Voces Prestadas
Autora: Kassfinol
Género: Horror de Supervivencia – Ciencia Ficción Oscura
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No debí venir solo al bosque, pero esa es la mierda que uno piensa cuando ya es demasiado tarde, cuando ya llevas tres días acampando en medio de la nada porque necesitabas espacio para procesar o alguna estupidez new age de esas. Tres días intentando no pensar en la cara del editor cuando me dijo que un algoritmo escribía mejor que yo, que era más rápido, más barato, más consistente.
El primer día sí funcionó, silenció la verborrea mental que me había estado carcomiendo desde el despido. El segundo día también, más o menos. Para el tercero ya había leído el mismo artículo de mi celular como veinte veces: «GPT-6 revoluciona el periodismo impreso.» No tenía señal, pero lo había descargado antes de partir porque soy un masoquista digital certificado.
Eran las siete de la tarde cuando decidí revisar las notas de voz que había estado ignorando, esas que se acumulaban en mi teléfono como recordatorios de una vida que ya no tenía. La primera era de mi madre, grabada dos días antes de que me viniera al bosque.
—Isaac, mijito, estamos preocupados por ti. Tu papá dice que no contestas sus mensajes y yo… bueno, solo queremos saber que estás bien. No tienes que explicar nada, solo llámanos, ¿sí? Te queremos mucho.
Su voz se quebraba al final, ese tono maternal que me hacía sentir como un hijo de puta por haberla preocupado. Pasé a la siguiente. Antonio, mi ex editor, una nota que me había mandado el día del despido.
—Mira Isaac, sé que esto es difícil, pero quiero que entiendas que no es personal. Solo negocios, ¿entiendes? Eras bueno, de verdad lo eras, pero la IA es mejor y más consistente. El periódico necesita sobrevivir y… mierda, esto suena horrible. Solo quería que lo supieras directamente de mí.
Cerré la aplicación y aventé el teléfono sobre el sleeping bag, sintiendo cómo la bilis me subía por la garganta. Masoquismo digital, confirmado.
La carpa olía a lona húmeda y repelente de mosquitos cuando me metí en el sleeping bag, intentando conciliar un sueño que sabía no llegaría fácil. Afuera, el bosque hacía sus ruidos nocturnos habituales: grillos, viento en las copas, un búho a lo lejos que no se callaba nunca.
Y algo más.
Un gemido bajo y lastimero, como alguien con dolor intenso intentando no gritar para no alertar a lo que fuera que le estaba causando ese sufrimiento. Me quedé inmóvil en el sleeping bag mientras el gemido se repetía, más cerca ahora, saliendo de la arboleda este donde la densidad de pinos volvía todo negro incluso antes de que cayera la noche por completo.
—¿Hay alguien ahí?
Mi voz sonó estúpida y débil en la oscuridad, y el gemido se cortó de forma abrupta como si quien lo emitiera hubiera decidido que era mejor guardar silencio.
Genial —pensé, porque esto era exactamente lo que necesitaba: un probable herido en medio del bosque sin señal de celular y a dos horas de la civilización más cercana.
Salí de la carpa con la linterna en mano, y el haz iluminó árboles, maleza, piedras cubiertas de musgo, pero nada fuera de lugar. El aire olía a tierra mojada y resina de pino, ese olor que me relajaba, pero que ahora se sentía denso y amenazante.
—¿Necesita ayuda?
Silencio absoluto, ni siquiera el búho se atrevía a interrumpir ese vacío opresivo que se había instalado entre los árboles. Caminé hacia donde había escuchado el gemido con la linterna barriendo de lado a lado mientras mis botas crujían contra hojas secas, y entonces lo escuché otra vez, pero ahora no era un gemido sino mi propia voz preguntando con la misma entonación titubeante que acababa de usar.
—¿Necesita ayuda?
Las mismas palabras, la misma inflexión, como si alguien hubiera grabado mi pregunta y la estuviera reproduciendo desde los árboles con una fidelidad perturbadora. Me congelé mientras la linterna temblaba en mi mano, y el miedo que había estado manteniendo a raya desde que escuché el primer gemido se instaló como plomo fundido en mi estómago.
—¿Quién mierda anda ahí?
Nada excepto el viento y ese maldito búho que ahora sí había decidido volver a su rutina nocturna, completamente ajeno al hecho de que algo en este bosque estaba terriblemente mal. Retrocedí hacia la carpa contando los pasos —tres, cinco, siete— cuando la linterna iluminó algo en el suelo que hizo que mi cerebro tardara varios segundos en procesarlo. Marcas de garras, pensé al principio, pero no como de oso o puma sino algo con tres dedos largos y un cuarto opuesto, como manos deformadas que hubieran dejado su huella en la tierra blanda. Había varias formando un patrón circular alrededor de mi campamento, como si algo hubiera estado dando vueltas estudiando mi territorio mientras yo dormía ajeno a su presencia.
Un olor rancio me golpeó entonces, metálico y desagradable como cuando abres carne empacada al vacío que estuvo demasiado tiempo en el refrigerador pudriéndose con lentitud sin que nadie se diera cuenta.
—¿Necesita ayuda?
Mi voz otra vez, pero ahora salía desde mis espaldas con esa misma cualidad mecánica y repetitiva. Me di vuelta tan rápido que casi caigo, y la linterna reveló solo oscuridad entre los árboles, pero había algo ahí, lo sentía con esa certeza primitiva que te dice cuando estás siendo observado por algo que en definitiva no es amigable.
Corrí a la carpa y me metí de un salto cerrando el cierre con dedos torpes mientras respiraba como si hubiera corrido un kilómetro completo, sintiendo cómo el corazón me martillaba las costillas con una insistencia dolorosa. Espera, me dije, piensa con claridad. Podría ser un bromista, alguien que vio mi campamento y decidió joder al tipo solitario que se alejó de la civilización para procesar su crisis existencial, o quizás una alucinación auditiva porque llevaba tres días con demasiado silencio y demasiados pensamientos oscuros.
Un rasguño lento recorrió la lona de la carpa de arriba hacia abajo, como uñas, no garras, probando la resistencia del material con una curiosidad casi científica. Mierda, pensé mientras agarraba el cuchillo de campamento, completamente consciente de que era inútil contra lo que fuera que estuviera ahí fuera, pero al menos me hacía sentir menos impotente en esta situación de pesadilla.
—¿Necesita ayuda?
Ahora sonaba desde el otro lado de la carpa, luego desde atrás, después desde la derecha, y mi propia voz me rodeaba superponiéndose en un coro deforme que repetía la misma pregunta una y otra vez hasta que se convirtió en un mantra perturbador.
—¿Necesita ayuda? ¿Necesita ayuda? ¿Necesita—
—¡Cállate!
Las voces se detuvieron de forma abrupta, y el silencio que siguió fue peor que el coro de imitaciones porque ahora no tenía idea de dónde estaba esa cosa o qué estaba planeando hacer. Segundos que se sintieron como minutos, minutos que podrían haber sido horas, no tenía forma de saberlo mientras permanecía ahí sentado con el cuchillo apretado en una mano y la linterna en la otra, esperando el siguiente movimiento en este juego macabro.
Un chillido atravesó la noche con una intensidad que me perforó los tímpanos, agudo y prolongado como metal oxidado torciéndose bajo presión extrema. Me tapé los oídos, pero el sonido perforaba igual, vibrando dentro de mi cráneo, y cuando finalmente terminó algo golpeó la carpa con una fuerza brutal que hizo temblar toda la estructura. Una, dos, tres veces, cada impacto más fuerte que el anterior como si estuviera probando cuánto podía soportar antes de colapsar.
Salí disparado por la apertura frontal sin pensarlo dos veces, porque nada de valentía me motivaba en ese momento sino puro instinto de supervivencia cuando tu refugio está siendo atacado por algo que claramente quiere entrar. No corrí hacia el auto porque estaba estacionado al otro lado de lo que fuera que estaba destruyendo mi campamento, así que corrí monte adentro sin plan alguno, solo con la necesidad urgente de poner distancia entre yo y esa cosa.
Ramas me azotaban la cara mientras tropezaba con raíces que parecían diseñadas para hacerme caer, y la linterna iluminaba apenas dos metros adelante antes de que solo hubiera negrura absoluta tragándose el bosque. Mis pulmones ardían con cada respiración mientras el cuchillo resbalaba en mi mano sudorosa, y detrás de mí algo grande se movía entre los árboles con una rapidez que no debería ser posible para algo de su tamaño. El crujido de ramas quebrándose y el golpeteo rítmico de algo corriendo en cuatro patas me perseguían como una pesadilla hecha realidad.
—¡Cállate!
Mi propia voz gritada desde atrás con el mismo tono histérico que acababa de usar, y la confirmación de que me estaba persiguiendo activamente hizo que mis piernas encontraran una reserva de energía que no sabía que tenía. Un claro apareció adelante iluminado por la luna llena, un espacio circular rodeado de pinos altísimos, y en el centro había una construcción de concreto medio enterrada en la tierra como un búnker antiguo o una estación meteorológica abandonada hace décadas.
No tuve tiempo de pensar en las implicaciones o en preguntarme qué hacía esa estructura en medio de la nada, simplemente me metí por la puerta oxidada que colgaba de una sola bisagra mientras el olor me golpeó de inmediato. Putrefacción mezclada con químicos industriales, algo dulzón y enfermizo que me provocó arcadas instantáneas. Cubrí mi nariz con el antebrazo, pero el olor se adhería a todo, impregnando mi ropa y mi piel con su presencia nauseabunda.
La linterna reveló un corredor de concreto con paredes manchadas de algo oscuro que prefería no identificar, y al fondo había una puerta de metal entreabierta que prometía al menos una habitación donde poder encerrarme. Afuera, el crujido de ramas y pasos se detuvo abruptamente, y luego solo hubo silencio seguido de pasos lentos y deliberados, garras rasguñando el concreto con una paciencia casi obscena.
Me metí por la puerta del fondo y la cerré de un golpe, agradeciendo que hubiera un seguro oxidado que giré con manos temblorosas hasta que el mecanismo hizo clic. La habitación era pequeña y claustrofóbica, llena de restos de equipo científico oxidado contra las paredes, mesas volcadas, papeles amarillentos esparcidos por el suelo como confeti macabro, y jaulas, docenas de jaulas vacías con algunos barrotes doblados hacia afuera como si lo que estuviera dentro hubiera decidido que ya no quería estarlo más.
Uno de los papeles estaba cerca de mi pie, y lo recogí con curiosidad morbosa mientras la tinta corrida apenas dejaba leer fragmentos de lo que parecía ser un reporte científico: «SCP-939 Instancia D-12 muestra capacidad mejorada de mimetismo vocal. Pruebas confirman que puede reproducir no solo palabras sino patrones de angustia específicos de las víctimas, incluyendo inflexiones emocionales y—» El resto era ilegible por la humedad y el tiempo.
SCP —pensé mientras mi cerebro intentaba conectar los puntos. Había oído ese acrónimo antes en artículos que edité años atrás cuando el periódico todavía publicaba piezas raras de investigación sobre proyectos clasificados, bioingeniería ilegal, laboratorios clandestinos que operaban en las sombras del gobierno o de corporaciones sin escrúpulos.
Un golpe sacudió la puerta metálica, y luego otro, y después otro más, cada uno metódico y paciente como si supiera que tenía todo el tiempo del mundo para derribar mi último refugio. Busqué con desesperación otra salida, pero no había nada excepto un conducto de ventilación en el techo, demasiado pequeño para que pasara una persona adulta, pero lo suficientemente grande como para darme una esperanza ridícula.
—Isaac.
Me quedé paralizado porque esa era la voz de Antonio, mi editor, sonando exactamente como cuando me despidió con esa mezcla de incomodidad profesional y culpa personal.
—No es personal, Isaac. Solo negocios, ¿entiendes?
La puerta se abolló hacia adentro mientras el metal chirriaba en protesta, y escuchar esas palabras reproducidas con perfecta fidelidad por algo que en definitiva no era Antonio hizo que algo se rompiera dentro de mí.
Agarré una mesa y la volqué contra la puerta. Inútil, lo sabía, pero necesitaba hacer algo. Necesitaba—
—Eras bueno, de verdad lo eras, pero la IA es mejor.
La voz de Antonio se distorsionó al final como una grabación mal reproducida o un archivo de audio corrompido, y las lágrimas me nublaban la visión de manera ridícula porque aquí estaba yo llorando cuando estaba a punto de ser destrozado por algo que imitaba las palabras exactas que me habían destruido emocionalmente apenas una semana atrás.
La puerta cedió con un estruendo metálico y el marco reventó lanzando pedazos de metal oxidado por toda la habitación, y entonces la cosa entró arrastrándose con una gracia perturbadora. Lo primero que vi fueron los ojos… no, no eran ojos sino manchas sensibles a la luz recorriendo su lomo espinado como luces navideñas en una pesadilla biomecánica. Luego los dientes, rojos y brillantes, filas de colmillos de seis centímetros sobresaliendo de mandíbulas que no deberían caber en ningún cráneo natural conocido por la ciencia.
La criatura medía alrededor de dos metros de alto cuando se incorporaba sobre sus patas traseras, con piel translúcida rojiza casi luminiscente que dejaba ver sombras de órganos internos palpitando debajo. Cuatro extremidades terminadas en garras de tres dedos cada una, con ese cuarto dígito oponible como un pulgar deforme que le daba un aspecto grotescamente humano. Órganos sensoriales rodeaban sus fauces en forma de pequeños pozos negros que se contraían y expandían, captando mi calor corporal con la precisión de un sistema de rastreo térmico militar.
No era un animal, eso quedaba clarísimo. Era un error, un experimento que nunca debió existir pero que alguien había creado de todas formas porque la ciencia a veces no se pregunta si debe hacer algo sino solo si puede hacerlo.
—Isaac —dijo con la voz perfecta de Antonio mientras las mandíbulas se movían a destiempo, fuera de sincronía con las palabras—. Solo negocios.
Retrocedí hasta golpear la pared mientras buscaba con desesperación el cuchillo. ¿Dónde mierda estaba el cuchillo? Lo había soltado cuando moví la mesa en un intento patético de bloquear la puerta. La criatura avanzó con lentitud, sin prisa, porque sabía que yo no tenía adónde ir.
—¿Entiendes?
Ahora era mi propia voz, mi tono derrotado cuando asentí como un idiota y recogí mis cosas de la oficina sin siquiera intentar pelear por mi trabajo. Estaba claro, que hablar en voz alta de todo lo que me pasó no había sido inteligente estos últimos días.
Vi el cuchillo entonces, tres metros a mi izquierda bajo una silla volcada, por completo inaccesible.
—Isaac —mi madre ahora, y no, no podía ser, no había forma de que esta cosa hubiera escuchado esa nota de voz—. Estamos preocupados por ti.
La llamada que ignoré antes de venir acá, esos tres días de mensajes sin responder porque estaba demasiado ocupado revolcándome en mi autocompasión.
—Solo llámanos, ¿sí?
La criatura saltó con una explosión de movimiento y músculos, y yo me lancé hacia el cuchillo con desesperación suicida. Mis dedos lo rozaron, lo agarré, giré mientras doscientos cincuenta kilos de músculo y garras me impactaban de lleno. Caímos juntos y mi cabeza golpeó el concreto con un crujido enfermizo, estrellas explotando en mi visión como fuegos artificiales defectuosos.
Dientes rozaban peligrosamente cerca de mi cara mientras un aliento que olía a carne podrida y descomposición avanzada me quemaba las fosas nasales, y esos órganos sensoriales palpitaban a centímetros de mi piel leyendo el calor de mi terror absoluto con precisión quirúrgica. Clavé el cuchillo hacia arriba ciego, desesperado, sintiendo cómo la hoja entraba en algo blando y viscoso.
La criatura chilló con ese sonido de metal torciéndose que me perforó los tímpanos nuevamente y se echó atrás sacudiéndose con violencia. No le había hecho nada, solo lo molesté como si le hubiera picado con un palillo de dientes, pero me dio el espacio suficiente para rodar y ponerme de pie tambaleándome. El cuchillo seguía en mi mano cubierto de algo viscoso y transparente que no era sangre sino otra sustancia que no quería identificar.
El SCP-939 me observaba con esas manchas ópticas en su lomo fijas en mí mientras las espinas dorsales se erizaban, supongo que detectando cambios en mi respiración o en el flujo de aire cuando me moví porque esta cosa era básicamente un sistema de rastreo biológico diseñado para cazar en la oscuridad.
—Mierda —siseó con mi propia voz.
Era el momento exacto cuando vi las marcas de garras alrededor de mi campamento, y comprendí con horror escalofriante que… estaba aprendiendo, registrando cada sonido que hacía, cada palabra, cada expresión de miedo para construir un catálogo completo de mi voz y usarla como señuelo con futuras víctimas.
—Mierda. No es personal.
Las piezas encajaron con claridad terrible: los gemidos iniciales, mi pregunta estúpida, mis gritos de pánico. No era caótico sino metodología científica aplicada a la caza. Recolectaba primero las voces, estudiaba los patrones vocales, y después atacaba usando esas grabaciones como cebo. ¿Cuántas otras voces tendría almacenadas en ese cerebro de monstruo? ¿Cuántos otros campistas solitarios habían pasado por este bosque y nunca salieron?
La criatura dio un paso lateral bloqueando deliberadamente la puerta rota, y miré alrededor buscando algo, cualquier cosa que pudiera usar como arma o escape. Papeles inútiles, equipo oxidado que se desmoronaría al tocarlo, jaulas vacías con historias que prefería no imaginar, y el conducto de ventilación en el techo que era demasiado pequeño para mí, pero imposible para algo del tamaño de esta pesadilla biomecánica.
Me subí a la mesa volcada mientras la criatura rugía y cargaba con toda su masa muscular, y salté hacia el conducto extendiendo los brazos con desespero. Mis manos agarraron el borde oxidado y me impulsé hacia arriba mientras los hombros raspaban dolorosamente contra metal corroído. Demasiado estrecho, pensé con pánico creciente, no voy a caber.
Garras rasgaron mi pierna con precisión quirúrgica y fuego líquido recorrió toda mi pantorrilla desde el tobillo hasta la rodilla. Grité mientras pateaba hacia atrás con la pierna ilesa, y mi bota conectó con algo duro, supongo que con uno de esos órganos sensoriales en su cara y la criatura soltó un chillido de dolor genuino.
Me arrastré dentro del conducto ignorando cómo mis codos sangraban contra remaches oxidados y cómo la pierna herida palpitaba enviando ondas de agonía con cada movimiento. Sangre goteaba detrás de mí formando un rastro perfecto, pero eso era problema futuro porque ahora mismo solo necesitaba distancia. La criatura metió una garra completa en la apertura del conducto arañando con insistencia, alcanzando, casi tocando mi pie antes de rendirse con un rugido de frustración.
La escuché retroceder y sus pasos alejándose por el corredor, él estaba buscando otra forma de alcanzarme o esperándome con paciencia afuera porque sabía que eventualmente tendría que salir de allí. Seguí arrastrándome mientras el conducto subía en ángulo ascendente hacia quién sabe dónde, y mi respiración resonaba en el metal como fuelle oxidado. La pierna dejó de doler tanto después de varios metros, lo cual era mala señal porque significaba shock y nada bueno vendría de eso.
Metros que se convirtieron en decenas de metros de arrastre claustrofóbico hasta que el conducto terminó en una rejilla oxidada. La pateé con la pierna que todavía funcionaba relativamente bien, una vez, dos veces, y al tercer golpe cedió con un chirrido metálico que resonó en la noche.
Caí en pasto húmedo bajo cielo abierto y estrellas que nunca me habían parecido tan hermosas, y me arrastré lejos del búnker con los brazos porque las piernas ya no me respondían.
Árboles —pensé confundido, necesitaba llegar a los árboles y esconderme entre las sombras donde esa cosa quizás no pudiera rastrearme con facilidad.
—Isaac.
Me congelé a medio arrastre mientras cada músculo de mi cuerpo se tensaba con terror renovado.
—Estamos preocupados por ti.
La voz de mi madre emergiendo de la oscuridad entre los pinos con esa preocupación maternal perfectamente replicada, y supe con certeza absoluta que la criatura había salido del búnker y me había estado esperando mientras yo me arrastraba por ese conducto creyendo que estaba escapando.
Es inteligente, el muy maldito —pensé llenándome de angustia.
—Solo llámanos, ¿sí?
No respondí, no me moví, apenas me atreví a respirar mientras yacía en el pasto húmedo fingiendo ser parte del paisaje. Vi su silueta moverse entre los árboles con esa altura imposible y esa piel rojiza que captaba la luz de luna como si estuviera hecha de vidrio ensangrentado.
—¿Necesita ayuda? Isaac. No es personal. Mierda. Solo negocios, ¿entiendes?
Un catálogo completo de mi voz y las de las personas importantes en mi vida, probando cada variación sistemática para determinar cuál me haría reaccionar, cuál me obligaría a gritar o moverme o delatar mi posición. Era científico en su crueldad, metódico en su caza.
Cerré los ojos sintiendo cómo las lágrimas rodaban por mis mejillas mezclándose con tierra y sudor. Había pasado tres días en este bosque huyendo de una voz; el algoritmo que me reemplazó, la IA que era mejor que yo en todo sentido medible y ahora estaba siendo cazado por otra voz, por algo que robaba palabras de los muertos para atraer a los vivos en un ciclo perpetuo de depredación.
Qué mierda tan poética —pensé con una risa histérica burbujeando en mi garganta que tuve que reprimir violentamente. La criatura se acercaba y podía escuchar sus garras hundiéndose en tierra blanda con cada paso deliberado, esos órganos sensoriales probablemente captando el calor de mi cuerpo sangrante como faro en la oscuridad.
Abrí los ojos y evalué mis opciones con la claridad desesperada que viene cuando sabes que vas a morir de todas formas. Quedarme quieto y esperar que pasara de largo confiando en que de alguna forma perdiera mi rastro, o correr con una pierna destrozada y morir cansado después de veinte metros. Ninguna garantizaba sobrevivir hasta el amanecer, pero al menos corriendo estaría haciendo algo en lugar de esperar por mi ejecución.
Me puse de pie apoyándome en la pierna buena mientras la herida protestaba con oleadas de agonía, y apreté el cuchillo inútil en mi mano temblorosa porque soltarlo sería admitir derrota completa.
—Genial —murmuré para mí mismo—, porque esto no era suficientemente una pesadilla.
Corrí.
Detrás de mí, todas mis voces robadas me persiguieron en un coro cacofónico que resonaba entre los árboles, las palabras superponiéndose y distorsionándose hasta convertirse en algo que ya no era humano sino una amalgama grotesca de todo lo que alguna vez dije mezclado con el terror de quienes vinieron antes que yo.
Lo último que pesé fue en que de ahora y en adelante sería otra voz en su catálogo, otro señuelo para atraer al próximo campista solitario que viniera a este bosque buscando escapar de sus problemas solo para encontrar algo infinitamente peor.
Fin




