El último turno
Autora: Kassfinol
Universo: Serie: Convirtiéndome en zombi
Género: Ficción postapocalíptica / Terror zombi
Todos los derechos reservados.
Aquí escuchas el relato:
Una masa inmóvil de acero y cristal bloqueaba la autopista Francisco Fajardo desde el distribuidor Altamira, ahogando cualquier intento de avance bajo el sol inclemente de la tarde. Manuel soltó el volante de la unidad paramédica para apoyar la espalda contra el asiento de una cabina donde el aire acondicionado llevaba cuarenta minutos sin funcionar, dejando que un hilo de sudor espeso le bajara por la nuca hasta empaparle el cuello de la camisa mientras Raúl, a su lado, pasaba las hojas de la bitácora trazando líneas de tinta que la humedad difuminaba.
El reloj digital del tablero parpadeó al cambiar a las cinco y catorce, un segundo antes de que un claxon rasgara el aire del canal rápido con un zumbido agudo. Manuel giró la cabeza justo cuando un sedán gris impactaba por detrás a un camión de carga, desatando un crujido metálico que rebotó contra los muros de contención. Aunque el golpe astilló los faros del vehículo menor, el conductor no bajó a revisar los daños; su cuerpo había quedado volcado sobre el volante con la cara hundida contra el centro del plástico, manteniendo la bocina presionada a fondo.
Manuel se quitó el cinturón de seguridad y abrió la puerta, recibiendo en la cara una ola de calor espeso que olía a caucho y diésel quemado. Dos filas más adelante, la puerta de un taxi se abrió de golpe para dejar salir a rastras a una mujer que cayó de rodillas sobre la línea blanca del pavimento, llevándose ambas manos a la garganta mientras la mandíbula se le tensaba hasta marcar los tendones bajo la piel. Con los ojos desmesurados hacia el cielo nublado, un espasmo cruzó su columna, doblando su cuerpo hacia atrás en un arco antinatural antes de desplomarse de cara contra el concreto caliente.
Raúl bajó por la puerta del copiloto con el botiquín rojo colgando del hombro.
—¿Convulsión? —preguntó Raúl, trotando entre los carros detenidos.
Manuel avanzó detrás de él sin llegar a responder al ver cómo, en el otro extremo del embotellamiento, cuatro puertas se abrían en secuencia para dejar caer a cuatro cuerpos sobre la carretera bajo el mismo patrón de tensión muscular y silencio. No hubo gritos ni intentos de amortiguar la caída; solo el golpe sordo de la carne contra el asfalto acompañado por el zumbido ahogado del claxon en el sedán destrozado.
Raúl soltó el botiquín y se arrodilló junto a la mujer mientras Manuel apretaba el paso para abrirse camino entre los parachoques atascados.
—No tiene pulso —dijo Raúl, presionando dos dedos contra la carótida antes de sacar una linterna pequeña del chaleco para levantarle el párpado derecho.
La mujer no reaccionó, manteniendo la pupila dilatada y fija contra el haz de luz. Al mismo tiempo, el zumbido del claxon se cortó cuando el conductor del sedán gris levantó la cabeza, revelando un impacto circular manchado de rojo en el parabrisas antes de empujar la puerta abollada con el hombro para salir a la vía arrastrando la pierna izquierda.
Manuel miró hacia el frente al escuchar un gorgoteo líquido en el instante en que la mujer tendida bajo las manos de Raúl tomó una bocanada de aire, inflando los pulmones con el sonido de un tubo obstruido por sangre. Raúl retrocedió apoyando las palmas en el suelo para levantarse, pero la mujer giró el cuello hacia él sin mostrar transición entre la inmovilidad y el ataque; se impulsó desde el pavimento para clavar los dientes en el antebrazo del paramédico, rasgando la tela del uniforme de un solo tirón. Raúl soltó un grito sordo intentando tirar hacia atrás mientras la piel de su brazo cedía.
Manuel corrió hacia ellos mientras a su alrededor los otros cuatro cuerpos caídos empezaban a levantarse en silencio, ignorando los vehículos y el calor del asfalto para avanzar directo hacia los autos con las ventanas abajo. Agarró a Raúl por las correas del chaleco táctico y tiró de él con todo su peso, obligando a la mujer a soltar el agarre para masticar el trozo de tela y carne antes de ponerse de pie con la mandíbula colgando desviada hacia la izquierda.
—A la unidad —dijo Manuel.
Raúl trastabilló hacia atrás, apretándose la herida con la mano ilesa para frenar la sangre oscura que le bajaba por los dedos, mientras Manuel sacaba la pesada linterna de aluminio de su cinturón para interponerse entre su compañero y la mujer. Ella avanzó con los brazos caídos y la boca abierta, recibiendo de lleno el balanceo de la linterna; el cilindro metálico golpeó su sien izquierda con un chasquido seco, quebrando el hueso bajo el peso del aluminio y haciéndola perder el equilibrio hasta caer de lado contra el parachoques de un taxi sin intentar protegerse el rostro.
A diez metros, el conductor del sedán gris rompió la ventana de una camioneta familiar a puñetazos, haciendo estallar el cristal para ahogar el grito del interior bajo su peso al meterse por la ventanilla mientras el sonido de los motores acelerando en vacío invadía la autopista. Las puertas de los autos se abrían de golpe dejando salir a pasajeros que corrían hacia el muro de contención, solo para ser interceptados por los cuerpos reanimados antes de llegar al concreto.
—Camina —ordenó Manuel, empujando a Raúl por la espalda.
Raúl tropezó entre los parachoques atascados, dejando un rastro de gotas sobre la línea divisoria de los canales. Avanzó hasta que Manuel tiró de la manija del copiloto, lo empujó hacia el asiento y cerró la puerta. Al rodear el capó de la ambulancia, un hombre en traje saltó sobre él desde el techo de un carro contiguo. Manuel levantó el brazo izquierdo para bloquear el impacto. Tras sentir los dientes resbalar sobre la lona gruesa del uniforme, clavó la base de la linterna en la garganta del atacante, lo empujó contra el asfalto y abrió la puerta del conductor.
Subió de un salto y bajó los seguros eléctricos mientras afuera el hombre del traje se estrellaba contra el vidrio de la ventana dejando una mancha de saliva y sangre sobre el cristal, girando luego la cabeza hacia un motociclista que intentaba arrancar su máquina entre dos defensas. En el asiento contiguo, Raúl respiraba con sacudidas cortas y presionaba la herida con la mano sana, dejando que la sangre empapara la tela del pantalón para acumularse en la alfombra de goma de la cabina hasta que Manuel buscó en el compartimento superior un torniquete táctico.
—Quítate la mano —dijo Manuel, deslizando la cinta de nylon por encima del codo de Raúl para girar la varilla de plástico.
Raúl apretó los dientes al sentir cómo el flujo de sangre disminuía hasta convertirse en un goteo lento dentro de una cabina donde la temperatura seguía subiendo por el calor encerrado. Aislado a medias de los gritos y el crujido de vidrios de la autopista, Raúl apoyó la cabeza contra la ventanilla con la piel cubierta de sudor helado y las pupilas dilatadas al límite.
—Me duele el pecho —dijo Raúl.
Manuel ajustó el velcro del torniquete con un tirón seco que detuvo el sangrado por completo, dejando a su compañero caer contra el respaldo con los ojos cerrados mientras su aliento empañaba el cristal de la puerta.
—La presión te va a subir por el trauma —dijo Manuel, asegurando la varilla plástica en el clip de retención—. Mantén el brazo elevado.
Raúl asintió despacio, mostrando los bordes desgarrados por los dientes en la herida del antebrazo; la hemorragia estaba bajo control y el pulso se mantenía fuerte, pero el cuadro clínico carecía de sentido ante la lógica de un sistema donde la mujer del taxi había caído muerta en la carretera sin derramar una gota de sangre para reanimarse en segundos. Manuel repasó los manuales de trauma en su cabeza confirmando que nada encajaba con lo que ocurría del otro lado de las ventanillas.
Afuera, la autopista había dejado de ser un embotellamiento para convertirse en un matadero lineal donde un hombre en camisa de cuadros corría por el techo de los autos atascados, huyendo hasta que una mujer lo sujetó por el tobillo para arrastrarlo hacia el espacio estrecho entre dos camionetas y ahogar sus gritos.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Manuel.
—El distribuidor… —murmuró Raúl, abriendo los ojos pesados—. La rampa hacia la base de Protección Civil está a trescientos metros.
Manuel miró a través del parabrisas astillado hacia los canales de circulación bloqueados por una masa de chapa y cristales rotos, evaluando el hombrillo de emergencia que presentaba una franja despejada de apenas dos metros de ancho contra el muro de concreto. Sin margen para dudar, metió la primera marcha haciendo rugir el motor diésel, pisó el acelerador y giró el volante a la derecha, obligando a la defensa delantera a chocar contra el faro de un taxi, apartándolo con un chirrido de metal doblado hasta lograr subir la llanta al hombrillo.
Avanzó a treinta kilómetros por hora sin encender la sirena. Rozó la pintura del costado izquierdo contra la fila ininterrumpida de carros estacionados y raspó el espejo retrovisor derecho contra el concreto del muro. Tres cuerpos reanimados salieron de entre los autos para interponerse en el canal de emergencia, deteniéndose de cara al radiador sin levantar las manos. Manuel hundió el pie en el acelerador. La ambulancia los impactó de lleno. El primero rebotó contra el capó y se estrelló contra el parabrisas, dejando una telaraña de grietas sobre el vidrio antes de caer al asfalto. Los otros dos quedaron arrollados bajo el chasis con dos golpes sordos en la suspensión.
Raúl se aferró al asidero del techo con la mano ilesa, respirando de forma superficial.
—Me quema —dijo Raúl, mirando la herida oculta bajo el torniquete táctico—. Siento que me echaste ácido en el brazo.
—Es la compresión —respondió Manuel, fijando la vista en la salida del distribuidor Altamira para evitar mirar el sudor helado que empapaba el rostro de su compañero o el temblor antinatural que empezaba a sacudirle las piernas.
Lograron coronar la rampa y abandonar la autopista Francisco Fajardo para ingresar a un escenario urbano donde el colapso de los conductores había convertido la avenida principal en un campo de colisiones dominado por decenas de carros particulares estrellados contra árboles y defensas de edificios residenciales, bajo las primeras columnas de humo negro que se elevaban a lo lejos sobre los tejados. Manuel condujo la ambulancia hasta la entrada de la base de operaciones de Protección Civil, atravesando un portón de malla ciclónica que permanecía abierto con una patrulla policial vacía incrustada en el medio, sin rastro de guardias en la garita ni movimiento en el patio. Al frenar la unidad a diez metros del portón y apagar el motor, el silencio cayó sobre la cabina, interrumpido por la respiración entrecortada de Raúl y el zumbido distante de las alarmas contra incendios, impulsando a Manuel a agarrar su linterna de aluminio y engancharse el botiquín de repuesto en el hombro antes de quitar los seguros de las puertas.
—Bajamos aquí —dijo Manuel—. Apóyate en mí.
Raúl abrió la puerta del copiloto para bajar las piernas, pero al sentir que sus rodillas cedían contra el asfalto, Manuel tuvo que sujetarlo por el cinturón del chaleco y pasar el brazo sano de su compañero sobre sus propios hombros, ajustando la postura para soportar un peso muerto que amenazaba con tirarlos a ambos. Al caminar hacia la entrada peatonal de la base, Manuel percibió el calor febril y denso que emanaba del cuerpo de Raúl a través de la gruesa tela del uniforme, irradiando hacia el exterior y aumentando con cada paso.
Cruzaron la puerta de malla ciclónica hacia el patio delantero vacío, salpicado por gasas sucias y radios de comunicación abandonados sobre el cemento, avanzando hasta las puertas de vidrio de la recepción que mostraban signos de haber sido forzadas desde adentro. Tras apartar el cristal roto con la bota, Manuel arrastró a Raúl hasta la sala de espera esquivando las sillas de plástico volcadas para acostarlo sobre una camilla rígida de rescate que bloqueaba el pasillo hacia los vestuarios; su compañero mantenía los ojos cerrados, con la respiración silbándole en la garganta y el sudor empapándole el cuello de la camisa.
—Voy a buscar la caja de vías y solución salina —dijo Manuel.
En lugar de responder, Raúl apretó la mano sana sobre el borde de plástico de la camilla con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos y crujieron bajo la presión.
Manuel corrió hacia la farmacia de guardia encontrando la reja de seguridad abierta y las cajas de medicamentos tiradas por el suelo bajo estantes saqueados, logrando rescatar dos bolsas de suero intactas y un catéter bajo un mostrador volcado. Justo al recoger los insumos escuchó un golpe seco proveniente del pasillo seguido por el chirrido de plástico arrastrándose sobre las baldosas, obligándolo a salir de la farmacia con el catéter en la mano para descubrir la camilla rígida vacía con las correas de sujeción colgando hacia el piso.
—¿Raúl? —llamó Manuel.
El sonido de unos pasos arrastrados llegó desde la oscuridad de los vestuarios al final del pasillo. Manuel encendió la linterna y dejó que el haz de luz cortara la penumbra para detenerse sobre un charco oscuro que manchaba la entrada de las duchas, obligándolo a caminar pegado a la pared aferrando el cilindro de aluminio mientras el latido sordo le retumbaba en las sienes; la fiebre no podía matar a un hombre sano en tres minutos sin provocar un shock visible o convulsiones previas, confirmando que las reglas médicas se estaban desmoronando a su alrededor.
Al empujar la puerta de los vestuarios recibió un golpe de olor a hierro y orina estancada, descubriendo a Raúl de espaldas y arrodillado frente a la fila de casilleros; pero en lugar de sostenerse el brazo herido, sus manos arrancaban pedazos de carne del cuello de un paramédico del turno de la mañana que yacía inmóvil sobre los azulejos. Con el pulso acelerado, Manuel levantó la linterna para iluminar la nuca de su compañero, quien dejó de arrancar tejido para girar el torso sobre sus rodillas y mirar hacia la puerta con los ojos desenfocados, la esclerótica cubierta por una red de capilares rotos y un trozo de músculo cayendo de su barbilla.
El peso del cilindro de aluminio resbaló en la palma sudada de Manuel al retroceder un paso sobre el charco pegajoso de la entrada, observando cómo Raúl obviaba cualquier intento de ponerse de pie con apoyo para impulsarse desde el piso en un espasmo rígido y arrojarse hacia el pasillo con la mandíbula abierta. Manuel levantó la linterna y asestó un golpe cruzado que estrelló el cilindro metálico contra la mandíbula de su compañero, quebrando el hueso con un crujido húmedo. Raúl salió despedido de espaldas contra la pared de los casilleros y resbaló hasta el suelo. La criatura no intentó llevarse las manos al rostro ni emitió sonido alguno antes de volver a levantarse.
Sin esperar el segundo ataque, Manuel retrocedió hacia el pasillo principal, tiró de la puerta de los vestuarios y pasó la barra de seguridad por los aros de metal con manos temblorosas justo cuando los golpes desde el interior comenzaron a abollar el aluminio con un ritmo contundente. Dejó caer las bolsas de suero al piso. La medicina y la compresión eran recursos agotados frente a cuerpos que ignoraban la muerte clínica. Retrocedió hacia la recepción buscando la salida con la respiración entrecortada. En el exterior, el ruido de motores pesados y el rechinido de neumáticos sobre el asfalto ahogaron el zumbido de las alarmas. Tres camiones de transporte militar frenaron frente al portón de la base.
Manuel se arrastró por debajo de la línea de las ventanas de la recepción para asomarse entre los restos de cristales rotos, observando cómo las lonas traseras de los camiones se levantaban al unísono para dejar caer a dos docenas de soldados sobre el asfalto; descendieron en un silencio absoluto sin gritar órdenes ni encender megáfonos para agrupar a los sobrevivientes, portando máscaras antigás ajustadas al rostro y fusiles de asalto pegados al pecho.
Una mujer salió tropezando desde detrás de una patrulla estrellada y levantó los brazos hacia los uniformados con la mitad de la blusa cubierta de sangre, caminando sobre sus propios pies mientras lloraba palabras incomprensibles. El soldado en la vanguardia ignoró cualquier protocolo médico para levantar el cañón del fusil y disparar dos veces, iluminando la calle oscurecida con los destellos del arma antes de que la mujer cayera de rodillas y se desplomara sobre el pavimento.
El sonido de los disparos retumbó en el pecho de Manuel dejando un zumbido agudo en sus oídos frente a la evidencia de una cuadrilla que ignoraba los cercos sanitarios dictados por los manuales para avanzar en una línea perfecta de exterminio, ejecutando a los cuerpos reanimados que se arrastraban por la calle con la misma cadencia mecánica que aplicaban para rematar a los heridos que pedían auxilio. No traían ambulancias ni camillas de apoyo, limitando su avance a una ráfaga de plomo y botas pesadas aplastando los casquillos vacíos.
Cuando cuatro soldados se separaron de la formación principal para girar hacia la entrada de la base paramédica, sus linternas tácticas barrieron el patio delantero cruzando los haces de luz sobre la ambulancia abandonada, lo que obligó a Manuel a abandonar su linterna de aluminio en el piso para evitar cualquier reflejo delator y retroceder a gatas por el pasillo principal.
Aprovechando que los golpes de Raúl contra la puerta del vestuario seguían resonando en el corredor para marcar la posición exacta de las amenazas internas, Manuel se desvió hacia el cuarto de mantenimiento, buscando el callejón trasero a través de una puerta de servicio mientras a sus espaldas las botas militares trituraban los vidrios de la recepción. Al girar la manilla con ambas manos para silenciar el mecanismo, el inevitable chirrido metálico quedó sepultado por una ráfaga de fusil que destrozó la chapa de aluminio de los vestuarios, abriendo paso al cuerpo reanimado de Raúl para que se abalanzara sobre los uniformados ignorando el impacto de las balas en su torso.
Bajo la cobertura del fuego cruzado, Manuel empujó la puerta trasera y salió al callejón angosto donde el aire nocturno apestaba a basura quemada y pólvora; soltó la radio de Protección Civil sobre el cemento dispuesto a perderse entre las columnas de un estacionamiento residencial contiguo, pero un quejido ahogado lo detuvo en seco. Junto a los contenedores de basura, un adolescente de camisa desgarrada presionaba ambas manos contra una herida en el muslo y levantó la vista dejando escapar un sollozo seco justo antes de que una sombra se desprendiera de la escalera de incendios del edificio vecino, dejando caer un hombre reanimado sobre el pavimento que flexionó las rodillas absorbiendo el impacto sin sufrir daño estructural.
Aunque el protocolo de escape exigía correr hacia el estacionamiento, los años de guardia en ambulancias pesaron más que el cálculo de supervivencia obligando a Manuel a recoger una barra de acero oxidada del suelo para acortar la distancia. Trazó un arco descendente que golpeó la nuca del atacante y quebró el hueso con un chasquido áspero. La criatura cayó directo hacia la acera. El segundo ataque llegó de inmediato desde el espacio oscuro entre dos contenedores volcados.
Una mujer de rostro desfigurado y vestido empapado en fango negro lo embistió por el costado derecho. Manuel se vio forzado a levantar el antebrazo para bloquear un asalto que ignoraba la gravedad y el dolor. El impacto los estrelló a ambos contra la pared de ladrillos. La barra de acero resbaló de los dedos de Manuel y rebotó sobre el pavimento fuera de su alcance.
La mujer lanzó tarascadas al aire buscando el cuello de su presa, pero Manuel le aprisionó la garganta con ambas manos para empujar la mandíbula desencajada lejos de su rostro, percibiendo bajo los guantes tácticos la misma fiebre ardiente y antinatural que había sentido en Raúl. Los músculos del paramédico temblaron bajo el esfuerzo continuo mientras sus botas perdían tracción al resbalar sobre una mezcla de aceite y basura esparcida en el suelo.
Cuando el adolescente herido dejó escapar un sollozo ahogado al ver la pelea y se arrastró hacia atrás, el sonido obligó a Manuel a desviar los ojos una fracción de segundo hacia el muchacho, regalando el instante necesario para que se rompiera su resistencia. La mujer torció el torso con una fuerza bruta que desgarró las costuras de su propio vestido, hundió la cabeza y clavó los dientes en la unión entre el cuello y el hombro de Manuel, perforando el chaleco táctico para rasgar el tejido muscular y alcanzar la arteria carótida con un impacto que le cortó la respiración.
Soltando un grito sordo, Manuel hundió los pulgares en las cuencas vacías de la mujer y empujó el cráneo hacia atrás hasta escuchar el crujido de las vértebras cervicales. El cuerpo cayó a un lado, llevándose un trozo de carne y tela entre los dientes. Manuel cayó de rodillas sobre el cemento y presionó el desgarro con ambas manos para frenar los borbotones rítmicos de sangre que se escurrían entre sus dedos. Al ver la herida, el muchacho se puso de pie a tropezones y corrió hacia la salida del callejón buscando la luz de la calle principal.
Manuel intentó gritar. Solo un gorgoteo de espuma roja escapó entre sus labios. Giró la cabeza hacia la avenida y vio la silueta del joven irrumpir en la línea de visión de los soldados. Cuatro fusiles se levantaron al unísono. Dos disparos quebraron la quietud de la calle y el muchacho se desplomó sobre el asfalto. Manuel dejó caer la espalda contra el suelo bajo la sombra de la escalera de incendios. Soltó la presión sobre su cuello al asumir la inutilidad de sus manos frente a una herida arterial abierta. Su mente repasó la cascada de fallas en su propio cuerpo: el choque hipovolémico, la caída de la presión, la hipoxia cerebral.
El calor abandonó sus extremidades. Un peso de hielo subió desde las botas hasta paralizarle las rodillas. Los pulmones se expandieron en el pecho exigiendo un aire que la sangre ya no transportaba. En medio del frío, un ardor brotó en la base de su cráneo trayendo consigo la misma temperatura febril que había sentido en la piel de Raúl. Clavó las uñas en el asfalto al percibir cómo el virus encendía rutas nuevas en su sistema nervioso para tomar el control. Fijó la vista en el cielo cubierto por el humo justo cuando el latido en su pecho tropezó dos veces y se apagó. El tórax dejó de moverse. El callejón permaneció en silencio durante menos de un minuto, hasta que los dedos de Manuel rasparon la piedra áspera y sus ojos se abrieron de golpe para enfocar las sombras.
FIN





