Relato gratis: Treinta y siete grados

Título: Treinta y siete grados

Autora: Kassfinol

Género: Romance paranormal

Todos los derechos reservados.

Un incendio. Una oferta que no debería aceptar. Un empleador con restricciones dietéticas que no figuran en ningún manual médico.

Elena Vargas lleva doce años confiando en sus sentidos por encima de cualquier lógica.

Sus sentidos llevan semanas diciéndole que algo no cuadra.

El fuego olía a acelerador de llamas, no a cortocircuito.

Elena lo supo antes de que los bomberos abrieran la boca, antes de que el inspector de seguros sacara su libretita con cara de funcionario aburrido. Lo supo porque llevaba doce años cocinando sobre gas abierto y sabía exactamente cómo huele algo que arde solo versus algo que alguien quiso que ardiera.

El Bistrot Rouget —su Bistrot, sus tres años de deudas aplastantes y una estrella Michelin que pesaba más que el orgullo— era ahora una carcasa negra vomitando humo gris hacia el cielo de octubre.

Eran las cuatro de la mañana. Elena seguía en la acera, con el delantal puesto todavía porque había estado haciendo pruebas de un nuevo coulis antes del cierre cuando saltaron las alarmas, y el frío le mordía los tobillos con intensidad. A su lado, Tomás, su sous chef, intentaba consolarla con un café de máquina que sabía a papel mojado.

—Vamos a reconstruirlo —dijo él, con esa fe inquebrantable que cualquiera tiene a los veintisiete años.

Elena miró las vigas caídas entre los escombros.

—Claro —dijo—. Con qué, ¿con buena voluntad?

Tenía doscientos cuarenta mil euros de deuda con el banco, el seguro iba a tardar meses en resolverse —si es que cubría algo— y la temporada alta empezaba en seis semanas. Bebió un sorbo del café espantoso y decidió que llorar era un lujo que no podía costear hasta después del desayuno.

La tarjeta apareció al día siguiente, debajo de la puerta de su apartamento.

No era una tarjeta de presentación normal. Era de papel grueso, casi cartulina, con relieve en las letras y un peso en la mano que sugería dinero de verdad. Alistair King. AK Industries. Un número de teléfono. Nada más.

Elena tardó cuatro horas en llamar, que era menos de lo que habría tardado en circunstancias normales, pero las circunstancias normales no incluían contemplar la ruina financiera total mientras comía tostadas sin mantequilla porque había olvidado comprarla.

La reunión fue esa tarde. Penthouse, torre de vidrio en el centro, ascensor que requería huella dactilar. El asistente que la recibió era un hombre joven con ojos color miel y una sonrisa calibrada al milímetro; la hizo esperar exactamente tres minutos en una sala con un sofá que costaba más que su coche, antes de abrirle una puerta doble hacia el despacho.

Alistair King estaba de espaldas cuando entró, mirando la ciudad a través de los ventanales. Elena aprovechó esos segundos para hacer lo que hacía siempre con los ingredientes nuevos: observar sin que lo supieran.

Alto. Hombros que llenaban la chaqueta de una forma que era casi abstracta. Pelo oscuro, demasiado ordenado para ser casual. Cuando se giró, Elena tuvo que ajustar mentalmente sus expectativas porque los hombres más ricos de la ciudad generalmente venían en versión cincuentón y con cansancio, y este tenía una cara que parecía tallada por alguien con demasiado tiempo libre y criterio estético. Treinta y pocos, quizás. O cuarenta bien llevados. Sus ojos eran de un gris particular, del gris del cielo antes de una tormenta que nunca llegó.

—Señorita Vargas —dijo, y su voz era exactamente como su tarjeta de presentación: precisa, con peso—. Siéntese.

No era una petición.

Elena se sentó, cruzó los brazos y decidió que no iba a dejarse intimidar por alguien que ni siquiera había dicho buenos días.

—Señor King —respondió—. ¿Siempre recluta a su personal revisando los informes de los bomberos, o fui una excepción?

Algo cruzó su cara. No era una sonrisa exactamente, pero tampoco era su cara anterior. Un ajuste mínimo alrededor de la boca.

—Llevo tiempo buscando un chef de su nivel —dijo—. El incendio fue… conveniente para mi agenda.

—Para la mía no tanto.

—No. Y por eso estamos aquí.

La propuesta fue directa. Un año como chef personal exclusiva, en su penthouse, con acceso a todos los ingredientes que necesitara dentro de sus especificaciones. A cambio: sus deudas saldadas, el restaurante reconstruido, y un salario mensual que Elena tuvo que leer dos veces en el papel que le deslizó sobre la mesa para asegurarse de que no le faltaban ni sobraban ceros.

—Sus especificaciones —repitió Elena, porque ahí estaba el truco, siempre estaba el truco—. Cuénteme.

Alistair apoyó los codos en la mesa y la miró con esa intensidad que hacía que fuera difícil concentrarse en lo que decía.

—Carnes. Predominantemente. Muy poco cocidas, de cortes específicos que le proporcionaré. Salsas que tengan cuerpo y que sean ricas en hierro. Ningún ajo, ninguna hierba con propiedades antibióticas significativas. Un menú que cambia semanalmente siguiendo mis instrucciones.

Elena lo miró.

—¿Alguna alergia? ¿Me debería preocupar por algo?

—Una condición dietética particular. Nada que deba preocuparle.

—Como chef, todo me preocupa. —Cogió el papel y lo estudió—. Estas restricciones son… específicas.

—Soy un hombre específico.

Elena tomó aire de forma audible.

—¿Y cocinaré para cuántos?

—Solo para mí.

Elena volvió a mirar el número. Sus deudas. El restaurante hecho cenizas. Tomás y sus otros tres empleados que se habían quedado sin trabajo por un incendio que olía a acelerador de llamas.

Pensó: esto es una jaula de oro.

Luego pensó: al menos es de oro.

—Tengo una condición propia —dijo—. Si durante el año estimo que el menú que usted impone limita mi capacidad de crear platos de calidad, puedo proponer variaciones. Usted puede rechazarlas, pero tengo derecho a proponerlas. ¿Le parece bien?

Alistair la observó durante cuatro segundos exactos.

—Acepto —dijo—. ¿Cuándo puede empezar?

La cocina era, al menos, extraordinaria.

Eso Elena tuvo que concedérselo. Gas de alta gama, campana extractora silenciosa, superficies de mármol que conservaban el frío sin necesidad de refrigeración auxiliar. Una despensa que era más un almacén privado, con filas de especias organizadas por región de origen y un armario de maduración para carnes que habría hecho llorar a cualquier carnívoro con sensibilidad artística.

Las carnes llegaban tres veces por semana en cajas isotérmicas sin etiqueta, acompañadas de un formulario con temperatura de transporte y origen que decía simplemente ganadería certificada, zona norte. Elena las abrió la primera vez y tuvo que admitir que eran espléndidas. Cortes perfectos, casi arquitectónicos. Un rojo tan oscuro que tiraba casi al granate.

Fue al tercer día cuando notó el olor.

No era desagradable. Era… metálico, pero con algo más debajo. Algo mineral y cálido que le recordó, por alguna razón que no podía articular, al cobre después de la lluvia. Cuando lo comentó, Marcus —el asistente de Alistair, que se movía por el penthouse con el silencio de alguien que había practicado no existir— le dijo que era normal para ese tipo de corte, que la alimentación específica del ganado producía esa particularidad en la carne.

Elena lo anotó mentalmente y se puso a cocinar.

Lo que no anotó mentalmente, porque anotarlo habría implicado reconocerlo, era que Alistair King la miraba cocinar.

No de forma obvia. Nunca de forma obvia. Pero en tres semanas, Elena había aprendido que el hombre aparecía en el umbral de la cocina exactamente cuando ella estaba más concentrada: reduciendo una salsa, desglasando con vino, ajustando el punto de sal con los dedos. Se quedaba en el marco de la puerta con los brazos cruzados y esa expresión que era imposible de descifrar, y Elena lo sentía antes de verlo, como se siente un cambio en la presión del aire antes de la lluvia.

La otra cosa que notó, a la semana, fue que Alistair nunca comía frente a ella.

El plato desaparecía. Ella salía de la cocina, él comía en el comedor, y cuando volvía a recoger, el plato estaba limpio. Pero nunca lo había visto comer. Ni un bocado. Ni un sorbo. Cuando ella estaba presente, él examinaba los platos con una atención que parecía más análisis químico que apreciación culinaria —inclinaba ligeramente la nariz, como si oliera capas— y luego esperaba a que ella no estuviera.

—¿Le gusta lo que cocino? —le preguntó una noche, directa, porque la indirecta no era su estilo.

Alistair alzó la vista del informe que estaba leyendo. Eran las ocho y media y Elena había traído el plato del día —lomo de res con reducción de vino tinto y tuétano, sobre puré de raíces— a la mesa del comedor como siempre.

—Es satisfactorio —dijo.

—Satisfactorio —repitió Elena—. Qué entusiasmo.

—¿Busca algún elogio en específico, señorita Vargas?

—Busco retroalimentación útil. Satisfactorio no me dice nada sobre qué mejorar o qué mantener.

Los ojos grises la estudiaron con esa calma que Elena había empezado a encontrar tanto irritante como perturbadora.

—Los sabores están equilibrados —dijo, despacio, como si eligiera cada palabra—. La reducción tiene la profundidad adecuada. El tuétano añade una untuosidad que…

Se detuvo. Algo pasó por su cara que Elena no supo identificar.

—¿Que qué? —preguntó.

—Que complementa el conjunto —terminó—. Puede retirarse.

Elena recogió sus cosas y se retiró. En el pasillo, se quedó parada tres segundos preguntándose por qué la conversación se había sentido como si hubiera pasado algo más de lo que había pasado.

A la cuarta semana, desafió el menú por primera vez.

No fue un desafío dramático. Fue un tartar.

El menú de Alistair decía lomo a la sal, rojo en el centro, y Elena hizo eso, pero también hizo un tartar de la misma carne —el mismo corte, los mismos ingredientes, pero crudos, apenas aliñados con mostaza de Dijon y yema de huevo y alcaparras, siguiendo una receta que era básica en técnica pero perfecta en ejecución— y lo puso junto al plato principal sin comentario.

Alistair miró los dos platos.

—Esto no estaba en el menú.

—No. Pero es el mismo corte, sin cocción. Pensé que era coherente con sus preferencias.

Los ojos grises se movieron del plato a ella, y Elena tuvo la extraña sensación de que algo en él se había… tensado. Como cuando ajustas demasiado la cuerda de un instrumento.

—¿Lo probó? —preguntó él.

—Claro que lo probé. Siempre pruebo lo que cocino.

Otro silencio. Alistair miró el tartar y sus fosas nasales se expandieron apenas, un gesto tan pequeño que Elena no habría podido jurar haberlo visto.

—Puede dejarlo —dijo.

Esa noche, el tartar también desapareció.

El problema con vivir adyacente a alguien, incluso sin vivir con él, es que empiezas a notar cosas que no querías notar. Elena llegaba a las seis de la tarde —el penthouse tenía su propio horario de oscuridad, porque Alistair nunca abrió las contraventanas de forma completa en todo el tiempo que llevaba allí— y se iba a las once, doce, a veces la una de la mañana cuando la preparación era compleja. Suficiente tiempo para aprender que Alistair King era frío, no como personalidad sino como temperatura: si por accidente rozaba su mano al pasarle un plato, la frialdad de su piel era la de alguien que acababa de entrar del exterior helado, aunque llevara horas adentro. Era meticuloso con sus horarios. No dormía, o si lo hacía, no en horas que Elena pudiera detectar. Y tenía, en el raro momento en que sonreía de verdad, unos dientes muy perfectos.

Demasiado perfectos.

Elena era chef. Los chefs pasan la carrera entera aprendiendo a confiar en sus sentidos por encima de cualquier lógica, y sus sentidos llevaban semanas mandándole información que su lógica se negaba a procesar porque era absolutamente ridícula.

El ajo. La falta de ajo en todas sus recetas, que al principio asumió era una alergia pero que ninguna alergia documentada producía reacción a cantidades tan mínimas como las que usaría en un sofrito. La carne que llegaba sin etiqueta y olía a cobre. La forma en que él olía los platos antes de comerlos —si los comía— con una concentración que no era culinaria sino algo más primitivo. La temperatura de su piel. El hecho de que en seis semanas jamás lo había visto a plena luz del día, porque el penthouse tenía orientación norte y él nunca salía antes del atardecer.

Una noche, mientras esperaba que una reducción terminara de concentrar, Elena sacó el teléfono y buscó: «dieta carnívora estricta, sensibilidad al ajo, temperatura corporal baja, evita la luz solar.»

Los primeros resultados que aparecieron la hicieron soltar una carcajada tan fuerte que la salsa que estaba haciendo estuvo a punto de desbordarse.

Fue la discusión sobre la albahaca lo que lo cambió todo.

No la albahaca en sí, que técnicamente no estaba prohibida en el menú de Alistair, pero que Elena había añadido a un consomé como elemento aromático y él había devuelto intacto con una nota escrita a mano que decía simplemente sin hierbas frescas; sino lo que pasó después, cuando Elena entró al salón con la nota en la mano y los brazos cruzados y dijo:

—Necesito que me explique la lógica de sus restricciones.

Alistair estaba sentado en el sofá con el traje del día todavía puesto, leyendo algo en una tableta. Alzó la vista.

—Ya se las expliqué.

—Me dijo que tenía una condición dietética. Eso no es una explicación, es una evasiva con tres palabras.

—¿Y eso le impide cocinar?

—Me impide cocinar bien. Un chef que no entiende por qué sus ingredientes están limitados no puede optimizar dentro de esas limitaciones. No tengo el contexto.

Alistair dejó la tableta sobre el brazo del sofá con una precisión que Elena ya reconocía como señal de que estaba procesando algo que no quería procesar.

—La albahaca tiene propiedades anticoagulantes —dijo, despacio—. Interfiere con ciertas… funciones metabólicas en mi caso particular.

—¿Anticoagulantes?

—Sí.

Elena lo miró durante un momento. Pensó en sus búsquedas de internet. Pensó en la carne con olor a cobre. Pensó en la piel fría y en los dientes demasiado perfectos y en que Alistair King nunca abría las ventanas.

Decidió, con la misma lógica con que decidía las combinaciones de sabores, que si lo que sospechaba era cierto, pelearlo frontalmente era tan inútil como intentar que una salsa espesara con el fuego apagado.

—De acuerdo —dijo—. Entonces necesito saber qué más tiene propiedades anticoagulantes, para evitarlo de forma sistemática. ¿Puede darme una lista?

Alistair la miró como si esperara algo diferente.

—¿No va a preguntarme por qué?

—¿Por qué querría saber eso?

—La mayoría de las personas, en su posición, tendrían preguntas.

—La mayoría de las personas, en mi posición, no tienen ciento ochenta mil euros de deuda saldada y un restaurante siendo reconstruido. —Elena encogió los hombros—. Si me da la lista, puedo adaptar mis técnicas de manera más eficiente.

El silencio duró lo suficiente para que Elena se preguntara si había dicho algo malo, pero luego algo en la cara de Alistair cambió. No mucho. Un relajamiento mínimo alrededor de los ojos que en cualquier otra persona habría llamado alivio.

—Le mandaré la lista por la mañana —dijo.

—Perfecto. —Elena recogió la nota de la albahaca de la mesa donde la había dejado, le dio la vuelta y la usó de papel de apuntes—. Y mientras tanto, cuénteme: ¿el consomé tenía el nivel de extracción que buscaba, ignorando la albahaca?

Y así fue que Alistair King empezó a hablar de comida con ella.

No fue inmediato. Nada en él era inmediato. Pero gradualmente, a lo largo de las semanas siguientes, el momento del plato —cuando Elena lo traía al comedor y esperaba el veredicto mínimo que siempre había sido suficiente— empezó a extenderse. Alistair hacía preguntas. No muchas, pero precisas: qué técnica de reducción había usado, por qué ese corte específico, qué producía esa textura particular en la superficie de la carne sellada. Sus preguntas tenían la calidad de alguien que sabe escuchar y que almacena la información de forma distinta a como la mayoría de la gente la almacena.

Elena respondía con la misma precisión con que él preguntaba. A veces lo llevaba a la cocina para mostrarle algo en vez de explicarlo, porque mostrar siempre fue más eficiente que explicar, y ahí fue donde las cosas se volvieron complicadas.

No la primera vez. La primera vez que Alistair King estuvo en su cocina fue para ver una técnica de sellado y él se quedó en el umbral como siempre, con los brazos cruzados y esa distancia que mantenía de forma tan constante que Elena ya la asumía como parte de su arquitectura personal.

Fue la tercera o cuarta vez cuando empezó a avanzar.

No mucho. Medio paso, un paso. Lo suficiente para que el calor de la cocina llegara hasta él, y él se quedaba ahí como si el calor fuera algo que disfrutaba de una forma que no terminaba de ser normal. Sus ojos seguían todos sus movimientos con una atención que Elena había decidido atribuir a interés culinario porque la alternativa —que la mirara a ella, específicamente, de esa forma— era una información que no sabía qué hacer con ella todavía.

Una noche estaba reduciendo una salsa de vino tinto y huesos asados, removiendo con la cuchara de madera, cuando notó que él estaba a menos de un metro detrás de ella sin haber dicho nada. Lo supo por el descenso de temperatura en sus hombros, que era el efecto más extraño e inexplicable que producía la proximidad de Alistair King: no calor, como habría sido lo esperable, sino la sensación de algo frío y quieto moviéndose justo fuera de su radio de visión.

—Huele a hierro —dijo él, sin que ella lo hubiera invitado a comentar nada.

—Es el hueso de tuétano —dijo Elena sin girarse—. El tejido conectivo libera compuestos ferrosos durante la reducción.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo comenta?

—Porque le gusta.

Elena soltó la cuchara y se giró. Alistair estaba a menos de lo que había calculado —setenta centímetros, quizás, en esa cocina que de repente parecía haber perdido la mitad de sus dimensiones— y la miraba con esa expresión que ella había estado intentando descifrar semanas enteras.

—¿El olor le gusta? —repitió.

—Sí.

—A la mayoría de la gente el olor a hierro le resulta desagradable.

—Yo no soy la mayoría de la gente, señorita Vargas.

Lo dijo sin énfasis especial, como quien dice una obviedad, y Elena pensó en sus búsquedas de internet y en la carne sin etiqueta y en los dientes perfectos y en la piel fría.

—No —dijo—, supongo que no.

Y volvió a su salsa.

La discusión sobre el foie gras fue la que lo rompió todo.

Elena lo había propuesto como variación dentro de las restricciones —rico en hierro, textura densa, sin ninguno de los elementos problemáticos— y Alistair lo había rechazado con dos palabras: demasiado sutil. Elena había preguntado qué significaba eso en términos prácticos y Alistair había dicho que necesitaba que los sabores fueran directos, que no quería enmascaramiento, que la sofisticación que ella buscaba a veces oscurecía lo que él necesitaba encontrar en un plato.

—Lo que usted necesita encontrar —repitió Elena, con un tono que habría hecho que Tomás levantara las manos en señal de rendición—. Que es qué, exactamente. Porque llevamos dos meses y no me ha dado una descripción útil de qué busca en términos de sabor.

Estaban en la cocina. Eran las diez y media de la noche y la cena ya había terminado, pero Elena estaba preparando mise en place para el día siguiente porque tenía un solomillo que requería una marinada de doce horas, y Alistair había aparecido, como hacía cada vez con más frecuencia, en el umbral.

—El sabor que busco —dijo él, y su voz tenía algo diferente esa noche, algo que Elena no supo identificar hasta después— no viene de un ingrediente. Viene de la fuente.

Elena dejó el cuchillo sobre la tabla.

—Eso no significa nada.

—Significa todo.

—King —dijo ella, usando su apellido sin el señor porque el señor había empezado a sentirse absurdo semanas atrás—, si me da una descripción concreta, puedo trabajar con ella. Dígame: ¿qué sabor específico busca y no está encontrando?

Alistair se separó del marco de la puerta. Caminó hacia la isla central de la cocina, al otro lado de donde estaba ella, y apoyó las manos sobre el mármol. Sus manos eran siempre llamativas: largas, perfectamente formadas, sin las marcas que cualquier persona que cocinara regularmente tendría, pero con una quietud en ellas que era lo contrario de la quietud humana normal.

—Calor —dijo—. Quiero que el plato tenga calor.

—La temperatura de servicio está a—

—No de temperatura.

Elena lo miró.

—Calor orgánico —continuó él, con la misma calma con que podría haber estado hablando del tiempo—. El tipo de calor que proviene de algo vivo. La cocción lo reduce, pero las técnicas adecuadas pueden conservar parte de él. Usted ya lo intuyó con el tartar.

El silencio que siguió fue del tipo en que Elena tomó varios inventarios simultáneos: del espacio entre ellos, que eran unos dos metros de mármol frío; de sus propias manos, que habían dejado de moverse; de la forma en que Alistair la miraba, que no era nueva, pero que de repente sí lo era, porque había una honestidad en ella que antes no estaba.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó.

—¿Así?

—Siendo lo que es.

Otro silencio. Esta vez de los largos.

—Mucho tiempo —dijo él.

—¿Décadas?

—Más.

Elena asintió. Miró sus manos sobre la tabla de cortar, el cuchillo que había dejado, el solomillo que tenía que marinar.

—¿Duele? —preguntó, porque era la siguiente pregunta lógica y Elena siempre seguía la lógica.

—¿El qué?

—Lo que necesita. Que no está en los platos.

Alistair la miró durante un tiempo que Elena no habría podido medir.

—A veces —dijo.

Algo en eso, en la economía de esas dos palabras y en lo que costaban, hizo que Elena rodeara la isla. No pensó en hacerlo de forma particular; simplemente sus pies decidieron y ella los siguió, como cuando el paladar toma una decisión sobre el equilibrio de un plato antes de que el cerebro termine el análisis. Se detuvo a un metro de él, a medio metro, y alzó la mano y la apoyó sobre la de Alistair sobre el mármol.

Fría. Como siempre. Como el mármol mismo o más.

—La temperatura más baja que puede tener un plato y seguir sirviendo el propósito —dijo Elena, mirando sus manos superpuestas— es justo por encima del punto en que los compuestos aromáticos dejan de ser volátiles. Que para la mayoría de los elementos ricos en hierro es aproximadamente treinta y siete grados.

Alistair bajó la vista a las manos.

—Mi temperatura corporal es considerablemente menor que esa.

—Lo sé. —Elena no retiró la mano—. Pero la mía no.

El momento que siguió tenía la calidad de las reducciones cuando están a punto: todo concentrado, denso, en el último instante antes de que el punto de cocción cambie de forma irreversible.

Alistair giró su mano debajo de la de ella, despacio, y la rodeó con los dedos, y el frío de su palma contra el calor de la de Elena produjo algo que no era solo temperatura sino contraste, y el contraste era la base de toda buena cocina.

—Elena —dijo, y era la primera vez que usaba su nombre.

—Sí —dijo ella, que era una respuesta a una pregunta que él no había terminado de hacer.

La besó despacio, que era la única forma en que Alistair King hacía las cosas. Una mano en su mandíbula, fría contra el calor de su piel, inclinando su cara hacia arriba con una precisión que habría resultado arrogante si no fuera tan absolutamente deliberada. Sus labios eran fríos también al principio, y luego se fueron calentando —con el calor de ella, Elena lo entendió después, con el calor que él tomaba prestado— hasta que la diferencia de temperatura se volvió algo que no era frío ni calor sino una tercera cosa sin nombre.

Sabía a hierro y a algo más oscuro, especiado, mineral, como si hubiera estado bebiendo algo que no era agua y no era vino sino algo más antiguo que las dos cosas. Elena lo identificó con el mismo mecanismo con que identificaba sabores en la cocina: buscando las notas subyacentes, la estructura, el final en el paladar.

—Fría —dijo ella contra su boca.

—Sí —dijo él.

—No importa.

Lo dijo en serio. El contraste de temperaturas era exactamente lo que hacía interesante el contacto, como el equilibrio entre ácido y graso en una salsa, como el contraste entre la corteza crujiente y el interior tierno de una carne bien sellada.

Alistair la tomó por la cintura —sus manos sobre la tela del delantal, frías incluso a través del tejido— y la acercó a él, y Elena apoyó las manos sobre su pecho y notó que no sentía latido. Lo buscó porque su cuerpo lo buscó instintivamente antes de que su mente pudiera intervenir, y no encontró nada, o encontró algo tan lento y tan espaciado que no podía llamarse latido en ningún diccionario médico convencional.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te tocó? —preguntó ella.

La pregunta lo detuvo. Solo un segundo, un ajuste en la presión de sus manos, antes de responder:

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te preguntó eso?

—Nunca.

—Entonces estamos parejos.

Elena soltó una carcajada breve, porque era imposible no hacerlo, y Alistair la miró como si esa carcajada fuera también un sabor que estaba catalogando.

Elena apagó la reducción. Cogió el solomillo y lo metió en la nevera porque el instinto de oficio no se desconecta aunque todo lo demás esté colapsando, y lo que estaba colapsando era su capacidad para mantener cualquier distancia con el hombre que la miraba desde el otro lado de la isla con la expresión de alguien que tiene mucho tiempo y ha decidido gastarlo exactamente en esto.

Alistair la sentó en la isla —con una facilidad que era, también, información sobre lo que era— y se quedó de pie frente a ella, y lo primero que hizo fue exactamente lo que Elena no había esperado: cogió la cuchara que ella había dejado sobre el borde de la cazuela de la reducción, pasó el índice por el metal para recoger una gota de salsa, y se la llevó a la boca.

Elena lo observó sin decir nada.

—Bien equilibrada —dijo él.

—Gracias.

—Falta algo.

—¿Qué?

Alistair extendió la mano y pasó el mismo dedo —limpio ahora pero todavía manchado con el color oscuro de la reducción— por la curva de su mandíbula, despacio, siguiendo la línea hacia el cuello, y se inclinó y pasó la lengua exactamente por donde había ido el dedo.

El frío era preciso. Era como poner metal frío sobre piel caliente, solo que el metal era una lengua y la sensación producía algo que no tenía nombre culinario, pero que Elena habría podido describir, si le hubieran preguntado, como el mismo tipo de revelación que ocurre cuando encuentras el equilibrio perfecto de un plato que has estado ajustando durante horas.

—Calor —dijo él, con la boca todavía en su cuello—. Eso faltaba.

—Ya te lo dije —respondió ella.

—Sí. —Sus manos estaban en sus caderas, atravesando la tela del delantal y del uniforme de cocina, sin impaciencia, pero sin vacilación—. Tenías razón.

—Me alegra que lo reconozcas.

La forma en que él soltó algo parecido a una risa —bajo, como si no recordara del todo cómo hacerlo, pero el mecanismo todavía funcionara— hizo que Elena pusiera las manos en su cara y lo mirara de cerca, tan cerca que podía ver los detalles que la distancia siempre había difuminado: el gris de sus ojos, que tenía vetas más claras que no eran humanas exactamente, pero eran extraordinarias; la boca, que era perfecta de una forma que ahora tenía sentido.

—¿Me vas a morder? —preguntó Elena, de forma directa porque era la única forma en que sabía hacer las preguntas.

Alistair la miró.

—¿Quieres que lo haga?

Elena consideró la pregunta con la seriedad que merecía.

—No lo sé todavía —dijo—. Pregúntame después.

—De acuerdo.

Lo que siguió fue Alistair sin el control habitual por primera vez. No el hombre calibrado de los últimos dos meses sino algo anterior, algo que llevaba siglos debajo de la precisión y que ahora buscaba calor de forma directa y sin mediación. Sus manos en su cintura, en sus caderas, subiendo por su espalda —cada punto de contacto encendiendo algo en Elena que no tenía nada que ver con temperatura y todo que ver con querer más— y ella se encontró acercándose antes de que su cabeza terminara de decidirlo. Lo quería más cerca. Lo quería con una urgencia que no había sentido en mucho tiempo, sin ninguna metáfora culinaria aplicable, solo el hecho simple de que llevaba dos meses mirando esas manos y por fin estaban en ella.

Le quitó el delantal —lo colgó en el gancho porque incluso así era él, incluso ahora— y luego el uniforme, y cuando sus manos tocaron su piel Alistair contuvo el aliento. Una fracción de segundo, un ajuste involuntario que Elena notó y que la afectó más que cualquier otra cosa que había pasado hasta ese momento: que el contacto con su calor pudiera sorprenderlo a él. Que después de siglos hubiera algo capaz de hacerlo perder el hilo aunque fuera por un instante.

Elena lo atrajo hacia ella por la nuca. Sin pedir permiso porque a estas alturas las preguntas estaban sobrando.

Le desabotonó la camisa. Él dejó que lo hiciera sin apartar las manos de donde estaban —en sus caderas, sujetándola con una presión que era exactamente la que ella quería—, pero sus ojos mientras ella le abría la camisa tenían una calidad que Elena reconoció sin necesidad de definirla: era la misma que sentía ella. La misma urgencia, contenida pero real, de alguien que quiere algo con demasiadas ganas para fingir que no.

Le apoyó las palmas en el pecho. Sin latido. Solo la densidad de algo que había existido mucho más tiempo que cualquier corazón que hubiera latido contra sus palmas antes, y que ahora mismo la quería a ella.

—¿Sientes? —preguntó ella.

—Sí —dijo él, y la palabra salió de una forma que Elena no había escuchado antes en ninguna de sus interacciones previas: sin control, sin la arquitectura cuidadosa que siempre ponía en lo que decía.

Bien. Eso era bueno.

La tumbó sobre el mármol con una mano en su espalda para que no golpeara, que era el tipo de gesto que contradecía todo lo demás y que Elena iba a necesitar tiempo para procesar. Se apoyó en las manos a ambos lados de su cara y la miró durante dos segundos con una expresión que nunca le había visto: puro deseo sin capa de control, sin la arquitectura cuidadosa de siempre, solo él mirándola como si llevara dos meses aguantando exactamente esto.

Elena sintió el impacto de esa mirada en el pecho antes de sentir nada más. Y entonces él bajó la cabeza y Elena dejó de tener pensamientos analíticos sobre nada.

—No —dijo ella—. No te detengas.

—¿Segura?

—Alistair.

—Sí.

—Llevo dos meses aguantando que me mires cocinar como si fuera lo más interesante que has visto en décadas. —Pasó los dedos por su pelo, que por fin no estaba perfectamente ordenado—. No te detengas.

Algo en él se reajustó. No de forma dramática, no de la forma en que las personas normales cambian cuando ceden al impulso, sino de una forma más fundamental, como cuando baja la presión y el ambiente entero se vuelve diferente.

Elena perdió la noción del tiempo, que era algo que no le había pasado nunca en ninguna cocina ni en ningún otro sitio. La atención de Alistair en ella era total: la misma que ponía en el solomillo, en la reducción, en los márgenes de su empresa, aplicada ahora a aprender qué le gustaba, qué le hacía cerrar los ojos, qué hacía que se olvidara de respirar. Y lo hacía sin perder de vista su cara en ningún momento, que era la parte que más la desestabilizaba: que alguien que llevaba siglos existiendo la mirara a ella con esa concentración como si fuera lo más importante que había pasado en todo ese tiempo.

Su boca en su cuello, en su clavícula, diciendo su nombre con esa voz baja que Elena ya sabía que iba a quedarse grabada mucho tiempo.

En un punto, sus dientes rozaron su cuello.

—Todavía no lo sé —dijo Elena, que había anticipado la pregunta.

Su risa fue más completa esa vez.

No la mordió. Mantuvo la boca en su cuello —los dientes presentes pero sin comprometerse, apenas un borde— y lo que eso produjo no fue miedo sino algo que empezaba en ese punto exacto de contacto y bajaba por toda la columna vertebral hasta dejar de ser identificable como una sensación específica. Elena cerró los ojos. No como reacción de susto. Como cuando llegas al equilibrio perfecto de un plato y te quedas quieta para no romperlo.

Él respiró. Con la boca en su cuello, justo sobre el pulso, respiró despacio y hondo, una sola vez, como alguien que aprende algo de memoria y necesita asegurarse de retenerlo todo.

—¿Sigues sin saber? —murmuró contra su piel.

Elena tardó un momento en recordar la pregunta.

—Pregúntame en otro momento.

Lo que siguió fue Alistair entero: la precisión, la paciencia sin límite, y debajo de eso algo que llevaba siglos contenido y que esta noche, en esta cocina que olía a hierro y especias, había dejado de contenerse. Sus manos aprendieron cada reacción con la misma atención con que ella aprendía un ingrediente nuevo —calibrando, ajustando, memorizando— y en algún punto Elena notó que los dedos de ambos estaban entrelazados sin que ninguno pudiera identificar cuándo había ocurrido eso.

Cuando terminaron, ella se quedó en el suelo, la espalda contra los armarios bajos, la respiración todavía encontrando su ritmo. Alistair estaba a su lado. No recordaba haberle visto moverse hasta allí. Tenía el brazo alrededor de sus hombros de esa forma imprecisa en que un cuerpo hace algo antes de que la mente dé la orden: sin calcular, sin elegir, por simple necesidad.

Fue la primera vez que lo vio hacer algo que no había pensado antes de hacer.

La chaqueta aterrizó sobre sus hombros un momento después, pasada sin palabras. Elena sujetó las solapas y no dijo nada sobre lo que valdría.

—¿Tienes hambre? —preguntó ella.

Alistair, de pie frente a ella, con la camisa a medio abotonar por primera y única vez, la miró.

—Siempre —dijo.

—Puedo hacer el tartar.

—Elena.

—¿Qué?

—Cállate un momento.

Ella cerró la boca. Él se agachó hasta quedar a su nivel y la miró de cerca, la misma forma en que ella lo había mirado antes, y la expresión en su cara era la de alguien que está catalogando algo que sabe que no volverá a ver exactamente igual.

—¿Por qué no hiciste preguntas? —dijo—. Cuando te lo dije.

Elena pensó en eso.

—Porque ya sabía la respuesta —dijo—. Y porque las preguntas que importaban eran otras.

—¿Cuáles?

—Si eras peligroso para mí.

—¿Y?

—No lo eres. No de la forma que importa. —Ajustó la chaqueta sobre sus hombros—. Y si lo eres de alguna otra forma, supongo que ya lo veremos.

Alistair la miró durante un tiempo largo. Luego dijo:

—Haz el tartar, por favor.

Elena se levantó sin dudarlo y fue a buscar la carne.

Tres semanas después, el suministro llegó diferente.

Elena lo notó en cuanto abrió la caja isotérmica: el olor a cobre seguía ahí, pero debajo había algo más, algo amargo y artificial que no encajaba, como un acorde disonante en una melodía que ya conoces de memoria. Puso la caja en la encimera y la examinó con cuidado, oliendo el contenido sin tocarlo todavía, siguiendo ese instinto de chef que había aprendido a no ignorar nunca.

Llamó a Alistair antes de que llegara a la cocina.

Él apareció en dos minutos, lo que sugería que ya estaba cerca.

—Hay algo mal con la entrega —dijo Elena, haciéndose a un lado.

Alistair se acercó a la caja y se detuvo antes de llegar a ella. Sus fosas nasales se expandieron del mismo modo que Elena había visto antes, esa forma particular de oler que era más profunda que cualquier cosa que un humano pudiera hacer, y su expresión cambió.

—Aléjate de la cocina —dijo.

—¿Qué es?

—Elena.

—¿Qué es?

Un segundo de tensión, en que Elena vio que consideraba no decírselo, y luego:

—Plata coloidal y ácido de madera de enebro. Es una combinación que los cazadores usan para contaminar suministros de sangre almacenada.

Elena miró la caja. La carne del tartar. La que Alistair le había pedido esa noche. La que casi le sirve.

—¿Cazadores de qué?

—De lo que soy.

—¿Y si lo hubieras consumido?

—No me habría matado. Pero habría sido… desagradable.

—¿Cuánto tiempo lleva alguien siguiendo tu rastro?

—Probablemente desde antes de que tú llegaras aquí.

Elena pensó en el incendio. En el olor a acelerador de llamas que el inspector de seguros había descartado como probable fallo eléctrico con una rapidez que en su momento le había parecido sospechosa y que ahora tenía una explicación diferente. Procesó la información con la misma metodología con que procesaba un conjunto de ingredientes: separar los elementos, buscar las conexiones, encontrar la lógica que unía todo.

—El restaurante —dijo.

Alistair la miró.

—Necesito que me lo expliques bien. Todo. Desde el principio.

Hubo un segundo en que Alistair evaluó cuánto decirle. Elena lo vio en su cara, ese cálculo breve y habitual, y esperó. Llevaba dos meses aprendiendo a leer sus silencios.

—Mi chef anterior dejó el puesto hace cuatro meses —dijo por fin—. Llevo décadas con los mismos proveedores, los mismos canales de suministro, los mismos patrones de movimiento. La invisibilidad se construye con hábito: si no cambias nada, no das puntos de acceso. Quien me busca lo sabe. Sabe que para encontrarme tiene que forzar un cambio en mi sistema y esperar a que yo lo llene. La salida de mi chef anterior fue el primer punto de exposición. De repente necesitaba contratar a alguien nuevo, a través de canales que no había usado en años. Una ventana abierta.

—¿Y el Bistrot Rouget?

—Tú no fuiste un daño colateral. —Lo dijo con la misma precisión con que decía todo, pero había algo en el tono que era distinto—. Fuiste el objetivo específico desde el principio.

Elena no dijo nada. Lo dejó continuar.

—Quien me sigue lleva meses investigando chefs privados de alto nivel en esta ciudad. Necesitaba que yo contratara a alguien que él pudiera controlar: talentoso suficiente para pasar mi selección, y suficientemente desesperado para aceptar el trabajo sin hacer preguntas incómodas. Tú reunías los dos requisitos sobre el papel. Estrella Michelin, reputación impecable, sin red de seguridad financiera detrás. La clase de persona que acepta un trabajo inusual cuando no tiene otra opción. Solo necesitaba destruir lo que tenías para que la oferta de trabajar aquí resultara irresistible y urgente. El incendio fue deliberado. El acelerador de llamas era suyo. El informe del inspector de seguros que lo descartó como fallo eléctrico también lo gestionó él con anterioridad. Tú eras la pieza que necesitaba colocar dentro de mi cocina.

El silencio en la cocina era completo. Elena pensó en los tres años de deuda. En el olor a humo que tardó semanas en salirle del pelo. En la cara del inspector con su libretita, tomando notas con una eficiencia que en su momento le había parecido profesional y que ahora entendía de otra manera.

—¿Y qué se suponía que iba a hacer yo una vez dentro? —dijo—. ¿Envenenarte?

—Ese era el plan original. Contactarte una vez establecida en el puesto, ofrecerte dinero o presionarte con la deuda que había creado él mismo al quemarte el negocio, y conseguir que introdujeras el contaminante en el suministro. Un método limpio: las manos de un tercero, yo sin saberlo. —Algo cruzó su expresión—. Pero tardó demasiado en acercarse a ti. Y cuando lo intentó, según tengo entendido, no fue en la dirección que esperaba.

Elena recordó al hombre del café, tres semanas después de empezar a trabajar aquí. Rubio, demasiado educado, con una propuesta de «asesoría confidencial» que había rechazado en menos de dos minutos porque olía a manipulación desde la primera frase. No había mencionado a Alistair por nombre. No había necesitado hacerlo.

—Entonces cuando no logró contactarte —dijo Alistair, anticipándose a su pregunta—, activó su plan de respaldo: contaminación en origen, el día antes de la entrega. Tu rechazo no detuvo su cronograma, solo cambió el método. Asumió que cualquier chef aceptaría la carne sin cuestionarla.

—Que nadie iba a oler la diferencia. —Elena lo miró con algo que no era exactamente aprobación pero se le acercaba—. Sí.

—Pues mala suerte para él —dijo Elena.

—Exacto. Me subestimó en el único punto donde no debía.

—¿Y quién es exactamente? ¿Por qué lleva tanto tiempo buscándote?

—Bernhardt. —El nombre sonó como algo que se coloca sobre la mesa con cuidado—. Cazador profesional. Segunda generación. Su padre intentó matarme hace cuarenta años en Ámsterdam y fracasó: murió en el intento, de hecho, aunque no por mi mano directa. Bernhardt creció sabiendo eso. Su padre muerto, yo todavía aquí, esa ecuación como fondo de toda su vida desde los doce años. No me busca por principio ideológico, aunque tenga doctrina y financiación de una red de cazadores en Europa central. Me busca porque soy la razón por la que no tuvo padre y necesita que eso signifique algo. Lleva desde los veinte años intentando terminar lo que el otro empezó. —Una pausa—. Esa clase de convicción no tiene fecha de caducidad.

Elena dejó que todo eso se asentara. El incendio. Los tres años de deuda. La estrella Michelin convertida en escombros. El inspector con su libretita gestionado de antemano. Todo había sido una cadena calculada: crear la desesperación necesaria para que ella aceptara este trabajo, usar ese trabajo para llegar a Alistair. Una ingeniería de daño a distancia, limpia y fría.

—Quemó mi restaurante, destruyó tres años de trabajo y me metió en una deuda considerable —dijo—, todo para usarme de herramienta. Y cuando eso no funcionó, fue directo al proveedor.

—Sí.

—Qué hombre tan sumamente desagradable.

—Te contraté porque eres extraordinaria. —Alistair la miró—. Que también resultaras ser prácticamente imposible de comprar o de engañar con cualquier cosa que involucre ingredientes fue algo que él no calculó. Y que yo tampoco, para ser honesto.

No llegó a decir nada más porque en ese momento Marcus entró a la cocina y dejó una bolsa pequeña de tela sobre la encimera: un teléfono, un pasaporte, dos cargadores.

—Alguien forzó el acceso de servicio hace cinco minutos. Lo intercepté en el rellano del piso treinta y dos. —Una pausa—. Le quité lo que llevaba encima antes de dejarlo continuar. Tiene una bolsa de equipo, pero el arma que traía a mano era una ballesta compacta con pernos de madera. Lo dejé ir. Sigue subiendo.

—¿Lo dejaste pasar? —Elena notó que respiraba más rápido de lo normal—. ¿Con todo y arma?

Marcus miró a Alistair. Alistair no dijo nada, lo que era evidentemente una respuesta.

—Lleva meses buscándome —dijo Alistair—. Merece llegar a destino. Hay que dejarlo ser.

El hombre que entró al penthouse veinte minutos después era rubio, con la complexión de alguien que levantaba peso con propósito y una expresión que mezclaba fanatismo y satisfacción en una proporción que Elena encontró profundamente desagradable. Sí, era el hombre del café. Llevaba una bolsa que dejó caer al suelo del salón con un sonido metálico.

Alistair estaba de pie en el centro de la habitación, con una calma que era distinta de su calma habitual. Más quieto, si eso era posible. Elena estaba detrás de él y a su derecha, porque era el punto que le había dado más ángulo de visión y menos exposición: la lógica de alguien que había pasado doce años en cocinas donde la posición importa.

—Mucho tiempo buscándote —dijo el hombre—. Y resulta que estabas aquí jugando a ser humano.

—Bernhardt —dijo Alistair—. Tardaste más de lo que esperaba.

—Tu nueva chef me retrasó con lo del suministro. Considerablemente buen paladar. —Miró a Elena con una atención que hizo que ella quisiera lavarse la cara—. Lástima que esté desperdiciado aquí.

—Ella no es asunto tuyo.

—Podría serlo, si decides complicarme las cosas. —Metió la mano en la bolsa y sacó la ballesta con lo que era obviamente un perno de madera—. No tiene que morir nadie que no tenga que morir.

Alistair no se movió.

—Suelta eso —dijo— y te dejo salir de aquí con los huesos intactos.

Bernhardt sonrió y levantó la ballesta.

Lo que ocurrió a continuación fue suficientemente rápido para que Elena no pudiera seguir los detalles individuales, solo la secuencia general: Alistair se movió —y se movió de una forma que ningún humano podría, como si el espacio entre los dos puntos fuera una convención opcional—; la ballesta disparó y el perno se clavó en el techo, no en Alistair; y Bernhardt se encontró de repente con el brazo doblado detrás de la espalda en un ángulo que debería haber roto algo, pero claramente Alistair había calibrado para que no lo hiciera.

Bernhardt, en el suelo, sacó algo del bolsillo del pecho con la mano libre. Un crucifijo de madera, tosco, que agitó hacia Alistair con la desesperación de alguien que ya sabe que va perdiendo pero no puede no intentarlo.

Alistair lo miró durante un segundo.

—Este crucifijo no ha sido bendecido por nadie con verdadera fe en décadas. —Su tono era el mismo que usaría para comentar el tiempo—. Bernhardt lo compró en una tienda de internet y cree que el poder está en la madera. Los símbolos solo funcionan si hay fe detrás, y la fe que tú tienes es en herramientas, no en lo que representan.

Bajó la vista al crucifijo con algo que en cualquier otra circunstancia habría llamado aburrimiento.

—Es momento de que realices una llamada —dijo, mirando a Bernhardt—. Llama a tus compañeros. Diles que tienes un problema en el penthouse de AK Tower. Diles que vengan por ti.

Marcus entró del pasillo y dejó el teléfono de Bernhardt en el suelo, a medio metro de él. El mismo que le había requisado en el rellano minutos antes. Bernhardt miró el teléfono. Miró a Marcus. Volvió a mirar a Alistair con una expresión que ya no mezclaba fanatismo con satisfacción, sino fanatismo con la comprensión de que esta parte del plan no había salido como esperaba.

Hizo la llamada. Habló con voz tensa, dando la dirección, pidiendo refuerzos. Cuando colgó, Alistair se agachó hasta quedar a su altura y lo miró directamente a los ojos. La presión en la habitación cambió. Algo se tensó en el aire, como antes de una tormenta.

—Ahora —dijo Alistair, y su voz tenía una calidad diferente, más baja, más antigua—, vas a deshacerte de mí de una forma muy limpia y sin dramas. Tengo cosas más importantes de las cuales hacerme cargo ahora. No conseguiste nada aquí. El día de hoy fue otro error en tu búsqueda. Te irás de la ciudad y olvidarás mi aspecto y mi nombre. Olvidarás a todas las personas con las que tuviste contacto la última hora. Ellos nunca existieron para ti. Nada te hará regresar a este lugar. ¿Lo comprendes?

Bernhardt dejó de luchar. Sus ojos se volvieron vidriosos, ausentes. Apenas pudo asentir.

Cuando Alistair se incorporó y sonrió —no la sonrisa mínima que Elena había visto antes, sino algo más completo, más genuino, más antiguo— su boca mostraba, perfectamente visibles, dos colmillos que se deslizaron hacia afuera con una naturalidad perturbadora. No estaban ahí antes, o siempre habían estado y él siempre los había contenido.

Elena vio cómo Bernhardt se ponía de pie y salía de la habitación caminando de forma ausente, sin mirar atrás.

Para ese momento, ella, que había estado observando todo con los brazos cruzados y la espalda contra la pared, pensó: tendría que haberme sorprendido más.

—¿Van a venir sus compañeros? —preguntó.

—Sí. Llamó. Dijo la dirección.

—¿Y qué pasará cuando lleguen y no encuentren a nadie?

Alistair giró la cabeza hacia ella. El brillo en sus ojos estaba disminuyendo, los colmillos retrayéndose.

—Eso les enviará un mensaje más claro que cualquier palabra. Sabrán que Bernhardt no falló porque ellos fallaron. Sabrán que estoy aquí. Y sabrán que no vale la pena intentarlo de nuevo. —Hizo una pausa—. Al menos por un par de décadas.

Elena asintió. Procesó la información como procesaba una lista de ingredientes: separando, clasificando, encontrando el orden.

—La carne contaminada —dijo—. ¿La tiras?

—La devuelvo al proveedor. Con una nota.

—¿Qué tipo de nota?

Alistair la miró. Por un segundo, su expresión fue casi humana.

—Gracias por su interés. No vuelva a escribirnos. —Su boca se curvó—. En tono formal. Con membrete.

Elena soltó una carcajada. Fue una carcajada de liberación, de las que salen cuando el peligro ha pasado y el cuerpo necesita recordar que todavía puede reír. Alistair la observó como si esa risa fuera un plato nuevo que estaba degustando.

—¿Tú siempre eres así? —preguntó él.

—¿Así cómo?

—Imperturbable. Práctica. Como si un cazador profesional con una ballesta fuera solo un inconveniente logístico.

Elena se encogió de hombros.

—He trabajado en cocinas con estrella Michelin. Un cazador de vampiros con complejo de papá es un paseo comparado con un jefe de partida con crisis nerviosa en mitad del servicio.

Alistair la miró durante un largo momento. Luego, por primera vez desde que ella lo conocía, rio de verdad. No fue una risa completa ni ruidosa, pero era genuina, y el sonido hizo algo en el pecho de Elena que ella decidió analizar más tarde.

—¿Cenamos? —preguntó Alistair.

—¿Tienes hambre?

—Siempre.

Elena fue hacia la cocina. En la puerta, se detuvo y miró atrás.

—El tartar no. Hoy ha sido suficiente con la carne cruda.

—De acuerdo.

—¿Qué te parece un solomiento bien sellado, término medio?

Alistair sonrió, y esta vez sus colmillos no aparecieron.

—Perfecto.

Dieciocho meses después

La entrada diurna de Nocturne tenía una marquesina color carbón sobre la que el nombre aparecía en letras de acero cepillado, y si llegabas antes de las seis de la tarde podías reservar en el comedor de luz natural donde se servía el menú ejecutivo de temporada, con salsas que el crítico de Le Monde describió como audazmente arquitectónicas en su construcción de sabor.

La entrada nocturna no aparecía en las reseñas de Le Monde.

Tenía su propia calle, su propia puerta —más discreta, con un sistema de acceso que requería invitación y verificación— y su propio comedor, donde la iluminación era más baja y el menú era diferente y los comensales tenían en común ciertos rasgos que el personal de servicio había aprendido a no comentar.

Elena había diseñado ambos menús. Diseñar dos sistemas de cocina que compartían cocina pero respondían a necesidades fundamentalmente distintas era, hasta la fecha, el mayor desafío técnico de su carrera, y lo había resuelto con la misma lógica con que resolvía cualquier problema culinario: entendiendo qué necesitaba cada comensal a un nivel básico y trabajando hacia afuera desde ahí.

Alistair había revisado el menú nocturno con su atención habitual y había hecho tres sugerencias, todas ellas técnicamente precisas y una de ellas genuinamente brillante —la incorporación de tuétano asado como elemento de contraste térmico—, lo que Elena le reconoció porque el reconocimiento honesto era parte del trato.

—¿Estás segura de la lista de vinos? —preguntó la noche de la apertura, en la cocina que era ahora su cocina compartida en el sentido en que un espacio puede ser compartido por dos personas que pasan en él cantidades de tiempo profundamente asimétricas.

—Los humanos piden vino —dijo Elena, verificando el emplatado del último plato del turno de noche—. La clientela nocturna no pide vino porque no les interesa, pero les gusta tenerlo disponible para guardar las apariencias. El Barolo va bien con las apariencias.

—¿Y el coste de inventario?

—Está en el presupuesto. —Alzó la vista—. Alistair.

—Sí.

—El contrato termina mañana. El que te da derechos sobre mi cocina y el que me da derechos sobre tu suministro de ingredientes especiales. No voy a renovarlo.

Alistair se quedó inmóvil. Era su versión del sobresalto.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente. Quiero añadir algo en su lugar. —Dejó el cuchillo—. Un pacto entre socios. Con los términos de la cocina en papel, como corresponde. Decisiones sobre el menú de ambos comedores: mías, con derecho de veto tuyo solo en casos de restricciones médicas documentadas. Horario en que yo decido cuándo me voy a casa: mío. Y el resto sin papel.

—¿El resto? —Alistair la miró—. ¿Qué es el resto?

Elena se secó las manos en el delantal y se giró hacia él.

—Que yo voy a tu casa cuando quiero y me quedo el tiempo que me parece. Que cuando tengo un problema eres la primera persona a la que llamo, aunque seas un ser de la noche con problemas de temperatura corporal. Que hace seis meses dejaste de ser mi empleador y yo dejé de ser tu chef personal, y ninguno de los dos lo verbalizó porque no hacía falta. —Pausa—. Eso es el resto. Y no necesita papel porque ya existe.

Alistair no dijo nada durante un momento largo. Elena lo conocía lo suficiente para saber que el silencio no era incomodidad sino procesamiento: que estaba tomando lo que acababa de decirle y colocándolo en algún lugar donde pudiera conservarlo.

Dio dos pasos hacia ella. No con la precisión calculada de siempre, sino de una forma directa, sin preámbulo, y cuando llegó a donde estaba Elena le cogió la chaqueta del gancho —la que ella todavía no se había puesto— y se la puso él mismo, con la misma atención con que hacía cualquier cosa, pero con algo diferente debajo: la urgencia de alguien que necesita estar más cerca y ya no ve ninguna razón para no estarlo.

—Elena —dijo, con la voz de la primera noche en la cocina del penthouse, sin arquitectura, sin control—. Llevo mucho tiempo sin que nada importara de la forma en que tú importas.

Elena lo miró durante un segundo. Luego le apoyó la mano en el pecho, en el mismo punto donde meses atrás había buscado un latido que no estaba.

—Lo sé —dijo—. Por eso no necesita papel.

Alistair le tomó la mano. La sostuvo contra su pecho un momento, exactamente donde ella la había apoyado, y asintió.

—Acepto todo. Las cláusulas de la cocina. El resto. Lo que no tiene nombre todavía.

—Bien. —Elena se puso la chaqueta—. Cierras la cocina tú esta noche.

—¿Adónde vas?

—A casa. —En la puerta, se giró—. Tu casa.

Alistair la observó salir con la misma atención con que la había observado cocinar desde el primer día, solo que ahora la atención tenía un nombre distinto y él ya no intentaba que no se notara.

En la cocina de Nocturne, con el extractor apagado y el olor a hierro y especias todavía flotando en el aire, Alistair King empezó a cerrar la cocina de Elena Vargas con el mismo cuidado con que ella lo habría hecho, porque había aprendido que sus espacios merecían ese cuidado, y porque tenía todo el tiempo del mundo y había decidido, por primera vez en mucho tiempo, usarlo bien.

FIN

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