Historia corta 2 – Ración biológica
Autora: Kassfinol
Género: Ficción distópica / Terror biológico / Suspenso
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Elías apretó la mordaza de la llave inglesa contra la tuerca de retención de la válvula principal, aplicando el peso de su torso hasta que el metal cedió con un chasquido sordo que vibró a lo largo de la tubería de acero.
Una ráfaga de aire helado cargada con olor a ozono y grasa industrial le golpeó el rostro al retirar la tapa del ducto central, un recordatorio físico de los catorce meses que llevaba trabajando en el nivel de soporte vital del Recinto Andes, una estructura brutalista de hormigón incrustada en la roca viva de la cordillera donde el latido constante de los generadores diésel se filtraba por las suelas de sus botas para contrastar con el páramo congelado del mundo exterior.
Su labor consistía en mantener ese latido revisando manómetros, purgando filtros y asegurando que la presión del aire mantuviera a raya la contaminación entre los niveles. Esa misma madrugada, mientras calibraba los sensores térmicos de la bahía de carga, Elías había presenciado la llegada del convoy cuando los portones hidráulicos se abrieron para dejar entrar un viento que barrió el andén arrastrando nieve sucia y humo de escape.
Tres camiones blindados retrocedieron hasta los muelles bajo la vigilancia de los guardias del recinto, quienes, vestidos con trajes tácticos negros y máscaras respiratorias, formaron un perímetro en absoluto silencio. Treinta civiles desnutridos y envueltos en abrigos raídos bajaron de las plataformas, entre ellos un hombre con una camisa a cuadros desgarrada que sostenía a una niña envuelta en una lona de plástico.
Los sobrevivientes lloraban alzando las manos hacia los guardias para caer de rodillas sobre el concreto helado, pero los técnicos de ingreso ignoraron las súplicas para escanearlos con luces ultravioleta, colocarles brazaletes de plástico con códigos de barras y empujarlos hacia los ascensores del área de cuarentena preliminar en un proceso mecánico ejecutado bajo un mutismo estricto.
Ocho horas después, tras pasar el dorso del guante por la pantalla táctil para limpiar el polvo de carbón, la tableta de diagnóstico de Elías mostraba una fisura en la logística del recinto al registrar una caída de presión del veinte por ciento en el subsuelo. Esa zona estaba catalogada en los manuales como el «Sector 4: Contención Beta», un lugar donde las normas dictaban que solo guardaban a los infectados irrecuperables capturados para el estudio del virus.
Los números del censo general parpadeaban en verde en la esquina superior, marcando doscientos residentes permanentes, la misma cifra de hace un año, mientras el consumo de raciones hídricas en el nivel de cuarentena marcaba cero y el gasto eléctrico en las duchas de descontaminación no registraba picos de uso. Las treinta personas nuevas no figuraban en el sistema de soporte vital. Tras enganchar la tableta al cinturón de herramientas, notó que el aire que subía por la escotilla del ducto no encajaba con los reportes de los sensores químicos por la ausencia del olor a desinfectante del nivel médico, reemplazado por una mezcla espesa con tufo a cobre oxidado, fluidos estancados y carne expuesta que intentaba camuflarse bajo disparos automáticos de amoníaco industrial.
Aflojó los tornillos de retención de la rejilla para separar la placa de aluminio y encajar los hombros en la abertura cuadrada de un túnel corrugado de apenas sesenta centímetros de ancho. Al encender la linterna del casco, el haz de luz cortó la oscuridad absoluta, iluminando una pendiente pronunciada que se hundía hacia las entrañas de la montaña.
Avanzó a gatas, dejando que el metal helado traspasara la tela del uniforme para robarle el calor corporal con cada metro de descenso, obligado por el espacio reducido a mantener los codos pegados a las costillas y arrastrar las botas sin flexionar las rodillas mientras el zumbido de los extractores de alta capacidad vibraba contra su esternón como un ruido blanco continuo.
Tras veinte metros de arrastre, el conducto hizo un giro brusco hacia la izquierda, obligándolo a contener la respiración al notar una costra oscura y pegajosa que obstruía los poros del filtro de partículas en la unión. Al pasar los dedos enguantados sobre la malla de alambre y raspar la superficie con la uña, gruesas escamas de color granate cayeron sobre el aluminio, revelando una acumulación de sangre seca soplada hacia arriba por los ventiladores de extracción desde el subsuelo. El pulso le golpeó en la base del cuello al procesar que las directrices de la administración exigían la activación del protocolo de fuego ante cualquier fuga biológica en el Sector 4, pero las alarmas permanecían apagadas en un silencio absoluto.
Continuó el descenso sintiendo cómo el aire se volvía más pesado hasta saturar sus pulmones con un calor húmedo que contrastaba con el frío del aluminio, arrastrándose hasta que el conducto terminó en una intersección bloqueada por una rejilla de ventilación reforzada con barras de acero.
Apagó la linterna del casco para dejar que la oscuridad lo envolviera antes de que sus pupilas se ajustaran a la luz blanca filtrada por las rendijas del metal, arrastrándose sin hacer ruido con el vientre pegado al suelo del ducto hasta apoyar la mejilla contra la rejilla.
Abajo, la sala carecía de microscopios o monitores de signos vitales propios de un equipo de investigación, revelándose en cambio como una cámara de paredes cubiertas con azulejos blancos y canaletas de drenaje en el suelo, donde las marcas de botas trazaban caminos de fluidos oscuros arrastrados hacia los sumideros.
Las compuertas dobles del extremo norte se abrieron con un siseo neumático para dar paso a dos hombres envueltos en trajes de protección biológica amarilla que ingresaron empujando una camilla rodante. Sobre el colchón de plástico rígido, un hombre se sacudía con violencia, luchando contra las gruesas correas de cuero que le inmovilizaban las muñecas contra los tubos de la estructura y le fijaban los tobillos al borde. Elías apretó los dedos contra el aluminio del ducto hasta hacer doler las articulaciones al reconocer en el hombre atado la camisa a cuadros desgarrada en el hombro, identificándolo como el mismo civil que horas atrás había bajado del camión blindado.
El prisionero intentaba gritar, soltando apenas gruñidos ahogados debido a una mordaza de plástico quirúrgico que le mantenía las mandíbulas separadas al límite de la dislocación mediante correas de velcro alrededor de la nuca. Entrando justo detrás de la camilla, un técnico con bata blanca y una tableta sujeta al antebrazo revisó un código de barras en su pantalla bajo el título de Protocolo de Alimentación ZV para asentir hacia los hombres de amarillo y sacar una jeringa de émbolo grueso del bolsillo superior. Cuando el técnico se acercó a la camilla, el hombre de la camisa a cuadros abrió los ojos, girando la cabeza a los lados en un intento inútil por evadir la aguja, hasta que una mano enguantada en nitrilo le sujetó el cráneo, buscando la vena para vaciar el contenido de la jeringa directo en el cuello.
La resistencia se apagó en menos de diez segundos al perder tensión los músculos del civil, dejando caer la cabeza hacia un lado con los brazos sueltos sobre el cuero, aunque los ojos seguían abiertos y dilatados en una fijeza absoluta. Los guardias de traje amarillo empujaron la camilla hasta el centro de la sala para alinear las ruedas con unas marcas rojas pintadas sobre los azulejos, mientras el técnico avanzaba hacia la pared opuesta y pasaba una tarjeta por el lector magnético.
Tras teclear una secuencia numérica, los pernos de seguridad chasquearon y la compuerta blindada se deslizó sobre rieles para revelar una habitación contigua sumida en la penumbra. Aquel espacio interior amueblado con un sillón de lectura y estantes vacíos albergaba en el centro a una figura humana que, lejos de presentar los movimientos erráticos de un infectado en etapa beta, caminó hacia la sala blanca con precisión absoluta.
Era una mujer joven de piel pálida, con la esclerótica oscurecida por el mismo virus que reanimaba a los muertos en la superficie, pero que avanzaba envuelta en un conjunto de ropa deportiva gris sin una sola mancha de putrefacción. Al verla entrar, los dos hombres de amarillo retrocedieron hacia las compuertas dobles sin darle la espalda, seguidos por el técnico, que hizo una última anotación en su pantalla antes de abandonar la sala y dejar que las hojas de acero se cerraran con un golpe seco.
La mujer de gris se detuvo junto a la camilla para inclinar la cabeza sobre el rostro del hombre paralizado, quien la observaba inmóvil mientras una única lágrima se acumulaba en el rabillo del ojo hasta resbalar por el plástico del colchón.
Ella le apartó un mechón sudado de la frente en un gesto casi delicado antes de abrir la boca y descender sobre el cuello desnudo para hundir los dientes en la vena yugular. Elías ahogó un sonido gutural al ver el primer chorro arterial manchar el plástico blanco, observando cómo la mujer ignoraba cualquier frenesí animal para consumir el tejido con movimientos calculados, tragando la sangre espesa mientras el cuerpo del prisionero sufría temblores microscópicos bajo las correas.
Cuando el olor a sangre fresca inundó el ducto, provocando un latigazo en su estómago, Elías empujó el torso hacia atrás para alejarse de la rejilla, arrastrando la bota derecha sobre el metal hasta que la suela de goma se atascó contra el remache de una pestaña de unión.
Al tirar con fuerza ciega, el talón se liberó de golpe. La puntera de acero impactó contra la chapa de aluminio inferior, propagando el choque a través de todo el sistema de ventilación, un eco metálico que obligó a la mujer a detener la mandíbula. Levantó el rostro con la barbilla y el pecho empapados en rojo para girar el cuello hacia la rejilla, enfocando unas pupilas opacas que parecieron atravesar la oscuridad del ducto hasta clavarse directo en los ojos de Elías.
Impulsado por un instinto que aplastó cualquier cálculo racional, Elías retrocedió a empujones ignorando el roce doloroso de las rodillas contra el aluminio corrugado para girar el cuerpo sobre su propio eje, comprimiendo los pulmones antes de encender la linterna del casco y comenzar a gatear por la pendiente ascendente.
El metal crujía bajo sus rodilleras al arrojar el peso de los hombros hacia adelante justo cuando las luces rojas de emergencia parpadearon en las uniones de los ductos, acompañadas por una alarma estroboscópica y el aullido de sirenas de contención que cortaron de tajo el zumbido de los extractores. Cada bocanada de aire quemaba en la tráquea al avanzar por un conducto que parecía estrecharse contra su espalda, buscando alcanzar el cuadro de luz pálida de la escotilla a treinta metros de distancia mientras el sonido de botas pesadas golpeaba el piso del cuarto de máquinas superior. Al alcanzar el borde de la abertura, aferró los bordes de aluminio con ambos guantes para tirar de sí mismo y salir del sistema de ventilación, cayendo de lado sobre el concreto gris.
Arrojó el casco al suelo para ponerse de pie a tropezones, cruzando el cuarto de máquinas en una carrera precipitada hasta empujar la puerta de acceso al corredor principal, donde dobló la esquina derrapando sobre el piso de linóleo solo para frenar en menos de cinco metros. El pasillo estaba bloqueado por seis guardias tácticos con chalecos de kevlar y cascos balísticos que formaban un muro sólido de pared a pared, manteniéndose en un silencio estricto sin alzar los fusiles ni gritar órdenes de alto.
Elías retrocedió dos pasos con el aire atascado en la garganta, soltando una advertencia resquebrajada sobre la gente asesinada en el subsuelo y un error numérico en el censo, palabras que se estrellaron contra la inmovilidad de los guardias hasta que la formación se apartó hacia los lados. Un hombre alto en bata blanca salió del cuarto de distribución eléctrica, y aunque Elías giró el rostro al escuchar el roce de la tela contra el muro, el movimiento fue tardío frente a dos guardias que avanzaron para sujetarle los brazos, torciéndole las muñecas hacia la espalda con una presión que amenazó con dislocar las articulaciones. El técnico se detuvo frente a él sosteniendo un dispositivo cilíndrico de metal pulido. —La presión del Sector 4 siempre se estabiliza con un purgado mensual —dijo el médico, levantando el cilindro para presionarlo contra el costado del cuello del mecánico con un chasquido neumático que perforó la piel. Una ola de frío espeso inundó la vena carótida bajando directo hacia el pecho para apagar la fuerza de sus piernas, obligando a los guardias a soltarlo y dejar que su cuerpo se desplomara contra el linóleo en un impacto que le partió el labio, un dolor que desapareció al instante tragado por el entumecimiento químico.
Al omitir cualquier interrogatorio sobre la brecha de seguridad en el subsuelo, el técnico se inclinó sobre él para desabrochar el overol de mantenimiento y arrancarle la credencial de plástico del pecho, ordenando su traslado a las celdas de cuarentena bajo la clasificación de ración biológica. Dos pares de manos lo sujetaron por las axilas para arrastrarlo por el pasillo hacia los montacargas de servicio, abriendo un camino entre las botas negras y dejando un rastro rojo por el labio partido sobre el piso inmaculado.
Despertó con el lado derecho del rostro presionado contra una placa de cemento helado, sintiendo que el entumecimiento había dado paso a un hormigueo punzante en extremidades que intentó mover sin éxito debido a gruesas correas de polímero que le ataban las muñecas a la espalda cortando el riego sanguíneo.
Levantó la cabeza reconociendo el olor del amoníaco industrial camuflando el tufo a fluidos estancados, confinado en una cámara sin ventanas bajo la luz parpadeante de un tubo fluorescente incrustado entre paredes de hormigón armado. Apoyando los talones contra el suelo logró arrastrarse hasta recostar la espalda contra el muro del fondo, manteniendo la vista fija en la compuerta de acero blindado a tres metros de distancia justo cuando un zumbido mecánico resonó en el interior de la pared. Los cerrojos magnéticos de la compuerta chasquearon en una secuencia pesada, deslizando las trabas hacia atrás para permitir que la puerta rodara sobre sus rieles y abriera un cuadro de luz tenue hacia el pasillo.
Con las rodillas encogidas contra el pecho y el corazón golpeando las costillas hasta convertir la respiración en jadeos cortos, esperó la llegada de un guardia táctico o del técnico, pero el único sonido que atravesó el pasillo fue el ritmo constante de unos pasos marcando la baldosa.
Eran pisadas calculadas con una precisión ajena al caos de los infectados comunes, un eco que se detuvo en el umbral de la puerta cuando una silueta recortó la luz exterior para proyectar una sombra alargada hasta la punta de sus botas.
Elías hundió la nuca contra el hormigón apretando los dientes en un intento por no gritar, observando en silencio cómo la sombra levantaba el pie para dar el primer paso hacia el interior de la celda y reconociendo en esa postura la misma inercia letal de la mujer de gris.
Fin

