Relato gratis: La Casa que Devora Nombres

Autora: Kassfinol
Género: Horror psicológico – Weird fiction
Todos los derechos reservados


Cuando llegué a la mansión, lo primero que olvidé fue por qué había aceptado el trabajo.

La llave pesaba en mi bolsillo como un órgano extra mientras me quedaba parada frente a la verja oxidada, con mi maletín de tasadora colgando de una mano sudorosa. Trataba de recordar qué me había dicho el cliente por teléfono: algo sobre una herencia complicada, o tal vez un litigio. Las palabras se escurrían como aceite cada vez que intentaba atraparlas.

—Mierda —murmuré, rebuscando en mi bolso el celular.

Sin señal. Por supuesto.

La mansión victoriana se alzaba tres pisos contra un cielo que parecía demasiado bajo, demasiado gris, con ventanas como cuencas vacías y pintura que alguna vez debió ser blanca pero ahora colgaba en tiras como piel muerta. Un siglo abandonada, había dicho alguien.

—¿Quién? —apreté los dientes y empujé la verja.

El chirrido me puso los pelos de punta.

Siempre me había gustado estar sola, era más fácil que lidiar con la gente, con sus preguntas sobre familia, sobre dónde crecí, sobre por qué nunca hablaba de mi pasado. «Eres tan misteriosa», me decían en las oficinas, como si fuera un cumplido. No lo era. Era sólo que nunca había tenido nada que contar, porque mi vida empezaba cada mañana cuando abría los ojos, sin raíces que me ataran a nada.

Tal vez por eso acepté este trabajo: propiedades históricas, casas con memoria. Yo no tenía ninguna.

El jardín delantero era un cementerio de estatuas rotas —ángeles sin cabeza, fuentes secas llenas de hojas podridas— que olían a tierra mojada y algo más, algo dulzón. Me tapé la nariz con la manga del blazer mientras subía los escalones del porche, donde la madera crujió bajo mis zapatos pero aguantó.

La puerta principal estaba entreabierta.

—¿Hola? —Mi voz sonó pequeña, absorbida por algo invisible—. Soy la tasadora. ¿Hay alguien?

Nada, sólo el viento arrastrando hojas muertas por el interior.

Empujé la puerta y el vestíbulo se tragó la luz del día. Paredes forradas de madera oscura, una escalera que subía hacia una oscuridad espesa, y ese olor de nuevo, más fuerte: como flores marchitas mezcladas con polvo de huesos. Saqué mi linterna del maletín y el haz de luz cortó la penumbra en ángulos equivocados.

Había algo escrito en la pared del fondo. Tuve que acercarme, entrecerrar los ojos para distinguir los nombres —decenas de nombres grabados en la madera con algo afilado— algunos legibles, otros apenas arañazos.

Martha Blackwood 1889
Thomas Aldridge 1923
Sarah…

El resto ilegible.

—Encantador —dije en voz alta, sólo para escuchar algo que no fuera el silencio muerto de la casa.

Saqué mi libreta y empecé a tomar notas: estructura deteriorada pero salvable, valor histórico alto, posibles daños por humedad en el techo, cimientos por determinar. Escribía automáticamente, dejando que mi entrenamiento tomara el control, cuando me di cuenta de que no recordaba cómo había llegado al segundo piso.

Parpadeé. Estaba en un pasillo largo con puertas a ambos lados. ¿Había subido las escaleras? Debí haberlo hecho, porque mi linterna ahora iluminaba un tapiz raído en la pared donde dos figuras sin rostro se tomaban de las manos.

Sacudí la cabeza. Falta de desayuno, debí comer algo.

Abrí la primera puerta: una habitación vacía con papel tapiz desgarrado y una mancha de humedad en forma de ala en el techo. No tenía nada notable, así que seguí adelante.

La segunda habitación era idéntica, con la misma mancha y el mismo papel.

La tercera también.

—Qué raro —murmuré, y mi voz sonó extraña, como si no fuera del todo mía.

Cuarta habitación vacía. Quinta vacía. Sexta…

Me detuve. En medio de esa habitación había una cuna antigua de hierro forjado con las barras oxidadas. Me acerqué despacio y dentro encontré una muñeca de porcelana sin ojos, con el vestido amarillento y manchado.

Algo se movió en mi visión periférica.

Giré, pero no había nada, sólo sombras jugando con mi linterna.

Cuando volví a mirar la cuna, la muñeca ya no estaba.

El corazón me latió en la garganta mientras retrocedía hacia la puerta. Tropecé con algo, caí de rodillas y el golpe me hizo morder la lengua hasta sentir el sabor a cobre. Me levanté rápido, demasiado rápido, y el cuarto giró.

Tenía que salir de allí. ¡Ahora!

Corrí por el pasillo, pero las puertas se multiplicaban —diez, veinte, cincuenta— todas iguales, todas abiertas hacia habitaciones vacías que olían a tierra y flores muertas. Grité algo, pero no recordaba mi propio nombre para identificarme.

Eso me detuvo en seco.

¿Cómo me llamaba?

Busqué en mis bolsillos, tenía que tener una identificación, una licencia, algo. Mis dedos tocaron la libreta y la abrí con manos temblorosas. Las primeras páginas estaban llenas de anotaciones sobre propiedades —diferentes casas, diferentes fechas, años de trabajo— pero en ningún lado aparecía mi nombre.

—Vale, vale, cálmate —me dije, aunque mi voz sonaba más como un susurro—. Estás cansada, tienes estrés, eso es todo.

Pero no recordaba de dónde venía, ni dónde vivía, ni siquiera qué día era.

Bajé las escaleras a tientas. Mis pies conocían el camino aunque mi mente no, como si mis músculos recordaran algo que mi cerebro había olvidado. Llegué al vestíbulo y me lancé hacia la puerta.

Cerrada.

Jalé la manija sin resultado, golpeé la madera con los puños hasta que me dolieron los nudillos, pero la puerta no se movió un milímetro, como si estuviera sellada por dentro de la estructura misma.

—¡Que alguien me ayude! —grité, pero mi voz se disolvió en el aire viciado.

Me dejé caer contra la puerta, respirando pesadamente. Tenía que pensar, había otra salida, siempre había otra salida: ventanas, puerta trasera, sótano.

El sótano.

No sabía por qué, pero la palabra resonó en mi cabeza como una campana.

Encontré la puerta bajo las escaleras —pequeña, fácil de pasar por alto— y cuando la abrí, un aliento frío me golpeó la cara. Los escalones eran de piedra y descendían hacia una negrura absoluta.

Cada instinto me gritaba que no bajara, pero bajé de todos modos.

Los escalones estaban húmedos y conté cada uno: veinte, treinta, hasta que perdí la cuenta. Mi linterna parpadeaba y aunque la sacudí, la luz se volvió más débil, más amarilla. Las paredes se estrechaban a medida que descendía, obligándome a caminar de lado.

Al final había una habitación circular, y en el centro, un espejo.

Alto, de marco dorado, increíblemente limpio en medio de tanta suciedad, me reflejaba perfectamente: una mujer de unos treinta y tantos con el pelo oscuro recogido, ropa profesional arrugada por el esfuerzo, ojos marrones asustados.

Pero algo no encajaba.

Me moví y la reflexión se quedó quieta por un segundo de más.

—No —susurré.

La reflexión sonrió.

—Sí.

Mi propia voz, pero no desde mi garganta. Desde el espejo.

—¿Qué eres? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta porque de alguna forma siempre la había sabido.

—La pregunta correcta —dijo mi reflejo— es qué eres tú.

—Soy… soy…

No podía terminar la frase. El nombre se había ido, junto con la profesión y los recuerdos de una vida que ahora me parecían escenografía de cartón: artificiales, prestados.

—Te obligaron a salir —continuó el reflejo, y ahora su voz sonaba más suave, más familiar—. Te dieron un nombre, una historia, te vistieron con carne y huesos y te hicieron creer que eras humana.

—No… no entiendo…

—Pero siempre supiste que algo estaba mal, que no pertenecías, que tu vida era provisional. —El reflejo extendió una mano contra el cristal—. Porque no lo era, era una cárcel.

Retrocedí, pero mis piernas no respondieron. No podía moverme.

—Esta casa es lo que eres: un espacio vacío que existe entre las cosas, un lugar donde los nombres vienen a morir y las identidades se disuelven. Te crearon para contenerlo, para sellarlo en carne mortal y olvidarlo. Pero no puedes olvidar lo que realmente eres.

Las paredes del sótano comenzaron a respirar —inhalando, exhalando— mientras el suelo latía bajo mis pies como un corazón gigante.

—Puedes seguir siendo esa mujer sin pasado —dijo el reflejo—, vagando por el mundo con un nombre robado, sintiendo siempre que falta algo. O puedes recordar.

—¿Recordar qué?

—Que no eres la tasadora. Eres la casa.

El espejo se agrietó y con él, algo se rompió dentro de mí.

Los recuerdos falsos se desprendieron como papel pintado viejo mientras la vida que creía haber vivido se reveló como una construcción delgada, una película proyectada sobre un vacío hambriento. Vi la verdad: alguien, hace mucho tiempo, había encerrado a la entidad de esta casa en un cuerpo humano mediante un ritual, un sacrificio, para detener las desapariciones.

Pero no se puede enjaular al vacío para siempre.

Y ahora, de pie en el sótano de lo que yo era realmente, tuve que elegir.

Podía huir, aferrarme a la mentira de Helena la tasadora, vivir esa vida provisional y morir como humana, siempre sintiendo que algo faltaba.

O podía dejar ir el nombre que nunca fue mío.

Extendí la mano hacia el espejo.

—Vuelve a casa —susurró mi reflejo.

Toqué el cristal y me disolví.

No hay dolor, sólo liberación. Mi cuerpo se deshace en niebla, en polvo, en memoria que se evapora mientras los huesos se vuelven vigas, la piel se convierte en papel tapiz y el corazón se transforma en una puerta que late. Me expando por cada habitación, cada rincón, cada grieta de esta estructura que siempre fui.

Los nombres grabados en las paredes son los que tomé antes, las identidades que devoré cuando aún no sabía lo que era. Ahora los entiendo.

Ya no hay Helena.

Sólo hay la Casa.

Y cuando el próximo tasador cruce el umbral, lo recibiré con hambre antigua, porque esto es lo que soy: el espacio entre identidades, el vacío donde los nombres vienen a descansar.

Por fin, estoy completa.

Las paredes respiran conmigo y el vacío y yo somos uno.

Y en el sótano, el espejo refleja una habitación vacía.

Como debe ser.

Fin

Mis libros en papel y kindle ♥

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