Relato Gratis: La cura del aullido

La Cura del Aullido

Autora: Kassfinol

Género: Romance Paranormal

Todos los derechos reservados



El olor a desinfectante industrial me golpeó en la cara apenas crucé las puertas del Instituto Blackwood. Nada grita «instalación psiquiátrica de alta seguridad» como ese aroma a cloro mezclado con desesperación institucional.

—Doctora Moreno, gracias por venir con tan poca anticipación.

El director, un tipo con aspecto de haber vendido su alma por un puesto administrativo y buenos beneficios, me estrechó la mano con una fuerza que pretendía ser firme pero solo resultaba sudorosa.

—Doctor Hargrove —respondí, retirando mi mano lo más discretamente posible—. Su llamada fue… intrigante.

Intrigante era quedarse corta. «Caso confidencial de máxima prioridad. Honorarios del doble de su tarifa habitual. Paciente de alto riesgo con historial militar. Posible trastorno de estrés postraumático con manifestaciones violentas severas.»

O sea, exactamente el tipo de caso que me había pasado los últimos ocho años especializándome en tratar. Y exactamente el tipo de caso que me hacía dudar de mi cordura por aceptar.

—Permítame ser directo, doctora. El paciente Kael Donovan es extremadamente peligroso. Ha lastimado a tres terapeutas previos. Nada grave, pero… lo suficiente.

Caminamos por pasillos que se volvían progresivamente más estrechos, más silenciosos. El tipo de silencio que se te mete en los huesos.

—¿Y esperan que yo tenga mejores resultados porque…?

—Porque usted no le tiene miedo al trauma —dijo, deteniéndose frente a una puerta de acero con un sistema de seguridad que parecía sacado de una película de espías—. Y porque el señor Donovan específicamente solicitó una terapeuta mujer. Ninguna de las anteriores… bueno, digamos que su enfoque no funcionó.

Genial. Un paciente violento con preferencias de género para su tratamiento. Nada problemático en absoluto.

Hargrove pasó tres tarjetas diferentes antes de que la puerta hiciera ese sonido de succión que tienen las cámaras de seguridad. Del otro lado había otra puerta. Y luego otra. Matrioshkas de acero y paranoia.

—Las sesiones se realizan en la Sala C. Hay un cristal de seguridad entre ustedes. El señor Donovan estará contenido en todo momento. Usted tendrá un botón de pánico. La guardia llegará en menos de treinta segundos.

—¿Qué tan malo puede ser si está detrás de un cristal? —pregunté, aunque la pregunta era más para mí que para él.

Hargrove me miró con algo que podría haber sido lástima.

—Los aullidos, doctora. Nadie nos advirtió sobre los aullidos.

La Sala C era exactamente lo que esperaba: fría, clínica, diseñada para hacerte sentir observado. El cristal divisorio ocupaba toda la pared, grueso como mi brazo. Del otro lado, penumbra. Podía distinguir una silueta sentada en una silla de metal, inmóvil.

Me acomodé en mi lado, saqué mi grabadora (analógica, porque no permitían electrónicos) y respiré hondo.

—Señor Donovan, soy la doctora Elsa Moreno. ¿Está cómodo para comenzar?

Silencio.

Conté hasta treinta. Técnica básica: dejar que el paciente tome la iniciativa si así lo necesita.

Cuando ya iba por el cuarenta y cinco, una voz salió de la oscuridad. Grave, rasposa, como si no la hubiera usado en días.

—¿Por qué aceptaste venir?

No «doctora». No formalidades. Directo al grano.

—Porque me pagan bien. Y porque dicen que eres un caso perdido. Me gustan los desafíos.

Un sonido que podría haber sido risa. O un gruñido. Difícil saberlo.

—Todos los demás tenían miedo. Tú también tienes miedo. Puedo olerlo.

Olerlo. Interesante elección de palabra.

—El miedo no es incompatible con la curiosidad —respondí—. Y sí, tengo miedo. Eres un hombre que lastimó a tres profesionales. Sería estúpido no tener miedo.

La silueta se movió. Se inclinó hacia adelante, y por primera vez pude verlo.

Jesús.

Kael Donovan no era lo que esperaba. Cabello oscuro despeinado, barba de varios días, pero lo que me clavó en el asiento fueron sus ojos. Grises. O tal vez… ¿dorados? La iluminación era pésima, pero juro que brillaban con luz propia.

Y las cicatrices. Dios, las cicatrices. Cruzaban su rostro como un mapa de violencia, algunas viejas y plateadas, otras más recientes.

—Me gusta que seas honesta —dijo—. Los otros mentían. Decían que querían «ayudarme». Como si esto tuviera cura.

—¿Qué es «esto», Kael?

Sus manos se cerraron en puños sobre la mesa. Nudillos blancos.

—Rabia. Hambre. Instintos que no puedo… controlar.

—Trastorno de estrés postraumático. Ataques de pánico. Disociación severa. He trabajado con veteranos antes. No eres el primero que—

—No soy como ellos.

Lo dijo con tanta convicción que me callé.

Se puso de pie, y santo Dios, era enorme. Más de un metro noventa, pura masa muscular tensa bajo una camiseta institucional gris. Se acercó al cristal, apoyó ambas manos en él.

—Cada luna llena es peor —susurró—. Los sonidos, los olores, todo se vuelve… más. Y la rabia, doctora. La rabia me come vivo.

Algo en su voz me erizó la piel. No era amenaza. Era desesperación pura.

—Podemos trabajar con eso —dije, sorprendida de lo firme que sonó mi voz—. La hipervigilancia sensorial, la agresividad reactiva, son síntomas tratables. Pero necesito que confíes en mí.

Kael inclinó la cabeza, y el gesto fue extrañamente canino.

—No deberías querer que confíe en ti. Soy peligroso, Elsa.

El uso de mi nombre de pila debería haberme molestado. En cambio, sentí algo cálido y perturbador enrollarse en mi estómago.

—Ya establecimos que tengo miedo —respondí—. Ahora dime: ¿quieres mejorar o quieres seguir pudriéndote en esta celda?

Sus ojos definitivamente brillaron dorados. Estaba segura.

Y entonces aulló.

No un grito humano. Un aullido animal, desgarrador, que atravesó el cristal y me taladró el cerebro. Largo, grave, lleno de una angustia tan profunda que sentí lágrimas arder en mis ojos.

Me quedé paralizada, con el corazón tratando de salirse de mi pecho.

Cuando terminó, Kael seguía mirándome. Esperando. Evaluando.

—Misma hora mañana —dije, guardando mi grabadora con manos que apenas temblaban—. Y Kael, la próxima vez que quieras asustarme, te va a salir más caro.

Una sonrisa lenta, casi depredadora, curvó sus labios.

—No estaba tratando de asustarte, doctora. Solo te estaba demostrando que sí deberías tener miedo.

Salí de esa sala con las piernas de gelatina y una certeza horrible instalándose en mi pecho: acababa de conocer al hombre más peligroso de mi carrera.

Y lo peor era que no podía esperar para volver a verlo.

Esa noche soñé con aullidos y ojos dorados.

Me desperté a las cuatro de la mañana, empapada en sudor, con el eco de ese sonido imposible todavía vibrando en mis tímpanos. Mi departamento… un monoambiente de treinta metros cuadrados que olía a café viejo y ambición académica, se sentía demasiado pequeño, demasiado silencioso.

Preparé café solo porque necesitaba hacer algo con las manos.

El expediente de Kael Donovan era patéticamente delgado para alguien tan obviamente complicado. Ex-militar, unidad especializada, clasificación redactada. Dado de baja honorable hace dos años. Primer episodio violento registrado seis meses después. Diagnóstico inicial: TEPT severo con características psicóticas.

Características psicóticas. Qué forma tan clínica de decir «el tipo aúlla como un lobo y cree que pierde el control durante la luna llena».

Excepto que…

Abrí mi laptop y busqué fases lunares. Luna llena en tres días.

Coincidencia, me dije, sabiendo que era mentira.

La segunda sesión empezó diferente.

Kael ya estaba de pie cuando entré, casi pegado al cristal, como si hubiera estado esperándome. La penumbra del otro lado era la misma, pero esta vez mis ojos se adaptaron más rápido.

Podía ver más detalles. Las cicatrices no eran solo cortes; algunas tenían patrones extraños, como si algo lo hubiera arañado. Garras, pensé, y me odié por pensarlo.

—Regresaste —dijo, y había algo parecido a sorpresa en su voz.

—Te dije que vendría. No soy de las que huyen.

—Deberías serlo.

Me senté, crucé las piernas, sostuve su mirada.

—Cuéntame sobre tu unidad militar. ¿Qué hacían?

Tensión inmediata. Sus hombros se pusieron rígidos.

—Clasificado.

—Entonces cuéntame sobre después. Cuando te dieron de baja. ¿Qué pasó?

Silencio. Pero esta vez no era rechazo; era… procesamiento. Como si estuviera decidiendo cuánta verdad podía darme.

—Me sentía… perdido —dijo finalmente—. Como si me hubieran arrancado una parte esencial. En el ejército, todo tenía sentido. Había estructura. Propósito. Jerarquía. Y luego nada.

—Es común en veteranos. La transición a la vida civil puede ser—

—No era eso —me interrumpió—. Era algo más profundo. Como si hubiera olvidado quién era sin… sin mi manada.

Manada. No «mi unidad». Manada.

—¿Así llamabas a tu equipo?

Una pausa demasiado larga.

—Sí.

Mentira. O verdad a medias. Podía verlo en la forma en que apartaba la mirada.

—Kael, para que esto funcione, necesito que seas honesto conmigo. Completamente honesto.

Se rio, pero no había humor en el sonido.

—No puedo serte honesto, doctora. Si lo fuera, pensarías que estoy completamente loco.

—Trato con «locos» profesionalmente. Créeme, he escuchado cosas que harían que Stephen King tuviera pesadillas.

Kael se acercó más al cristal. Tan cerca que su aliento lo empañó.

—¿Alguna vez has sentido que no eres… completamente humano?

El corazón se me aceleró.

—¿En qué sentido?

—Oigo cosas que otros no oyen. Huelo emociones. Puedo saber cuándo alguien miente por cómo cambia su temperatura corporal. Y cada luna llena… —apretó los puños— cada luna llena siento como si mi piel fuera demasiado pequeña, como si algo dentro de mí quisiera salir.

Mantuve mi expresión neutral. Profesional. Aunque por dentro estaba catalogando: delirios somáticos, hipervigilancia sensorial extrema, posible trastorno dismórfico corporal con componente episódico.

—¿Y qué quiere salir, Kael?

Sus ojos encontraron los míos. Dorados. Definitivamente dorados.

—El lobo.

Dos sesiones más. Cuatro en total antes de que sucediera.

Kael empezó a abrirse, lentamente, como una herida que lleva años cerrada en falso. Me habló de su infancia (normal, hasta donde podía ver), de su reclutamiento (voluntario, buscando estructura), de su primera misión (traumática, pero no más que cualquier combate).

Y luego, en la cuarta sesión, me habló de la mordida.

—Fue en Kosovo —dijo, mirando sus manos como si fueran de otra persona—. Misión nocturna. Algo salió mal. Nos atacó algo en el bosque. Pensamos que era un perro salvaje, tal vez un lobo. Me alcanzó el hombro.

Se quitó la camiseta.

Me quedé sin aire.

Su torso era un mapa de músculos y cicatrices, pero lo que me clavó en el asiento fue la marca en su hombro izquierdo. No era una cicatriz normal. Era…

—Una mordida —susurré.

—Tardó semanas en sanar. Y cuando sanó, yo ya no era el mismo.

—Kael, las heridas traumáticas pueden causar cambios neurológicos significativos, especialmente si hubo infección o—

—No hubo infección —me interrumpió—. Hubo transformación.

Ahí estaba. La línea entre el trauma psicológico y el delirio franco.

—¿Crees que esa mordida te convirtió en… qué, exactamente?

—En lo que soy ahora. En esto.

Gesticuló hacia sí mismo con algo parecido a asco.

—Un monstruo.

—No eres un monstruo —dije, y lo decía en serio—. Eres un hombre traumatizado que necesita ayuda para procesar una experiencia que tu cerebro interpretó de forma—

El aullido volvió.

Más fuerte esta vez. Más cercano. Y yo, como una idiota, me puse de pie y puse mi mano en el cristal.

—Kael, mírame. Estás teniendo un episodio disociativo. Necesito que respires. Cuenta conmigo. Uno… dos…

Pero él no estaba mirándome a mí. Estaba mirando algo detrás de mí.

—Elsa, aléjate del cristal.

—Kael—

—AHORA.

El rugido en su voz me hizo retroceder instintivamente.

Y entonces las luces se apagaron.

Oscuridad total. El tipo de oscuridad que te desorientaba al instante.

Y en esa oscuridad, escuché algo que me heló la sangre: el sonido de cristal quebrándose.

—¿Kael? —mi voz salió más aguda de lo que hubiera querido.

Respiración. Pesada. Cerca.

Demasiado cerca.

—No te muevas —su voz, pero diferente. Más gutural—. Hay algo aquí.

¿Algo? ¿Qué mierda significaba algo?

Mis ojos empezaron a adaptarse. Formas vagas. La sala de repente se sentía mucho más grande de lo que recordaba.

Y entonces lo vi.

Una sombra. No Kael. Algo más. Algo que se movía en cuatro patas, demasiado grande para ser un perro, demasiado bajo para ser un hombre.

El pánico me cerró la garganta.

La criatura gruñó, un sonido que sentí vibrar en mi pecho, y se preparó para saltar.

Y Kael apareció entre nosotros.

No lo vi moverse. Un segundo estaba a metros de distancia, el siguiente estaba frente a mí, interponiéndose entre la cosa y yo con su cuerpo como escudo.

—Fuera —ordenó con voz que no sonaba del todo humana—. No es tuya.

La criatura bufó, pero retrocedió. Y luego, imposiblemente, saltó hacia una ventana que juro que estaba cerrada y desapareció en la noche.

Las luces volvieron.

Kael se giró hacia mí, y lo que vi me hizo retroceder hasta golpear la pared.

Sus ojos eran completamente dorados. Su respiración salía en jadeos. Y sus manos… Dios, sus manos tenían garras. No uñas largas. Garras.

—Elsa… —extendió una mano hacia mí y luego la retrajo, como si quemara—. Lo siento. No quería que vieras…

—¿Qué eres? —apenas podía formar palabras.

Dolor. Puro dolor cruzó su rostro.

—Te lo dije. Un monstruo.

Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera procesar nada de lo que acababa de ver, se alejó, puso distancia entre nosotros, y por primera vez desde que lo conocí, vi verdadero miedo en sus ojos.

Miedo de sí mismo.

Miedo de lastimarme.

Y ahí, en ese momento de terror compartido, algo cambió entre nosotros.

Ya no era solo una terapeuta estudiando un caso.

Esto se había vuelto peligrosamente, irrevocablemente personal.

La guardia llegó exactamente en veintiocho segundos.

Dos hombres enormes con uniformes negros irrumpieron en la sala como si esperaran encontrar un campo de batalla. Lo que encontraron fue a Kael en la esquina más alejada, encorvado contra la pared, temblando; y a mí, todavía pegada a mi lado del cristal roto, tratando de controlar mi respiración.

—Doctora Moreno, ¿está herida? —el más alto me tomó del brazo con una firmeza que rozaba lo doloroso.

—Estoy bien —mentí, porque no tenía idea de si era verdad—. Fue… un apagón. El cristal se rompió. Pero el señor Donovan me protegió.

La mirada que intercambiaron los guardias fue suficientemente elocuente. No me creían ni mierda.

—Necesitamos asegurar al paciente —dijo el otro, sacando algo que parecía un tranquilizante de su cinturón.

—No —la palabra salió antes de que pudiera pensarla—. No está agitado. Está en control.

Kael levantó la cabeza, y sus ojos volvían a ser grises. Humanos. Casi.

—Hagan lo que tengan que hacer —su voz sonaba destrozada—. Solo… asegúrense de que ella salga de aquí.

Veinte minutos después estaba en la oficina de Hargrove, con una taza de té que no había pedido entre las manos, escuchándolo hablar de «protocolos de seguridad» y «responsabilidad institucional» mientras mi cerebro todavía intentaba procesar lo que había visto.

Garras. Ojos dorados. Esa cosa en la habitación.

—Doctora Moreno, ¿me está escuchando?

Parpadeé, enfocándome en Hargrove por primera vez.

—Disculpe, ¿qué?

—Dije que obviamente necesitamos suspender las sesiones hasta que podamos garantizar—

—No.

Se detuvo a mitad de frase.

—¿Perdón?

—No voy a suspender las sesiones. Acabamos de tener un avance significativo.

—¿Un avance? ¡El cristal de seguridad está destrozado! ¿Tiene idea de cuánto cuesta reemplazar ese—?

—Kael me protegió —dije, dejando la taza con más fuerza de la necesaria—. Hubo un… un animal suelto en el edificio, no sé cómo entró, y él se interpuso entre esa cosa y yo. ¿Sabe lo que eso significa? Significa que hay control. Hay razonamiento. Hay capacidad de priorizar la seguridad de otros sobre sus propios impulsos.

Hargrove me miró como si acabara de declarar que la tierra era plana.

—Doctora, no hubo ningún animal. Revisamos las cámaras. El apagón fue un fallo eléctrico, pero las cámaras de emergencia siguieron funcionando. No hay evidencia de ninguna criatura.

El frío se extendió por mi espalda.

—Eso es imposible. Yo la vi. Era enorme, estaba justo ahí—

—Exactamente —me interrumpió—. Usted la vio. El señor Donovan tiene un historial documentado de inducir alucinaciones compartidas en sus terapeutas. Es parte de su patología. Sea lo que sea que vio, doctora, no era real.

Me quedé en silencio, porque ¿qué podía decir? ¿Que también había visto a Kael transformarse? ¿Que sus manos tenían garras que ahora, presumiblemente, habían desaparecido sin dejar rastro?

Sonaría completamente demente.

—Quiero continuar con las sesiones —repetí, con más firmeza—. Con o sin cristal de seguridad.

—Absolutamente no. Es un riesgo inaceptable—

—Entonces renuncio.

Hargrove parpadeó.

—¿Disculpe?

—Renuncio a mi contrato con el instituto. Y ofrezco mis servicios a Kael Donovan de forma privada. Como su terapeuta personal.

Fue un farol estúpido. No tenía idea de si Kael podría pagar mis honorarios, o si siquiera querría verme después de lo que había pasado. Pero algo en mi interior—algo irracional e insistente—me decía que no podía dejarlo.

Hargrove se quitó los lentes, los limpió con deliberada lentitud.

—Doctora Moreno, ¿está segura de que no necesita también… evaluación? Ha sido una experiencia traumática.

Casi me reí. Casi.

—Estoy perfectamente cuerda, doctor Hargrove. Solo estoy siendo agresivamente profesional.

Nos miramos durante un largo momento. Finalmente, suspiró.

—Le daré una semana más. Pero las sesiones serán con guardia presente, cristal reemplazado, y al primer signo de peligro—

—Entendido.

Mentira. No pensaba cumplir ni una de esas condiciones.

Pasé los siguientes dos días haciendo algo que definitivamente violaba todos los códigos éticos de mi profesión: investigando a Kael Donovan fuera de los canales oficiales.

Resultó que «clasificado» solo significaba «difícil de encontrar» si sabías dónde buscar. Y después de ocho años tratando veteranos, había acumulado algunos contactos.

Lo que descubrí me hizo desear no haber buscado.

La unidad de Kael no existía oficialmente. Pero extraoficialmente, había rumores. Siempre había rumores. Operaciones en zonas de guerra que nadie quería reclamar. Misiones que dejaban a los enemigos mutilados de formas que no coincidían con ningún armamento estándar. Avistamientos de «perros salvajes» anormalmente grandes en áreas donde esos animales no deberían existir.

Y bajas. Muchas bajas. No por fuego enemigo.

Por «causas desconocidas».

Cerré mi laptop, me serví un whisky que no necesitaba, y admití lo que llevaba dos días negando:

O Kael Donovan estaba loco.

O yo estaba a punto de estarlo.

O—y esta era la opción que me aterraba más—nada de esto era locura.

La sexta sesión fue tres días después. Luna llena esa noche.

Kael estaba diferente. Más tenso. Se movía como si su piel le quedara apretada, exactamente como había descrito. El nuevo cristal de seguridad estaba instalado, pero él ni siquiera se acercó.

Se quedó en la pared del fondo, casi escondido en las sombras.

—No deberías estar aquí —dijo a modo de saludo—. Especialmente hoy.

—Buenos días para ti también —me senté, saqué mi grabadora—. Cuéntame qué sientes.

—Hambre. Rabia. Necesidad.

—¿Necesidad de qué?

Una pausa.

—Correr. Cazar. Soltar lo que llevo conteniendo.

—¿Y si pudieras? ¿Si te dejaran salir, correr, hacer lo que tu cuerpo te pide?

Se rio, pero sonó roto.

—¿Sabes cuántas personas tendrían que morir para que eso pasara?

—No estoy sugiriendo que lastimes a nadie. Estoy preguntando qué pasaría si encontráramos una forma segura de—

—No hay forma segura —me interrumpió—. ¿No entiendes? Cuando el lobo toma control, yo… desaparezco. Es puro instinto. Pura violencia.

—¿Siempre?

Eso lo detuvo.

—¿Qué?

—¿Siempre pierdes el control? ¿O hubo veces en que pudiste mantener algo de consciencia?

Silencio. Procesando.

—Una vez —admitió finalmente—. Cuando te protegí. Por un segundo, el lobo y yo queríamos lo mismo. Mantenerte a salvo.

Mi corazón hizo algo estúpido en mi pecho.

—Entonces no es imposible. Hay un puente. Una forma de integrar ambas partes.

—Elsa… —dijo mi nombre como una advertencia—. No sabes lo que estás diciendo.

—Sé exactamente lo que estoy diciendo. Sé que la fragmentación psicológica es tratable. Sé que la disociación, por severa que sea, puede trabajarse. Y sé que tú no quieres ser un monstruo, Kael. Quieres ser humano.

—¿Y si no puedo ser ambos?

—¿Y si no tienes que elegir?

Se acercó al cristal entonces, rápido, y me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo olvidar respirar.

—Estás jugando con fuego.

—Tal vez —admití—. Pero he decidido que prefiero quemarme a abandonarte aquí.

Algo cambió en su expresión. Algo peligroso y tierno al mismo tiempo.

—¿Por qué? Apenas me conoces.

No tenía una buena respuesta para eso. O más bien, tenía demasiadas respuestas, ninguna apropiada para la relación terapeuta-paciente.

Porque cuando me miras, me siento vista. Porque tu dolor resuena con algo en mí que creía haber enterrado. Porque por primera vez en años, siento algo más que curiosidad profesional.

—Porque creo en ti —dije finalmente, que era verdad, pero no toda la verdad.

Kael puso su mano en el cristal. Despacio. Cauteloso.

Y yo, Dios me ayude, puse la mía del otro lado.

—Si hago esto —dijo—, si confío en ti, necesito que me prometas algo.

—¿Qué?

—Que si alguna vez pierdo el control. Si alguna vez te pongo en peligro. Correrás. No mirarás atrás. Solo… correrás.

—Kael—

—Promételo.

Asentí, sabiendo que era una mentira.

Si Kael perdía el control, si el lobo tomaba poder, yo no correría.

No tenía idea de qué haría.

Pero no sería huir.

Esa noche, me quedé en el instituto hasta tarde, revisando notas, buscando patrones que pudieran ayudar.

Eran pasadas las once cuando escuché el primer aullido.

Venía del ala de contención. Del cuarto de Kael.

Me levanté sin pensar, sin planear, y caminé hacia el sonido como si me llamara.

Los guardias nocturnos estaban en sus estaciones, ignorándolo. Como si fuera normal. Como si cada noche un hombre gritara su alma en forma de aullido y nadie hiciera nada.

Usé mi tarjeta de acceso. Una puerta. Dos. Tres.

—Doctora Moreno, no puede estar aquí —uno de los guardias me bloqueó—. Especialmente no esta noche.

—¿Por qué? ¿Qué pasa esta noche?

Me miró como si fuera particularmente lenta.

—Luna llena. El paciente siempre es… peor durante la luna llena.

Otro aullido, más cerca, y cada célula de mi cuerpo respondió de una forma que no era científica ni racional.

—Necesito verlo.

—No.

—No es una petición —saqué mi teléfono—. Puedo llamar a Hargrove ahora mismo, despertarlo, y explicarle que están negándome acceso a mi paciente durante una crisis. O pueden apartarse.

El guardia vaciló, luego habló por su radio.

La respuesta fue tan sorprendente que casi me reí: «Déjenla pasar. Es su funeral.»

La última puerta se abrió.

Y lo que vi al otro lado cambió todo.

La habitación de Kael era más grande de lo que esperaba. No una celda, sino algo que pretendía ser un cuarto, con cama de hospital, un escritorio atornillado al suelo, y ventanas con barrotes que dejaban entrar la luz de la luna llena.

Esa luz plateada lo bañaba todo con un resplandor enfermizo.

Y en el centro, Kael.

De rodillas. Temblando. Con las manos aferradas a su propia cabeza como si pudiera mantener su cráneo unido por pura fuerza de voluntad.

—Kael —mi voz salió apenas como un susurro.

Su cabeza se levantó de golpe. Sus ojos brillaban dorados en la oscuridad, reflejando la luz como los de un animal.

—Elsa… no… no deberías…

No terminó la frase. Su cuerpo se arqueó hacia atrás, y el sonido que salió de su garganta fue mitad grito humano, mitad aullido. Pude ver los tendones de su cuello tensarse, su espalda contorsionarse.

Y luego lo vi.

Su piel… se movía. Como si algo debajo de ella estuviera tratando de salir. Sus manos se convulsionaron, y juro por Dios que vi sus dedos alargarse, las uñas oscurecerse y curvarse en garras.

Esto no era una alucinación compartida. Esto no era psicosis.

Esto era real.

—Vete —gruñó, y su voz sonaba distorsionada—. Por favor… vete antes de que…

Otro espasmo. Esta vez su rostro cambió. Solo por un segundo, pero lo suficiente para ver algo más animal en sus rasgos, algo salvaje y hambriento.

Toda mi educación, todos mis años de entrenamiento me gritaban que corriera. Que saliera. Que llamara a seguridad.

En cambio, me acerqué.

—Elsa, NO—

Me arrodillé frente a él, tan cerca que podía sentir el calor anormal que irradiaba su cuerpo. Fiebre alta, pensó mi cerebro clínico. Más de cuarenta grados, fácil.

—Mírame —ordené—. Kael, mírame.

Sus ojos encontraron los míos. Dorados. Completamente dorados. Pupilas dilatadas como las de un lobo.

—No puedo… detenerlo…

—No tienes que detenerlo —dije, sorprendida de lo calmada que sonaba mi voz—. Solo tienes que mantenerme en tu mente. Yo. Aquí. Ahora. No estás solo en esto.

—Te voy a lastimar…

—No lo harás.

—¿Cómo puedes estar segura?

—Porque la otra noche me protegiste. Porque cada vez que te acercas demasiado, te alejas. Porque incluso ahora, con tu cuerpo deshaciéndose, tu primer instinto es advertirme.

Sus manos se cerraron en puños contra el suelo. Pude escuchar el concreto agrietarse bajo la presión.

—Duele —jadeó—. Dios, duele tanto…

—Lo sé —y aunque no lo sabía, no realmente, quería saberlo. Quería entender—. Respira. Respira conmigo.

—No puedo… respirar… solo puedo…

Otro aullido desgarró su garganta, y esta vez yo grité con él. No de miedo. De empatía. De rabia contra lo que fuera que le estaba haciendo esto.

Y entonces hice algo completamente irracional.

Puse mis manos en su rostro.

Su piel ardía. Pero debajo de ese calor, sentí algo más. Una vibración. Como si cada célula de su cuerpo estuviera tratando de reorganizarse y él estuviera forzándolas a quedarse quietas.

—Estás peleando muy duro —susurré—. Todo el tiempo. Cada segundo. No es de extrañar que estés exhausto.

—Tengo que pelear… si no peleo… si dejo que gane…

—¿Y si no tiene que ser una pelea? ¿Y si pudieras… no sé, negociar? ¿Encontrar un punto medio?

Una risa áspera, quebrada.

—No se negocia con un monstruo.

—Entonces negocia con Kael —insistí—. El humano. El hombre que está tan aterrado de lastimar a alguien que prefiere desgarrarse a sí mismo antes de soltar el control.

Sus ojos se clavaron en los míos. Por un momento largo, terrible, no dijo nada.

Y luego, tan bajito que casi no lo escuché:

—Ayúdame.

No era una petición profesional. Era algo primario. Desesperado.

—¿Cómo? Dime cómo y lo haré.

—No sé… solo… quédate. Sigue hablando. Tu voz… ayuda. Me mantiene… aquí.

Así que hablé.

Le conté sobre mi infancia. Sobre cómo mi padre se había ido cuando yo tenía siete años y cómo mi madre me había criado sola, trabajando dos empleos. Sobre cómo decidí estudiar psicología porque quería entender por qué la gente se hacía daño a sí misma, por qué elegían el dolor sobre el cambio. Sobre mi primer paciente, una veterana con trastorno límite de la personalidad que me enseñó que el trauma no era algo que se «superaba»—era algo con lo que aprendías a vivir.

Hablé durante horas. O tal vez minutos. El tiempo se volvió elástico, irreal.

Y lentamente, tan lentamente que casi no lo noté, Kael empezó a calmarse.

Los temblores disminuyeron. Su respiración se regularizó. El brillo dorado de sus ojos se atenuó hasta que fueron grises otra vez.

Humanos otra vez.

Cuando finalmente se relajó, cuando su cuerpo dejó de luchar contra sí mismo, colapsó hacia adelante. Directo hacia mí.

Lo atrapé. Estúpidamente. Porque pesaba como doscientos libras de puro músculo y yo medía metro sesenta en un buen día. Pero lo sostuve de todos modos, dejando que su cabeza cayera contra mi hombro, sintiendo su respiración caliente contra mi cuello.

—Lo siento —murmuró—. Lo siento mucho.

—No tienes que disculparte.

—Casi te… podría haberte…

—Pero no lo hiciste —le recordé—. Esa es la parte importante. No lo hiciste.

Se rio, exhausto.

—Eres demasiado terca para tu propio bien.

—Me lo han dicho.

Nos quedamos así, en el suelo, bañados por la luz de luna, hasta que mi pierna izquierda se entumió completamente y tuve que moverme.

Kael se enderezó, poniéndose de pie con una gracia que no debería haber tenido después de lo que acababa de pasar. Me ofreció su mano para ayudarme a levantarme.

La tomé sin pensar.

Y en el momento en que nuestras pieles se tocaron—su mano envolviendo la mía, grande y caliente y sorprendentemente gentil—algo cambió.

Electricidad. Química. Lo que sea que fuera esa cosa que hace que dos personas se miren y sepan, simplemente sepan, que están en problemas.

No solté su mano. Él tampoco soltó la mía.

—Elsa…

Mi nombre en sus labios sonaba como advertencia y promesa al mismo tiempo.

—Esto es una mala idea —dije.

—Terrible idea —concordó.

—Poco ético.

—Completamente inapropiado.

—Podría perder mi licencia.

—Podrías perder mucho más que eso.

Nos miramos en la semioscuridad, y toda la tensión de las últimas semanas—la atracción que había estado ignorando, el miedo que había estado tragando, la conexión que había estado negando—cristalizó en ese momento.

—Dime que me vaya —susurré—. Dime que esto no puede pasar.

Kael levantó su mano libre, dudó, y luego rozó mi mejilla con los nudillos. El gesto más suave que le había visto hacer.

—No puedo —admitió—. Porque estaría mintiendo. Y te prometí honestidad.

—Kael…

—Llevo semanas tratando de no mirarte como te miro. Tratando de no oler tu perfume cada vez que entras a la sala. Tratando de no imaginar cómo se sentiría tocarte cuando no estoy tratando de no matarte.

Mi respiración se había vuelto superficial.

—Eso es… probablemente la declaración más disfuncional que me han hecho.

Una sonrisa torcida curvó sus labios.

—Soy un desastre, doctora. Pensé que ya lo sabías.

—Lo sé —y lo besé.

O él me besó. Honestamente, no estoy segura quién cerró la distancia primero. Solo sé que un segundo estábamos separados y al siguiente su boca estaba en la mía, caliente y desesperada y completamente incorrecta de todas las formas importantes.

Y perfecta de todas las formas que importaban.

No fue gentil. Nada con Kael era gentil. Fue hambre y necesidad y semanas de tensión explotando de golpe. Sus manos encontraron mi cintura, apretándome contra él, y yo enredé mis dedos en su cabello, tirando.

Gruñó contra mi boca, y el sonido fue tan animal que debería haberme asustado. En cambio, algo dentro de mí respondió. Algo primario e instintivo que no sabía que tenía.

—Elsa —jadeó, separándose apenas lo suficiente para hablar—. Si no paramos ahora…

—No quiero parar.

—No sabes lo que estás diciendo…

—Sé exactamente lo que estoy diciendo —mis manos bajaron por su pecho, sintiendo músculos tensos bajo la delgada tela de su camiseta—. He pasado semanas analizándote, estudiándote, tratando de entender qué eres. Y ahora solo quiero sentirte.

Algo oscuro y hambriento brilló en sus ojos.

—No puedo prometerte que seré cuidadoso.

—No te pedí que lo fueras.

Eso rompió su último resto de control.

Me levantó —literalmente me levantó del suelo como si no pesara nada— y me llevó a la cama. Me dejó caer en el colchón, y antes de que pudiera respirar, estaba sobre mí, su peso presionándome hacia abajo de una forma que debería haberme hecho sentir atrapada.

En cambio, me sentí anclada.

Segura.

Deseada.

Sus manos encontraron el borde de mi blusa.

—Última oportunidad —advirtió—. Después de esto, no puedo… no voy a poder fingir que esto es solo terapia.

—Bien —dije, y tiré de su camiseta hacia arriba—. Porque yo tampoco.

Había leído suficiente literatura sobre relaciones terapeuta-paciente como para saber exactamente cuántas líneas éticas estaba cruzando.

Todas.

Estaba cruzando todas las líneas.

Y mientras Kael deslizaba mi blusa por mis hombros, mientras sus labios trazaban un camino de fuego por mi cuello, no me importó ni un poco.

Sus manos temblaban. Ese detalle—ese pequeño temblor de nerviosismo o contención—me partió el corazón de una forma inesperada.

—¿Cuánto tiempo…? —empecé a preguntar.

—Dos años —respondió contra mi piel—. Desde antes de… todo esto. No he estado con nadie desde que me mordieron.

Porque tenía miedo de lastimar a alguien. Por supuesto.

—Mírame —ordené suavemente.

Levantó la cabeza, esos ojos grises clavándose en los míos con una intensidad que me dejó sin aliento.

—No voy a romperme —le dije—. Y tú no vas a romperme. Confío en ti.

Algo parecido al dolor cruzó su rostro.

—No deberías.

—Demasiado tarde.

Lo besé otra vez, esta vez más despacio, más deliberado. Explorando. Aprendiendo el sabor de él, la textura de sus labios, el sonido bajo que hacía cuando mis dientes rozaban su labio inferior.

Sus manos encontraron mi espalda, buscando el cierre de mi sostén con una torpeza que era casi adorable. Casi reí, pero entonces lo encontró y la prenda se aflojó, y su boca bajó por mi garganta, mi clavícula, más abajo…

Arqueé mi espalda involuntariamente cuando sus labios encontraron mi pecho, y el gruñido de satisfacción que hizo vibró contra mi piel.

—Kael…

—Dime si es demasiado —murmuró—. Si hago algo que no…

—Cállate —dije, y tiré de su cabello lo suficientemente fuerte como para arrancarle un gemido—. Para de pensar. Solo… siente.

Algo cambió en su expresión. Se volvió más oscura. Más hambrienta.

—Peligrosa petición, doctora.

—Deja de llamarme doctora cuando estás tratando de desnudarme.

Una sonrisa lobuna.

—¿Elsa, entonces?

—Mejor.

Sus manos bajaron por mis costados, encontrando el botón de mis pantalones. Los desabrochó con más habilidad esta vez, deslizándolos por mis piernas junto con mi ropa interior en un solo movimiento fluido.

Y entonces me quedé completamente expuesta bajo su mirada.

Debería haberme sentido vulnerable. Incómoda. Todas esas cosas que se supone que sientes cuando alguien te ve así por primera vez.

En cambio, me sentí poderosa.

Porque la forma en que Kael me miraba—como si fuera algo precioso y aterrador al mismo tiempo—me hacía sentir como si pudiera conquistar el mundo.

—Hermosa —murmuró, casi para sí mismo—. Joder, eres…

No terminó la frase. En cambio, se inclinó y presionó un beso en mi estómago. Luego otro, más abajo. Y otro.

Mi respiración se aceleró.

—Kael…

—Déjame —dijo contra mi piel—. Por favor. Déjame hacerte sentir bien.

Y entonces su boca estaba donde lo necesitaba, caliente y hábil y completamente dedicada, y perdí toda capacidad de formar pensamientos coherentes.

Mis manos encontraron las sábanas, aferrándose, mientras él me deshacía con una paciencia que contrastaba violentamente con la urgencia de minutos atrás. Cada toque era deliberado. Calculado para arrancarme pequeños sonidos que normalmente me habría avergonzado hacer.

Pero no había vergüenza aquí. Solo sensación. Solo él y yo y este momento robado en medio del caos.

Cuando finalmente me arqueé contra su boca con un grito ahogado, cuando las olas de placer me atravesaron dejándome temblando, él subió por mi cuerpo con besos suaves, casi reverentes.

—Okay? —preguntó, y había algo tan genuinamente preocupado en su voz que quise besarlo hasta que olvidara cómo preocuparse.

—Más que okay —jadeé—. Tu turno.

—No tienes que…

—Kael —dije, rodándolo para que quedara de espaldas, sorprendiéndolo con el movimiento—. Para de actuar como si no merecieras esto.

Me monté sobre él, todavía completamente desnuda, y disfruté la forma en que sus ojos se oscurecieron al mirarme.

—Eres imposible —murmuró.

—Me lo han dicho.

Deslicé mis manos bajo su camiseta, empujándola hacia arriba. Él se incorporó lo suficiente para sacársela por la cabeza, y ahí estaba otra vez: ese mapa de cicatrices y músculos que había visto antes pero nunca tocado.

Hasta ahora.

Tracé las líneas plateadas con mis dedos, memorizando cada una.

—¿Duelen?

—Ya no. Solo… recuerdan.

—¿Recuerdan qué?

—Que soy diferente. Que no soy completamente humano.

Me incliné, presionando un beso justo sobre su corazón.

—Eres humano donde importa.

Sus manos encontraron mis caderas, sosteniéndome con una firmeza que bordeaba lo posesivo.

—Elsa… necesito… Dios, te necesito…

—Entonces tómame.

Algo salvaje brilló en sus ojos. Me levantó otra vez—su fuerza sobrehumana tan evidente, tan imposible de ignorar—y me posicionó sobre él.

—¿Estás segura?

Por respuesta, me hundí sobre él, tomándolo completamente.

Ambos gemimos al mismo tiempo.

No hubo nada gentil después de eso. Todo era urgencia y necesidad y dos personas tratando desesperadamente de fusionarse en una. Él empujaba hacia arriba mientras yo me movía hacia abajo, encontrando un ritmo que era más instinto que técnica.

Sus manos estaban en todas partes—mi espalda, mis muslos, mi cabello—como si no pudiera decidir dónde tocarme, como si quisiera memorizar cada centímetro de mi piel.

—Elsa… no voy a… no puedo durar…

—No tienes que durar —jadeé—. Solo… déjate ir…

Me aferré a sus hombros, sintiendo los músculos tensarse bajo mis palmas, y entonces lo sentí.

Calor.

No calor normal. Calor anormal. Como si su temperatura corporal estuviera subiendo grado por grado.

Y las cicatrices bajo mis manos…

Parpadeé, mirando hacia abajo.

Había más. Muchas más de las que recordaba. Y algunas… algunas se veían diferentes. Como si estuvieran cambiando. Moviéndose.

—Kael… —mi voz salió temblorosa.

Sus ojos se abrieron de golpe, y eran dorados otra vez. Completamente dorados.

—No… mierda… Elsa, tengo que…

Intentó separarse, empujarme lejos, pero lo retuve.

—No. No te atrevas. Quédate conmigo.

—Estoy perdiendo el control…

—Entonces piérdelo —dije, y lo besé con todo lo que tenía—. Piérdelo conmigo.

Sentí el momento exacto en que se rindió. Cuando dejó de pelear y simplemente se entregó a la sensación, al momento, a .

El orgasmo lo golpeó como una ola, y su rugido, porque no era un gemido, era un rugido, reverberó en la habitación. Yo lo seguí segundos después, aferrándome a él como si fuera lo único sólido en un mundo que de repente se había vuelto líquido.

Colapsamos juntos, respirando pesadamente, sudorosos y enredados.

Y fue en ese silencio postcoital, con mi cabeza en su pecho escuchando su corazón latir demasiado rápido, que noté algo más.

Pelo.

Había pelo en su pecho que definitivamente no había estado ahí antes. No vello corporal normal. Algo más grueso. Más oscuro.

Alcé la vista lentamente.

Kael me estaba mirando con una expresión de pánico absoluto.

—Elsa… lo siento… no quería que vieras…

Me incorporé, sentándome, y realmente lo miré.

Su rostro estaba cambiando. Sutilmente, pero innegablemente. Sus rasgos se veían más angulosos. Sus dientes, cuando abrió la boca para hablar, parecían más afilados.

Y sus ojos. Esos malditos ojos dorados que ahora brillaban con luz propia.

Debería haber gritado. Debería haber corrido.

En cambio, puse mi mano en su mejilla, sintiendo el calor imposible de su piel, el inicio de algo que podría haber sido pelo o podría haber sido otra cosa.

—Muéstramelo —dije.

—¿Qué?

—El lobo. Muéstramelo. Deja de pelear. Solo… muéstrame qué eres realmente.

Horror cruzó su rostro.

—No. Elsa, no. Si hago eso, si lo dejo salir completamente…

—Confío en ti —repetí—. Lo suficiente para esto. Lo suficiente para todo.

—Estás loca…

—Probablemente —admití—. Pero necesito ver. Necesito saber.

Nos miramos durante un largo momento. Podía ver la guerra en sus ojos—el miedo de lastimarme peleando contra el alivio de finalmente, finalmente, poder mostrarle a alguien la verdad completa.

—Si hago esto —dijo lentamente—. Si te muestro… no hay vuelta atrás. No puedes pretender que no lo viste. No puedes…

—Kael —lo interrumpí—. Ya crucé todas las líneas. Ya tomé todas las decisiones estúpidas. Solo… confía en mí como yo confío en ti.

Cerró los ojos. Respiró hondo.

Y se soltó.

La transformación no fue como en las películas.

No hubo huesos quebrándose grotescamente ni gritos de agonía. Fue más sutil. Más aterrador por lo orgánico que se sintió.

La piel de Kael se ondulaba como agua. Su columna se arqueó, pero no de dolor—de liberación. Como si finalmente pudiera estirarse después de estar encogido durante demasiado tiempo.

El pelo se extendió por su pecho, sus brazos, su rostro. Oscuro y grueso. Sus manos se alargaron, dedos convirtiéndose en garras que rasgaron las sábanas sin siquiera intentarlo.

Y su cara…

Dios, su cara.

Los huesos se reacomodaron, la mandíbula se extendió, la nariz y la boca se fusionaron en algo que era mitad humano, mitad animal. Hocico. Tenía un hocico, con colmillos que brillaban a la luz de la luna.

Pero sus ojos—esos malditos ojos dorados—seguían siendo de Kael.

Me miraban con terror absoluto. Esperando que gritara. Que corriera.

Me quedé exactamente dónde estaba.

Sentada en la cama, desnuda, mirando a una criatura que técnicamente no debería existir.

Un hombre lobo.

Mi paciente era un puto hombre lobo.

Y lo acababa de acostarme con él.

Okay, Elsa. Procesa. Respira. No entres en pánico.

—Kael —dije, y mi voz solo tembló un poco—. ¿Puedes entenderme?

Un asentimiento. Lento. Cauteloso.

—¿Puedes hablar?

Lo intentó. Lo que salió fue un sonido gutural, mitad gruñido, mitad palabra. Cerró la boca—hocico—con frustración.

—Está bien —me moví lentamente, bajando de la cama, manteniendo contacto visual—. No necesitas hablar. Solo… no te muevas, ¿okay? Dame un segundo.

Me temblaban las manos mientras recogía mi ropa del suelo. No de miedo —bueno, no solo de miedo— sino de pura sobrecarga sensorial. Mi cerebro trataba de catalogar lo imposible, de meter a un hombre lobo en alguna categoría diagnóstica que tuviera sentido.

Trastorno de identidad disociativo con alucinaciones somáticas compartidas, sugirió la parte racional de mi mente.

Es un puto licántropo, dijo la otra parte, más honesta. Acepta la realidad y sigue adelante.

Me vestí con movimientos mecánicos, consciente de que Kael no había apartado los ojos de mí ni una vez. Seguía cada uno de mis movimientos con una intensidad casi depredadora.

Cuando terminé, me senté en el borde de la cama. No demasiado cerca—no era suicida—pero lo suficientemente cerca como para que supiera que no había huido.

—Entonces —dije, con una calma que no sentía—. Licantropía. Real. Documentada. Esto va a revolucionar la literatura médica.

Un sonido que podría haber sido risa salió de su garganta.

—¿Hace cuánto? —pregunté—. No desde Kosovo. Eso fue… ¿qué, hace tres años? Pero te ves como si hubieras tenido tiempo de… adaptarte. Más o menos.

Levantó una mano—garra—y extendió tres dedos. Luego un cuarto.

—¿Cuatro años?

Negó con la cabeza. Señaló su pecho, luego hacia la luna.

—¿Cuatro años desde la mordida, pero la primera transformación fue después?

Asentimiento.

Okay. Eso tenía sentido. Bueno, tanto sentido como podía tener cualquier cosa en esta situación de mierda.

—Y en el ejército… ¿tu unidad sabía?

Asentimiento más enfático.

—¿Toda tu unidad era…?

Otro asentimiento.

Por supuesto. Una unidad de hombres lobo. Probablemente la razón por la que eran tan efectivos en combate. La razón por la que las misiones clasificadas terminaban con enemigos mutilados de formas que no coincidían con ningún armamento conocido.

—¿Y ahora? ¿Dónde están los demás?

Kael bajó la mirada. Sus orejas—orejas de lobo, santo Dios—se aplanaron contra su cabeza.

—Muertos —adiviné en voz baja—. Por eso estás solo.

El gemido que salió de él fue puro dolor. Cerré los ojos, sintiendo ese dolor resonar en mi pecho.

—Lo siento —dije—. No… no tenía que preguntar eso.

Se quedó quieto por un momento largo. Luego, lentamente, se acercó. No como un humano se acerca—sino en cuatro patas, con movimientos fluidos y gráciles que eran completamente animales.

Me tensé instintivamente, pero no retrocedí.

Se detuvo a centímetros de distancia. Tan cerca que podía sentir el calor radiando de su cuerpo, tan cerca que su aliento—caliente y extrañamente dulce—acariciaba mi rostro.

Y entonces hizo algo completamente inesperado.

Apoyó su cabeza en mi regazo.

El gesto fue tan… sumiso. Tan vulnerable. Este depredador apex, esta criatura que podría desgarrarme en segundos, poniéndose en la posición más indefensa posible.

Confiando en mí.

Mis manos se movieron antes de que pudiera detenerlas, hundiéndose en el pelaje grueso de su cabeza. Era más suave de lo que esperaba. Cálido. Real.

Tan jodidamente real.

—Okay —dije, más para mí que para él—. Okay. Esto es lo que vamos a hacer. No voy a entrar en pánico. No voy a llamar a nadie. No voy a salir corriendo gritando sobre hombres lobo.

Un pequeño bufido. ¿Risa? ¿Alivio?

—Pero necesito que entiendas algo —continué, rascando detrás de sus orejas sin pensar—. Esto no cambia nada. Bueno, cambia todo, obviamente. Pero no cambia el hecho de que quiero ayudarte. Que voy a ayudarte.

Levantó la cabeza, mirándome con esos ojos que eran Kael incluso en esta forma.

—No sé cómo todavía —admití—. No hay exactamente un manual de terapia para hombres lobo. Pero vamos a descubrirlo. Juntos.

Me miró durante un largo momento. Luego, deliberadamente, extendió una garra y la presionó suavemente contra mi pecho. Justo sobre mi corazón.

El mensaje era claro: Tú. Eres tú. Tú eres la razón por la que vale la pena intentarlo.

Puse mi mano sobre la suya —su garra— sintiendo el tamaño imposible, la fuerza apenas contenida.

—Vamos a necesitar establecer algunos límites —dije—. Reglas básicas. Como, no sé, «no transformarse durante las sesiones de terapia». O «avisar antes de que haya luna llena». Cosas así.

Otro sonido que definitivamente era risa.

—¿Puedes… volver? —pregunté—. ¿A ser humano? ¿O estás atascado así hasta que…?

Se separó de mí, retrocediendo unos pasos. Cerró los ojos, y pude ver la concentración en cada línea de su cuerpo.

La transformación reversa fue más rápida. Como si fuera más fácil ser humano que lobo, aunque sospechaba que era porque había estado conteniéndose durante tanto tiempo.

En menos de un minuto, Kael estaba arrodillado en el suelo. Humano. Desnudo. Temblando ligeramente por el esfuerzo.

—Elsa —su voz salió ronca—. Necesito que sepas… lo que acabas de hacer… nadie… nadie nunca…

—¿Nadie te había visto así y se quedó?

Negó con la cabeza.

—Bueno —dije, poniéndome de pie y ofreciéndole mi mano—. Entonces supongo que soy oficialmente la terapeuta más estúpida o más valiente del mundo. Todavía no he decidido cuál.

Tomó mi mano, dejando que lo ayudara a levantarse.

—Probablemente ambas —dijo, y había algo en su mirada que me hizo olvidar cómo respirar.

—Kael…

—Te amo.

Las palabras cayeron entre nosotros como piedras.

—Sé que es demasiado rápido —continuó—. Sé que probablemente es solo adrenalina o gratitud o alguna mierda psicológica que podrías diagnosticar. Pero necesitaba decirlo. Porque en mi vida, la gente que importa tiende a morir, y no quiero morir sin que sepas que…

Lo besé.

Duro. Desesperado. Derramando todo lo que no podía decir en voz alta en ese beso.

Yo también. No sé si es amor todavía, pero es algo. Algo enorme y aterrador y completamente inapropiado. Y no me importa. No me importa nada excepto esto.

Cuando nos separamos, ambos estábamos jadeando.

—Vamos a tener que trabajar en tus declaraciones románticas —dije—. La parte sobre la muerte fue un poco deprimente.

Sonrió. Una sonrisa real. La primera que le había visto.

—Trabajaré en eso.

—Bien.

—Pero primero necesito que salgas de aquí.

El cambio de tono me hizo dar un paso atrás.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque los guardias están a punto de hacer su ronda. Y si te encuentran aquí, en mi habitación, después de medianoche, con toda la ropa arrugada y oliendo a…

—Oh. Oh.

—Sí.

—Mierda.

—Exactamente.

Me apresuré hacia la puerta, luego me detuve.

—Mañana. Misma hora. Y Kael… gracias por confiar en mí.

—Gracias por quedarte.

Salí de esa habitación con el corazón galopando y la cabeza dando vueltas.

Acababa de acostarme con un hombre lobo.

Acababa de ver a un hombre transformarse en una criatura mítica.

Y en lugar de huir, en lugar de llamar a las autoridades o cuestionar mi cordura, había decidido ayudarlo.

Estoy oficialmente loca, pensé.

Pero mientras caminaba por los pasillos vacíos del instituto, esquivando guardias y cámaras, no pude evitar sonreír.

Porque por primera vez en años, me sentía completamente, intensamente viva.

Tres días después, todo se fue al carajo.

Debería haber sabido que la paz no duraría.

Los siguientes tres días fueron una farsa cuidadosamente orquestada. Sesiones «profesionales» durante el día donde Kael y yo fingíamos mantener los límites apropiados. Noches donde yo me escabullía a su habitación como una adolescente, arriesgando mi carrera, mi reputación, y posiblemente mi vida.

Valía la pena cada segundo.

Kael me enseñó cosas sobre su mundo que nunca habría imaginado. Cómo sus sentidos funcionaban—podía oír mi corazón latir desde el otro lado de la habitación, oler mis emociones en mi piel. Cómo la jerarquía de manada funcionaba, por qué estar solo lo estaba matando lentamente. Los lobos no estaban hechos para la soledad.

Y yo le enseñé cosas sobre sí mismo que había olvidado. Que podía reír. Que podía ser gentil. Que el lobo y el hombre no tenían que estar en guerra constante.

Estábamos haciendo progreso real. Podía verlo en cómo se transformaba ahora—con más control, menos pánico. En cómo podía mantener su consciencia humana incluso cuando el lobo tomaba forma.

Debería haber sabido que era demasiado bueno para durar.

La cuarta noche después de nuestra primera vez, llegué a su habitación y encontré a Kael de pie junto a la ventana, tenso como un cable a punto de romperse.

—¿Qué pasa? —pregunté, cerrando la puerta detrás de mí.

—Hay alguien aquí —dijo sin voltearse—. Alguien como yo.

El corazón se me aceleró.

—¿Otro hombre lobo?

—Tres. Tal vez cuatro. Puedo oler la marca de mi antigua manada.

—Pensé que estaban muertos.

—La mayoría —giró hacia mí, y había algo salvaje en sus ojos—. Pero algunos sobrevivieron. Y acaban de llegar a reclamarme.

—¿Reclamarte? Kael, ¿de qué estás hablando?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de golpe.

No los guardias. Tres personas que nunca había visto: dos hombres y una mujer, todos vestidos con ropa casual, pero moviéndose con la misma gracia depredadora que Kael.

Sus ojos brillaban dorados en la penumbra.

—Kael —dijo la mujer, y su voz era puro hielo—. Suficiente de este circo. Es hora de volver a casa.

—No tengo casa, Mara —respondió Kael, poniéndose instintivamente entre ellos y yo—. No desde que ustedes dejaron morir a la mitad de la manada.

—Decisiones estratégicas —dijo uno de los hombres, un tipo enorme con cicatrices que rivalizaban las de Kael—. Bajas de guerra. Tú lo entiendes.

—Entiendo que abandonaron a su Alfa cuando más los necesitaba.

Alfa. Por supuesto. Kael había sido el líder.

La mujer—Mara—me miró por primera vez, y la evaluación en sus ojos me hizo sentir como presa.

—¿Y quién es esta? —preguntó—. ¿Tu nueva mascota humana?

—Cuidado —la voz de Kael salió como gruñido—. Te estás pasando.

—¿Me estoy pasando? —Mara se rio—. Kael, no me digas que te has encariñado con tu terapeuta. Eso es… patético incluso para ti.

—Mara…

—Huele a ti —observó el otro hombre, olfateando el aire—. Por todas partes. Oh, esto es perfecto. El gran Kael Donovan, reducido a revolcarse con humanos.

La temperatura en la habitación subió varios grados. Literalmente. Podía sentir el calor radiando de Kael, su control deslizándose.

—Salgan —dijo—. Ahora.

—No podemos hacer eso —Mara dio un paso adelante—. Vinimos a recuperar a nuestro Alfa. Y no nos vamos sin ti.

—No soy su Alfa. Renuncié a ese título cuando decidieron que las misiones importaban más que la manada.

—No puedes renunciar a lo que eres —dijo el hombre grande—. La sangre llama a la sangre, Kael. Eventualmente, volverás.

—Sobre mi cadáver.

—Eso se puede arreglar.

La tensión explotó.

Los tres visitantes se movieron al mismo tiempo, más rápido de lo que mis ojos podían seguir. Kael se transformó a mitad del salto, su cuerpo expandiéndose, pelaje brotando, y de repente había cuatro lobos en la habitación y yo estaba pegada a la pared tratando de no morir.

El sonido era ensordecedor—gruñidos, chasquidos de mandíbulas, el ruido sordo de cuerpos golpeando paredes. No podía seguir quién era quién en el caos de pelo y colmillos.

Y entonces uno de ellos—Mara, creo—se separó del grupo y se dirigió directamente hacia mí.

Sus ojos eran completamente animales. Hambrientos.

Va a matarme, pensé con claridad sorprendente. Va a matarme solo para lastimar a Kael.

Kael rugió—un sonido que sacudió las ventanas—y se lanzó entre nosotras.

Pero no fue lo suficientemente rápido.

Las garras de Mara me alcanzaron el hombro, rasgando mi blusa y piel al mismo tiempo. El dolor fue instantáneo, ardiente, y grité.

El sonido pareció romper algo en Kael.

Lo que pasó después fue violencia pura.

Se movió como nunca lo había visto moverse, con una ferocidad que hizo que sus episodios anteriores parecieran juegos de niños. Agarró a Mara por la garganta y la estrelló contra la pared con tanta fuerza que el concreto se agrietó.

Los otros dos lobos se abalanzaron sobre él, pero los sacudió como si fueran cachorros. Su tamaño había aumentado —¿cómo era posible? —hasta que fue casi el doble del tamaño de los otros.

Alfa, entendí de repente. Esto es lo que significa ser Alfa.

—SUFICIENTE —el rugido salió medio humano, medio animal, pura autoridad primaria.

Los tres lobos se congelaron. Literalmente se quedaron inmóviles, como si una fuerza invisible los hubiera clavado en su lugar.

Kael se transformó de vuelta, pero mantuvo una garra en la garganta de Mara.

—Escúchenme bien —dijo, y su voz era hielo—. Ella es mía. Mi compañera. Y si alguno de ustedes la toca otra vez, no habrá suficiente de sus cuerpos para enterrar. ¿Entendido?

¿Compañera? ¿Qué carajos significaba eso?

Mara trató de hablar, pero la presión en su gargeta lo hizo imposible. Asintió en cambio.

—Bien. Ahora van a salir de este edificio. Van a volver con lo que queda de la manada. Y van a decirles que Kael Donovan está muerto para ellos. ¿Claro?

Los tres asintieron.

Kael los soltó, y se arrastraron hacia la puerta con las colas literalmente entre las piernas.

Antes de salir, Mara se giró.

—Esto no termina aquí —dijo—. El Consejo querrá hablar contigo. Y cuando sepan sobre… ella

—Que vengan —respondió Kael—. Estaré esperando.

Se fueron, y el silencio que dejaron fue ensordecedor.

Kael se giró hacia mí, y la transformación en su expresión fue instantánea—de depredador letal a preocupación desesperada.

—Elsa. Dios, Elsa, tu hombro…

La adrenalina empezaba a desvanecerse, dejando solo dolor pulsante en su lugar. Miré hacia abajo. Mi blusa estaba empapada en sangre.

—Está bien —dije, aunque claramente no lo estaba—. Solo son rasguños…

—No son solo rasguños —me levantó con cuidado ridículo, llevándome hacia la cama—. Las garras de lobo tienen bacteria. Si no se tratan apropiadamente…

—¿Me voy a convertir en hombre lobo?

Me miró como si estuviera loca.

—No. No funciona así. Necesitas ser mordido, y el veneno tiene que entrar a tu torrente sanguíneo durante la luna llena, y… no. No te vas a transformar.

—Oh. Bien. Porque honestamente, uno de nosotros con problemas de control de ira es suficiente.

Una risa histérica burbujeó en mi garganta. Todo el terror de los últimos minutos salió de golpe, y de repente estaba temblando, lágrimas corriendo por mis mejillas.

—Hey, hey… —Kael me abrazó, cuidadoso de mi hombro herido—. Estás bien. Estás a salvo. No voy a dejar que nada te lastime.

—¿Compañera? —sollocé contra su pecho—. ¿Qué mierda es eso?

Se puso rígido.

—Elsa…

—No. No me «Elsa». Acabas de declarar a un grupo de hombres lobo homicidas que soy tu compañera. ¿Qué significa eso?

Suspiró.

—Significa… pareja. De por vida. Los lobos se aparean de por vida. Y cuando dije eso, básicamente les estaba diciendo que eres intocable. Que lastimarte a ti es lo mismo que atacarme a mí.

—¿Y no pensaste en preguntarme primero?

—Estabas a punto de morir. No había exactamente tiempo para consenso.

Tenía un punto. Un punto muy válido. Pero, aun así.

—Kael, no puedes… no puedes solo decidir que somos pareja de por vida sin…

—¿Sin qué? —me miró con esos ojos grises que conocían demasiado—. ¿Sin preguntarte si sientes lo mismo? Elsa, llevas tres días arriesgando todo para estar conmigo. Has visto lo peor de mí y te quedaste. Mierda, acabas de sobrevivir un ataque de hombres lobo y lo primero que haces es hacer bromas.

—Es mi mecanismo de defensa.

—Lo sé. Y es adorable. Y aterrador. Y completamente tuyo.

Me besó, suave, cuidadoso de mi hombro herido.

—No tienes que decir nada ahora —murmuró contra mis labios—. Solo… piénsalo. Porque yo ya lo decidí. Eres tú. Para mí, siempre vas a ser tú.

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió otra vez.

Esta vez sí eran los guardias. Con Hargrove detrás de ellos, luciendo más pálido que un fantasma.

—Doctora Moreno —dijo con voz temblorosa—. ¿Qué… qué fue eso? Las cámaras registraron… animales… no es posible…

Mierda.

Las cámaras.

Por supuesto que había cámaras.

Kael y yo intercambiamos una mirada.

Y en ese momento, supe que todo había cambiado.

Ya no podíamos escondernos.

Ya no podíamos fingir.

El mundo estaba a punto de descubrir que los hombres lobo eran reales.

Y yo estaba enamorada de uno.

Hargrove nos miraba como si hubiéramos perdido la cabeza. O como si él la estuviera perdiendo. Probablemente ambas.

—Doctor Hargrove —dije con la voz más calmada que pude reunir, considerando que estaba sangrando y acababa de presenciar una pelea de hombres lobo—. Necesito atención médica. Y luego necesito que hablemos. Los tres. En privado.

—Yo… las cámaras… había…

—En privado —repetí con más firmeza—. A menos que quiera que esto se convierta en un circo mediático que destruya su instituto, su reputación, y posiblemente su cordura.

Eso pareció penetrar su shock. Me miró el hombro sangrante, luego a Kael, luego de vuelta a mí.

—Enfermería. Ahora. Y Donovan se queda aquí, bajo guardia.

—No —dije—. Él viene conmigo.

—Doctora Moreno, es claramente peligroso—

—No para mí. Y si quiere respuestas, necesita a ambos.

Nos miramos durante un largo momento. Finalmente asintió, aunque lucía como si quisiera vomitar.

La enfermera de turno—una mujer de cincuenta años llamada Patricia que había visto probablemente de todo—apenas parpadeó ante mis heridas.

—Ataques de animales —murmuró, limpiando la sangre—. Veo cada vez más de estos. ¿Perro grande?

—Algo así —dije.

Kael estaba de pie en la esquina, escolatado por dos guardias que lucían aterrorizados. No lo culpaba. Todavía emanaba esa energía de Alfa, esa presencia que decía depredador apex en cada línea de su cuerpo.

—Las heridas son profundas —dijo Patricia—. Va a necesitar puntos. ¿Está al día con la vacuna antirrábica?

—Sí —mentí, porque ¿qué iba a decir?

¿No se preocupe, solo fue una mujer lobo, no un animal con rabia?

Mientras Patricia cosía mi hombro con eficiencia profesional, Hargrove entraba y salía de la habitación como un fantasma, murmurando para sí mismo y revisando su teléfono compulsivamente.

—Las cámaras —dijo finalmente—. Necesito… ¿cómo explico las cámaras?

—¿Qué mostraron exactamente? —pregunté.

—Lobos. Lobos enormes. En el edificio. Peleando. Y luego… desapareciendo. Como si nunca hubieran existido.

Miré a Kael. Él me devolvió la mirada con expresión neutral.

—Doctor Hargrove —dije una vez que Patricia terminó y salió—. Necesito que escuche muy cuidadosamente lo que voy a decir. Y necesito que entienda que estoy completamente cuerda.

—Doctora Moreno…

—Kael Donovan no tiene trastorno de estrés postraumático. No tiene psicosis. No está delirando.

—Entonces ¿qué tiene?

—Licantropía.

Silencio absoluto.

—Licantropía real —continué—. No el delirio. No la condición psiquiátrica donde alguien cree que es un hombre lobo. La cosa real. Transformación física. Cambio de forma. Hombres lobo.

Hargrove me miró como si acabara de vociferar una gran estupidez.

—Doctora Moreno, entiendo que ha pasado por una experiencia traumática—

—Muéstrale —le dije a Kael.

—Elsa…

—Muéstrale. Es la única forma.

Kael suspiró, luego miró a los guardias.

—Van a querer retroceder.

Para su crédito, lo hicieron. Rápido.

Y entonces Kael se transformó.

Esta vez lo hizo despacio, deliberado, para que Hargrove pudiera ver cada segundo. El pelaje brotando, los huesos reacomodándose, el humano convirtiéndose en lobo ante nuestros ojos.

Hargrove se puso blanco como papel. Se tambaleó hacia atrás, chocando contra la pared.

—Dios mío —susurró—. Dios mío, no es posible, esto no puede ser…

—Es posible —dije—. Y es real. Y hay más como él.

Kael se transformó de vuelta, desnudo y sin vergüenza. Uno de los guardias le lanzó una bata que se puso con movimientos económicos.

—¿Cuántos? —preguntó Hargrove con voz temblorosa—. ¿Cuántos hay?

—No lo sé —admitió Kael—. Mi manada era de dieciocho. Siete murieron en combate. El resto… se dispersó. Pero hay otras manadas. En todo el mundo. Hemos existido durante… mierda, milenios probablemente.

—¿Y el gobierno lo sabe?

—Algunos sectores. Los que necesitan saber. Somos útiles en zonas de guerra. Prescindibles.

Hargrove se dejó caer en una silla, poniéndose la cabeza entre las manos.

—Esto es… no puedo… ¿qué se supone que haga con esta información?

—Nada —dije—. Borra las grabaciones. Inventa una historia sobre perros salvajes que entraron por una ventana rota. Y déjanos ir.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿Ir? ¿Ir adónde?

—Lejos de aquí —miré a Kael—. Los de su manada dijeron algo sobre un Consejo. Van a venir, ¿verdad?

Asintió.

—Eventualmente. Y cuando lo hagan, este lugar no va a ser seguro. Para nadie.

—Entonces nos vamos —dije—. Esta noche. Antes de que lleguen.

—Doctora Moreno —Hargrove se puso de pie—. No puede… está hablando de huir con un paciente. De abandonar su puesto. Su licencia—

—Al carajo mi licencia —lo interrumpí—. Kael no es mi paciente. No más. Es…

Me detuve, las palabras atascadas en mi garganta.

—¿Es qué? —preguntó Hargrove.

Miré a Kael. Él me devolvió la mirada, esperando. Sin presionar.

—Es mío —dije finalmente—. Y yo soy suya. Y no voy a dejarlo enfrentar esto solo.

Algo brilló en los ojos de Kael. Alivio. Gratitud. Amor.

—Están locos —dijo Hargrove—. Ambos. Completamente locos.

—Probablemente —admití—. Pero voy a necesitar que nos ayude de todos modos.

—¿Por qué diablos haría eso?

—Porque si no lo hace, cuando el Consejo llegue y descubra que estuvo manteniendo a su Alfa prisionero, este instituto va a convertirse en un campo de batalla. Y no creo que su seguro cubra daños por hombres lobo.

Lo vi calcular. Considerar. Tomar la decisión más pragmática.

—Tienen hasta el amanecer —dijo finalmente—. Después de eso, oficialmente no sé nada. Nunca los vi. Y el señor Donovan escapó durante la noche.

—Gracias —dije.

—No me agradezca. Solo… váyanse antes de que cambie de opinión.

Dos horas después, estaba en mi departamento empacando lo esencial en una mochila. Ropa. Documentos. Dinero en efectivo que había estado ahorrando para emergencias.

Supongo que esto califica como emergencia, pensé histéricamente.

Kael estaba en la puerta, vigilando, todavía con la bata del hospital porque no teníamos tiempo de conseguirle ropa apropiada.

—¿Tienes algún lugar adónde ir? —pregunté—. ¿Alguien que pueda ayudarnos?

—Hay una cabaña. En Montana. Territorio neutral. Era de mi Alfa anterior, antes de que muriera. Nadie la ha reclamado.

—¿Qué tan lejos?

—Dos días en auto. Si conducimos sin parar.

—Okay. Montana. Puedo trabajar con eso.

Cerré la mochila, eché un último vistazo a mi departamento. Ocho años de mi vida en esta ciudad. Mi carrera. Mis pacientes. Todo lo que había construido.

—Elsa —la voz de Kael era suave—. No tienes que hacer esto. Puedo irme solo. Puedes quedarte, reconstruir…

—No —lo interrumpí—. No voy a hacer eso. Te dije que eras mío. Lo decía en serio.

—Pero tu vida…

—Mi vida es mía para hacer con ella lo que quiera. Y quiero estar contigo. Así que a menos que me estés rechazando…

Crucé la habitación y lo besé antes de que pudiera terminar la frase.

—Nunca —murmuró contra mis labios—. Nunca te rechazaría.

—Bien. Entonces vámonos antes de que—

Un aullido cortó la noche.

Nos congelamos.

—Elsa… —Kael se puso tenso—. Ese no es de mi manada.

—¿Entonces de quién?

—Del Consejo. Llegaron más rápido de lo que pensé.

Otro aullido. Más cerca. Luego otro. Y otro.

Nos estaban rodeando.

—Mierda —Kael me empujó detrás de él—. Okay. Cambio de planes. Vamos a tener que correr.

—¿Correr adónde?

—Al auto. Ahora. Y cuando diga corre, corres. ¿Entendido?

—Kael, no voy a dejarte—

—No me estás dejando. Voy a estar justo detrás de ti. Pero necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacer eso?

Asentí, aunque cada instinto me gritaba que esto era una mala idea.

—Bien. En tres. Uno… dos…

La ventana explotó hacia adentro.

Un lobo enorme—gris plateado con ojos que brillaban como mercurio—aterrizó en medio de mi sala. Seguido por otro. Y otro.

Cinco en total. Todos más grandes que Kael cuando se transformaba. Todos mirándome como si fuera su próxima comida.

—Corre —rugió Kael, transformándose a mitad del grito.

Y corrí.

Nunca había corrido tan rápido en mi vida.

Bajé las escaleras de mi edificio de tres en tres, con el sonido de gruñidos y cuerpos chocando explotando detrás de mí. Mi hombro herido protestaba con cada movimiento, pero la adrenalina bloqueaba el dolor.

Sigue corriendo. No mires atrás. Confía en él.

Salí al estacionamiento, buscando frenéticamente mi auto con manos temblorosas. Las llaves resbalaban entre mis dedos sudorosos.

—Vamos, vamos, vamos…

Un aullido desgarrador atravesó la noche. Kael. Reconocería ese sonido en cualquier parte.

Miré hacia atrás sin poder evitarlo.

Mi edificio—mi maldito edificio de cuatro pisos—tenía lobos escalando por las paredes como algo salido de una pesadilla. Sus garras se hundían en el ladrillo como si fuera mantequilla. Y en medio del caos, pude ver a Kael peleando contra tres a la vez.

Estaba perdiendo.

Eran más grandes, más rápidos, y eran cinco contra uno.

No. No, no, no.

—¡KAEL! —grité, sabiendo que era estúpido, sabiendo que solo llamaría la atención hacia mí.

Su cabeza se giró hacia mi voz. Un segundo de distracción.

Fue todo lo que necesitaron.

Uno de los lobos plateados lo golpeó lateralmente, mandándolo volando contra una pared con una fuerza que escuché romper algo. Kael cayó pesadamente, sin moverse.

El mundo se redujo a ese punto. A Kael inmóvil en el suelo. A los cinco lobos acercándose para el golpe final.

Y algo dentro de mí simplemente… se rompió.

No pensé. Solo actué.

Corrí de vuelta, agarrando lo primero que encontré, una barra de metal del contenedor de basura y cuando stuve lo suficientemente cerca me lancé hacia el lobo más cercano.

—¡ALÉJATE DE ÉL!

El metal conectó con su cabeza con un sonido satisfactorio. El lobo aulló, más de sorpresa que de dolor, girándose hacia mí.

Cinco pares de ojos dorados me miraron. Evaluando. Decidiendo si valía la pena matarme.

Probablemente sí, pensó la parte racional de mi cerebro que todavía funcionaba.

Uno de ellos, el más grande, con pelaje casi negro… se transformó. Un hombre de casi dos metros, completamente desnudo, con cicatrices rituales cubriendo su pecho.

—Así que tú eres la humana —dijo con voz que sonaba como grava—. La que ha corrompido a nuestro Alfa.

—Corrompido —repetí, sosteniendo la barra con manos que temblaban—. Interesante elección de palabras viniendo de tipos que básicamente están cazando a uno de los suyos.

—Kael Donovan abandonó a su manada. Abandonó su deber. Y ahora se revuelca con humanos, olvidando lo que es.

—Él no olvidó nada. Ustedes lo abandonaron primero.

El hombre se acercó. Despacio. Como un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir.

—No entiendes nuestra forma de vida, pequeña humana. No puedes. Somos más de lo que tu mente limitada puede comprender.

—Entiendo perfectamente —solté la barra, sabiendo que era inútil—. Entiendo que son unos cobardes que no pueden aceptar que su Alfa los dejó porque son una mierda.

Error.

Enorme error.

El puño del hombre se cerró alrededor de mi garganta antes de que pudiera parpadear, levantándome del suelo como si no pesara nada.

—Deberías elegir tus palabras más cuidadosamente —gruñó—. Tu vida pende de un hilo muy delgado.

No podía respirar. Puntos negros bailaban en mi visión.

Y entonces el hombre salió volando.

Literalmente. Un segundo me estaba estrangulando, el siguiente estaba a tres metros de distancia, estrellándose contra un auto con tanta fuerza que activó la alarma.

Kael estaba de pie. Sangrando. Tambaleándose. Pero de pie.

Y absolutamente furioso.

—Tocaste. A mí. Compañera.

Cada palabra salió como un trueno. Como una orden primaria que hizo que todos los lobos, incluido el que me había atacado, se encogieran instintivamente.

—Kael —dijo el hombre, poniéndose de pie con dificultad—. Sé razonable. Es solo una humana. Hay miles—

—Hay una Elsa —lo interrumpió Kael—. Y es mía. Declarada. Reclamada. Bajo protección de Alfa. Y ustedes, miembros del Consejo que se supone deben respetar las leyes antiguas, acaban de violar cada una de ellas.

Oh.

Oh.

Finalmente entendí. No estaban aquí para matar a Kael. Estaban aquí para… ¿qué? ¿Reclutarlo? ¿Obligarlo a volver?

Y yo era el obstáculo.

—Las leyes de compañera solo aplican a nuestra especie —dijo el hombre—. No puedes reclamar a una humana. Es contra…

—¿Contra qué? —Kael se acercó, y con cada paso su presencia crecía, llenaba el espacio—. ¿Contra tradición? ¿Contra sus reglas arbitrarias? A la mierda sus reglas. Yo era Alfa de la manada más letal en dos continentes. Ustedes me usaron, me exprimieron, dejaron morir a mi gente, y luego esperaron que simplemente aceptara órdenes del Consejo como un buen soldadito.

Se transformó, pero esta vez fue diferente. Más grande que nunca. Su pelaje era negro como la noche, con marcas plateadas que brillaban a la luz de las farolas. Y sus ojos…

Sus ojos eran rojos.

Rojo sangre.

Los cinco lobos del Consejo retrocedieron.

—Alfa Primario —susurró uno de ellos—. Imposible. Ese linaje murió hace siglos…

—Sorpresa —gruñó Kael con voz que era mitad humana, mitad lobo—. Ahora tienen exactamente diez segundos para salir de mi territorio antes de que les demuestre exactamente qué significa Alfa Primario.

No necesitaron diez segundos.

Se fueron en cinco, con colas entre las piernas y aullidos de sumisión.

En el momento en que desaparecieron, Kael colapsó.

Me arrastré hacia él, ignorando el dolor en mi hombro, en mis pulmones que todavía no podían respirar del todo.

—Kael. Kael, mírame.

Se transformó de vuelta, jadeando, temblando. Había sangre—mucha sangre—empapando su costado.

—Elsa… ¿estás…?

—Estoy bien. Tú eres el que está sangrando por todos lados.

—Solo… rasguños…

—Mentiroso.

Una risa débil.

—Aprendí de la mejor.

—Necesitamos ir a un hospital.

—No. Hospitales hacen preguntas. Y no puedo… no puedo explicar cómo sano.

—¿Sanas? ¿Qué tan rápido?

—Dame… unas horas. Estaré bien.

Lo dijo con tanta confianza que casi le creí.

—Está bien. Nada de hospital. Pero necesitamos salir de aquí. ¿Puedes moverte?

—Puedo… hacer cualquier cosa si es contigo.

Dios, incluso medio muerto era cursi.

Entre los dos—más como yo medio arrastrándolo, él medio transformándose para sostenerse—llegamos a mi auto. Lo dejé caer en el asiento del pasajero, rodeé el vehículo, y arranqué antes de que pudiera pensar en todo lo que estaba dejando atrás.

Conduje. Sin destino claro. Solo lejos.

Después de una hora, Kael habló:

—Montana. Norte. Ruta 93.

—¿Todavía quieres ir allá? ¿Después de… todo eso?

—Especialmente después de todo eso —tosió, y vi sangre en sus labios—. Es el único lugar seguro ahora.

—¿Por qué?

—Porque es territorio de Alfa Primario. Tierra sagrada. Ni siquiera el Consejo puede tocarla sin…

Se detuvo, gimiendo de dolor.

—¿Sin qué, Kael?

—Sin declarar guerra. Contra mí. Y viste lo que pasó cuando intentaron solo intimidarme.

Tenía razón. Los había aterrorizado.

—¿Qué es un Alfa Primario? —pregunté—. Dijeron que ese linaje murió…

—Se suponía que murió. Hace trescientos años. Cuando los humanos cazaron a los últimos. Pero mi bisabuelo sobrevivió. Se escondió. Se mezcló. Y el gen… solo salta generaciones. Mi padre era normal. Mi abuelo era normal. Yo…

—No eres normal.

—Para nada.

Silencio. Solo el sonido del motor, de la carretera deslizándose bajo las llantas.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté finalmente.

—Porque no lo sabía. No hasta… hasta esta noche. El Alfa Primario solo despierta cuando hay una amenaza existencial. Cuando su compañera está en peligro.

Compañera.

Esa palabra otra vez. Cargada de significado que todavía no entendía del todo.

—Kael… cuando dijiste que era tu compañera… ¿qué implica eso exactamente?

Me miró con ojos que estaban volviendo a su gris normal.

—Todo —dijo simplemente—. Implica todo. Que estamos atados. Que tu vida es mi vida. Que, si mueres, yo… probablemente te siga. Que podré sentirte sin importar dónde estés. Que tu dolor es mi dolor.

—Eso suena… intenso.

—Lo es.

—¿Y no puedo… no sé, revocar eso? ¿Cambiar de opinión?

Dolor cruzó su rostro.

—Podrías. Pero me mataría. Literalmente. Los Alfas no sobreviven al rechazo de compañera.

Oh. Oh.

—Así que básicamente me acabas de dar un poder de vida o muerte sobre ti.

—Sí.

—Eres un idiota.

—Probablemente.

—Y yo soy una idiota por seguir aquí.

—Definitivamente.

Manejé en silencio otro rato, procesando. Dos días atrás era una terapeuta respetable con una vida ordenada. Ahora era una fugitiva conduciendo hacia Montana con un hombre lobo sangrante que acababa de declarar que moriría si lo dejaba.

Mi vida es una maldita telenovela paranormal.

—Oye, Elsa —la voz de Kael estaba más débil ahora.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por la barra de metal. Por defenderme. Por no correr cuando tuviste la oportunidad.

—De nada. Aunque la barra no hizo mucho.

—Hizo suficiente. Me dio tiempo para… despertar. El Alfa Primario. Cuando te vi en peligro, algo simplemente… hizo clic.

—Bien. Porque si te mueres ahora después de todo esto, voy a revivirte solo para matarte otra vez.

Rió, luego gimió.

—No te rías. Guarda energía.

—Sí, doctora.

—Y deja de llamarme doctora.

—¿Cómo debería llamarte entonces?

Consideré la pregunta. Terapeuta estaba fuera. Doctora estaba fuera. Amante era raro. Novia parecía insuficiente para lo que fuera que éramos.

—Compañera —dije finalmente—. Llámame tu compañera.

La sonrisa que iluminó su rostro—a pesar del dolor, a pesar de la sangre—valió cada decisión loca que había tomado para llegar hasta aquí.

—Mi compañera —repitió, probando las palabras—. Me gusta cómo suena.

—A mí también.

Y mientras conducíamos hacia el amanecer, hacia Montana, hacia un futuro completamente incierto, me di cuenta de algo:

No sabía qué nos esperaba. No sabía si sobreviviríamos. No sabía si el Consejo nos dejaría en paz o si esto era solo el comienzo de algo mucho peor.

Pero por primera vez en años—tal vez en mi vida—estaba exactamente donde quería estar.

Con Kael. Mi paciente. Mi amante. Mi Alfa.

Mi compañero.

Juntos contra el mundo.

O al menos contra una manada de hombres lobo extremadamente molestos.

Suficientemente bueno para empezar.

FIN

La cabaña en Montana resultó ser más «mansión rústica» que «cabaña». Tres pisos, seis habitaciones, y suficiente tierra alrededor para que Kael corriera en forma de lobo sin preocuparse por testigos.

También tenía internet de mierda, pero uno no puede tenerlo todo.

Había convertido una de las habitaciones en oficina. Oficialmente, ahora trabajaba como consultora remota para casos de trauma—irónicamente, muchos de mis clientes eran veteranos que ni siquiera sabían que su terapeuta estaba viviendo con un hombre lobo.

Kael se había adaptado sorprendentemente bien a la vida civil. Bueno, «adaptado» era generoso. Todavía tenía episodios. Todavía se transformaba durante la luna llena. Pero ahora podía hacerlo sin miedo. Sin ocultarse. Sin sentir que era un monstruo.

El Consejo nos había dejado en paz. Mayormente. Ocasionalmente recibíamos «visitas diplomáticas» que básicamente consistían en lobos más viejos verificando que Kael no estuviera planeando derrocar su gobierno o algo así.

Siempre se iban decepcionados de encontrarlo plantando tomates.

—Elsa —Kael entró a la cocina, cubierto de tierra, sonriendo—. Los tomates están enormes. Creo que este año sí va a funcionar.

—Dijiste eso el año pasado. Y el anterior.

—Esta vez es diferente.

—Eso también lo dijiste.

Me besó, dejando un rastro de tierra en mi mejilla.

—Eres imposible.

—Me amas de todos modos.

—Desgraciadamente.

Nos quedamos ahí, en la cocina bañada por el sol de la tarde, y pensé en todo lo que había cambiado. Todo lo que había perdido y ganado.

Mi licencia de terapeuta (suspendida, no revocada—técnicamente todavía podía volver). Mi apartamento. Mi vida ordenada.

Pero había ganado esto. Kael. Una vida que era caótica y aterradora y completamente imperfecta.

Y no la cambiaría por nada.

—Oye —dijo Kael de repente—. Huelo algo.

—¿El guiso? Está en el horno.

—No. Algo… diferente. En ti.

Me tensé.

—Kael, si estás diciendo que huelo mal—

—No mal. Solo… diferente. Dulce. Como… oh.

Nos miramos.

—Oh —repetí.

—¿Estás…?

—No lo sé. Tal vez. No me he hecho la prueba todavía.

—¿Cuándo ibas a decirme?

—Literalmente acabo de darme cuenta hace dos días. Quería estar segura antes de…

Me besó. Duro. Desesperado. Lleno de todo lo que no podía decir en voz alta.

—¿Un cachorro? —susurró contra mis labios—. ¿Vamos a tener un cachorro?

—Probablemente debería llamarlo bebé, pero sí. Tal vez. Si la prueba sale positiva.

—Compra diez pruebas. Cien. Compra todas las pruebas.

Reí, porque era tan perfectamente él. Extra. Intenso. Completamente ridículo.

—Una prueba va a ser suficiente.

—¿Y si es… ya sabes…?

—¿Un hombre lobo?

—Sí.

—Entonces aprenderemos juntos. Como todo lo demás.

Me abrazó, cuidadoso de no apretar muy fuerte, y pude sentir su corazón latiendo contra mi pecho. Rápido. Nervioso. Emocionado.

—Te amo —dijo—. Y voy a ser un padre terrible.

—Probablemente. Pero serás un padre terrible que lo intenta. Y eso cuenta.

—¿Sí?

—Sí.

Nos quedamos así, abrazados en la cocina, con el sol poniéndose afuera y el olor a tierra y tomates y posibilidades llenando el aire.

Y pensé: esto es sanación. No perfecta. No ordenada. Pero real.

Kael había sanado. Yo había sanado. Y juntos—monstruo y humana, lobo y terapeuta, Alfa y compañera—habíamos construido algo que ninguno de nosotros podría haber construido solo.

Una vida. Un hogar. Una familia.

Imperfecta. Caótica. Completamente nuestra.

Y más que suficiente.


Mis libros en papel y kindle ♥

Sigue leyendo romance paranormal

Deja un comentario