Relato gratis: La custodia

Autora: Kassfinol

Género: horror post-apocalíptico – body horror – tragedia psicológica

Todos los derechos reservados


El carrito chirría, y cada puto chirrido suena como un grito en el silencio muerto de la carretera. María empuja mientras los brazos le arden, tiene las palmas en carne viva de tanto agarrar el mango oxidado. El sol convierte el asfalto en un sartén, pero ella sigue empujando.

Sofía va dentro, bueno, lo que queda de Sofía.

La cadena está oxidada, manchada con mierda marrón que María prefiere pensar que es herrumbre, pero no lo es. Sofía se mueve cuando el carrito pasa sobre un bache y su cabeza rebota contra el metal con un sonido húmedo, como un melón podrido golpeando el suelo.

—Perdón, bebé. —María se seca el sudor de la frente con el antebrazo mientras le tiembla la mano—. Casi llegamos.

Sofía gime, pero no es un gemido humano. Es el sonido que hace el aire escapando de un cadáver hinchado cuando lo aprietas. María hace como que no lo escucha.

Tres muertos salen de un Seven-Eleven colapsado. Uno era gordo en vida, ahora es una bolsa de piel colgante llena de dios-sabe-qué. Los otros dos arrastran las piernas rotas, los huesos salen por la carne ennegrecida mientras se mueven hacia María con sus mandíbulas chasqueando.

María se detiene, planta los pies y se muerde el labio hasta sangrar.

—Dale, mi amor. Hazlo otra vez.

Sofía levanta la cabeza en un movimiento brusco, antinatural, como si alguien jalara los hilos de una marioneta rota. La mitad de su cara ya no está. La mejilla izquierda es un cráter de carne podrida donde María puede ver los dientes, blancos y perfectos porque el dentista había hecho un buen trabajo seis meses antes de que todo se fuera a la mierda.

Los muertos se detienen y olfatean. El gordo inclina la cabeza mientras un pedazo de cuero cabelludo se desliza y cae al pavimento con un plop. Segundos después los tres retroceden, porque siempre retroceden ante Sofía. Al parecer los muertos reconocen algo peor que ellos mismos.

—Buena niña. —María se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, dejando un rastro de mugre—. Eres mi buena niña.

Sofía abre y cierra la boca en un movimiento repetitivo mientras su lengua negra cuelga entre los labios partidos. Alrededor, como siempre, hay moscas.

María ha caminado veintidós kilómetros hoy, lo sabe porque cuenta cada puto paso cuando no hay nada más que hacer excepto pensar, y pensar la va a volver loca si es que no lo está ya.

El agua se acabó hace tres días y la lengua de María está tan hinchada que apenas puede tragar.

Entonces ve el humo: recto, controlado. Ella sabe que la gente viva hace ese tipo de fuego.

María empuja más rápido y el carrito chirría más fuerte mientras Sofía se sacude en el interior, los huesos le suenan como maracas.

—Vamos a estar bien, bebé. Vamos a estar bien. —María ríe, y el sonido sale histérico, quebrado—. Mami va a conseguir agua. Mami va a conseguir ayuda.

Sofía muerde el aire. Snap, snap, snap.

El campamento tiene muros de verdad: muros de metal soldado, brillante bajo el sol, con alambre de púas que parece nuevo. María se acerca con las manos arriba, empujando el carrito con la cadera mientras le tiemblan las piernas.

—¡Alto ahí, carajo! —le grita un tipo desde una torre. Joven, tal vez veinticinco, con una cicatriz gorda que le cruza la frente como si alguien hubiera intentado abrirle el cráneo—. ¿Mordida?

María niega con la cabeza. Abre la boca para hablar, pero solo sale un croar. Se aclara la garganta y escupe sangre.

—No… No, estoy limpia, no me han mordido.

—¿Sola?

Las cadenas tintinean cuando Sofía se mueve. María siente que el estómago se le aprieta.

—Sí. Solo yo.

El guardia baja por la escalera con el rifle apuntando al pecho de María. Cuando llega al suelo, se acerca despacio, cada paso medido, los ojos entrecerrados contra el sol.

—¿Qué mierda traes en el carrito?

María se muerde el labio y saborea el metal de su propia sangre. Necesita agua. Necesita dormir sin despertarse pensando que Sofía se liberó de las cadenas y le está comiendo la cara.

—Suministros.

—Muéstramelos. —Levanta el rifle—. ¡Ahora!

—Es mi hija.

Las palabras salen y María quisiera tragarlas de vuelta. El guardia no baja el rifle, da un paso hacia atrás.

—¿Perdón?

—Está enferma. —Las palabras salen atropelladas—. Necesita ayuda, necesita un doctor, ustedes tienen doctores, ¿verdad? Tienen que tener doctores… no, no, no me diga que no tiene doctores aquí.

—Si está infectada, lárgate. Ahora mismo o te vuelo la cabeza.

María siente que algo caliente le recorre las mejillas: lágrimas. ¿Cuándo fue la última vez que lloró?

—¡Tiene siete años! Solo… solo déjame hablar con alguien. Por favor. —Se le quiebra la voz—. Por favor, necesito… ella necesita…

El guardia escupe en el suelo y se queda mirándola como si María fuera otra muerta más, con desprecio y asco. De inmediato sube por la escalera y desaparece.

María espera mientras el sol martilla y Sofía gime, ese sonido de alcantarilla. María mete la mano en el carrito y toca lo que queda del pelo de su hija, pegajoso con algo que huele a dulce podrido. Retira la mano y se la limpia en los jeans.

Los siguientes minutos parecen horas, pero para su momentánea alegría, la puerta lateral del lugar se abre. Sale una mujer asiática, cuarenta y muchos, con el cabello gris recogido en una cola de caballo apretada. Lleva una bata blanca manchada de amarillo y marrón, también una mascarilla quirúrgica y guantes de látex.

Camina hacia María con pasos firmes y se detiene a dos metros del carrito. Se inclina y mira hacia adentro.

Se queda muy quieta.

—Ay, Dios. —Su voz sale amortiguada por la mascarilla—. Ay, Dios mío.

—Es mi hija. —María da un paso adelante—. Está enferma pero todavía… todavía me conoce, ¿ves? Cuando le hablo se calma, todavía sabe quién soy.

La mujer retrocede y se quita la mascarilla. Tiene la cara marcada con cicatrices de quemaduras en el cuello que suben hasta la mandíbula.

—Esa niña está muerta. —Su voz es plana, sin emoción—. Está descompuesta. Tiene… Dios, tiene larvas en el ojo izquierdo.

—Solo está infectada, estoy segura que se puede curar.

—¡Está reanimada! —La mujer se pasa una mano por la cara—. Tiene rigor mortis, necrosis avanzada en las extremidades, las uñas se le están cayendo… ¿cuánto tiempo lleva así?

María cuenta en su cabeza mientras los días se mezclan.

—Tres semanas. Tal vez un mes… no lo sé. —Negó con su cabeza mientras se pasaba la mano con desesperación por su enredado cabello.

—Jesús. —La mujer se acerca otra vez, estudiando a Sofía como si fuera un espécimen de laboratorio—. ¿Y la mantiene encadenada?

—Claro, claro, es para que no se lastime.

—Querrá decir, para que no la lastime a usted.

El silencio se extiende mientras María siente que las piernas le van a fallar.

—Ella todavía… cuando le hablo…

—No. —La mujer sacude la cabeza—. Lo que sea que ve ahí, es su cerebro llenando los espacios vacíos. No queda nada de su hija en esa cosa.

María aprieta los puños mientras las uñas se clavan en las palmas.

—Mientes.

—Soy la doctora Chen. Vendrá conmigo. —No es una pregunta—. ¡Ahora!

La sala huele a cloro y sudor viejo. Cinco personas están alrededor de una mesa de metal: Chen a la cabeza, un tipo enorme con barba de tres semanas, una mujer coreana con cicatrices de quemaduras peores que las de Chen cubriéndole la mitad del cuello, un flaco nervioso que no para de tamborilear los dedos en la mesa, y el guardia de la torre.

María está de pie contra la pared. Le dieron agua y se la tomó tan rápido que vomitó la mitad en el suelo. Nadie se levantó a limpiar.

Chen se sienta y cruza las manos sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo ha estado arrastrando el cadáver de su hija?

—No es un cadáver —contesta de mala gana.

—Responda la pregunta. —El tipo barbudo golpea la mesa con el puño—. ¿Cuánto tiempo lleva con su hija así?

María se pasa la lengua por los labios partidos.

—Veintitrés días.

La mujer coreana suelta el aire entre los dientes.

—Mierda.

—¿Y la ha usado para qué? —Chen se inclina hacia adelante—. ¿Para qué exactamente la mantiene con usted?

—Para protegerla.

—Mentira. —El flaco deja de tamborilear—. Los otros muertos la evitan, ¿verdad? Por eso la trae con usted.

María no responde, pero la respuesta está en su silencio.

—Dios santo. —El guardia, Javier se lee en su placa, se pasa la mano por la cara—. La está usando como escudo.

—¡La estoy cuidando!

—¡Está arrastrando un puto cadáver por el desierto! —El barbudo se levanta de golpe y la silla cae hacia atrás con un estruendo—. ¡Tenemos diecinueve personas aquí! ¡Seis niños! ¿Cree que voy a dejar entrar a un infectado porque usted está demasiado loca para aceptar que su hija está muerta?

—Mi hija está…

—Su hija le está faltando media cara. —Kim, la coreana, habla por primera vez con una voz suave pero cortante como vidrio—. Tiene gusanos en los ojos. La piel se le cae a pedazos. Huele a mierda podrida. ¿Eso es lo que quiere proteger?

—Ella todavía…

—¡No! —Kim golpea la mesa—. No queda nada. Nada. Lo que sea que fue su hija se fue hace semanas. Lo que queda es carne podrida animada por un virus de mierda que no entendemos.

María siente que la habitación da vueltas.

—Los otros muertos la evitan. ¿Por qué la evitan si es solo un cadáver?

Silencio.

—Debe ser el tamaño. —El flaco, Marcos, se muerde las uñas—. Los cuerpos pequeños se pudren diferente. O el olor. Tal vez huele demasiado podrida incluso para ellos.

—O reconocen enfermedad terminal. —Javier limpia su rifle con un trapo—. Como los animales que evitan la carroña enferma.

María se ríe, pero el sonido sale quebrado, histérico.

—No les importa el porqué. Les importa que funciona. Me ha mantenido viva. Nos ha mantenido vivas.

Chen se levanta lentamente y apoya las manos en la mesa.

—¿Entonces lo admite? ¿Ha estado usando el cadáver reanimado de su hija de siete años como… qué? ¿Repelente de muertos?

—He estado cuidándola mientras ella me cuida a mí.

El barbudo escupe en el suelo.

—Está enferma, señora… Usted está enferma de la cabeza.

—Tiene disociación traumática. —Kim se frota las sienes—. He visto esto antes. Mi hermano cargó el cadáver de su esposa durante dos semanas. Terminó mordiéndole la cara mientras él dormía. Tuve que meterle cinco balas en el cráneo.

—Sofía no me va a morder.

—Esa cosa ya no se llama Sofía. —Chen camina alrededor de la mesa y se para frente a María—. Lo que hay en ese carrito es un arma biológica andante. Un riesgo. Una amenaza.

—Es mi hija.

—Su hija está muerta. —Chen no pestañea—. Tiene dos opciones. Uno: neutraliza al infectado apropiadamente y se une a nosotros. Tenemos comida, agua, camas, seguridad. O dos: se va de aquí con su mascota muerta y muere en el desierto.

María siente que algo se parte dentro de su pecho, porque sabe lo que viene. Siempre lo supo.

—¿Yo tengo que hacerlo?

—Usted la mantuvo viva. —Chen cruza los brazos—. Usted la pondrá a descansar.

Le dan una pala. Un hacha habría sido más rápida, pero Chen dice: «queremos que piense en lo que hace. Que lo sienta.»

También le dan una hora.

Kim la escolta fuera del campamento. Hay un campo más allá del muro, tierra seca y agrietada, algunos árboles muertos retorcidos como huesos.

El carrito chirría mientras Sofía está quieta hoy. A veces tiene días así, días donde apenas se mueve. María prefiere esos días.

—Aquí está bien. —Kim se detiene con el rifle colgando del hombro—. Cave.

María clava la pala en la tierra, dura como concreto. Cada palada le arranca un gemido de la garganta mientras el sol cae directo sobre ella, sin piedad, y el sudor le quema los ojos.

Treinta minutos después hay un agujero poco profundo, apenas metro y medio. María no puede más: las manos le sangran, las ampollas las tiene todas reventadas.

—Ya.

María mira el agujero, luego mira a Sofía. Su hija. Su bebé. Su cosa muerta que todavía se mueve.

Levanta la pala.

—Perdóname.

Sofía levanta la cabeza en un movimiento lento, como si el cuello estuviera casi dislocado. Los ojos blancos, lechosos, la miran sin ver. La boca se abre, se cierra, se abre.

¿Hay algo ahí? ¿Algún pedazo de su niña escondido en ese cráneo podrido?

La pala tiembla.

—No puedo.

—Tiene que hacerlo. —Kim escupe en el suelo—. O lo hago yo de un tiro y usted se larga.

—¿Y si hay una cura? —Las palabras salen desesperadas—. Algún día. ¿Y si encuentran una cura y la maté para nada?

—No hay cura. —Kim se acerca y se agacha para estar a la altura de María—. Mi hija tenía seis. También esperé. Tres semanas esperé a que volviera, a que me mirara y me reconociera.

Se detiene y se muerde el labio.

—¿Qué pasó?

—Se soltó mientras yo dormía. Le arrancó la garganta a mi esposo. Él… todavía estaba vivo cuando yo entré. Se estaba ahogando en su propia sangre mientras ella le comía la cara.

Kim se limpia los ojos con el dorso de la mano.

—Tuve que hacerlo dos veces esa noche. Primero a mi esposo. Luego a ella. Y ambas veces fue como matarlos de nuevo.

María mira a Sofía, realmente la mira.

Ve las larvas retorciéndose en el ojo izquierdo. Ve la carne despegándose del hueso de la mandíbula. Ve las manos pequeñas, esas manos que solían aferrarse a su cuello, ahora con las uñas ennegrecidas cayéndose de los dedos. Ve el vestido rosa sucio de mierda y sangre seca. Ve a su hija convertida en carroña.

—Ella ya se fue. —Kim se levanta y le pone una mano en el hombro a María—. Hace mucho. Déjela ir.

María levanta la pala bien alta mientras las lágrimas caen, mezclándose con sudor y mugre.

—Te amo, Sofía. Siempre te voy a amar.

Baja la pala.

El cráneo de Sofía se parte con un crunch húmedo: pedazos de hueso, sesos grises y podridos, gusanos blancos que explotan. La segunda vez es más fácil. La tercera es casi automática.

Cuando termina, María vomita y sigue vomitando hasta que solo salen bilis y sangre.

La habitación que le dan es pequeña, pero limpia. Hay una cama. María se sienta en el borde con las manos todavía temblando, todavía sintiendo el cráneo partiéndose bajo la pala.

Alguien toca.

—Adelante.

Es Javier, trae un vaso de agua y dos pastillas.

—Chen dice que las necesitará. Para dormir.

María toma las pastillas y se las traga sin agua.

—¿Tú tuviste que…?

—Mi hermano. Dieciséis. —Se toca la cicatriz en la frente—. Me dio esto cuando intenté detenerlo. Tuve que meterle un cuchillo en la base del cráneo mientras él intentaba morderme.

—¿Cómo sigues?

Javier se encoge de hombros.

—La mayoría de los días ni siquiera pienso en él. Otros días no puedo pensar en nada más. —Hace una pausa—. Pero sé que no querría que yo muriera también. Que arrastrara su cadáver hasta que me matara.

Se va y María se queda sola.

Las pastillas hacen efecto. Los párpados pesan toneladas. Se acuesta en la cama.

Ve a Sofía. No la muerta. La viva: riendo, pidiendo un cuento. «Te quiero, mami.»

Abre los ojos.

La habitación está oscura. Afuera se escucha el viento contra el metal.

Se levanta y camina hacia la ventana. Puede ver el campo desde aquí, el árbol muerto, el montículo de tierra.

Algo se mueve.

María se congela.

Algo pequeño emerge de la tierra, arrastrándose, dejando un rastro de mierda oscura.

No.

No puede ser.

Cavó profundo. Destrozó el cráneo. Se aseguró.

Pero la cosa se arrastra hacia el campamento con las piernas rotas arrastrando, los brazos pequeños excavando la tierra.

María corre a la puerta: cerrada, con llave desde afuera.

—¡Abran! —Golpea con los puños—. ¡Abran la puta puerta!

Nadie viene.

Corre a la ventana. La cosa está al pie del muro: pequeña, rota, imposible.

Pero trepa. Las manos encuentran grietas. Los huesos rotos se doblan en ángulos imposibles.

Sofía cae del otro lado del muro, se levanta. El cráneo destrozado cuelga a un lado mientras pedazos de cerebro caen al suelo.

Mira directo a la ventana de María.

Y sonríe: una sonrisa de mandíbula partida y dientes expuestos.

Camina hacia los barracones, donde duermen los niños.

María golpea el vidrio hasta que sus manos dejan manchas rojas.

—¡NO! ¡SOFÍA, NO!

En la distancia, una puerta se abre. Pasos pequeños. Una voz de niño pregunta «¿mamá?»

Luego los gritos.

Los gritos no paran.

María se desliza al suelo con las manos sangrando mientras las pastillas hacen su trabajo. Los párpados se cierran.

Cuando despierta, el campamento está en silencio.

Un silencio muerto.

Fin


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