Relato gratis: Despensa fresca

Título: Despensa fresca

Autora: Kassfinol

Género: Ficción postapocalíptica / Terror zombi

Todos los derechos reservados.

El asfixiante calor del mediodía caía a plomo a través del tragaluz destrozado de la sucursal bancaria, horneando el polvo en suspensión que cubría los mostradores de mármol fracturado y las barricadas construidas con archivadores volcados.

Elena ajustó las correas de su mochila sobre los hombros marcados por el peso del cobre y las placas solares arrancadas a los cuartos de máquinas durante la madrugada, apoyando la mejilla contra el marco de una ventana sin cristales para vigilar una avenida dominada por esqueletos de hormigón y vehículos carbonizados.

A su espalda, Diego hundía un trapo empapado en alcohol sobre la mordedura infectada de su pantorrilla, ahogando un gemido al clavar los dientes en el cuello de su chaqueta de cuero mientras, Mateo custodiaba el hueco de la escalera de servicio aferrando una barra de acero cubierta de óxido y sangre seca.

El olor a basura quemada y carne podrida subía desde el asfalto impulsado por ráfagas de viento denso, revelando la posición exacta de la marea de betas que se arremolinaba alrededor de un autobús volcado a escasos metros del edificio comercial.

La estrategia del grupo durante los últimos ocho meses exigía moverse por las azoteas interconectadas del distrito financiero, subsistiendo a base del agua estancada en los tanques de reserva y las latas de conserva saqueadas de las cafeterías ejecutivas de los últimos pisos, evadiendo cualquier contacto con una superficie dominada por criaturas que ignoraban el agotamiento bajo el sol implacable.

Sin embargo, la fiebre y el deterioro de la pierna de Diego anularon cualquier posibilidad de cargar su peso de regreso por veinte tramos de escaleras, obligándolos a refugiarse en las oficinas de la segunda planta tras vaciar un botiquín corporativo, donde quedaron acorralados al descubrir que el crujido de una estantería desplomada había atraído a la horda hacia el vestíbulo para bloquear el acceso a los niveles superiores.

Elena apartó la vista del mar de cuerpos aglomerados en la acera al captar el zumbido de motores diésel acercándose por el extremo sur de la avenida, un rugido pesado que hizo vibrar los cristales rotos esparcidos por el suelo hasta superar el coro de gruñidos guturales.

Dos camiones blindados con parachoques reforzados por mallas de acero emergieron de entre la bruma de calor, seguidos por una camioneta negra provista de un altavoz en el techo que emitía pulsos sonoros de baja frecuencia.

Los betas reaccionaron al estímulo girando los cuellos al unísono antes de abandonar el asedio al banco para abalanzarse contra los vehículos en una avalancha de extremidades descoordinadas. Los camiones redujeron la marcha hasta detenerse en el centro de la intersección para desplegar rampas traseras de metal por donde bajaron doce hombres vestidos con trajes tácticos y máscaras antigás.

Mateo dio un paso hacia la ventana bajando su barra de acero al confundir el convoy con una patrulla de rescate, pero Elena lo detuvo tirando de su mochila al notar que los operativos no empuñaban fusiles para despejar la zona. Los soldados formaron un muro circular levantando escudos antidisturbios para resistir el impacto inicial de la horda, repeliendo la embestida con arcos eléctricos que paralizaban la masa muscular de los atacantes hasta dejarlos tendidos sobre el pavimento humeante.

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Un segundo grupo de hombres con batas sobre chalecos antibalas bajó de la camioneta para avanzar entre los cuerpos paralizados, pasando escáneres rectangulares sobre los rostros en busca de lecturas específicas.

Cuando un dispositivo emitió un pitido agudo frente a un infectado reciente que conservaba cierto tono muscular, los técnicos clavaron una jeringa neumática en su cuello y le aseguraron las muñecas con abrazaderas de plástico, arrastrándolo hacia la caja de un camión sellado con el símbolo de riesgo biológico sin prestar atención a los demás betas que continuaban estrellándose contra la barrera electrificada.

El sonido metálico de un frasco de pastillas rodando por el suelo rompió el silencio en el interior de la sucursal cuando Diego intentó cambiar el peso de su pierna herida, un ruido diminuto que rebotó contra las paredes desnudas hasta colarse por los ventanales hacia la calle.

Abajo, el líder del escuadrón levantó un puño envuelto en guantes de kevlar para detener a los técnicos, alzando el casco de visor oscuro directo hacia la cornisa donde Elena contenía la respiración.

El oficial señaló la ventana con dos dedos, ordenando a tres de sus hombres abandonar el perímetro para correr hacia las puertas del banco con armas de cañón grueso desenfundadas, marcando a los sobrevivientes como una presa de mayor valor.

Elena giró sobre sus talones empujando a Mateo por el pecho para alejarlo de la luz, colgándose la escopeta a la espalda antes de enganchar las manos por debajo de los brazos de su hermano para ayudarlo a ponerse de pie.

Atravesaron el vestíbulo sorteando sillas volcadas y resmas de papel podrido por la humedad mientras el eco de los cristales estallando bajo las botas de los cazadores ascendía por el hueco del ascensor, empujándolos hacia la oscuridad de los pasillos administrativos donde el aire estancado olía a moho y encierro.

El peso de Diego se volvió un ancla con cada metro avanzado a través del corredor, obligando a Elena a clavar los botines contra la alfombra rasgada para arrastrarlo hacia la zona de archivos centrales, un laberinto de cubículos destrozados que los engulló en la penumbra.

Las luces de emergencia estaban muertas desde hacía meses, dejando como única guía los delgados haces de luz que se filtraban por los agujeros del techo falso para iluminar motas de polvo flotando sobre los escritorios.

Mateo caminaba de espaldas, cubriendo la retaguardia con la barra de acero alzada a la altura del pecho, tragando aire en bocanadas ásperas al escuchar el sonido inconfundible de las puertas cortafuegos abriéndose a sus espaldas con un siseo hidráulico.

Los cazadores avanzaban sin emitir una sola palabra ni gritar órdenes de alto, comunicándose a través del roce de la tela táctica y el barrido de linternas con filtros infrarrojos que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes de yeso.

 Elena empujó a Diego hacia el interior de la bóveda de seguridad abierta, recostándolo contra la puerta de acero macizo antes de asomarse por el marco, observando cómo tres haces de luz roja cortaban la oscuridad del pasillo para barrer cada cubículo con una precisión mecánica.

Mateo apretó los dientes levantando la barra para abalanzarse hacia el corredor en un intento por emboscar al primer guardia que cruzara el umbral, pero una silueta se deslizó desde el techo falso cayendo justo a su espalda con un golpe sordo.

Un brazo envuelto en kevlar rodeó el cuello de Mateo cortando su respiración de raíz, seguido por el chasquido neumático de un dispositivo presionado contra su columna que apagó toda la tensión de sus músculos en un segundo, dejándolo caer sobre las baldosas sin soltar su arma.

Elena retrocedió levantando la escopeta hacia el pasillo justo cuando los tres guardias iluminaron el interior de la bóveda con luces cegadoras montadas en los cañones de sus rifles, fijando el punto de un láser rojo en el centro de su pecho.

Detrás de los uniformados apareció un hombre de bata blanca ajustando los viales de un inyector cilíndrico, quien apartó el cañón de uno de los guardias con el dorso de la mano para avanzar hacia Elena pisando el cuerpo inerte de Mateo.

Diego intentó incorporarse arañando el acero de la bóveda con las uñas rotas, pero el técnico le lanzó una mirada indiferente antes de presionar un botón en el inyector. Elena apretó el gatillo de la escopeta, pero el percutor chasqueó en vacío justo cuando un dardo de polímero le perforaba el hombro atravesando la chaqueta de tela gruesa.

El frío químico invadió su torrente sanguíneo apagando el control sobre sus brazos y obligando a sus rodillas a ceder, haciéndola caer de lado frente a las botas del técnico mientras la luz de las linternas se convertía en el único punto brillante en la oscuridad total.

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El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto destrozado reemplazó el silencio de la bóveda. Elena abrió los ojos bajo el resplandor de unos tubos fluorescentes incrustados en un techo de aluminio corrugado.

Estaba sentada y atada por el torso, los muslos y las muñecas a una silla de metal soldada al piso del camión blindado. Frente a ella, Mateo colgaba de unas correas similares, con la cabeza ladeada y un hilo de saliva escurriendo por la barbilla. A escasos metros, sobre una mesa de acero inoxidable con canaletas de drenaje, yacía Diego.

Un técnico con guantes de nitrilo pasó un escáner sobre el cuerpo de su hermano. Un pitido agudo llenó el espacio cerrado, obligando al hombre a consultar la pantalla adherida a su antebrazo antes de señalar la pantorrilla hinchada y enrojecida.

—Fiebre alta, cuadro séptico en la extremidad derecha —dijo el técnico sin apartar la vista de los datos—. Descartado para el protocolo de alimentación. No soportará el traslado al recinto ni el almacenamiento en frío.

Un segundo individuo avanzó desde el fondo del furgón. Vestía un pantalón de tela oscura y una camisa gris impecable, ajeno al equipo táctico de los guardias. No llevaba armas.

—Úsalo de inmediato —ordenó el técnico, retrocediendo un paso—. Evitamos el desperdicio y te estabilizas para el viaje de regreso.

El hombre de gris asintió. Se acercó a la mesa de acero con pasos medidos, sin el menor rastro del frenesí de los betas que se agolpaban en las calles. Diego parpadeó, moviendo los labios resecos sin emitir sonido bajo la luz blanca. El sujeto le sujetó la mandíbula con una mano, inclinó el rostro y hundió los dientes en la vena yugular.

Un chorro arterial manchó la camisa a cuadros de Diego. Mateo alzó la vista, tensando las cuerdas de su silla hasta hacer rechinar los engranajes, ahogando un grito detrás de la mordaza de plástico que le separaba los labios.

Elena tiró de sus ataduras ignorando el roce del cuero contra sus muñecas, obligada a observar cómo el individuo tragaba la sangre con cadencia, consumiendo el tejido mientras los espasmos de su hermano disminuían hasta desaparecer.

El técnico dejó que el hombre terminara su ración para cruzar el espacio hacia Mateo, pasando el escáner por su cuello hasta obtener el pitido de confirmación.

—Masa muscular óptima. Sin patógenos evidentes.

Sacó un dispositivo de acero similar a una remachadora, lo apoyó contra el lateral del cuello de Mateo y apretó el gatillo. Un chasquido neumático perforó la piel estampando una secuencia de barras negras en tinta permanente. Repitió el proceso al detenerse frente a Elena.

—Dos unidades sanas para la cuota de esta semana —murmuró el técnico, tecleando en la pantalla—. Cárgalos al inventario de despensa fresca. La doctora Silva necesita este lote en el nivel de contención antes del martes.

El cañón del dispositivo se apoyó contra la clavícula de Elena. La aguja de calibre grueso cortó la piel inyectando la marca con un ardor eléctrico, etiquetándola con el mismo código numérico de las raciones de comida.

La muerte de Diego sobre la mesa de acero erradicó cualquier ilusión de un rescate militar, dejando al descubierto la verdadera estructura del nuevo mundo: no existían prisioneros ni campos de trabajo, sino ganado humano clasificado para ser devorado vivo por los residentes de aquel recinto.

El técnico retrocedió para guardar el escáner, asegurando el maletín de suministros contra la pared de aluminio.

El camión dio un viraje brusco al abandonar la avenida, haciendo chocar los grilletes de Mateo contra el metal de la silla. El hombre de gris se pasó el dorso de la mano por los labios manchados y giró el rostro hacia Elena. La miró como se mira un plato que todavía no es hora de servir.

Fin


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