Relato gratis: El cuidado del nido

Título: El cuidado del nido

Autora: Kassfinol

Género: Terror psicológico – Thriller doméstico

Todos los derechos reservados.

Lucía lleva seis años cuidando a su madre enferma. Conoce cada dosis y controla cada rincón de la casa. Pero la anciana ha recuperado las fuerzas, y sus pasos arrastrados ya resuenan de noche por el pasillo.

La pastilla rodó bajo la cama, obligando a Lucía a arrodillarse y hundir las manos en la pelusa grisácea y el polvo apelmazado. El suelo olía a orina seca y a encierro. La cápsula blanca descansaba junto a un mechón de pelo cano; la recogió y se enderezó con un crujido en las rodillas.

—Límpiala —dijo su madre desde la cama.

Lucía frotó la pastilla contra su blusa gris antes de tomar el vaso de agua de la mesita. Le sostuvo la nuca a su madre y empujó la medicina entre sus labios resecos, apretando luego la toalla contra su boca para secar el agua que escurría. Restregó la tela por la barbilla hasta dejar la piel enrojecida, pero su madre no se quejó, limitándose a tragar el líquido con un ruido gutural.

—El doctor llamó mientras dormías.

Lucía soltó la toalla.

—¿Y?

—Dice que en tres meses no necesitaré la sonda. Que los pulmones están limpios.

La anciana agarró la muñeca de Lucía, clavando en la carne unos dedos que hasta hace poco parecían flácidos.

—Voy a cambiar las sábanas —dijo Lucía, y tiró de las mantas hacia atrás de un solo golpe para dejar a su madre expuesta al aire frío de la habitación.

Abajo, el olor a lejía envolvía la cocina, donde los frascos alineados, las gasas estériles y los purés medidos al milímetro demostraban que todo seguía bajo control y sin desperdicios. Hacía seis años que Lucía no pisaba una oficina, tiempo en el que su mundo se había reducido a esa cuadrícula de azulejos blancos y horarios de medicación.

Cuando sonó el timbre, Lucía dejó entrar a Sandra Ruiz, de Servicios Sociales, a quien su madre había llamado para solicitar una evaluación. Los zapatos de la trabajadora social dejaron marcas de barro seco sobre el piso recién fregado mientras ambas subían las escaleras.

Su madre ya no estaba en la cama, sino de pie junto a la cómoda y apoyada en el andador, llevando puesto un camisón manchado de café en el pecho.

—Señora Montero, gracias por recibirme.

La mujer se giró y arrastró los pies por el parqué con un sonido áspero que llenó la habitación, para luego dejarse caer en la silla de ruedas sin esperar a que Lucía la sostuviera.

—Mi hija trabaja mucho —dijo su madre, levantando la mano derecha para señalar la alfombra—. Ayer olvidó darme la dosis de las ocho y la encontré bajo la cama.
Lucía apretó los puños contra los muslos.

—Estaba cansada —dijo Lucía.

—A veces me seca tan fuerte que me hace sangrar las encías. —La anciana se pasó la lengua por los labios—. Está perdiendo la paciencia porque, ahora que camino, ya no soy tan fácil de mover.
Sandra anotaba en su portapapeles, con la vista fija en las marcas rojas del cuello de la anciana.

—¿Tienen ayuda externa? —preguntó Sandra.

—Lucía prefiere hacerlo sola. —Su madre tosió, un sonido húmedo que retumbó en su pecho—. Le gusta vaciar la bacinilla.

Sandra dejó una tarjeta sobre la cómoda. —Si en algún momento siente que su seguridad está comprometida, llámeme.

Lucía acompañó a la mujer hacia la puerta y, al volver a subir, encontró a su madre arrancando la etiqueta de un frasco de suero con las uñas.

Esa noche, sentada en el borde de su cama, Lucía deslizó el pulgar por la pantalla de su teléfono para detenerse en una foto donde Carlos sonreía abrazado a otra mujer frente a un lago. Hacía cuatro años que él había empacado sus cosas y dejado de preguntar por la anciana.
Lucía bloqueó la pantalla y miró hacia la luz del pasillo que iluminaba el frasco de pastillas traído desde el baño. Contenía treinta cápsulas. Desenroscó la tapa de seguridad haciendo crujir el plástico en el silencio de la casa, para luego inclinar el envase sobre su mano abierta.

Un sonido en el pasillo la paralizó.

Pasos. Desiguales, arrastrados, pero firmes.

Su madre avanzaba sola hacia el cuarto de baño sin usar el andador, apoyando el peso en las paredes para dejar huellas de sudor sobre la pintura descascarada. El chirrido de la bisagra dio paso al chorro de agua golpeando la loza del retrete y al estruendo de la cisterna vaciándose.
Lucía volvió a enroscar la tapa del frasco.

A la mañana siguiente, al bajar las escaleras, Lucía encontró a su madre en la cocina. Había sacado una hogaza de pan de la alacena y, sentada a la mesa, arrancaba pedazos con las manos para masticarlos con la boca abierta. Las migas llovían sobre el mantel esterilizado y las baldosas fregadas con lejía, mientras un pegote rojo del frasco de mermelada destapado manchaba la encimera impecable.
Lucía se detuvo en el marco de la puerta.
La anciana tragó un bocado denso con un sonido que resonó en las paredes de azulejos y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—¿Vas a quedarte ahí mirando? —La voz le salía clara y metálica, sin rastro del antiguo temblor en sus manos cuando agarró el cuchillo para cortar otro pedazo.

El celular de Lucía vibró en el bolsillo de su bata mostrando un mensaje de Claudia: «¿Café hoy?»

Lucía sacó el teléfono para mirar la pantalla brillante y luego bajó la vista hacia las migas esparcidas por el suelo, el líquido rojo que goteaba por el borde del cristal y el cuerpo frente a ella que tragaba con avidez, antes de volver a guardarlo en el bolsillo.

Su madre masticó otro trozo de pan sin apartar sus ojos grises de ella.

En la mesa de noche, a escasos centímetros de la cama de Lucía, el frasco de pastillas seguía intacto.

FIN.

Kassfinol

Dedicado a esas personas, que se consumen mutuamente en un encierro que ellas mismas deciden sostener.

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