Relato gratis: El pacto de la piel

Título: El pacto de la piel

Autora: Kassfinol

Género: Romance paranormal

Todos los derechos reservados.

Una abogada que lo cuestiona todo. Un cliente que sabe más de lo que dice. Un contrato con una cláusula indescifrable. Y la única forma de entenderlo es ir al bosque a medianoche y confiar en alguien que lleva semanas evitando mirarla directamente.

El documento tenía cuatro páginas, letra doce, márgenes normales, y un lenguaje lo suficientemente arcaico como para que cualquier abogado con menos de diez años de experiencia lo confundiera con un testamento del siglo diecinueve.

Yo tenía doce. Y lo leí tres veces.

Familia Dravek versus Familia Medina. Acuerdo de alianza territorial, derechos de protección compartida, cláusula de representación legal mutua. Todo perfectamente redactado, perfectamente firmable, perfectamente absurdo en partes que yo catalogué mentalmente como «costumbres arcaicas de gente con demasiado dinero y demasiado tiempo libre.»

La familia Medina era mi cliente desde hacía tres años. Gente reservada, influyente en la región, con un patrimonio forestal que defendían como si cada árbol tuviera nombre propio. Nunca me habían dado problemas. Cuando me pidieron que revisara el acuerdo con los Dravek, asumí que era una alianza estratégica más. Cometí un error de principiante.

—¿Tiene alguna pregunta? —preguntó Rhyker Dravek, y su voz tenía esa textura que te hace revisar si el aire acondicionado está encendido, aunque no haga frío.

Bajé el documento a la mesa de reuniones. Era una mesa de roble macizo, oscura, del tipo que no se compra, sino que se hereda. La habitación olía a madera, a algo más que no supe identificar. Animal, casi. Musgo húmedo y algo caliente por debajo.

Pasé los dedos por el borde de la mesa. La madera estaba gastada en las esquinas, como si cientos de manos la hubieran rozado antes que la mía. Ese detalle me pareció extraño: una mesa de ese calibre no se desgasta así en una sola generación.

—Sí —dije, retirando la mano—. ¿»Lazo de piel» es una metáfora o un término legal con precedente en alguna jurisdicción que yo debería conocer?

Rhyker Dravek no sonrió. Era el tipo de hombre que probablemente consideraba sonreír una concesión. Inclinó ligeramente la cabeza, y la luz cenital marcó el ángulo de su mandíbula.

—Es una tradición familiar.

—Ah. —le puse la tapa a mi bolígrafo—. ¿Como el gusto por los muebles de museo?

Algo se movió en su cara. No era una sonrisa, exactamente. Era más como el reconocimiento de que acababa de decir algo que podría haber resultado más gracioso de lo que fue. Miró hacia la ventana un segundo, como si se permitiera ese desvío.

—El acuerdo es vinculante bajo las leyes de la región —dijo, volviendo a mí—. El lenguaje ceremonial no afecta su validez.

—El lenguaje ceremonial nunca afecta la validez. Pero puede crear confusión interpretativa en caso de disputa, y yo prefiero que mis clientes firmen documentos que entiendan al cien por ciento. —Saqué mi libreta y apoyé el codo en la mesa—. Entonces, «lazo de piel»: explíqueme qué significa para la familia Dravek.

Él puso las manos sobre la mesa. Manos grandes, con cicatrices en los nudillos que no tenían historia de boxeo o trabajo manual obvio. Las cicatrices estaban en lugares extraños: la parte exterior de los dedos, el dorso de las muñecas. Como si alguien hubiera intentado atrapar algo muy rápido con las manos desnudas y algo lo hubiera arañado desde abajo.

—Significa que la alianza es personal, no solo institucional —dijo—. Que el representante de cada familia responde con su presencia, no solo con su firma.

Escribí en mi libreta: presencia personal = obligación de representación directa. El bolígrafo raspó suavemente el papel. Traduje: «quieren un abogado que aparezca, no uno que mande a un asociado.» Eso era razonable. Eso era, de hecho, bastante habitual en familias con dinero y paranoia en partes iguales.

—Entendible —dije—. ¿Hay más términos ceremoniales que deba traducir al castellano jurídico antes de que mi cliente firme?

Rhyker me miró durante tres segundos exactos. Lo sé porque conté. En ese lapso, no parpadeó.

—Soy yo el que firma también —dijo.

—Ya lo sé. Usted representa a la familia Dravek. Mi cliente representa a la familia Medina. El acuerdo es bilateral. —Levanté una ceja—. ¿Hay algo que no entendí?

—No —dijo—. Todo lo entendió perfectamente.

El problema era ese tono. Ese tono que tenía una capa debajo de las palabras que yo no podía leer, y yo siempre podía leer los tonos. Mientras él hablaba, sus dedos índice y pulgar rodearon el borde de su taza de café (negra, sin azúcar, yo lo había notado las tres veces anteriores) y la giraron un cuarto de vuelta. Un gesto mínimo, casi inconsciente. Pero lo vi.

Consulté con el socio director del bufete antes de firmar. «Los Dravek son excéntricos, pero pagan puntualmente», dijo. «Firma.» Firmé.

Salí del edificio convencida de que había cerrado un contrato de representación legal con una familia excéntrica y poderosa que tenía el hábito de redactar sus acuerdos como si vivieran en un capítulo de Juego de Tronos, pero en versión rural.

No entendí nada.

Nada de nada.

Semana uno.

Rhyker Dravek desapareció el miércoles por la noche y el jueves por la mañana llegó a la reunión con una ramita de pino en el pelo y tierra en la suela de los zapatos.

Eran Berluti. Los zapatos costaban más que mi alquiler mensual. No era el tipo de hombre que los dejaba embarrarse por accidente.

Lo observé mientras se sentaba. La ramita cayó sobre la alfombra persa, y él ni siquiera se inclinó a recogerla. Demasiado concentrado en los papeles, o demasiado acostumbrado a que esas cosas pasaran.

No dije nada. Pero lo archivé mentalmente.

Semana dos.

Lo vi levantar una caja de archivos que yo había calculado en cuarenta kilos como mínimo, porque la había intentado mover yo primero y me había ganado un espasmo en la zona lumbar. Él la movió con una mano, sin doblar la rodilla, sin tensar el cuello. La movió como si fuera una bolsa de pan. Sus dedos envolvieron el borde de cartón sin esfuerzo, y la caja ascendió como si pesara aire.

Le miré los brazos bajo la camisa. No era que fuera particularmente musculoso para lo que había hecho. Era otra cosa. Era que su cuerpo respondía a un esfuerzo de una manera que no cuadraba con la física que yo conocía.

Apoyé la cadera contra el marco de la puerta mientras él dejaba la caja en el estante superior. El estante crujió. Rhyker no.

Nuevo dato para el archivo interno.

Semana tres.

Estábamos revisando cláusulas en su despacho cuando él levantó la vista de los documentos antes de que yo pudiera oír nada. Un segundo después, los pasos de su asistente se escucharon en el pasillo. Rhyker había girado la cabeza hacia la puerta con una anticipación que no tenía sentido. Sus hombros se tensaron apenas, luego se relajaron.

—Ya sé —dijo, sin que yo hubiera preguntado.

—¿Cómo lo supo?

—Lo oí.

—A través de una puerta cerrada. Desde veinte metros.

—Tengo buen oído.

Uno no tiene tan buen oído. Mojé la punta del dedo en un vaso de agua y tracé una línea en la mesa, bien visible. Rhyker me miró.

—¿Qué hace?

—Comprobación empírica. Si oyó la puerta del pasillo desde aquí, esto no debería ser un problema.

Humedeció su propio dedo y dibujó un círculo al lado de mi línea. No dijo nada más. Pero la esquina de su boca se movió.

Anoté en mi libreta. Era el primer «lo anoté» que merecía la pena.

Semana cuatro.

El pelo.

Lo encontré en la silla de la sala de reuniones. No era un pelo humano normal: demasiado grueso, demasiado largo para ser del cuero cabelludo, demasiado rígido. Lo recogí con dos dedos, con cuidado, como si fuera una prueba forense, y lo guardé en una bolsita plástica que saqué de mi cartera porque soy el tipo de persona que tiene bolsitas plásticas en la cartera para exactamente este tipo de situaciones. Mi terapeuta lo llama «tendencia al control exacerbado.» Yo lo llamo «preparación profesional.»

Lo mandé analizar.

El laboratorio tardó cuatro días en decirme que era pelo de mamífero grande, no humano, pero que la muestra era insuficiente para determinación de especie exacta.

No humano.

En la silla de reuniones de Rhyker Dravek.

Leí el informe tres veces apoyada en la encimera de mi cocina. El café se me enfrió en la taza. No le presté atención.

Semana cinco.

Fui al pueblo.

El pueblo donde la familia Dravek llevaba cuatro generaciones tenía ese tipo de silencio específico que tienen los lugares donde la gente sabe cosas que no dice. Conocía ese silencio. Lo había visto en casos de corrupción política, en familias con secretos que se transmitían con la herencia. Era el silencio de gente que ha decidido que ciertas preguntas no se hacen.

En la plaza central, una mujer mayor barrió el mismo trozo de acera durante cinco minutos mientras yo la miraba. No levantó la vista. Nadie levantó la vista.

Fui a la biblioteca municipal. Busqué en el archivo histórico. Busqué las leyendas locales porque las leyendas locales son, en términos legales, testimonios acumulados sin verificación formal, pero en términos prácticos son la única documentación de lo que la gente realmente cree que ha visto.

El bibliotecario —un hombre de gafas de pasta que no me preguntó quién era— me señaló la sección de historia local sin levantar la vista de su libro. Su dedo tembló apenas al señalar.

Las leyendas de la región de Dravek hablaban de guardianes. De familias que protegían los bosques desde antes de que hubiera registros escritos. De cambios. De la luna.

Cerré el libro. El golpe de las tapas al cerrarse resonó en la sala vacía.

Me fui a tomar un café y pedí uno triple porque el simple no iba a ser suficiente. La camarera dejó la taza con un golpe seco sobre la mesa de formica. También ella evitó mirarme directamente.

El problema no era lo que decían las leyendas.

El problema era que, al lado de mi colección de observaciones de las últimas cinco semanas, las leyendas empezaban a tener una coherencia que no me gustaba nada.

Y el otro problema —el que me costaba más admitir mientras sorbía el café y miraba por la ventana del bar hacia la plaza donde dos niños perseguían a un perro— era Rhyker Dravek como persona.

Porque yo llevaba cinco semanas intentando catalogarlo como «sujeto de investigación» y su voz seguía haciéndome algo en la base de la garganta que no tenía nombre jurídico.

Cuando estaba en la misma habitación que él, mi pulso se volvía raro. Cuando me miraba directamente, mi cerebro hacía esa cosa estúpida de olvidar brevemente el hilo de lo que estaba diciendo. Cuando levantaba la caja de cuarenta kilos con una mano, yo tenía que mirar a otro lado porque la alternativa era quedarme mirándolo con una expresión que no tenía nada de profesional.

Él lo sabía. Era demasiado observador para no saberlo. Y no hacía nada con esa información, lo cual era, en sí mismo, una forma de hacer algo.

Un día me acerqué a la ventana de su despacho para revisar un punto de la vista exterior que era relevante para un tema de lindes. Estábamos hombro con hombro. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, que era más de lo normal, siempre demasiado cálido para la temperatura del ambiente. El cristal de la ventana estaba frío, pero a los pocos segundos se empañó ligeramente a la altura de sus brazos. Me quedé mirando por la ventana dos segundos más de lo necesario porque si me volvía iba a estar a diez centímetros de su cara.

—El árbol que ve —dijo su voz, muy cerca de mi oído— marca el límite norte.

—Ya veo —dije, con la voz de alguien que no tiene ningún problema con nada. Mis dedos trazaron una línea invisible en el cristal empañado.

Me alejé. Él dejó seis centímetros de espacio entre nosotros donde antes había habido dos.

Ese era el baile. Yo me acercaba. Él se retiraba con la precisión de alguien que ha calculado exactamente cuánto espacio necesita para no actuar en un impulso que yo sospechaba que existía. Yo empujaba. Él se contenía.

Era agotador y estimulante de una manera que me hacía querer estrellarme contra la cabeza.

Y luego estaban los arranques.

Dos veces lo vi cambiar en segundos. No en carácter, no en disposición: en algo físico, como si algo debajo de su piel tirara en otra dirección. Una vez cuando alguien del equipo contrario en una negociación elevó el tono más de la cuenta. Los nudillos de Rhyker se pusieron blancos sobre la mesa. Otra vez cuando yo salí tarde del despacho y en el aparcamiento había un hombre que me preguntó si necesitaba ayuda con el coche.

Rhyker Dravek estaba en la puerta del edificio. No había salido todavía cuando yo llegué al aparcamiento. Pero cuando me giré estaba ahí, a dos metros del hombre. La luz de la farola le daba de lado, y su sombra en el asfalto parecía más grande de lo que debería. Algo en su postura hizo que el hombre se alejara sin que nadie dijera una palabra.

Eso me asustó.

No el hombre del aparcamiento. Rhyker.

El control que ejerció sobre algo que claramente quería hacer otra cosa me asustó más que si hubiera perdido ese control.

Seguí trabajando con él porque era muy buena en separar lo que sentía de lo que era profesionalmente correcto hacer, y porque, en algún lugar debajo de todas mis observaciones y mis bolsitas plásticas y mi lista de evidencias, sabía que lo que estaba recopilando tenía un nombre que mi cerebro jurídico se negaba a escribir.

Esperé al martes para confrontarlo porque los martes él llegaba diez minutos tarde y eso significaba que yo podía llegar primero, colocarme donde quería, y no parecer que había estado preparando el discurso desde el domingo.

Porque era cierto, había estado preparando el discurso desde el domingo. Lo había ensayado en la ducha, en el coche, frente al espejo del ascensor. Incluso había borrado un borrador en mi teléfono.

Puse las fotos sobre su escritorio. El análisis del laboratorio. Las páginas fotocopiadas de la biblioteca. Mis anotaciones escritas en letra pequeña y apretada en dos folios. Los folios tenían las esquinas dobladas de tantas veces que los había releído.

Rhyker entró, vio todo eso, y se detuvo en la puerta. Su mano quedó apoyada en el marco un momento. Luego la retiró lentamente.

No dijo nada durante cuatro segundos. En ese tiempo, su mirada recorrió el escritorio como quien lee un mapa.

—Siéntese —dije.

—Estoy bien de pie.

—Siéntese, Rhyker. —Usé su nombre de pila por primera vez en cinco semanas y noté que él lo notó. Su mandíbula se movió—. Tenemos que hablar.

Se sentó. Puso las manos planas sobre las rodillas. Miré esas manos y pensé en las cicatrices y aparté el pensamiento con un golpecito del bolígrafo contra la mesa.

—He recopilado suficiente material —empecé— para levantar una denuncia por actividad ilegal de grupo organizado en territorio protegido, posible acumulación ilegal de fauna, y al menos tres infracciones de derechos de uso de suelo. —Hice una pausa. Deslicé una fotografía hacia él con la punta de los dedos—. Eso es lo que puedo probar con lo que tengo. Lo que no puedo probar todavía es lo que creo que está pasando en realidad, pero mi trabajo de las últimas cinco semanas me dice que usted está escondiendo algo que involucra a varias personas, implica actividad nocturna en zonas forestales de acceso restringido, y tiene relación directa con el «pacto» que firmamos.

Rhyker miraba mis folios. No los tocó.

—No es criminal —dijo.

—Eso es lo único que va a decirme.

—No —dijo—. También voy a decirle que tiene razón en casi todo, y que la respuesta que busca no se puede explicar aquí sentados.

Le miré la mandíbula. Apretada. La vena del cuello que latía más rápido de lo normal. También vi cómo sus dedos se curvaron ligeramente sobre sus propias rodillas, como si necesitaran agarrar algo.

—¿Me está diciendo que hay una explicación?

—Estoy diciéndole que hay una verdad. Si quiere verla, venga conmigo esta noche. Si no, tiene ese material y puede hacer lo que considere.

—¿Esta noche?

—Al bosque.

El silencio entre nosotros tenía peso. Apoyé la espalda en el respaldo de la silla. Crucé los brazos.

—¿Al bosque? —repetí.

—Sí.

—¿A medianoche?

—A las once y cuarto.

—¿Por qué once y cuarto específicamente?

—Porque a las once y media empieza a subir la luna y prefiero que usted llegue antes.

Me quedé mirándolo. Él no desvió la mirada. El tic-tac del reloj de pared llenó el espacio.

—Esto suena exactamente como el principio de una película de terror donde la abogada desaparece en el bosque —dije.

Algo cruzó su cara. Casi humor. Casi. Sus hombros se relajaron un milímetro.

—No le va a pasar nada —dijo—. Tiene mi palabra.

—Su palabra y un contrato con lenguaje ceremonial que resulta que tampoco entendía del todo.

—Tenía razón en ese punto.

Me levanté. Guardé mis folios. El análisis del laboratorio lo dejé sobre su escritorio. Mis dedos rozaron el borde del papel al soltarlo.

—Once y cuarto —dijo—. Voy a activar una app de localización compartida con una colega del bufete. Si me desvío de la ruta o no muevo el teléfono durante quince minutos, ella tiene instrucciones de llamar a la policía.

—Bien.

—Y si en algún momento de la noche considero que necesito irme, me voy.

—Bien.

—Rhyker. —Me detuve en la puerta. Mi mano en el pomo, frío—. Si resulta que en ese bosque hay algo que requiere denuncia, la voy a presentar, aunque el que deba ir a declarar sea usted.

—Lo sé —dijo. Se inclinó hacia adelante, los antebrazos apoyados en las rodillas—. Por eso confío en usted.

No supe qué hacer con eso así que salí y lo dejé con su análisis de laboratorio y sus manos planas sobre las rodillas.

Llegué a las once y diez. Cinco minutos antes de lo acordado, no por precisión sino porque había estado dando vueltas en el aparcamiento desde las diez y cincuenta y seguir fingiendo que era una elección deliberada estar ahí ya no era sostenible. El coche olía a ambientador de pino y a mi propia ansiedad.

Antes de bajar, activé la ubicación compartida con Marta, una colega del bufete que me debía un favor y que sabía mantener la boca cerrada. Le escribí: Zona boscosa al norte. Checkea mi ubicación cada hora. Si no me ves moverme durante veinte minutos, llama a este número. Le pasé el contacto de Rhyker. Ella respondió: ¿Estás haciendo algo estúpido? Siempre, respondí. No le di detalles. No hacían falta.

Guardé el teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros. Bajé del coche. El aire del bosque golpeó mi cara con olor a tierra húmeda, resina de pino y algo más que yo no había podido identificar en el despacho de Rhyker y que ahora reconocía como el mismo olor, multiplicado por diez. Animal y caliente y antiguo.

Rhyker caminó delante de mí con una linterna pequeña que apenas usó. Parecía ver perfectamente en la oscuridad. Las ramas crujían bajo sus pies con un ritmo seguro, mientras yo tropezaba cada pocos metros. En un momento, sin mirar atrás, extendió la mano hacia mí. La tomé. Su palma estaba caliente.

Llegamos a un claro cuando la luna acababa de asomar entre las copas de los árboles. El claro tenía unos treinta metros de diámetro, hierba alta en los bordes y tierra apisonada en el centro, como si ese espacio se usara con regularidad. Había cenizas de una hoguera antigua en el centro, y marcas en el suelo que parecían garras.

Ahí estaban.

Dieciséis personas. Hombres y mujeres, varios de ellos que yo había visto en las reuniones, empleados de la familia, vecinos del pueblo. De pie en el claro, mirándome, con una calma que no era exactamente calma: era la quietud específica de algo que ha decidido no moverse. Algunos tenían los brazos cruzados. Una mujer mayor —Vera, lo supe después— tenía las manos apoyadas en las caderas con una paciencia infinita.

—¿Qué es esto? —dije. Mi voz sonó más estable de lo que me sentía.

—Mi familia —dijo Rhyker, detrás de mí. Su aliento caliente rozó mi nuca.

—Eso ya lo sé. ¿Qué es esto?

Rhyker se puso a mi lado. En la oscuridad su perfil era más afilado, o yo lo veía diferente, o simplemente me había acostumbrado a verlo bajo luz artificial y ahora la luna hacía cosas raras con sus facciones.

—Son lo que yo soy —dijo—. Lo que todos somos.

—Y lo que son es…

—Guardianes. De este territorio. Desde antes de que hubiera nombres para el territorio.

—Rhyker. —Mantuve la voz plana. Mis manos, sudorosas, las escondí en los bolsillos—. Esto no es una respuesta. Esto es el inicio de un discurso con mucho lenguaje y poco contenido específico, y yo necesito el contenido.

Se giró hacia mí. Me miró directamente, lo cual él normalmente evitaba con una precisión que yo había notado y catalogado como «comportamiento de alguien que sabe lo que su mirada hace.»

—Los leyó en la biblioteca —dijo—. Las historias.

—Las leí.

—¿Qué decían?

—Guardianes. Familias antiguas. Cambios. La luna.

—Sí.

El silencio duró. El viento movió las copas de los árboles. Una rama crujió.

Mi cerebro hizo la cosa que hace cuando todas las piezas están sobre la mesa y la imagen es obvia pero la imagen es imposible. Un cortocircuito suave. Un rechazo inmunológico de la conclusión lógica. Toqué el borde de mi libreta invisible en el bolsillo, por costumbre.

—No —dije.

—Clara.

—No. —Me alejé dos pasos. La hierba alta me rozó los tobillos—. No me va a decir que…

—No se lo estoy diciendo. —Se acercó un paso por cada dos que yo retrocedí—. Se lo estoy mostrando.

Y entonces lo vi.

No fue una transformación completa. Fue más sutil, más deliberado. Sus ojos cambiaron primero: del gris claro que yo conocía a un amarillo pálido que reflejaba la luna de una manera que ningún ojo humano podía. Luego sus manos, las uñas que se oscurecían y se afilaban mientras él mantenía las palmas hacia mí, como para que no hubiera dudas. Y, por último, un temblor que recorrió su cuerpo, y por un instante vi algo debajo de su piel, algo grande y oscuro que quería salir y que él contenía. El olor a animal se intensificó.

A mi alrededor, las dieciséis personas hicieron lo mismo. Ojos que cambiaban. Calor que irradiaba. El olor a resina y a algo antiguo.

Me quedé en medio del claro, rodeada de licántropos, y lo primero que pensé fue: Tenía razón.

Lo segundo: Ojalá no tuviera razón.

Lo tercero (y esto me preocupó más que lo anterior): No tengo miedo. Debería tener miedo, pero no lo tengo.

Me quedé quieta. Mis pies hundidos en la tierra apisonada. Las manos todavía en los bolsillos.

—¿Estás bien? —preguntó Rhyker. Ya no era «usted». Sus ojos seguían siendo amarillos. Dio un paso más, con cuidado, como si yo fuera un animal asustado. Tenía razón.

—No —dije—. Pero voy a estarlo. Cuéntamelo todo. Y empieza por el pacto.

Me lo contaron. Petrov, el abogado alto, resultó ser licántropo de cuarta generación y llevaba treinta años administrando el sistema legal paralelo de la manada —un cuerpo de normas que coexistía con el derecho estatal y que ningún juez humano había visto jamás. Me lo explicó sentado en una piedra plana en el borde del claro, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, como si estuviéramos en un despacho.

Vera, una mujer de cincuenta y tantos con manos callosas y paciencia infinita, me explicó la historia territorial mientras arrancaba hierba con los dedos y la dejaba caer al suelo.

El resto fue apareciendo en grupos de dos o tres, respondiendo preguntas que yo hacía con la misma metodología de siempre, aunque ya no llevaba libreta. Aprendí sus nombres, sus rostros, sus pequeñas historias. Una chica llamada Irena me dijo que había nacido ya siendo lo que era y que no entendía qué debía asustarme tanto. Un hombre mayor, canoso, confesó que añoraba el tiempo en que no tenían que esconderse de nadie.

Rhyker se mantuvo a mi lado. No me tocó. Pero cada vez que yo miraba hacia él, sus ojos ya estaban en mí.

En algún momento, entre la explicación de los ciclos lunares y la descripción del sistema de alianzas, algo en mi pecho se desbloqueó. No fue la aceptación de que los licántropos existían. Fue la aceptación de que él existía, y de que yo quería estar cerca de él no por el caso, sino a pesar del caso.

La manada se dispersó cerca de la una. El claro quedó vacío. La luna estaba alta y el frío del bosque era más concreto sin la densidad de dieciséis cuerpos alrededor. Me crucé de brazos para conservar calor.

—Mi casa está a diez minutos —dijo Rhyker.

No era una pregunta. Pero lo miré de todas formas.

—Tengo que desactivar la localización con Marta.

—¿Tu colega del bufete?

—La misma.

—¿Mantiene la confidencialidad?

—Si no lo hace, la denuncio por violación de secreto profesional. —Saqué el teléfono de mi bolsillo trasero. La pantalla iluminó mis dedos—. Y además le caigo bien.

Desactivé la ubicación. Le escribí a Marta: Todo bien. El peligro era otro. Cuento luego. Ella respondió: Ok. Suerte. Guardé el teléfono. No preguntó más. Por eso trabajaba con ella.

Rhyker esperó, con las manos en los bolsillos, la luna detrás de su cabeza y una expresión que no sabía leer. No dije nada. Empecé a caminar.

Él caminó a mi lado. Sus pasos eran más largos, pero ajustó el ritmo al mío.

Fue en su casa. En la habitación grande con ventanas que daban al bosque, y la luna ya alta, y las cortinas abiertas porque él vivía en un territorio que era suyo y no tenía miedo de la noche.

La habitación olía a madera de pino y a él. Reconocí ese olor. El mismo de la mesa de reuniones, multiplicado.

Nos quedamos en la penumbra, uno frente al otro, sin saber muy bien quién debía dar el primer paso. La luz de la luna entraba por los ventanales y dibujaba su silueta en el suelo de madera.

Rhyker no se movía. Me miraba con una intensidad que yo había aprendido a reconocer en las últimas semanas: era la mirada de alguien que está calculando hasta dónde puede acercarse sin romper algo.

Di un paso yo.

Él no retrocedió.

—Llevas semanas conteniéndote —dije. No era una pregunta.

—Llevo años conteniéndome en general —respondió, y su voz sonó distinta. Más baja. Menos controlada—. Contigo es peor.

—¿Por qué?

—Porque no sé si lo que quiero es protegerte o devorarte. Y las dos cosas se parecen demasiado en mi cabeza.

El silencio después de eso fue eléctrico. Oí mi propia respiración, más rápida de lo que debería. Oí la suya, más pausada, pero con un temblor al final de cada exhalación.

Levanté la mano. Toqué el botón superior de su camisa. No lo desabroché. Solo lo toqué, sintiendo la tela, el calor que emanaba de debajo.

Rhyker cerró los ojos. Un segundo. Dos. Cuando los abrió, sus pupilas habían cambiado. No eran amarillas como en el bosque, pero tampoco eran completamente humanas. Había algo en ellas que brillaba con luz propia.

—Clara —dijo, y mi nombre sonó diferente—. Si sigues tocándome así…

—¿Qué?

—Voy a olvidar que soy un caballero.

—No te pedí que fueras un caballero.

Su mano subió a mi nuca, los dedos enredándose en mi pelo. No me acercó a él. Solo sostuvo, como si necesitara anclarse a algo.

—¿De verdad sabes lo que estás pidiendo? —preguntó. Su pulgar trazó un círculo detrás de mi oreja.

—Sé lo que no estoy pidiendo. —Apoyé la palma de mi mano en su pecho. Su corazón latía rápido. Muy rápido. Demasiado para un hombre que acababa de pasar una hora caminando por el bosque—. No te pido que me protejas de ti. No te pido que te contengas. No te pido que seas cuidadoso.

—¿Y qué me pides?

—Que dejes de fingir que no quieres esto tanto como yo.

La última palabra se me escapó en un susurro porque él soltó el aire que había estado conteniendo y apoyó la frente contra la mía. Su nariz rozó la mía. Sus labios rozaron los míos. No nos besamos. Estuvimos así, respirando el mismo aire, caliente, entrecortado, mientras sus dedos recorrían mi espalda con una lentitud deliberada.

Yo también dejé de contenerme.

Pasé las manos por debajo de su camisa, encontrando su piel desnuda, el calor casi abrumador. Él emitió un sonido grave, bajo, que sentí en mis propios huesos.

—Cinco semanas —murmuré contra su boca, sin llegar a cerrar el beso.

—Más —dijo él, y esta vez fue él quien habló contra mis labios—. Desde el primer día.

Sus manos bajaron a mi cintura. Me levantó sin esfuerzo —como la caja de cuarenta kilos, pensé con un resto de lucidez que se desvaneció al instante— y me empujó contra la pared junto a la ventana. El papel pintado, frío al principio, se calentó con el contacto de mi espalda. Sus caderas presionaron contra las mías, y no hubo espacio para dudas sobre lo que quería.

—Puedo oler cuando… —empezó.

—Lo sé —dije—. Para. No necesito el informe meteorológico.

Lo escuché reír de verdad, finalmente, contra mi cuello, y eso fue peor que todo lo anterior porque era un sonido que él le daba a muy poca gente. Su risa vibraba en mi piel.

—Estoy enojada contigo —dije, mientras él bajaba los labios por mi mandíbula—. Todavía. Que conste.

—Consta —dijo.

—Y vamos a hablar del pacto. Del lenguaje real y del ceremonial y de todo lo que firmé sin entender.

—Mañana.

—Esta noche todavía estoy enojada.

—Lo sé.

Me giró. Mis manos buscaron el borde de su camisa y él me lo facilitó sin que yo tuviera que pedir. Los botones sonaron al rozar el suelo. Cuando puse las palmas en su piel desnuda, el calor fue casi quemante, animal y real. Sus costillas se movían con cada respiración. Lo miré a los ojos que en la oscuridad de la habitación seguían teniendo ese reflejo de luna que no era humano.

No aparté la vista.

Creo que él esperaba que lo hiciera.

—No me asustan —dije, sobre sus ojos.

Su mandíbula se apretó. Algo en su cara se rompió, una contención que llevaba semanas ahí. Pasó una mano por mi costado, despacio, como si aprendiera la forma de algo que ya conocía de memoria.

—Llevo cinco semanas soñando con esto —dijo, y su voz tenía una aspereza nueva—. No es una metáfora. Los licántropos soñamos diferente.

Eso me hizo pausar. Lo miré.

—¿Cómo de diferente?

—Más real. —Apoyó la frente contra la mía—. He olido tu piel en sueños antes de saber cómo olía de verdad… así tan de cerca.

El silencio después de eso fue de los que pesan. Luego me tomó de la cintura —manos firmes, ese calor imposible directo a través de lo que quedaba de ropa— y me movió con él dos pasos hasta el borde de la cama. El colchón crujió cuando me empujó hacia atrás. No fue suave, y yo no quería que lo fuera.

Lo que vino después no tenía nada de ordenado.

Fue cinco semanas de tensión acumulada que se resolvían de la única manera en que ese tipo de tensión se puede resolver: con urgencia, con ira todavía presente en los bordes, con sus manos en mi cintura apretando más de lo que habría sido necesario si esto hubiera sido solo deseo. Las sábanas se arrugaron bajo mi espalda.

No era solo deseo. Y los dos lo sabíamos.

Cuando me quitó la chaqueta la tiró a algún lado que no importó y yo le devolví el gesto con su camisa. Luego me quedé mirando su torso un segundo porque había teorizado sobre lo que había debajo de la camisa y la realidad era más interesante que la teoría.

—¿Vas a tomar notas? —dijo.

—Cierra la boca.

Volvió a reír, ese sonido que yo guardé sin querer, y me bajó al colchón con la misma facilidad con que había movido la caja de cuarenta kilos.

No hubo más intercambio verbal durante un buen rato. Solo el roce de la piel, el sonido de la respiración que se volvía más rápida, el crujido de la cama, su calor envolviéndome, mis uñas en su espalda. En algún momento su mano encontró la mía y entrelazó los dedos contra la almohada.

Después, los dos en el colchón, con el techo sobre nosotros y el bosque afuera. Una rama golpeó suavemente el cristal de la ventana. Yo miraba el techo y él hacía lo mismo; los dos fingíamos durante tres minutos que necesitábamos ese tiempo para ser personas normales.

—Bien —dije al techo.

—¿Bien? —repitió él, con ese no-humor suyo.

—Bien como conclusión provisional. Todavía tengo preguntas.

—Mañana.

—Hay al menos diecisiete cláusulas del pacto que necesito revisar a la luz de esta nueva información.

—Clara.

—Y el tema del consentimiento informado es jurídicamente relevante porque…

Su mano en mi mandíbula, girándome la cara hacia él. Sus dedos, todavía cálidos, me sostuvieron el mentón con firmeza suave.

Me miró.

—Mañana —dijo.

Su voz tenía esa textura. La que hacía que olvidara el aire acondicionado, aunque en su casa no había aire acondicionado.

—Mañana —concedí.

Ocurrió tres semanas después.

En esas tres semanas aprendí a distinguir una transformación voluntaria de una forzada, un cambio ceremonial de uno instintivo. Pensé que lo había visto todo. Vera transformándose junto a la hoguera en la noche de luna nueva, con una calma que parecía meditación. Petrov cambiando solo las manos para mostrarme cómo funcionaba el agarre. Incluso una vez vi a los dos hijos pequeños de un miembro de la manada jugar a «cambiar las orejas» en el jardín, riéndose.

Pensé que lo había visto todo.

También en esas tres semanas empecé a notar algo que al principio no supe interpretar. Cuando me quedaba hasta tarde trabajando en el despacho —algo habitual en mí, los informes no se escriben solos—, a veces al salir notaba un olor a pino y a tierra húmeda que no pertenecía al edificio. O escuchaba pasos que cesaban en cuanto yo giraba una esquina. Nunca vi a nadie. Pero empecé a sospechar.

Una noche lo confirmé.

Eran cerca de las once. Había salido tarde, otra vez, y en el aparcamiento vacío —solo unas farolas amarillentas y mi coche— vi una figura apoyada contra un pilar, con los brazos cruzados. Rhyker.

—¿Me estás siguiendo? —pregunté.

—Protegiendo —corrigió. Su aliento formaba pequeñas nubes blancas en el aire frío—. Hay gente a la que no le gusta que sepas lo que sabes.

—¿Desde cuándo?

—Desde la primera noche que te quedaste hasta las diez y media revisando cláusulas. Hace dos semanas.

Me quedé mirándolo. Había estado allí, en la oscuridad, sin que yo lo supiera, todas las noches que me quedaba tarde. No lo había visto. No lo había oído. Pero él estaba.

—No te pedí que lo hicieras —dije.

—Lo sé. Por eso lo hago.

Esa fue la primera vez que entendí que su protección no era un gesto profesional. Era personal. Y era constante.

Tres semanas después de la noche del bosque, eran las tres de la madrugada de un miércoles cuando los enemigos de la manada atacaron.

Lo llamo así porque Rhyker me había explicado las tensiones territoriales: familias rivales, conflictos generacionales, una tensión que la manada contenía con su presencia y su fuerza.

Esa madrugada yo estaba en el despacho. Había llegado por la tarde y se me había hecho de noche sin darme cuenta, como siempre. El edificio estaba vacío. La única luz era la de mi pantalla y la lámpara de mi escritorio.

Salí a eso de las tres. El aparcamiento estaba desierto a esa hora —ni un coche, ni un alma, solo las farolas parpadeando y el asfalto brillante por el rocío. Metí la mano en el bolsillo para sacar las llaves del coche cuando oí el sonido.

No era una discusión. Era el sonido específico de alguien cayendo al suelo con violencia. Un golpe sordo, húmedo. Reconocí su respiración antes de reconocerlo a él: esa manera que tenía de aspirar el aire con un leve silbido cuando estaba tenso.

Me giré.

Rhyker estaba en medio del aparcamiento, enfrentándose a tres hombres que yo no reconocía. Uno de ellos tenía una barra de metal. Los otros llevaban guantes tachonados.

No entendí qué hacía él allí. Luego lo entendí: me había estado esperando. Como todas las noches. Solo que esta vez los enemigos también lo esperaban a él.

El sonido del impacto cuando lo alcanzaron fue algo que entró por mis oídos y fue directamente al lugar del pecho donde no hay palabras. La barra de metal golpeó su costado. Rhyker ni siquiera gritó. Emitió un sonido ronco, ahogado, y cayó de rodillas.

—Rhyker —dije. O grité. No lo sé.

Salí corriendo hacia él. Llegué a su lado cuando los tres hombres ya se habían dado cuenta de mi presencia. Uno de ellos me miró.

—Es la abogada —dijo—. La del pacto.

—Da igual —respondió otro—. Vámonos. Ya hizo suficiente.

Se fueron. Corriendo hacia un coche aparcado al final del parking. No les perseguí. Solo veía a Rhyker en el suelo, con la camisa manchada de oscuro y la respiración entrecortada.

El asfalto estaba frío. Las farolas temblaban.

—Rhyker. —Mi mano en su cara. Su mandíbula estaba tensa, los dientes apretados—. Rhyker, mírame.

Me miró. Sus ojos eran los de luna llena, aunque no hubiera luna, los más claros, los que reflejaban la luz de otra manera, y debajo de su ropa yo podía ver que algo estaba mal porque su respiración era incorrecta, entrecortada, con un ruido dentro que no debería estar ahí. Un burbujeo. Sangre en el labio.

—Tengo que llamar a una ambulancia…

—No —dijo, y su mano agarró mi muñeca con una fuerza que me sorprendió—. Clara, escúchame. Va a pasar algo. No te asustes.

—Estás sangrando, Rhyker, necesitas…

—Escucha. —Su mano apretó. Miré sus dedos alrededor de mi muñeca; las uñas empezaban a oscurecerse, a alargarse—. Mi cuerpo va a reaccionar. Va a doler. Pero cuando termine, estaré bien. Solo no te muevas. Y no llames a nadie.

—¿Cómo que no llame a nadie? Estás herido…

—La transformación lo cura —dijo. Una mueca de dolor—. Pero no puede verla nadie. Nadie humano. Clara, por favor. Confía en mí.

Me callé. Mi otra mano buscó la suya, la que me sujetaba, y la sostuve.

—No te asustes —repitió—. Mira y no te muevas.

Y empezó.

No fue como las veces anteriores. Había visto transformaciones controladas. Esto no era eso.

Su espalda arqueándose contra el asfalto. El sonido que salió de su garganta empezó como humano y fue cambiando hasta no serlo. Era un aullido ahogado, atrapado en una garganta que ya no sabía qué forma tenía. Sus manos en el suelo mientras los huesos hacían el trabajo que hacían. Oí un crujido seco, y supe que era una costilla recolocándose donde no debería estar nunca. Miré su cara mientras eso ocurría, y su cara tenía todo el dolor que el proceso requería. No había control en esto. Había supervivencia.

No me moví.

Puse mi mano sobre la suya y la apreté. El asfalto estaba frío, rugoso, lleno de pequeñas grietas.

No había nadie más. A las tres de la madrugada, el aparcamiento era nuestro. Solo nosotros y las farolas y la luna que no se veía pero que él llevaba dentro.

Cinco minutos. O seis. Perdí la noción del tiempo. Solo recuerdo el sonido de sus huesos reconfigurándose, su respiración cambiando, el momento en que su columna se elongó y sus brazos se convirtieron en patas.

Cuando terminó, lo que estaba frente a mí no era Rhyker Dravek, abogado, alfa de la manada, hombre que me había besado contra una pared y me había susurrado sueños al oído.

Era un lobo enorme, gris oscuro, con los ojos que yo conocía. Su pelaje estaba manchado de sangre en el costado, pero la herida ya se cerraba, los bordes se sellaban mientras yo miraba.

Me miraba.

Yo lo miraba.

—Hola —dije, porque soy quien soy y en situaciones de crisis extrema mi cerebro produce la primera cosa funcional disponible.

El lobo que era Rhyker exhaló. Fue un sonido entre gruñido y algo más suave. Su lengua, larga y rosada, asomó un momento. Tenía la respiración entrecortada.

Miré a mi alrededor. El aparcamiento desierto. Pero arriba, en las esquinas del edificio, vi los pequeños ojos rojos de las cámaras de seguridad.

—Las cámaras —dije—. Las del edificio.

El lobo giró la cabeza hacia donde señalaba.

—Tranquilo —dije, y mi voz sonó más segura de lo que me sentía—. Yo me encargo. Soy abogada, conozco al encargado de seguridad. Puedo pedirle que borre la franja horaria de esta noche. Diré que fue un problema técnico. O que yo misma estaba haciendo algo que no debía y no quiero que se vea.

El lobo me miró. Parpadeó. Fue lento, deliberado. Un gesto que reconocí como su versión de una sonrisa.

—No es la primera vez que ayudo a un cliente a borrar pruebas —dije, acariciando su lomo—. No te preocupes. Nadie va a ver esto.

Algo se instaló en mi pecho que no era el miedo que había esperado.

Era la misma claridad de cuando todas las piezas encajan en la imagen obvia: esto es él. Todo esto. Y yo sigo aquí. Y voy a protegerlo igual que él me protege a mí.

Acaricié su lomo con la mano libre. El pelaje era más suave de lo que había imaginado. Debajo, los músculos se tensaron y se relajaron, todavía en el proceso de recuperación.

Más tarde, cuando Rhyker volvió a su forma humana —el proceso inverso fue igual de brutal y yo me quedé igual de quieta, sentada en el asfalto con las rodillas raspadas—, me explicó lo que ya intuía: ningún licántropo con instinto de supervivencia se queda a presenciar la transformación de un alfa herido. La rabia que se concentra en ese estado es impredecible incluso para los suyos. Los atacantes se habían ido en cuanto empezó el proceso.

Yo me había quedado.

Rhyker me lo dijo como un dato, sentado en el asfalto a mi lado, desnudo y temblando por el esfuerzo. Tenía una costilla amoratada pero intacta. Aún le faltaba recuperar el aliento.

A mí me pareció la cosa más importante que había ocurrido en ese aparcamiento.

—Las cámaras —dijo él, después de un rato—. ¿Puedes realmente…?

—Sí. —Saqué el teléfono—. Hay un favor que le debo a Rodríguez, el de seguridad. Hoy se lo cobro. Y si no funciona, tengo un colega en el departamento de sistemas. Una forma u otra, ese tramo de grabación desaparece.

—Clara…

—No me des las gracias. Es parte de mi trabajo. Y de lo otro. —Señalé el espacio entre nosotros—. Lo otro también.

Se quedó en silencio. Luego apoyó su cabeza en mi hombro.

—Eres un problema —murmuró.

—El mejor problema que has tenido —dije, devolviéndole sus palabras.

Rio. Fue un sonido bajo, roto, pero genuino.

—Cuándo puedas —dije, con la mano todavía en su hombro—, vamos a hablar del protocolo de emergencia de la manada. Porque «no llames a nadie» no es un plan de crisis aceptable y necesitamos documentar procedimientos.

Me miró con los ojos de luna. Una gota de sudor le recorrió la sien.

—Sí —dije—. Eso es exactamente lo que vamos a hacer.

El nuevo documento tenía cuatro páginas.

Letra once. Márgenes amplios. Y, sobre todo, lo he titulado Acuerdo de Voluntades entre las Partes Firmantes. Nada que delate su verdadera naturaleza. Nada que un tercero pudiera leer y entender.

Trabajé con Petrov durante dos semanas para redactarlo. Pero esta vez no había sistema legal paralelo ni manada ni nada que pudiera quedar escrito de forma explícita. Petrov fue claro: «No podemos dejar rastro. Si alguien encuentra esto, tiene que parecer un documento privado entre dos personas. Nada más.»

Así que escribimos entre líneas.

El lenguaje es deliberadamente vago en los puntos sensibles. «Compromiso de cuidado mutuo» en lugar de «lazo de piel». «Acuerdo de representación personal» en lugar de «protección de manada». «Cláusula de permanencia» en lugar de «transformación». Petrov asintió cuando se lo enseñé. «Suficientemente ambiguo para un extraño. Suficientemente claro para nosotros.»

El artículo cuatro era mi prioridad. Decía: «Ninguna de las partes tiene la obligación de modificar su naturaleza, condición o identidad como consecuencia del presente acuerdo. Cualquier cambio en este sentido requerirá el consentimiento expreso, libre e informado de la parte afectada, manifestado por escrito y en presencia de un testigo de confianza mutua.»

Rhyker lo leyó en silencio. Tardó unos diez minutos, aunque solo eran cuatro páginas. Lo leía despacio, como si saboreara cada palabra.

—Esto no es un contrato legal —dijo al final, levantando la vista.

—No. Es un contrato entre nosotros. Ni siquiera sé si tendría validez ante un juez humano. Pero no es para un juez humano.

—¿Para quién es?

—Para ti. Y para mí. Y para que quede claro que esta decisión —señalé el artículo cuatro— es mía. Solo mía.

Apoyó los codos en la mesa —la misma mesa de roble de la primera reunión, la que no se compra, sino que se hereda— y entrelazó los dedos.

—¿Y qué decisión es esa?

—Si algún día quiero ser como tú —dije—, será porque yo lo elijo. No porque un contrato antiquísimo lo diga. No porque la manada lo espere. No porque tú lo quieras. Porque yo quiero.

El silencio que siguió fue largo. El tic-tac del reloj de pared. El olor a madera y a animal caliente, que ya no me resultaba extraño.

—Eso es exactamente lo que quería oír —dijo él finalmente—. No sabía que lo necesitaba hasta que lo dijiste.

—Por eso está en el contrato. Para que no haya dudas.

Rhyker se inclinó hacia adelante. Su rodilla rozó la mía por debajo de la mesa.

—¿Y qué más pone ahí? —preguntó, señalando las páginas.

—El artículo siete: «Las partes se comprometen a informarse mutuamente sobre cualquier amenaza, peligro o información relevante para la seguridad de la otra, sin excepción.» Eso es para que no vuelvas a ocultarme que me sigues por las noches.

Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero real.

—El artículo once: revisión anual. Para añadir lo que no supimos decir el año anterior. Porque siempre habrá cosas que no sabemos decirnos.

—Cláusula de revisión anual —repitió.

—Estándar en contratos de largo plazo.

—¿Eso es lo que es esto?

Cogí el bolígrafo. Busqué la última página.

—Esto es un acuerdo vinculante —dije—. Y la cláusula de revisión anual es para esto. Lo otro —y señalé el espacio entre nosotros— se revisa todos los días.

—Firma —dije.

Firmó. Su letra angular, segura, ocupando todo el espacio de la línea.

Yo firmé. Mi letra más pequeña, más apretada, al lado de la suya.

Esta vez sabía exactamente lo que estaba firmando.

Rhyker rodeó la mesa. El suelo crujió bajo sus pies. Me miró desde arriba, con esa expresión que había aprendido a leer: vulnerabilidad contenida, deseo controlado, algo que parecía asombro.

—¿Vas a guardar esto en tu despacho? —preguntó.

—No. —Doblé las cuatro páginas y las metí en una carpeta que puse dentro de la caja fuerte de mi casa—. Esto no es para que nadie más lo vea. Solo nosotros sabemos lo que significa.

—¿Y si alguien lo encuentra?

—Pensará que es un acuerdo de convivencia entre dos personas muy formales. —Me encogí de hombros—. No irá más allá.

Pasó una mano por mi nuca. Sus dedos, cálidos, me sostuvieron.

—La primera vez que te vi —dijo—, cuando preguntaste por el «lazo de piel» con ese tono que tenías, supe que ibas a ser un problema.

—Lo fui.

—Lo eres. —Su mano en mi nuca, los dedos en la base de mi cráneo—. Eres el mejor problema que he tenido.

Y entonces me besó. Fue como la primera vez, pero sin la urgencia de cinco semanas acumuladas, ni la violencia de la noche del aparcamiento. Fue con calma. Con la certeza de que habría tiempo. Sus labios sabían a café negro, igual que en la primera reunión.

Cuando me separé para respirar, el bosque seguía oliendo a verdad y a casa. Y esta vez no necesité anotarlo. Lo guardé donde no hace falta papel.

Sus brazos a mi alrededor. La mesa de roble a mi espalda. Su corazón latiendo contra mi pecho, más lento que el mío, más fuerte.

—¿Cuánto? —pregunté contra su camisa.

—Para siempre —dijo. Y no era una metáfora. Con un licántropo, esas cosas nunca eran metáforas.

Pero para siempre, ahora, empezaba conmigo decidiéndolo. Y esa era la cláusula más importante de todas.

Fin

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