Relato gratis: El Juez de la Carretera

Autora: Kassfinol
Género: Ficción post-apocalíptica – drama existencial – realismo sucio.
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El Juez de la Carretera

El polvo se levantaba en columnas grises detrás del convoy. Tres vehículos: una camioneta Hilux con la carrocería oxidada, una SUV negra con los vidrios tintados agrietados, y un sedán que arrastraba el escape. Gerardo apretó el volante de la Hilux y escupió por la ventana. El aire olía a ceniza y gasolina quemada.

—¿Cuánto nos queda? —preguntó sin girar la cabeza.

Laura revisó el medidor desde el asiento del copiloto.

—Medio tanque. Suficiente para llegar a Riverside si no nos detenemos.

—No vamos a detenernos.

En el asiento trasero, el viejo tosía. Una tos húmeda que hacía que Gerardo apretara los dientes. Héctor tenía setenta y dos años y cada respiración sonaba como papel arrugándose. Sus manos temblaban sobre una mochila de lona que no soltaba ni para mear.

—Deberías dejar que revise eso —dijo Laura señalando la mochila.

—No me toques mis cosas, niña —gruñó el viejo. Otra tos. Sangre en la comisura de los labios.

Gerardo aceleró. La carretera estaba vacía excepto por los esqueletos de autos abandonados a los costados. Algunos todavía tenían cadáveres dentro, momificados por el sol, las personas ya ni se molestaban en enterrarlos.

El punto de control apareció dos kilómetros después.

Una barricada cruzaba ambos carriles: neumáticos, vigas de metal, un cartel pintado a mano que decía DETÉNGASE – INSPECCIÓN OBLIGATORIA. Un hombre estaba parado en medio, con chaleco reflectante amarillo sobre ropa militar. Tenía un rifle colgado al hombro y una placa brillaba en su pecho.

—Mierda —siseó Gerardo.

—¿Quién carajo…? —Laura se inclinó hacia adelante.

El hombre levantó una mano. La otra descansaba en el rifle. Gerardo frenó a veinte metros. Detrás, la SUV y el sedán se detuvieron también, el polvo los alcanzó como una ola.

El hombre caminó hacia ellos. Sus botas golpeaban el asfalto con ritmo militar. Cuando llegó a la ventanilla de Gerardo, se inclinó levemente. Tenía el rostro curtido por el sol, ojos grises que no parpadeaban, y una sonrisa que no llegaba a ninguna parte.

—Buenas tardes —dijo. Su voz era tranquila, casi amable—. Soy el Juez. Necesito que apaguen los motores.

—No hay tiempo para esto —respondió Gerardo—. Tenemos que llegar a Riverside antes del anochecer.

—Apaguen. Los motores —insistió con lentitud.

No levantó la voz. No tuvo que hacerlo. Gerardo vio cómo el dedo del Juez acariciaba el gatillo del rifle y giró la llave. El silencio que siguió fue peor que el motor.

El Juez caminó hacia atrás, observando los tres vehículos. Se detuvo en cada uno, mirando a través de las ventanas. Cuando volvió, sacó una libreta del bolsillo de su chaleco.

—Tres vehículos. Nueve ocupantes. —Anotó algo—. Van a necesitar justificar el consumo.

—¿Justificar qué mierda? —Gerardo abrió la puerta de golpe.

El rifle apuntó a su cara antes de que pudiera bajar.

—Quédese donde está —dijo el Juez—. Y responda la pregunta. ¿Qué hacen estos vehículos en la carretera?

Laura puso una mano en el brazo de Gerardo.

—Vamos a una base militar. Tenemos información vital.

—¿Información? —El Juez bajó el rifle, pero no lo soltó—. ¿De qué tipo? ¿A qué te refieres?

—Eso no es asunto tuyo —gruñó Gerardo.

El Juez lo miró durante tres segundos completos. Luego asintió.

—Bájenlos a todos. Quiero verlos. —el tono amenazante se sintió con fuerza.

Los nueve sobrevivientes formaron una fila junto a los vehículos. El sol aplastaba sus cabezas. El Juez caminaba frente a ellos con la libreta, deteniéndose ante cada uno.

Primero Gerardo. Treinta y cinco años, músculos marcados, cicatrices en los nudillos.

—¿Ocupación?

—Soldado. Ex Marines.

El Juez anotó. Siguiente.

Laura. Veintiocho años, delgada, manos sucias de grasa.

—Mecánica. Mantengo los vehículos funcionando.

Anotación. Siguiente.

Ramírez. Cuarenta años, barba descuidada, manos firmes.

—Médico. Cirujano antes de que todo se fuera a la mierda.

—Útil —murmuró el Juez.

Continuó. Chen, ingeniera eléctrica. Kovac, especialista en comunicaciones. Dos más del sedán: Torres, enfermera, y Díaz, mecánico también. Todos tenían algo que ofrecer. Todos excepto el último.

El Juez se detuvo frente a Héctor. El viejo tosió, escupió sangre a sus pies. Sus ojos estaban amarillentos.

—Nombre.

—Héctor Salinas.

—¿Ocupación?

El viejo no respondió. Abrazó su mochila más fuerte.

—Le hice una pregunta.

—Era… era archivista —intervino Laura—. Trabajaba en documentos clasificados.

—¿Era? —El Juez miró al viejo—. ¿Y ahora?

Héctor tosió de nuevo. No dijo nada.

El Juez cerró la libreta.

—Este hombre está consumiendo recursos que no puede devolver. Está enfermo. Morirá en días, quizás horas. —Se volvió hacia Gerardo—. ¿Por qué lo llevan?

—Tiene información —dijo Gerardo entre dientes—. En su cabeza.

—¿Qué información?

—Las coordenadas de una instalación militar. Subterránea. Tiene suministros para años, armamento, comunicaciones satelitales. —Gerardo dio un paso adelante—. Es nuestra única oportunidad de reconstruir algo… o de seguir sobreviviendo.

El Juez miró al viejo. Luego a Gerardo.

—¿Puede escribirlas?

—No —Laura sacudió la cabeza—. Ya lo intentamos. Está… confundido. Solo las recuerda cuando está cerca. Dice que lo sabrá cuando lleguemos a Riverside.

—Conveniente —el Juez sonrió sin humor—. ¿Y si muere antes?

Nadie respondió.

El Juez caminó hacia su barricada. Sacó una botella de agua de una caja y bebió lentamente. Los sobrevivientes lo observaban. El sol convertía sus sombras en charcos negros.

—Tienen un problema de eficiencia —dijo finalmente—. Este convoy consume combustible y agua para nueve personas. Ocho de ustedes contribuyen a la supervivencia del grupo. Uno es un lastre. —Señaló a Héctor—. Pesa setenta kilos de carne inútil. Cada litro de gasolina que usan para moverlo es un litro robado al futuro.

—Tiene las coordenadas —repitió Gerardo. Su mano se movió hacia la pistola en su cinturón.

El rifle del Juez ya estaba apuntando.

—No haga eso… creo que no te conviene —escupió hacia un lado.

El silencio se estiró. Una mosca zumbó alrededor de la boca de Héctor.

—Déjeme explicarle cómo funciona esto —dijo el Juez—. En el mundo anterior, las reglas protegían a los débiles. Los manteníamos vivos porque podíamos permitirnos el lujo. —Escupió—. Ese mundo murió. Ahora solo sobreviven los eficientes. Los que aportan. Los que merecen cada gramo de comida, cada gota de agua.

—Es un anciano enfermo —dijo Ramírez—. No puedes…

—Puedo… claaarooo que puedo… Y lo haré. —El Juez bajó el rifle—. Pero soy justo. Les daré una opción.

El Juez señaló la carretera hacia el este.

—Riverside está a cien kilómetros. Ese hombre puede caminar. Si llega vivo, habrá demostrado que vale la pena gastarlo en él. Si muere… —se encogió de hombros—. La naturaleza habrá decidido.

—Está loco —siseó Laura.

—Estoy cuerdo —corrigió el Juez—. Soy el único cuerdo que queda. Ustedes siguen actuando como si las reglas viejas importaran. Como si la compasión fuera algo más que un suicidio lento.

Gerardo sacó la pistola. El Juez no se movió.

—Adelante —dijo—. Dispáreme. Luego averigüe cómo pasar la barricada sin hacer explotar su camioneta. Ah, y explíqueles a sus compañeros por qué desperdiciar una bala en mí era más importante que llegar a Riverside.

Gerardo temblaba. El cañón apuntaba al centro de la frente del Juez.

—Gerardo —susurró Laura—. No.

Héctor tosió. Se inclinó hacia adelante, agarrándose el pecho. La sangre goteaba de su barbilla.

—Yo… yo puedo caminar —dijo con voz rota.

Todos se volvieron hacia él.

—No digas estupideces —Gerardo bajó el arma—. No durarás ni diez kilómetros.

—Puedo… —otra tos—… intentar.

El Juez asintió.

—Un hombre sensato.

—¡No! —Laura se interpuso—. Esto está mal. No podemos dejarlo.

—¿Prefieren que todos mueran? —preguntó el Juez—. Porque esa es la alternativa. Llevan a un moribundo en su convoy. Cuando colapse, se detendrán. Perderán tiempo. Gastarán recursos en mantenerlo confortable mientras agoniza. —Se acercó a Laura—. Y cuando finalmente muera, habrán desperdiciado gasolina, agua y energía en nada. En un cadáver que no les dio las coordenadas.

Laura quería golpearlo. Sus manos se cerraron en puños.

—¿Y qué si las coordenadas están en su mochila? —escupió—. ¿Qué si ahí está todo escrito y tú acabas de condenar a la humanidad, hijo de puta?

El Juez miró la mochila. Luego a Héctor.

—Ábrala.

—No —el viejo retrocedió.

—Ábrala o la abro yo.

Héctor abrazó la mochila. Sus ojos lloraban, pero no de tristeza. De rabia.

—Es mía… mi vida… todo lo que queda…

El Juez se la arrancó de las manos. Héctor gritó, se lanzó hacia adelante, pero Gerardo lo sujetó. El viejo se retorcía, débil como un pájaro.

El Juez abrió el cierre. Sacó el contenido y lo volcó en el suelo.

Fotografías. Docenas de fotografías viejas, borradas por el sol. Una familia sonriente en una playa. Una mujer joven con vestido de novia. Niños jugando en un jardín. Ningún papel con coordenadas. Ningún mapa. Nada.

El silencio fue absoluto.

—Dios mío —susurró Ramírez.

Héctor lloraba en el suelo, recogiendo las fotos con manos temblorosas.

—Mi… mi familia… mi Elena… mis nietos…

Laura miró a Gerardo. Gerardo miró al Juez. El Juez guardó su libreta.

—No hay coordenadas —dijo tranquilo—. Nunca las hubo. Solo llevaban a un viejo que quería morir cerca de algo que le recordara que una vez fue humano.

El Juez movió dos neumáticos de la barricada. Abrió paso suficiente para que pasara un vehículo a la vez.

—Pueden irse —dijo—. O pueden quedarse y discutir sobre la moral. Pero el sol se está poniendo.

Nadie se movió.

Héctor seguía en el suelo, sosteniendo una foto de su esposa. La sangre de su boca manchaba la esquina de la imagen.

—Yo… les mentí —murmuró—. Pensé que… sí tenía algo importante… si era necesario… me mantendrían con vida hasta llegar… —tosió—… hasta llegar a donde ella vivió. Donde fuimos felices.

Laura se arrodilló junto a él.

—¿No hay base? ¿No hay nada?

El viejo negó con la cabeza.

Gerardo golpeó el capó de la Hilux. El metal resonó en el silencio.

—Hijo de puta —susurró—. Nos hiciste desperdiciar combustible. Tiempo. Todo por tus malditos recuerdos.

—Lo siento… —Héctor apenas podía hablar—. Solo quería ver Riverside una vez más antes de…

No terminó la frase. Su cuerpo se desplomó hacia adelante. Laura lo sostuvo, pero ya no respiraba. Los ojos abiertos miraban la foto en su mano.

El Juez observó el cuerpo durante un momento. Luego se volvió hacia Gerardo.

—¿Ve ahora? Noventa kilómetros de gasolina. Tres días de raciones de agua. Todo para llevar a un mentiroso a su funeral. —Señaló el cadáver—. Esto es lo que mata a la humanidad. No los infectados. No la falta de recursos. Esto… la asquerosa y cochina debilidad sentimental.

Gerardo no respondió. Subió a la Hilux y arrancó el motor. Los otros vehículos lo siguieron pasando la barricada uno por uno.

Cuando el último desapareció por la carretera, el Juez arrastró el cuerpo de Héctor al costado. Las fotos se distribuyeron sobre el suelo, dispersándose con el viento. No las recogió.

Volvió a su puesto y sacó la libreta. Escribió: Convoy de nueve. Eliminado uno. Eficiencia restaurada.

Cerró la libreta y esperó el siguiente vehículo.

Esa noche, Gerardo detuvo el convoy treinta kilómetros antes de Riverside. Acamparon junto a un edificio abandonado. Nadie habló durante la cena. Las raciones de agua se sentían más pesadas en las manos.

Laura se sentó junto a la fogata, mirando las llamas.

—¿Crees que tenía razón? —preguntó en voz baja—. ¿El Juez?

Gerardo no la miró.

—No lo sé.

—Héctor era una persona.

—Héctor era un lastre mentiroso —contestó sin pensar.

—Era las dos cosas —dijo Ramírez desde las sombras—. Y por eso da tanto miedo. Porque quizás el Juez tiene razón. Quizás la única forma de sobrevivir es dejar de ser humanos.

Nadie respondió. El fuego crepitaba. En la oscuridad, algo aullaba a la distancia. Podía ser un perro salvaje o podía ser algo peor.

Laura se preguntó qué pasaría si alguno de ellos se enfermaba, si alguno de ellos se volvía inútil… Se preguntó ¿quién haría las cuentas entonces? ¿Quién decidiría qué vida merecía gasolina? ¿Quién entre ellos debería ser un juez?

Miró a los ojos a Gerardo y se angustió, pues tal vez él estaba pensando lo mismo.

Y en la carretera, a setenta kilómetros de distancia, el Juez encendió una linterna y revisó su libreta. Sabía que en poco tiempo vería venir más vehículos, tendría que tomar más decisiones y seguir restaurando la eficiencia que tanto le faltaba al mundo actual.

Sonrió en la oscuridad.

Alguien tenía que hacer el trabajo sucio.

Alguien tenía que ser el juez.

Fin


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