henry AbbottEstados UnidosNorman Mailer logró su libertad condicional gracias a su libro; mató a alguien seis semanas después.Wikipedia
Michael PetersonEstados UnidosNovelista condenado por matar a su esposa; el caso inspiró la serie The Staircase.Forbes
Lyndon McLeod (Roman McClay)Estados UnidosPublicó una trilogía donde un personaje con su nombre mataba a gente real; años después lo hizo.Wikipedia
Nancy Crampton-BrophyEstados UnidosEscribió el ensayo «How to Murder Your Husband»; siete años después mató al suyo.CNN
Alfonso BasterraEspañaCondenado por el crimen de su hija Asunta (el caso de Netflix); escribe novelas desde prisión.Infobae

Los primeros cinco ya los conoces si leíste la lista que circula por ahí. De aquí en adelante me enfoco en los siete que probablemente no.

Jack Henry Abbott llevaba casi toda su vida adulta preso —por falsificación, homicidio y robo a bancos— cuando le escribió a Norman Mailer en 1977 ofreciéndose como fuente para La canción del verdugo, el libro que Mailer preparaba sobre el asesino Gary Gilmore. La correspondencia entre ambos, entre 1978 y 1981, se convirtió en In the Belly of the Beast: Letters from Prison, publicado con una introducción elogiosa de Mailer y reseñas que hablaban de una prosa «tocada por la grandeza».

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Mailer no se limitó a escribir el prólogo. Presionó activamente por la libertad condicional de Abbott, la consiguió, y hasta le ofreció trabajo como secretario. Seis semanas después de salir de prisión, en junio de 1981, Abbott discutió con un mesero de 22 años en un restaurante de Greenwich Village porque el local no tenía baño para clientes. Lo apuñaló directo al corazón. Lo condenaron por homicidio en primer grado y volvió a prisión, donde se suicidó en 2002. La viuda del mesero ganó una demanda civil por 7,57 millones de dólares —dinero que, por supuesto, nunca cobró de un hombre sin nada.

Hay un detalle que no se menciona mucho cuando cuenta esta historia: el propio Mailer había apuñalado a su esposa, Adele Morales, con una navaja en 1960. Pasó 17 días internado en Bellevue y tres años a prueba. Nunca pisó una cárcel de verdad, y siguió siendo uno de los escritores más premiados de Estados Unidos hasta su muerte. Dos hombres, dos cuchillos, dos mujeres o desconocidos apuñalados. Uno terminó canonizado como genio literario con una mancha en la biografía; al otro lo perdimos como «el convicto que Mailer rescató por error». Vale la pena notar quién se queda con cuál etiqueta.

En 1976 condenaron al austriaco Jack Unterweger por el asesinato de una joven de 18 años. En prisión empezó a escribir poesía, teatro y una novela autobiográfica, Purgatorio, que la intelectualidad vienesa recibió con entusiasmo genuino hasta la enseñaban en las escuelas. Lo soltaron en 1990, después de apenas quince años, convertido en el ejemplo perfecto de rehabilitación penitenciaria.

Lo que vino después no fue una segunda oportunidad: fue una segunda temporada de caza. Unterweger se reinventó como periodista y consiguió que le encargaran cubrir, para radio y televisión austriacas, la desaparición de varias trabajadoras sexuales en Viena. Mientras entrevistaba a la policía sobre el caso, era él quien las estaba matando. Entre 1990 y 1992 asesinó al menos a nueve mujeres más en Austria, Checoslovaquia, Alemania y Los Ángeles —adonde había viajado, en teatro de lo absurdo puro, a escribir un reportaje sobre las diferencias entre el trabajo sexual europeo y el estadounidense. Lo atraparon en 1992, lo condenaron en 1994 y se ahorcó en su celda ese mismo día.

El 6 de septiembre de 1951, en Ciudad de México, William S. Burroughs le disparó en la cabeza a Joan Vollmer, su pareja de hecho, durante una fiesta. Su versión —que intentaba dispararle a un vaso sobre la cabeza de ella, al estilo Guillermo Tell— nunca se pudo confirmar del todo; él mismo la contó de formas distintas con el paso de los años. Sobornó su salida de la custodia mexicana, huyó a Estados Unidos y un tribunal lo condenó en ausencia por homicidio culposo, con una pena suspendida de dos años. Nunca pisó una celda por esto.

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Lo notable no es solo el crimen: es lo que Burroughs hizo con él después. En la introducción a Queer, publicada en 1985, escribió que jamás se habría convertido en escritor de no ser por la muerte de Joan. Le atribuyó directamente a ese disparo el origen de una carrera que incluye El almuerzo desnudo, uno de los libros más influyentes de la literatura estadounidense del siglo veinte. Burroughs figura en cualquier programa de estudios de la Generación Beat como un genio incómodo, casi nunca bajo la etiqueta de «escritor asesino» que sí cargan Bala o Castro Cedeño. La diferencia no está en el crimen. Está en quién lo cuenta y desde qué prestigio.

Michael Peterson era columnista de periódico, excandidato a alcalde de Durham, Carolina del Norte, y autor de dos novelas sobre Vietnam. La noche del 9 de diciembre de 2001 llamó al 911 para decir que su esposa, Kathleen, se había caído por las escaleras de su casa. La autopsia mostró un traumatismo craneal severo, poco compatible con una simple caída.

El juicio se complicó cuando salió a relucir la muerte de Elizabeth Ratliff, una amiga cercana de la familia que Peterson había conocido en Alemania años antes, y a cuyas hijas había adoptado tras su muerte en 1985. Ratliff también apareció muerta al pie de una escalera. Exhumaron su cuerpo, lo reexaminaron, y encontraron heridas parecidas a las de Kathleen. Condenaron a Peterson por asesinato en 2003; le dieron un nuevo juicio en 2011 después de que se supiera que un perito clave había mentido sobre sus credenciales, y en 2017 salió libre tras una declaración Alford —un mecanismo legal que le permitió reconocer que la fiscalía tenía pruebas suficientes para condenarlo sin admitir formalmente su culpa. El caso generó un documental francés en 2004 y una miniserie de HBO Max en 2022, ambos disponibles en Netflix bajo el título The Staircase.

Este es, de todos los casos de esta lista, el que más se sale del molde habitual. No es un escritor que confiesa un crimen pasado entre líneas. Es uno que publicó el manual completo antes de ejecutarlo.

Bajo el seudónimo Roman McClay, el estadounidense Lyndon McLeod publicó entre 2018 y 2020 la trilogía de ciencia ficción Sanction, protagonizada por un personaje llamado Lyndon MacLeod (con una sola letra de diferencia respecto a su propio nombre) que comete 46 asesinatos.

En los libros aparecían, con nombre real, dos personas: Michael Swinyard y Alicia Cárdenas. El 27 de diciembre de 2021, McLeod mató a cinco personas en un ataque que recorrió Denver y Lakewood, Colorado, entre ellas Swinyard y Cárdenas, en direcciones que coincidían con las descritas en sus propios libros. Una agente de policía, Ashley Ferris, lo abatió durante el tiroteo. Sus novelas, cargadas de contenido supremacista y misógino, siguieron a la venta en Amazon durante días después de la masacre, mientras nadie —ni lectores, ni la plataforma— había conectado la ficción con la lista de víctimas reales hasta que ya era tarde.

En 2011, la novelista romántica autopublicada Nancy Crampton-Brophy escribió un ensayo de setecientas palabras titulado «How to Murder Your Husband», donde enumeraba los motivos más comunes para matar a un cónyuge —el dinero, decía, «es grande»—. El 2 de junio de 2018, su esposo, el chef Daniel Brophy, apareció muerto de dos disparos en la escuela culinaria donde daba clases en Portland, Oregón.

La fiscalía argumentó un móvil económico: Crampton-Brophy era beneficiaria de pólizas de seguro por más de un millón de dólares y tenía un arma del mismo modelo que la usada en el crimen. La defensa alegó que la compra de piezas de arma fue «investigación» para sus novelas. El ensayo no se admitió como prueba en el juicio, pero ya había hecho su trabajo en la opinión pública. La condenaron por homicidio en segundo grado en mayo de 2022 y la sentenciaron a cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional a los 25 años.

Si viste la miniserie de Netflix El Caso Asunta (2023), ya conoces la historia, aunque aquí te la ordeno con fechas para que no se te mezclen los nombres. La víctima es Asunta Basterra, una niña de 12 años adoptada en China: en septiembre de 2013 apareció muerta en una pista forestal del municipio de Teo, Galicia. Sus padres adoptivos —el periodista Alfonso Basterra y Rosario Porto— fueron detenidos ese mismo año y, en 2015, condenados a 18 años de prisión cada uno. Las condenas de ambos fueron confirmadas por el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia y, después, por el Tribunal Supremo español. Porto no llegó a cumplir la suya completa: se suicidó en noviembre de 2020.

Basterra sí sigue preso, sin interrupción, desde que lo detuvieron en 2013 —la prisión preventiva se le contó como parte de la condena que empezó a cumplir formalmente en 2015—. Su cárcel es la de Teixeiro, en otro punto de Galicia, distinto de Teo, donde apareció el cuerpo de Asunta. En febrero de 2025, una editorial anunció que Basterra había escrito, desde Teixeiro, una novela ambientada en la España rural de los años cuarenta, y que ya trabaja en una segunda parte. Según el comunicado de la editorial, la escritura le sirve como ejercicio de «arte sublime» durante su día a día entre rejas (WTF!!!). Ha solicitado en varias ocasiones el tercer grado penitenciario; se lo han negado siempre, porque nunca ha reconocido el crimen. Es, de toda esta lista, el caso más nuevo: apenas tiene meses.

Aquí está la pregunta que prometí al principio. No la de si estos libros son buenos o malos, eso es lo de menos, sino la de si los leerías sabiendo lo que sabes ahora. Y sospecho que tu respuesta va a depender de cuánto tiempo haya pasado desde el crimen, de si la víctima te resulta cercana o abstracta, y siendo precisas, de cuánto prestigio literario tenga el nombre en la portada. Es más fácil sostener que «hay que separar al autor de la obra» cuando el autor es Burroughs y la obra es El almuerzo desnudo, que cuando el autor es Basterra y la obra salió de la misma cárcel donde cumple condena por matar a su hija. El argumento es el mismo. La reacción, no.

Si después de esta lista todavía crees que se puede trazar una línea limpia entre quien escribió el libro y qué hizo con sus manos fuera de la página, léelo. Si ya no estás tan segura, léelo también. Y cuéntame en los comentarios cuál de estos doce casos es el que más te cuesta digerir.

Todo lo que acabas de leer es real: nombres, sentencias, fechas verificables. Lo mío es distinto. Yo no he matado a nadie, pero sí me paso buena parte de mi carrera metida en la cabeza de personajes que sí lo hacen, por razones que van de lo trágico a lo perturbador.

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En Convirtiéndome en Zombi escribo sobre gente que mata porque no le queda otra opción: la alternativa es dejar de existir. No hay glamour ahí, hay supervivencia con las manos manchadas y la conciencia todavía funcionando o lo que queda de ella.

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En El diario de una psicópata voy al extremo contrario: un personaje que no mata por necesidad, sino porque, sin más, lo disfruta. Y ahí la pregunta deja de ser «¿por qué mata?» para convertirse en «¿por qué me interesa tanto entender a alguien que puede responder esa pregunta sin una gota de culpa?».

La diferencia entre estos doce casos y mis novelas es simple: los míos no tienen abogado defensor ni sentencia firme, porque no existieron fuera de la página. Pero si esta lista te dejó con ganas de seguir mirando de cerca la mente de quien mata «por hambre, por placer o por las dos cosas a la vez«, ya sabes dónde seguir buscando.

¿Qué escritores reales fueron condenados por asesinato? Entre los casos documentados están Liu Yongbiao, Richard Klinkhamer, Anne Perry, Kristian Bala, Óscar Castro Cedeño, Jack Unterweger, Jack Henry Abbott, Michael Peterson, Nancy Crampton-Brophy y Alfonso Basterra, todos condenados en juicios formales con sentencia registrada.

¿Existen escritores que hayan anunciado un crimen en un libro antes de cometerlo? Sí. El caso más documentado es el de Lyndon McLeod, quien bajo el seudónimo Roman McClay publicó una trilogía en la que un personaje con su nombre asesinaba a personas reales; años después cometió esos asesinatos siguiendo el mismo patrón descrito en sus libros.

¿Por qué algunos asesinos escriben sobre sus propios crímenes? No hay una única explicación. En algunos casos, como el de Klinkhamer o Bala, funciona como una mezcla de vanidad y necesidad de control narrativo sobre un hecho que ya ocurrió. En otros, como el de Burroughs, el crimen se convierte retroactivamente en el mito de origen de toda una carrera literaria.

¿Se puede separar al autor de la obra cuando el autor es un asesino convicto? Es una pregunta ética sin respuesta única, y depende de si el crimen está directamente conectado con la obra (como en el caso de Crampton-Brophy o McLeod) o es un hecho aislado de la vida del autor. Cada lector traza esa línea distinto.

¿Cuál es el caso más reciente de un escritor condenado por asesinato? Hasta la fecha de esta publicación, el más reciente en volver a las noticias es Alfonso Basterra, condenado en 2015 por el asesinato de su hija Asunta en España, quien en febrero de 2025 publicó una novela escrita desde prisión.

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