Relato gratis: El Guardian del Bosque Prohibido

Título: El Guardian del Bosque Prohibido

Autora: Kassfinol

Género: Romance paranormal

Todos los derechos reservados

Emma Vargas no debía estar en ese bosque. El letrero lo dejaba claro. Pero después de dos meses reconstruyendo su vida desde cero, un sendero prohibido le parecía el problema más manejable del día.

Hasta que necesitó que alguien la rescatara. Y ese alguien resultó ser el tipo de hombre que no encaja en ninguna categoría conocida: demasiado quieto, demasiado cálido, demasiado atento de maneras que no tienen explicación normal.

Ese bosque lleva mucho tiempo siendo de alguien. Lo que Emma no sabía es que entrar significaba convertirse, sin haberlo planeado, en algo que también valía la pena guardar.

El primer letrero decía ZONA EN REHABILITACIÓN — NO PASAR, y yo lo ignoré con la misma eficiencia con la que había ignorado todo el consejo útil que me habían dado en los últimos seis meses.

Qué apropiado.

El sendero se estrechaba unos veinte metros después de la barrera naranja. Los pinos se juntaban por encima de mi cabeza como si estuvieran conspirando, y el sol de la tarde llegaba al suelo convertido en fragmentos, no en luz, sino en recordatorios de que afuera del bosque existía un mundo al que no quería volver todavía. Ajusté las correas de la mochila, que me estaban comiendo el hombro izquierdo, y seguí caminando.

Marcos llevaba dos meses siendo historia. Lo que no llevaba dos meses siendo historia era el departamento que compartíamos, la cafetera que era de él pero que yo usaba, el grupo de amigos que técnicamente eran de los dos pero que en la práctica habían escogido bando sin necesidad de una votación formal. El bando de Marcos. Claro.

Así que esto era lo que me quedaba: un bosque nacional en el que no debía estar, unas botas de trekking que compré hace tres años y usé exactamente dos veces, y la convicción absolutamente infundada de que caminar sola hasta quedarme sin aliento iba a arreglar algo.

Perfecto plan. ¿Qué podía salir mal?

Lo que salió mal tardó cuarenta minutos en materializarse.

Eran tres hombres. Los vi primero entre los árboles, moviéndose en paralelo al sendero con esa clase de intención que no tiene nada que ver con el senderismo. Uno de ellos, el más alto, llevaba una chaqueta naranja de caza y me miraba como si estuviera calculando algo. No supe qué hasta que el sendero giró y los tres aparecieron delante de mí bloqueando el paso.

Mi cerebro, útil como siempre, tardó unos tres segundos en procesar la situación. Luego registró: zona aislada, señal de celular nula desde hacía media hora, mochila que pesaba doce kilos y que iba a ser imposible de manejar si necesitaba correr.

Genial.

—Estás en zona privada —dijo el de la chaqueta naranja. No era una advertencia. Era una apertura.

Di un paso atrás. Uno de los otros dos se desplazó a mi izquierda, cortando el ángulo de fuga con una eficiencia que me indicó que no era la primera vez que hacían esto.

No voy a describir los siguientes tres minutos en detalle porque parte de mí todavía prefiere no hacerlo. Lo que sí voy a decir es que el hombre de la chaqueta naranja me agarró del brazo con suficiente fuerza para dejarme el hueso del codo marcado durante cuatro días, y que yo hice lo que pude: grité, pataleé, tiré la mochila con la esperanza de que doce kilos de equipo de camping le hicieran algo al de la izquierda.

No le hizo nada.

Lo que sí hizo algo fue el ruido.

Surgió del bosque a mi derecha: un sonido entre crujido de ramas y algo más grave, más visceral, el tipo de sonido que no identifica el cerebro racional pero sí algo más antiguo, algo que vive en la base del cráneo y reconoce depredador antes de que la corteza prefrontal termine de evaluar la situación.

Los tres hombres lo oyeron también. Lo vi en sus cuerpos: la cabeza del de la chaqueta giró medio segundo antes de que yo lo viera a él.

Rowan.

No supe que se llamaba así hasta mucho después. En ese momento solo vi tamaño: un metro noventa al menos, hombros que hacían que el tronco de pino más cercano pareciera discreto, y una expresión facial que no era furia sino algo más frío, más quieto, más absolutamente terrible que la furia. El tipo de calma que solo tienen las cosas que no necesitan agitarse para ser peligrosas.

No habló. No amenazó. No dio advertencia verbal de ningún tipo.

Lo que hizo fue caminar hacia los tres hombres con la misma calma con la que yo hubiera caminado hacia el refrigerador a las dos de la mañana, y en los siguientes cuarenta segundos, con una economía de movimiento que me puso el estómago en la garganta, los despachó a los tres.

El de la chaqueta naranja salió corriendo primero. Los otros dos lo siguieron unos diez segundos después, uno de ellos cojeando.

Rowan se quedó quieto donde estaba y me miró.

Yo lo miré a él.

Tenía el ojo derecho partido y sangraba desde la ceja, pero no parecía haberlo notado.

—¿Puedes caminar? —dijo. Su voz era grave y escasa, el tipo de voz que claramente consideraba las palabras un recurso a no desperdiciar.

Intenté dar un paso y la rodilla izquierda me informó, con mucha precisión, que el tobillo había sufrido durante los forcejeos y que caminar iba a ser una negociación complicada.

—Sí —dije de todas formas.

Me miró el tobillo y luego me miró a los ojos. Levantó una ceja, que era lo más expresivo que lo vería ser en mucho tiempo.

—No —corrigió, y antes de que yo pudiera protestar, me cargó.

Lo hizo sin preguntar si me parecía bien y sin el menor esfuerzo aparente, y mi cerebro, que se suponía debía estar procesando el trauma reciente de los últimos cuarenta minutos, decidió en cambio registrar otras cosas: el calor de su cuerpo, que era más que el calor normal de un adulto en movimiento, un calor profundo y constante como una fuente encendida; el olor, tierra húmeda y resina de pino y algo más oscuro que no tenía catalogado en ningún registro sensorial previo; la manera en que sus brazos me sostenían, sin esfuerzo, sin vacilación, como si mi peso fuera irrelevante para él.

Decidí que era el trauma. El trauma hacía cosas raras con la percepción sensorial. Lo había leído en algún lugar.

Seguí diciéndome eso durante los veinte minutos que tardamos en llegar a la cabaña.

La cabaña olía a madera húmeda, resina de pino… eso explicaba su olor corporal… y algo más difícil de identificar, algo animal y limpio al mismo tiempo, como tierra después de la lluvia, pero con un componente que no tenía nombre en mi vocabulario. Era pequeña: una sola habitación con una estufa de leña en el centro, una mesa de madera oscura, dos sillas, una cama contra la pared del fondo y estanterías que llegaban al techo cargadas de libros, frascos, instrumentos que no reconocí de inmediato.

Me depositó en la cama con más cuidado del que esperaba de alguien de ese tamaño y fue directamente a la estufa.

Yo me senté y lo observé.

En movimiento, sin la urgencia de los últimos cuarenta minutos, pude verlo mejor. Cuarenta años, más o menos, aunque era difícil saberlo porque tenía esa clase de cara tallada que podía significar cuarenta o podía significar que la intemperie lo hacía parecer más de los que tenía. El cabello oscuro, demasiado largo, recogido atrás con descuido. Las manos enormes, callosas, que manejaban la leña con la misma precisión quirúrgica con la que había manejado a esos tres hombres.

Mi cerebro de diseñadora gráfica freelance —porque eso era yo, Emma Vargas, diseñadora gráfica que tomaba malas decisiones de senderismo— intentó catalogarlo y no encontró categoría. No era un leñador de película. No era un ranger de parques nacionales. Era algo más difícil, más real, más fuera de escala. El tipo de hombre que existe para ponerle problema a los sistemas de clasificación.

—Debería llamar a alguien —dije. No era una pregunta.

—No hay señal. —Añadió leña sin mirarme—. Y no vas a ningún lado esta noche. Hay tormenta.

Como si lo hubiera ensayado, el primer relámpago iluminó las ventanas de la cabaña en ese preciso momento. La lluvia llegó treinta segundos después, dura y repentina, golpeando el techo de madera con suficiente fuerza para ahogar cualquier otro sonido.

Lo miré y él correspondió mi mirada. Mientras, afuera, el bosque desapareció detrás de una pared de agua.

—¿Así que básicamente estoy atrapada aquí? —dije.

—Básicamente. —No sonó disculpa en su voz. Era un hecho, no una apología.

—Genial. —Cerré los ojos un segundo—. Genial, genial, genial. ¿Y tú eres qué exactamente? ¿El guardián del bosque? ¿El hombre del saco? ¿Alguna categoría intermedia?

Levantó la vista de la estufa. Me miró de esa manera suya, densa y quieta, y no respondió.

—Vale —dije—. Silencio, está bien, podemos hacer silencio.

El silencio lo hicimos, pero no fue cómodo. Fue el tipo de silencio que ocupa el mismo espacio físico que las personas que lo habitan.

Aquella primera noche dormí en su cama porque era la única cama y porque el tobillo estaba lo suficientemente hinchado como para que inclinar la cabeza hacia el suelo y mirarlo me pusiera de mal humor. Rowan durmió en el suelo, o eso asumí, porque cuando me desperté a las tres de la mañana con la tormenta todavía arreciando afuera, él no estaba dentro de la cabaña.

Estaba sentado en el porche cubierto, inmóvil, mirando hacia el bosque.

Me quedé observándolo por la ventana más tiempo del que hubiera admitido. Había algo en su quietud que no era paz: era vigilancia. La postura de algo que siempre está atento, que ha olvidado cómo dejar de estarlo. Tenía los hombros relajados de una manera específica, no la relajación del descanso sino la de un depredador que puede moverse en cualquier dirección en medio segundo. El perfil duro contra el fondo oscuro del bosque, la lluvia borrando el claro detrás de él.

No debería haberlo estado mirando tan detenidamente. Era el tipo de atención que uno le presta a las cosas que le empiezan a importar, y Rowan era un desconocido en cuya cama había acabado por circunstancias, no por elección.

Me alejé de la ventana antes de que se girara.

Tardé una hora más en volver a dormirme, y no del todo.

El segundo día amaneció con la tormenta convertida en lluvia fina y persistente, el tobillo catalogado por Rowan —sin preguntarme— como torcido, pero no roto, y la situación de que seguíamos sin señal y los caminos estaban embarrados.

Él me trajo agua caliente y algo que resultó ser una infusión de plantas que olía como si el bosque entero lo hubiera preparado. Me la dio en un cuenco de cerámica oscura, y cuando lo tomé, sus dedos rozaron los míos.

Fue una fracción de segundo. Él no lo registró, o si lo hizo no lo dejó ver.

Yo lo registré con una precisión ridícula. El calor de sus dedos era el mismo que el del cuerpo, esa temperatura de más que no correspondía a lo que debería ser, y me quedé mirando el cuenco un momento más del necesario.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Antiinflamatorio.

—¿Casero?

—Sí.

—¿Y si soy alérgica a algo?

Me miró.

—No lo eres.

—¿Cómo sabes eso?

No respondió. Se levantó y fue a revisar algo en las estanterías.

—Bien —murmuré—. El silencio otra vez. Perfecto.

Lo que cambió las cosas fue el lobo.

Lo trajo al anochecer del segundo día: un animal enorme, gris plateado, con una pata delantera izquierda en un ángulo que no debería estar. Lo depositó en la mesa de la manera más delicada que lo había visto manejar nada, que no es decir poco dado que lo había visto básicamente noquear a tres hombres con las manos desnudas.

Lo miré. Miré al lobo. Miré a Rowan.

—¿Necesitas ayuda? —dije.

Levantó la vista con algo que en otro hombre hubiera sido sorpresa y en él era solo una fracción de segundo de quietud más pronunciada.

—¿Sabes de esto?

—Tengo un gato —dije—. He aprendido más de lo que quería sobre vendajes y articulaciones. Y tomé dos años de biología antes de cambiarme a diseño porque resultó que los insectos me parecían fascinantes hasta que tuve que diseccionarlos. Así que: más que la persona promedio, menos que un veterinario.

Asintió. Me hizo un gesto hacia la mesa.

Trabajamos de cerca. Más de cerca de lo que requería la situación objetivamente, aunque el espacio era pequeño y el animal estaba en el centro de la mesa y los dos teníamos que inclinarnos sobre él. En algún momento Rowan se estiró por encima de mí para alcanzar algo de la estantería y su brazo pasó rozando mi hombro, y cuando se giró para pasarme el frasco su cara quedó a unos pocos centímetros de la mía.

No dijo nada y yo tampoco.

El lobo me miró durante todo el proceso con unos ojos amarillos que eran más claros y más inteligentes de lo que tenían derecho a ser. No gruñó. No intentó morderme. Solo me observó con esa calma animal que a ratos me parecía casi evaluativa.

—¿De dónde vienen? —pregunté mientras Rowan terminaba el vendaje—. ¿Hay una manada aquí?

Algo cruzó su cara. Rápido, controlado.

—Sí —dijo.

—¿Los cuidas tú?

—Los protejo.

No era la misma cosa, y los dos lo sabíamos. No lo presioné. Empezaba a aprender que Rowan era como el bosque que custodiaba: había cosas que revelaba y cosas que guardaba, y presionar no era el camino.

Ese lobo no fue el último. Luego trajo dos más: una hembra con una herida en el costado y un ejemplar joven con algo en el ojo que Rowan limpió con tanta delicadeza que yo tuve que mirar hacia otro lado porque la imagen de ese hombre enorme con esos dedos enormes manejando un hisopo de algodón con precisión de cirujano me hizo algo en el pecho que prefería no examinar demasiado.

Empecé a ayudar sin que nadie me lo pidiera. Hervía agua, preparaba vendajes, sujetaba animales. Rowan me fue dando instrucciones en su manera, que consistía en palabras mínimas y gestos precisos, y yo fui aprendiendo a leerlo de la misma forma: sin prisa, por capas.

Lo que descubrí fue esto: no era un hombre sin palabras. Era un hombre con muy pocas que valieran la pena decir, y las demás las callaba porque el silencio no le incomodaba de la manera en que le incomoda a la mayoría. Tenía libros de botánica, ecología, biología animal. Conocía el bosque de manera que hacía que mi cerebro diseñador pensara en planos superpuestos: él no veía árboles sino relaciones, no veía senderos sino corredores, no veía lluvia sino sistema.

La tarde del tercer día estaba intentando alcanzar un libro de las estanterías superiores cuando escuché sus pasos detrás de mí. Estiré el brazo un poco más y él, sin decir nada, se acercó y lo bajó él mismo. Quedamos de cara cuando me giré: él con el libro en la mano, yo con el brazo todavía levantado, los dos a una distancia que no era incómoda pero que tampoco era neutral.

Me dio el libro.

Sus ojos eran de un ámbar oscuro, lo que solo era posible a esa distancia. Ya lo había notado antes, ese color que no correspondía exactamente a ningún tono de ojos humano que hubiera catalogado, pero de cerca era más evidente: no marrón, no dorado, algo en medio que cambiaba con la luz como si hubiera algo detrás que se movía.

—Gracias —dije.

Asintió y dio un paso atrás.

No sé por qué el paso atrás me molestó. No tenía ningún derecho a que me molestara. Abrí el libro y pretendí que estaba leyendo durante unos diez minutos que no retuve nada.

Y había una tristeza en él que no era nueva. Era vieja, desgastada, llevada durante mucho tiempo. El tipo de tristeza que ya no duele de manera aguda, sino que simplemente existe, como parte del peso habitual del cuerpo. Lo había estado notando en los pequeños espacios de silencio, en la manera en que a veces miraba el bosque desde la ventana como si lo estuviera recordando en lugar de viéndolo.

La tarde del cuarto día, mientras la lluvia persistía afuera y los dos estábamos sentados cerca de la estufa, yo con un libro de ecología que había sacado de sus estantes sin pedirle permiso, él tallando algo en madera con una navaja pequeña, alcé la vista y lo encontré mirándome.

No apartó la vista de inmediato. Me miró durante dos segundos más, directo y sin disculpa, antes de volver a la madera.

Algo se ajustó en mi pecho. No lo identifiqué entonces. O sí lo identifiqué y preferí no hacerlo.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí solo? —dije.

Siguió tallando.

—Mucho.

—¿Por elección?

—En parte.

—¿La otra parte?

Levantó la vista. Me miró de esa manera larga y quieta que ya reconocía como su manera de evaluar cuánta verdad podía manejar el receptor.

—No todo el mundo puede vivir entre dos mundos —dijo al final—. A veces el mundo elige por ti.

No entendí lo que significaba. Lo entendería después. En ese momento lo guardé, lo puse en ese lugar mental donde uno mete las cosas que no comprende todavía pero que sabe que van a importar.

Lo que hizo a continuación no lo esperaba: alargó la mano y apartó de mi cara un mechón de pelo que había caído hacia adelante mientras leía. Un gesto pequeño, preciso, hecho con los dedos callosos que habían tallado la madera y vendado a los lobos. No lo explicó. No lo convirtió en nada más de lo que era.

No respiré durante los tres segundos que tardó.

Se quedó mirándome cuando terminó y yo le correspondí la mirada, pero luego él volvió a la madera como si nada hubiera ocurrido.

Era innegable, la temperatura del silencio entre los dos había cambiado de una manera que los dos sabíamos y ninguno iba a nombrar todavía.

La noche del quinto día no fue planeada por nadie.

La tormenta había arreciado otra vez. El fuego en la estufa crepitaba con una regularidad casi hipnótica. Habíamos cenado en silencio, que era nuestra manera normal, pero había algo diferente en ese silencio: más denso, más consciente. Cargado de la misma manera en que se carga el aire antes de un rayo.

Yo estaba parada mirando por la ventana el bosque oscuro cuando sentí que él estaba justo detrás de mí. No lo oí moverse: era demasiado silencioso para su tamaño, lo cual seguía resultándome desconcertante de maneras que prefería no analizar. Lo sentí en el calor que precedió su presencia, en ese cambio de presión del aire que no debería ser perceptible, pero lo era, en algo debajo de la piel que reconoció su cercanía antes de que mi cabeza lo registrara.

Me giré.

Estaba demasiado cerca. O la distancia era la que siempre había sido y yo era la que había cambiado la forma de medirla.

—Rowan —dije. No terminé la frase porque no tenía claro qué iba a venir después.

Sus ojos eran oscuros en la luz del fuego, ámbar con destellos que mi cerebro seguía sin catalogar. Me miraron de esa manera suya, pero sin la habitual distancia clínica: me miraron de verdad, como si lo que vieran importara de una manera que él había dejado de permitirse hacer tiempo atrás.

Levantó una mano y la puso en mi mejilla con un cuidado casi absurdo, considerando el tamaño de esa mano, considerando todo lo que había visto hacer con esas manos.

—Puedo parar —dijo. Dos palabras. Las justas.

—No —dije yo. Una. La justa.

Me besó despacio. No con urgencia, no con la eficiencia que aplicaba a todo lo demás: con una atención metodológica y aplastante que hizo que me costara mantenerme en pie. Tenía la boca cálida y el sabor a madera y noche y a esa cosa oscura e indescriptible que llevaba cuatro días intentando no notar en él, y cuando por fin se separó lo hizo solo lo suficiente para mirarme, para asegurarse de algo que no sé exactamente qué era.

Puse las manos en su pecho. El calor a través de la tela era el mismo de siempre, esa temperatura de más que no tenía explicación normal.

—Sigo siendo yo —dijo, bajito, como si supiera que había cosas que yo necesitaba que se nombraran antes.

—Lo sé —dije.

Volvió a besarme. Esto fue diferente: más fondo, más deliberado, el tipo de beso que no deja sitio para pensar. Sus manos encontraron mis caderas y me movió hacia atrás hacia la cama con esa economía de movimiento suya que ya conocía, sin apresurarse, sin tropiezos, sin nada fuera de lugar.

Me quitó la ropa sin prisa. Primero el jersey, y cuando pasó la tela por encima de mi cabeza quedé con el frío del aire de la cabaña en la espalda y el calor de él en el frente, y el contraste era de los que registras con todo el cuerpo. Desabrochó los botones de la camisa interior uno a uno, como si cada uno requiriera la misma atención que el anterior, y yo me quedé mirándole las manos porque eran las más seguras de las cosas en las que podía concentrarme en ese momento.

—Tú también —dije.

Una pausa. Me miró. Luego se desabotonó la camisa y la dejó caer.

Lo que había debajo era lo que esperaba y al mismo tiempo no era lo que esperaba. La anchura de los hombros era obvia, las cicatrices no. Tenía tres, una en las costillas y dos en el brazo derecho, viejas y lisas, del tipo que ya no dice qué las causó. Las toqué con las yemas de los dedos sin pedirle permiso. Él me dejó hacerlo.

—¿Cuántas más hay? —pregunté.

—Suficientes.

Me tumbó sobre la cama. Se colocó encima de mí y el peso controlado de él fue exactamente lo que era: controlado, calibrado, el mismo hombre que medía cada cosa que hacía. El fuego de la estufa calentaba el costado de la habitación. La lluvia seguía golpeando el techo.

Bajó la cabeza y me besó el cuello, y luego la clavícula, y luego más abajo, con la misma tranquilidad que aplicaba a todo. Sus manos recorrieron el contorno de mis costillas, mi cintura, con esa temperatura de más suya que hacía que la piel se me pusiera en alerta en cada lugar que tocaba.

Cuando llegó abajo me quitó lo que quedaba de ropa y me miró un momento, ese ámbar oscuro fijo en mí en la penumbra, y algo en esa mirada era hambre y algo era otra cosa más vieja que el hambre.

Bajó los dedos despacio entre mis piernas y yo exhalé contra su hombro.

Los movió con la misma atención precisa con la que hacía todo lo demás: leyendo cada respuesta antes de ajustar, sin apresurarse, aunque yo empezaba a perder la compostura, sin acelerar, aunque estaba claro que podía hacerlo. Era desesperante de una manera específica, la clase de atención que no sabes si quieres que pare o que no pare nunca, y cuando hice un sonido involuntario contra su cuello él no lo convirtió en triunfo: siguió, constante, leyendo.

—Rowan —dije.

Me miró. Sus dedos no se detuvieron.

—No pares —dije, y lo que también estaba diciendo era quiero que estés dentro, y él lo entendió de todas formas, porque era ese tipo de hombre, el que no necesita que se le deletree.

Subió por mí y cuando me abrió fue en un movimiento largo y firme que hizo que el aire saliera de mis pulmones de golpe. Me arqueé con los dedos clavados en su espalda. Se quedó quieto un momento, su frente contra la mía, respirando. Yo sentí todo el peso de él y la plenitud de él y algo más, algo en el pecho que apretó de una manera que no era solo físico, la clase de presión que viene de reconocer algo que no esperabas reconocer.

Empezó a moverse.

El ritmo era el suyo: deliberado primero, tan deliberado que era casi insoportable, construyendo algo sin prisa de ningún tipo. La madera vieja de la cama marcaba el compás contra la pared. Su calor era de los que penetran, no solo en la piel sino más adentro, del tipo correcto, del tipo que hace que te cueste contar cuánto tiempo ha pasado. Sus manos me sostuvieron en un momento en que necesité ser sostenida y lo hicieron como si lo supiera antes de que yo lo supiera.

Y cuando por fin abrió los ojos y me miró tenían ese ámbar, el que no correspondía a ningún color humano que yo hubiera visto, encendido en la penumbra del fuego, y no lo pensé. No era el momento de pensar. No había sido el momento de pensar desde hacía rato.

El ritmo cambió. Lo que fue construyéndose fue largo y me tomó por sorpresa en la intensidad, la clase de llegada que deja sin recursos durante unos segundos, que te vacía antes de devolverte. Me aferré a él. Sentí sus dedos apretarse en mi cadera.

Llegó poco después con un sonido que empezó en su pecho y terminó siendo algo más que una voz: una vibración, grave y resonante, que temblaba en las maderas de la cabaña y salió por las ventanas al bosque oscuro, donde algo respondió en la distancia.

Me quedé escuchando ese eco sin identificarlo.

Después estuvo quieto, con su peso en parte sobre mí y en parte a un lado, su respiración recuperándose. Su mano encontró la mía sobre el colchón sin que ninguno de los dos lo decidiera. Sus dedos se entrelazaron con los míos.

No habló. Yo tampoco.

Afuera, el bosque siguió hablando en su idioma mientras la lluvia persistía.

El sexto día llegaron los hombres.

Los vi antes de que él los oyera, lo cual debería haberme parecido imposible dado que él oía cosas a distancias que no correspondían a ningún umbral auditivo humano. Estaban al borde de la línea de árboles: cuatro, seis, más, con rifles y esa clase de intención concentrada que hacía que el estómago se me cerrara de golpe.

—Rowan.

Él ya estaba de pie. Ya había oído algo que yo no.

Se giró hacia mí con una expresión que no le había visto antes. No era miedo, era algo más complejo: urgencia mezclada con algo muy parecido a disculpa.

—Hay un pasadizo —dijo—. Detrás de la estantería del fondo. Te lleva a la ribera del río. Sigue el río hacia el norte y en cuarenta minutos llegas a la carretera.

Lo miré.

—No.

—Emma.

—He dicho que no. —Crucé los brazos. El tobillo seguía doliéndome al apoyar el pie completo, pero era funcional—. No me voy sola por un pasadizo mientras tú te quedas aquí solo contra lo que sea que sean esos.

—Puedo manejarlos.

—Eran tres la primera vez y casi te quedas sin un ojo.

—Era seis y el resultado no cambió.

No tenía respuesta para eso, así que agarré la escopeta que estaba apoyada contra la pared junto a la puerta porque la había visto ahí desde el primer día y sabía suficiente sobre cómo funcionaba gracias a un novio de hace cinco años que era cazador.

Sí, sí, soy malísima eligiendo pareja. Lo sé.

—Emma. —Su voz era baja, urgente—. No sabes lo que va a pasar aquí.

—No. Pero me quedo.

El primer disparo llegó antes de que pudiéramos seguir discutiendo.

Rompió la ventana izquierda y Rowan me tiró al suelo con un brazo en el torso con tanta velocidad que mi cerebro tardó dos segundos en registrar que estaba en el suelo y que él estaba sangrando en el hombro.

Un disparo. Lo había alcanzado.

—Rowan.

Pero él estaba de pie de nuevo. Y algo en su postura había cambiado: ya no era la calma quieta de siempre. Era algo más antiguo, más denso, que llenaba el espacio de la cabaña de una manera que no era física y sin embargo hacía que el aire tuviera otro peso.

—Sal por el pasadizo —dijo. Su voz tenía armónicos que no debería tener. Resonaba en el suelo de madera—. Ahora.

—¿Qué vas a—?

Empezó a cambiar.

No lo voy a describir bien porque no hay vocabulario correcto para esto. Lo que sé es que fue rápido. Que sonó: hueso recolocándose, articulaciones cediendo en direcciones que no correspondían a ninguna anatomía que yo hubiera estudiado en esos dos años de biología. Que la ropa no aguantó. Que el pelaje salió denso y gris plateado de una piel que dejó de ser piel con una eficiencia que mi cerebro procesó como esto ya ha pasado antes, muchas veces antes de que pudiera entrar en pánico. Que el hombre que había estado a mi lado se volvió otra cosa y no cabía bien en la cabaña, y que lo que más me perturbó no fue el tamaño, sino que en ningún momento de todo el proceso dejó de ser, de alguna manera que no sé explicar, completamente él.

Lo miré.

Me miró. Con ojos ámbar que reconocí.

Me giré, agarré la escopeta, abrí la puerta lateral y ocupé la posición de cobertura en el marco de la puerta mientras el lobo pasaba por encima de mí hacia afuera con un sonido que hizo que los árboles del borde del bosque temblaran.

Lo que siguió fue caótico, ruido, gritos, la escopeta disparada dos veces hacia el único hombre que tuvo la mala idea de apuntar en mi dirección, el bosque oscuro llenándose de sonidos que no eran humanos y no eran del todo animales. Seguí en mi posición. Cubrí la retirada de una cosa que no sabía nombrar y que era al mismo tiempo el hombre que me había sostenido la mano en la oscuridad.

Al final fue silencio. El tipo de silencio que viene después del ruido y pesa el doble.

Los hombres se habían ido. Corriendo la mayoría, llevando a los otros.

El lobo regresó al borde del bosque y me miró desde ahí durante un buen momento. Luego desapareció entre los árboles, y cuando volvió a la cabaña unos minutos después era Rowan, agotado y sangrando todavía del hombro, apoyándose más de lo habitual en el marco de la puerta.

Lo miré por unos seguidos y luego rompí le silencio:

—Lo del hombro —dije—. Déjame verlo.

No dijo nada. Se sentó en la silla porque era lo que había que hacer cuando uno pierde suficiente sangre. Yo fui a buscar los materiales que ya conocía de haber pasado varios días ayudándolo con los animales de su manada.

Su manada. Claro.

—Deberías estar huyendo —dijo mientras yo limpiaba la herida.

—Ya lo haré cuando termine esto.

—Emma.

—Rowan. Cierra la boca y deja que te cosa.

Cerró la boca. Lo cosí. Sus ojos en mi cara durante todo el proceso, ese peso familiar que ya había aprendido a sentir sin necesidad de levantar la vista.

Cuando terminé no me aparté. Le puse una mano en la mandíbula, los dedos en el lateral de su cara, y lo hice girar para verle el ojo que había quedado inflamado del primer golpe. Él lo permitió. Cerró los ojos un momento bajo mi mano, como si la presión de los dedos fuera algo que necesitaba más que el vendaje.

Lo sostuve así unos segundos.

Luego me aparté porque si no me apartaba no iba a hacerlo nunca, y uno de los dos tenía que mantener algo de cabeza.

—Mañana hay que hablar —dije.

—Lo sé.

—De todo.

—Lo sé.

Lo dejé sentado junto a la estufa con instrucciones de no mover el hombro más de lo necesario, que ambos sabíamos que iba a ignorar, y fui a buscar agua.

La mañana siguiente salí del bosque caminando, a pesar de que el tobillo protestó todo el camino, pero no me importó.

Tardé tres días en tener todas las conversaciones que necesitaba tener: con la policía, con los servicios de emergencia, con el agente del parque nacional que quería saber qué hacía yo en una zona de acceso restringido. Les conté sobre los tres hombres de la primera noche, sobre el asedio, sobre los disparos. Firmé declaraciones. Identifiqué fotos. Los hombres de la chaqueta naranja tenían historial. Lo que yo había visto aquella noche iba a ser suficiente para cargos de agresión, allanamiento, tenencia ilegal de armas.

No mencioné a Rowan. No mencioné la cabaña. No mencioné nada que tuviera que explicar de maneras que no tenían palabras correctas.

El agente del parque me miró sobre el escritorio con esa clase de suspicacia educada que tienen los funcionarios cuando saben que algo no cuadra, pero no pueden probar cuál pieza está torcida.

—¿Y usted pasó esos días sola en el bosque? —dijo.

—No del todo —dije—. Hay un santuario de fauna ahí dentro. Necesitan voluntarios.

El agente me miró tres segundos más de lo necesario, asintió, y cerró la carpeta. No hizo más preguntas. Supuse que después de suficientes años patrullando ese bosque, uno aprende a no hacerlas.

Volví al bosque dos semanas después. No como perdida, no como víctima, no siguiendo la urgencia de una ruptura que ya estaba lo suficientemente lejos como para no doler de manera aguda. Volví con botas que esta vez me quedaban bien, con una mochila empacada para quedarse, con los papeles de solicitud de voluntariado para el santuario de fauna que técnicamente no existía en ningún registro oficial, pero que yo iba a hacer existir si era necesario.

El letrero de ZONA EN REHABILITACIÓN seguía ahí. Lo pasé de nuevo, esta vez sin ignorarlo exactamente: simplemente supe que lo que estaba del otro lado valía la restricción.

Rowan estaba en el porche de la cabaña cuando llegué. Me vio venir desde mucho antes de que yo llegara al claro… por supuesto.

No me recibió con palabras. Me recibió de la manera suya: quieto, evaluándome, con ese peso en los ojos que ya había aprendido a leer como lo que era.

—Dijiste que no todo el mundo puede vivir entre dos mundos —dije cuando estuve lo suficientemente cerca—. Que a veces el mundo elige por ti.

Asintió.

—Yo estoy eligiendo —dije—. Si eso cambia algo.

Me miró durante lo que debería haber sido un tiempo incómodo, pero ya no lo era. El bosque hacía sus ruidos alrededor, viento en las copas, algo moviéndose entre los árboles en los bordes del claro.

—Cambia cosas —dijo al final.

—Bien.

Se hizo a un lado en la entrada de la cabaña. No era exactamente una invitación verbal, pero era Rowan: hacía lo justo y el resto lo dejaba en el aire para que quien quisiera lo tomara.

Entré.

Afuera, en el límite donde el claro se convertía en bosque, algo grande y gris plateado se movió entre las sombras y luego se quedó quieto, guardando. Lo reconocí: la hembra de la primera noche, la que habíamos curado juntos en la mesa, la que me había mirado con esos ojos demasiado inteligentes mientras yo sostenía su pata.

Segunda en la manada, según Rowan.

Así que Rowan también tenía quien le cuidara las espaldas. Me alegró saberlo.

Cerré la puerta.

FIN

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