Relato gratis: La consejera matrimonial del soltero eterno

Relato gratis La consejera matrimonial del soltero eterno de kassfinol

Título: La consejera matrimonial del soltero eterno

Autora: Kassfinol

Género: Romance paranormal

Todos los derechos reservados.

Luna García es consejera matrimonial y cree haberlo visto todo, hasta que Viktor Sanguis aparece en su consulta. Rico, enigmático y con criterios imposibles, Viktor necesita una esposa, pero ninguna candidata logra encajar. Doce mujeres después, el fracaso es rotundo, y Luna empieza a sospechar que lo que Viktor busca no está en su base de datos. Pronto descubrirá que los secretos de su cliente son más antiguos de lo que imagina, y que el amor puede facturarse de formas muy inesperadas.

PARTE I: EL CLIENTE QUE ARRUINA ESTADÍSTICAS

La última vez que un contrato me quitó el sueño fue cuando tenía veintiséis años y firmé el arrendamiento de mi primera oficina. Cuatro meses después, el propietario decidió que había instalado mi letrero de «Luna García — Consultoría de Parejas» exactamente tres centímetros fuera del área permitida, y casi me manda a la quiebra por eso.

Pensé que ese era el nivel máximo de estrés contractual que mi sistema nervioso podía tolerar.

Me equivoqué.

El papel que tenía delante era de un grosor distinto al del papel normal. No lo podía explicar. Era solo un documento, impreso en lo que probablemente costaba más por página que mi chaqueta entera, pero cuando lo levanté, pesaba diferente. Como si las cláusulas tuvieran masa física. Como si las palabras «penalización por incumplimiento equivalente al valor íntegro de la consultoría más el cuarenta por ciento de su proyección anual» ocuparan espacio tridimensional en el mundo.

—¿Tiene alguna pregunta? —dijo Viktor Sanguis desde el otro lado de mi escritorio.

Lo dijo como quien pregunta si quieres azúcar en el café. Sin urgencia. Sin el mínimo interés en si la respuesta era sí o no.

Lo miré.

Era irrazonablemente guapo, lo cual ya me ponía de mal humor, porque la gente irrazonablemente guapa suele saber que lo es y comportarse en consecuencia. Pero él no estaba haciendo eso. Estaba sentado con la postura de alguien que lleva décadas siendo dueño de cada cuarto en el que entra y ya dejó de encontrarle gracia. Traje oscuro, sin corbata, el primer botón de la camisa abierto como si hubiera decidido que la formalidad era un esfuerzo innecesario. Cabello negro. Piel pálida del tipo que en mi barrio indicaba o que no te daba el sol o que algo andaba mal con tu hígado.

Sus ojos eran de un gris oscuro que funcionaba casi como negro, y me miraban con la expresión de alguien evaluando un contrato de compraventa.

Yo era el inmueble en cuestión.

—Varias —dije, dejando el documento sobre el escritorio—. Empezando por: ¿por qué un hombre con su currículum no puede simplemente descargar una aplicación de citas como el resto de la humanidad?

Algo se movió en su cara. No llegó a ser una sonrisa. Fue más como el antepasado lejano de una sonrisa, el tipo de movimiento muscular que ocurre cuando tu sistema registra que se ha dicho algo que, en otras circunstancias, habría resultado gracioso.

—Porque las aplicaciones de citas requieren foto —dijo—. Y yo prefiero el control sobre mi imagen.

—También hay consejeros matrimoniales menos caros que yo.

—Lo sé. Los contraté. —Cruzó un tobillo sobre la rodilla con una calma que me irritó—. Ninguno produjo resultados satisfactorios.

—¿Cuántos?

—Cuatro.

—¿Y qué les pasó?

Esta vez sí hubo algo en sus ojos. Un brillo que no era exactamente diversión, pero tampoco era neutralidad pura.

—Se jubilaron —dijo—. Prematuramente.

Debería haber tomado eso como la señal que era.

En cambio, tomé el contrato y firmé.

El expediente de Viktor Sanguis tenía la longitud y la coherencia interna de una novela corta mal editada. CEO de Sanguis Holdings, una firma de inversión con tentáculos en tres continentes y discreción suficiente para que la mayoría de la gente nunca hubiera oído hablar de ella. Edad aparente: treinta y cinco. Edad real: dato no disponible, lo cual era una rareza en sí misma porque yo tenía acceso a bases de datos que le encontraban el registro de nacimiento a personas adoptadas en el siglo pasado. Lo que sí encontré fue un registro de la firma que se remontaba a 1487, con una nota marginal en la última página que decía: «Obligaciones de linaje pendientes de cumplir.» Lo archivé en un rincón de mi cerebro para después.

Sin pareja conocida. Sin relaciones públicas. Sin escándalos, fotos filtradas, rumores de modelo o actriz o ninguna otra cosa.

Para alguien con su nivel de recursos, ese historial era casi sobrenatural.

Casi, me dije mientras preparaba el perfil de candidatas para nuestra primera reunión de trabajo.

Para nuestra segunda sesión, Viktor llegó puntual al minuto y rechazó el café que le ofrecí con un gesto tan discreto que casi pasé por alto que lo hizo.

—Las candidatas de esta semana —dije, abriendo la carpeta—. Seleccioné doce perfiles iniciales basados en sus criterios: educación universitaria, independencia financiera, compatibilidad cultural, disponibilidad para…

—¿Qué hace de noche, señorita García?

Levanté la vista. Él tenía la vista fija en el perfil del tope de la pila, pero algo en su postura sugería que la pregunta no era casual.

—¿Perdón?

—De noche. Cuando termina su jornada laboral. ¿Qué hace?

Lo miré un momento.

—Dormir —dije—. Como los humanos.

—Mmm. —Pasó la página del perfil—. ¿Practica algún hobby nocturno? ¿Sale? ¿Prefiere quedarse en casa?

—Señor Sanguis, estoy aquí para encontrarle una esposa, no para que yo sea la entrevistada.

—Estoy calibrando su perspectiva —dijo, y su tono era tan razonable que por un segundo casi me convencí—. Un consejero que no comprende los estilos de vida alternativos difícilmente puede matchear con efectividad.

—¿Estilo de vida alternativo? —Entorné los ojos—. ¿Qué tipo exactamente?

Me sostuvo la mirada.

—El nocturno —dijo.

Había algo en cómo lo dijo. No amenazante. No sugerente en el sentido ordinario. Solo… definitivo, como cuando alguien establece un parámetro y espera que tú lo proceses sin necesidad de más explicación.

—He tenido tiempo para saber qué funciona —añadió, como si fuera un dato menor—. Mucho tiempo.

Anoté: Candidatas: tolerancia al horario nocturno, no expectativa de actividades matutinas en pareja.

—¿Otras restricciones? —pregunté.

—Dieta especial.

—¿Alergias? ¿Restricciones médicas?

—Algo así.

Anoté: Dieta: consultar especificidades.

—¿Y el sol?

Parpadeé.

—¿El sol?

—Sensibilidad cutánea. La candidata debe entender que las actividades al aire libre durante el día no serán parte del estilo de vida compartido.

Lo miré durante tres segundos completos.

—¿Está buscando esposa o compañera de cueva?

La comisura de su boca se movió dos milímetros hacia arriba. Dos milímetros. Era el equivalente viktor-sanguis de carcajada.

—Compañera de vida —dijo—. Con comprensión de mis particularidades.

Anoté: Actividades nocturnas exclusivamente. Sin exposición solar. Sin cuestionamiento de dieta.

Cuando terminé de escribir y levanté la vista, él me estaba observando con esa expresión de evaluación continua que ya empezaba a reconocer como su estado por defecto.

—¿Tiene candidatas que cumplan ese perfil? —preguntó.

—Tengo candidatas para todo —dije—. Para eso me paga soy muy diligente.

PARTE II: EL HOMBRE QUE ABURRIÓ A DOCE MUJERES PERFECTAS

La primera cita fue un desastre.

No de los desastres dramáticos que se quedan en la memoria, sino del tipo silencioso y quirúrgico que solo reconoces después. Valentina Herrera, treinta y ocho años, directora creativa, viajera compulsiva, tolerante a horarios irregulares y con la suficiente independencia para no necesitar que su pareja estuviera disponible durante el día. En papel, perfecta.

En persona: me llamó a las diez de la noche.

—Tu cliente —dijo, y su voz tenía el tono específico de alguien que ha procesado algo extraño y aún no decidió si reírse o preocuparse— es muy… singular.

—¿Singular cómo?

—Pidió agua. Solo agua. Durante tres horas. Y cuando le pregunté qué quería de comer, me dijo que ya había cenado antes y que en todo caso su dieta era algo que explicaría más adelante.

—¿Y?

—Y luego me habló durante cuarenta minutos del Imperio Romano. Con detalles que parecían… personales. Como si hubiera estado ahí.

Anoté: Evitar conversaciones históricas de larga duración en primeras citas. Y también: averiguar en qué consiste exactamente esa dieta.

—¿Hubo conexión?

Pausa.

—Él es fascinante —dijo Valentina—. Culto, atento, tiene esa forma de mirarte que hace que sientas que eres la única persona en el universo. Pero hay algo. Como si él ya supiera el final de todas las historias y estuviera esperando pacientemente que tú también lo descubrieras.

Lo que me describió no sonaba a defecto. Sonaba a alguien que había visto suficiente como para tener la perspectiva que da el tiempo.

Mucho tiempo.

Me sacudí el pensamiento.

—¿Segunda cita?

—No —dijo Valentina—. Gracias, pero no.

La segunda candidata duró una cita. La tercera, dos. La cuarta llamó antes de que terminara la noche para decirme que Viktor era «encantador, pero profundamente intimidante de una manera que no puedo articular y no quiero explorar.»

En la sexta sesión de seguimiento, Viktor entró a mi oficina, se sentó con su calma habitual y esperó.

—Las candidatas lo encuentran difícil —dije, sin rodeos.

—Las candidatas encuentran difícil lo que no comprenden —contestó bajando y subiendo sus hombros.

—¿Y qué hay que comprender, exactamente?

Cruzó los dedos sobre el escritorio. Tenía manos de pianista, largas y pálidas, y el gesto era deliberado de una manera que me resultó difícil ignorar.

—¿Sabe cuánto tiempo lleva la firma Sanguis Holdings operando, señorita García?

—Desde 1487, según el registro público. Aunque hay inconsistencias en los archivos que sugieren que podría ser anterior.

Sus ojos se movieron con algo que tardé en identificar como sorpresa. Solo un instante, y luego volvió a la neutralidad.

—Perspicaz —dijo—. Tiene razón. Es anterior.

—¿Cuánto anterior?

La pausa duró exactamente lo suficiente para que mi cerebro empezara a hacer conexiones que luego decidió no completar.

—Lo suficiente —dijo— para que ciertos… criterios de selección sean no negociables.

—Criterios como.

—Alguien que no espere respuestas a preguntas que no está preparada para escuchar.

Lo miré.

—Eso no es un criterio —dije—. Eso es una advertencia.

Esta vez la sonrisa llegó un paso más lejos. Siguió siendo pequeña, pero fue real.

—A veces las dos cosas coinciden —dijo.

Para la décima sesión, ya tenía un sistema. Candidata. Reunión. Llamada nocturna. Razones variadas, pero con denominador común: Viktor Sanguis era perfecto en todos los parámetros que yo podía medir y fundamentalmente incompatible con todos los que no podía.

Lo que no tenía era una explicación racional para por qué la única persona con quien parecía tener conversaciones reales era yo.

Empecé a notarlo en la sesión once. Llevábamos cuarenta y cinco minutos repasando el perfil de la candidata siguiente, y él había hecho más preguntas sobre mi opinión personal que sobre las características de la mujer en cuestión.

—¿Usted qué habría respondido? —dijo, cuando describí cómo la candidata había reaccionado ante su comentario sobre la temporalidad de las relaciones humanas.

—Yo no soy la candidata.

—Lo sé. Por eso pregunto.

—Habría dicho —respondí, porque la alternativa era hacer como que la pregunta no existía y yo tenía un límite para la evasión— que la temporalidad de las relaciones depende de quiénes las construyen. Que nada es permanente, pero algunas cosas duran más de lo que parecen posible.

Viktor me miró un momento largo.

—¿Lo cree de verdad?

—Soy consejera matrimonial. Si no lo creyera, estaría en el negocio equivocado.

—¿O —dijo despacio— en exactamente el negocio correcto?

No respondí. Pero tampoco cambié el tema, lo cual probablemente decía más de lo que quería admitir.

PARTE III: LA LECCIÓN PRÁCTICA

La sesión doce comenzó como todas las demás y se convirtió en algo completamente distinto en el momento en que cerré la carpeta sobre la mesa y decidí que ya era suficiente.

—Necesito que me diga la verdad —dije.

Viktor, que había estado mirando por la ventana con esa expresión de «llevo siglos mirando cosas y nada me sorprende», volvió los ojos hacia mí.

—¿La verdad sobre qué?

—Sobre qué busca realmente. —Apoyé los codos en el escritorio—. Porque llevamos tres meses y doce candidatas y ninguna funciona, y no es porque sean inadecuadas. Todas eran perfectas para el perfil que usted me dio. El problema es que el perfil que me dio no es el real.

Silencio.

—¿Qué cree que busco? —dijo por fin.

—No lo sé. Por eso pregunto. Y le advierto que si me dice algo vago sobre «conexión profunda» o «compatibilidad espiritual» voy a asumir que está evitando la pregunta y procederé en consecuencia.

Se levantó. No lo vi venir porque para alguien de su altura se movía con una quietud que hacía que el movimiento pareciera ocurrir entre parpadeos. Rodeo el escritorio, y yo seguí su trayectoria con la vista sin entender todavía qué estaba pasando hasta que estuvo de pie a mi lado y yo tuve que levantar la cabeza para mirarlo.

—¿Qué busca? —repetí.

—Esto —dijo.

Y me besó.

No fue el tipo de beso que sirve para establecer que existe atracción. Fue el tipo de beso que ejecuta alguien que ha tenido siglos para perfeccionar la técnica y tiene la paciencia para usarla. Una mano en mi mandíbula, el pulgar en mi mejilla, y su boca sobre la mía con una presión que no era urgente sino inevitable, como la corriente de un río que lleva mucho tiempo fluyendo en la misma dirección.

Me tomó exactamente cuatro segundos procesar lo que estaba pasando.

Me tomó exactamente cuatro segundos más decidir que procesarlo podía esperar.

Le puse las manos en el pecho. No para empujarlo sino para sentir si era real, lo cual era una reacción completamente irracional que mi cerebro archivó como «analizar después.»

Era real… sólido, frío a través de la tela de la camisa, y cuando respiré, olía como el aire antes de una tormenta y algo más, algo que no tenía categoría en mi inventario de referencias olfativas.

—Señor Sanguis —dije contra su boca.

—Viktor —dijo él.

—Viktor. —La palabra salió más suave de lo que pretendía—. Esto no es exactamente lo que tenía en mente cuando pedí claridad sobre sus criterios.

—Es exactamente eso. —Su pulgar trazó la línea de mi pómulo—. Busco a alguien que no retroceda.

No había retrocedido.

El pensamiento aterrizó con la delicadeza de un diagnóstico.

Su boca volvió a la mía, y esta vez había menos contenido y más declaración, y mis manos que habían comenzado planas sobre su pecho terminaron con los dedos enredados en la tela de su camisa. Él me separó del escritorio sin esfuerzo aparente, solo una guía de sus manos en mis caderas que reorientó mi posición en el espacio como si la física fuera una sugerencia que podía interpretar a su conveniencia.

—Deberíamos —empecé.

—Sí —dijo él.

—No iba a decir eso.

—Lo sé. —Había algo en su voz, más profundo, con un eco que no había notado antes—. Pero es lo que los dos estamos pensando.

Tenía razón. Lo odiaba. Lo odiaba de la manera específica en que uno odia cuando alguien nombra exactamente lo que tú mismo estás pensando antes de que puedas reorganizarlo en algo más defendible.

Mi escritorio quedó detrás. El sofá de mi sala de espera, largo y de cuero oscuro que había comprado pensando en clientes que necesitaban espacio para llorar en privado, quedó delante. Viktor me miró con esa expresión de evaluación que ahora reconocía como su forma de preguntar sin palabras.

—Sigo siendo tu consejera —dije.

—Lo sé.

—Esto es profundamente irregular.

—Lo sé.

—¿Tienes algo que decir en tu defensa?

Los dos milímetros de sonrisa.

—Que llevas tres meses siendo la única persona con quien tengo conversaciones reales —dijo—. Y que me aburre profundamente la idea de casarme con alguien que no seas tú.

—¿Y cuánto tiempo llevas aburriéndote de la gente en general?

—El tiempo suficiente para saber cuándo algo merece la pena —respondió, y su voz tenía ese eco de nuevo.

El silencio que siguió duró lo suficiente para que yo inventariara: el contrato que había firmado, mi consultoría, los seis meses que me quedaban, la cláusula de penalización, el hecho de que todo eso debería importarme más de lo que me importaba en este momento.

—Eso técnicamente no resuelve el problema —dije.

—No —concordó.

—El problema sigue siendo que necesitas una esposa.

—El problema —dijo, y su voz tenía ese eco de nuevo, suave, como si viniera de más lejos de lo que su garganta justificaba— es que ya encontré a quien quiero. El contrato es un detalle.

—Un detalle con cláusula de quiebra.

—Resoluble.

Me pregunto qué diría la versión de mí de hace tres meses si pudiera verme ahí, con mi traje de trabajo y mis notas de sesión sobre el escritorio y Viktor Sanguis mirándome como si hubiera estado esperando este momento con la paciencia específica de alguien que tiene todo el tiempo del mundo.

Probablemente diría que tomara notas para el libro.

Lo besé primero esta vez.

Fue diferente. No la corriente sino el salto al río de una vez, y él respondió con algo que no era sorpresa, pero sí como quien recibe exactamente lo que había esperado. Sus manos subieron por mi espalda con una precisión que sugería cartografía, como si estuviera trazando coordenadas para uso futuro.

—El sofá —dije.

—El sofá —concordó.

Me senté en él y él fue después y el espacio entre nosotros desapareció con la eficiencia de alguien que ha eliminado distancias toda su vida. Le desabroché el segundo botón de la camisa y el tercero y él dejó que lo hiciera con esa paciencia característica que empezaba a entender no era indiferencia sino lo contrario: la atención absoluta de alguien que no tiene prisa porque cada segundo importa.

Tenía el pecho pálido, sin vello, y cuando puse la palma plana sobre su corazón, tardé un segundo en procesar lo que sentí.

—Tu corazón —dije.

—Sí.

Latía. Pero más despacio que el mío. Mucho más despacio. El ritmo tranquilo de algo que no consume oxígeno con urgencia porque el tiempo no es una preocupación.

—Viktor.

—Después —dijo, y su boca encontró mi cuello—. Te lo explico todo después.

—¿Y tu dieta? —pregunté, con la voz entrecortada.

—Ya cené —respondió contra mi piel—. Hace unas horas. No necesito comida sólida.

La información se archivó en mi cerebro junto con el latido lento de su corazón.

Su boca en mi cuello produjo una reacción específica que recorrió mi columna de arriba a abajo y llegó a mis manos, que lo sujetaron más fuerte. Sus labios, fríos, trazaron una línea desde mi mandíbula hasta la clavícula y siguieron, y mi chaqueta terminó en el suelo sin que recordara haberme movido.

—¿Estás bien? —preguntó contra mi piel.

—Sí.

—¿Segura?

—Viktor, si sigues preguntando voy a volverme irracional.

Eso produjo el equivalente a una carcajada en lenguaje Viktor: una exhalación con sonido, breve, genuina. Me gustó. Me gustó más de lo razonable.

Lo que siguió no tenía la urgencia de dos personas que han esperado demasiado. Tenía algo diferente: la atención de alguien que observa con cuidado y aprende rápido, y yo tenía la conciencia simultánea de que para él «rápido» probablemente significaba algo completamente diferente que para mí.

Sus manos sabían exactamente qué estaban haciendo y no tenían intención de apresurarse. La falda desapareció. Sus dedos encontraron el interior de mi muslo y trazaron una línea que me hizo tensar los músculos y morderme el labio inferior para no hacer un sonido que no encajara con la imagen profesional que claramente ya había abandonado por completo.

—No tienes que guardar silencio —dijo.

—Estoy en mi oficina.

—El edificio cierra a las ocho. Son las nueve y media.

Maldita sea. Tenía razón. ¿Cuándo había procesado eso él?

—¿Cuándo aprendiste eso?

—Llevo semanas observando los patrones del edificio. —Sus dedos encontraron exactamente el lugar correcto y yo emití un sonido que definitivamente no encajaba con ninguna imagen profesional—. Por si acaso.

Por si acaso. Siglos de existencia y había estado planeando esto.

—Eso es —dije, y perdí el hilo de la frase cuando su pulgar trazó un círculo que me arrancó otra respiración cortada—. Eso es perturbadoramente meticuloso.

—Soy meticuloso en todo lo que me importa.

No dije nada. En parte porque la respuesta siguiente habría sido algo sobre lo que él me importaba a mí, y no estaba lista para esa conversación. En parte porque sus dedos habían dejado de trazar círculos y habían pasado a algo más específico que requería toda mi atención.

Me corrí con las manos aferradas a sus hombros y la cara enterrada en su cuello y un sonido ahogado que podría haber sido su nombre. Él no aceleró ni redujo mientras pasaba, solo mantuvo el ritmo con esa paciencia característica hasta que terminé de temblar.

—Bien —dijo en voz baja.

—Eso —dije cuando recuperé el aliento— es una evaluación muy parca.

—¿Prefieres adjetivos?

—Prefiero reciprocidad.

Me miró. Los ojos grises tenían algo distinto, más oscuros, una intensidad que los hacía casi negros.

—Estás segura.

No era pregunta, pero respondí de todas formas.

—Completamente.

Cuando me senté a horcajadas sobre él y lo guié hacia donde lo quería, el sonido que él hizo fue el primero que le escuchaba sin control. Bajo, profundo, con ese eco que me resultaba inexplicable y que archivé en la misma carpeta que el ritmo cardíaco lento y la temperatura de su piel. La carpeta que llevaba el rótulo provisional: Preguntas con respuesta pendiente.

Se movió conmigo y yo me moví con él, y no había torpeza ni negociación de ritmo porque él se ajustó al mío con una naturalidad que sugería que llevaba tiempo prestando atención, lo cual era una idea que hacía cosas complicadas con mi temperatura corporal.

Sus manos en mis caderas eran frías y firmes y no me soltaron en ningún momento. Su boca volvió a mi cuello, y cuando sentí sus dientes, no mordiendo sino apenas presionando, algo en mí decidió que esa sensación específica iba a ser difícil de olvidar.

—Viktor.

—Sí.

—No me muerdas.

—No iba a hacerlo. —Una pausa—. Todavía.

La palabra «todavía» llegó con una implicación que no procesé del todo porque en ese momento su ángulo cambió y mi cerebro priorizó información más inmediata.

Terminamos con mi espalda contra el respaldo del sofá y sus manos en mi cara y el tipo de silencio posterior que ocurre cuando dos personas acaban de cruzar una línea que saben que no van a poder descruzar.

Me miró.

Lo miré.

—Sobre la candidata de la semana que viene —dije.

La carcajada real llegó esta vez. Pequeña, contenida, pero real. Era el sonido de alguien que no recordaba bien cómo se reía, pero que estaba recordando.

PARTE IV: LA CANDIDATA QUE NADIE PIDIÓ

Seraphine Voss llegó a mi oficina un martes sin cita previa, lo cual ya era irregular, y se sentó frente a mi escritorio con la postura de alguien que está acostumbrada a que los espacios se ajusten a ella.

Era hermosa de la manera que me había acostumbrado a asociar con Viktor: esa belleza fría y sin esfuerzo que funciona menos como atractivo y más como advertencia. Cabello rubio platino, ojos claros, y la piel del mismo tono de pálido perpetuo.

—Señorita García —dijo—. Creo que hay una situación que necesita conocer.

—¿Situación?

—Con su cliente. —Sonrió, y la sonrisa no llegó a sus ojos—. Viktor tiene obligaciones antiguas. Compromisos que existían mucho antes de que usted apareciera con su carpeta de candidatas.

La observé.

—¿Y usted es?

—La candidata más adecuada. Siempre lo fui. —Cruzó las piernas—. Simplemente estaba… esperando el momento correcto para hacérselo saber a las personas indicadas.

—¿Qué personas?

—Los Ancianos de su clan, por ejemplo. —Inclinó la cabeza—. Los mismos que le exigieron este matrimonio. A quienes, si yo les informo que Viktor está siendo influenciado por una humana sin conocimiento de nuestra naturaleza, podrían encontrar eso… problemático.

Nuestra naturaleza.

El cerebro no puede ignorar patrones. Puede intentarlo, puede archivar las piezas en carpetas provisionales y posponer la síntesis, pero en algún punto la acumulación se vuelve inevitables: el corazón lento. La temperatura de su piel. El «todavía» sobre los dientes. La firma de 1487 que era anterior. Los ojos que en momentos de intensidad se volvían más oscuros de lo que la fisiología debería permitir.

—¿Qué es él? —dije.

—¿No lo ha deducido ya? —Seraphine parecía genuinamente curiosa—. Pensé que era perspicaz.

—Lo soy. Solo quería confirmación.

Sonrió de nuevo, y esta vez la sonrisa tenía dientes.

—Viktor Sanguis lleva quince siglos evitando compromisos formales. Los Ancianos tienen paciencia, pero también tienen límites. Y yo —inclinó la cabeza— soy exactamente lo que necesitan ver: alguien de la misma naturaleza, del clan correcto, con los antecedentes correctos.

—¿Y si él no quiere eso?

—Lo que Viktor quiere —dijo Seraphine— y lo que Viktor necesita son cosas diferentes. Y lo que tú quieres, querida humana, es irrelevante en esta conversación.

Se levantó. Fue cuando lo hizo, cuando pasó de la cortesía fría a algo más directo, que entendí que la conversación había terminado de ser diplomática.

Se movió hacia mí con la misma velocidad inexplicable que yo había aprendido a asociar con Viktor, y antes de que pudiera retroceder tenía los dedos alrededor de mi muñeca con una presión que no era dolorosa todavía pero que comunicaba con claridad que podía serlo.

—Eres curiosa —dijo Seraphine—. Entiendo el atractivo. Pero eres una distracción que Viktor no puede permitirse.

—Suéltame.

—Cuando estés de acuerdo con…

—Suéltala.

La voz de Viktor llegó desde la puerta de mi oficina que yo no había oído abrirse, con un tono que no había escuchado en ninguna de nuestras sesiones. No era el Viktor que se aburría de las candidatas ni el que sonreía dos milímetros ni el que decía «todavía» con esa implicación específica. Era algo más viejo. Algo que hacía que el tono normal de su voz pareciera una copia reducida.

Seraphine me soltó.

Se volvió hacia él, y lo que siguió fue una conversación en un idioma que no reconocí, breve, con la cadencia de un argumento que ya había ocurrido antes en otras versiones. Yo me quedé donde estaba, con la muñeca apretada contra mi pecho, observando.

Seraphine dio un paso hacia él.

—Los Ancianos sabrán —dijo en español, probablemente para que yo escuchara—. No puedes ignorar la obligación por una…

—Los Ancianos —dijo Viktor— pueden saberlo.

Seraphine se tensó. Y entonces Viktor hizo algo que no habría podido describir si me hubieran preguntado diez segundos después: sus ojos se volvieron negros. No oscuros. Negros, del negro absoluto que no refleja luz, y cuando habló de nuevo, su voz tenía un eco que parecía venir de más de un lugar simultáneamente.

—Retírate.

No fue una petición. No fue exactamente una orden en el sentido humano del término. Fue algo más parecido a la gravedad: una fuerza que simplemente era y frente a la cual la resistencia era una opción teórica sin viabilidad práctica.

Seraphine salió pisando más fuerte de lo necesario.

—¿Va a contárselo a los Ancianos? —pregunté.

—Es probable —dijo Viktor sin inmutarse—. Pero eso no es un problema.

—¿No? A mí me parece que sí. —Aunque algo me decía que no estaba enterada de nada.

—Tengo un plan. Y tengo siglos de experiencia en hacer que los planes funcionen.

El silencio que quedó tenía textura.

Viktor me buscó la mirada y sus ojos eran los grises de siempre.

Yo no dije nada durante un momento. Organicé las piezas que ya tenía. El patrón que ya era inevitable.

—Quince siglos —dije.

—Aproximadamente —confirmó, y no había orgullo en su voz, solo una aceptación tranquila.

—Eso explica los detalles del Imperio Romano.

—Primera fila —dijo, y por un instante sus ojos parecieron mirar algo que no estaba en la habitación—. No es lo mismo leer sobre algo.

Me senté en el borde de mi escritorio porque de pronto sentí que mantenerme de pie requería más esfuerzo de lo usual.

—Deberías habérmelo dicho.

—¿Y tú habrías firmado el contrato?

Pausa.

—Probablemente no.

—Por eso.

Lo miré durante un rato largo. Él me dejó mirarlo, lo cual era coherente con todo lo que sabía de él: la paciencia de alguien para quien el tiempo es un recurso diferente.

—¿Qué quieren los Ancianos?

—Apariencias. Estabilidad visible. Un matrimonio que comunique permanencia.

—¿Y Seraphine era la opción más viable?

—Era la opción más conveniente para ellos.

—¿Y para ti?

Sus ojos se movieron.

—Para mí —dijo— la opción más viable ya tiene una consultoría y un contrato con mi nombre.

 PARTE V: FACTURA POR SERVICIOS EXTENDIDOS

Pasé una noche entera sentada en mi apartamento con una taza de té que se enfrió sin que la tocara, pensando en todo lo que sabía y todo lo que no sabía y la proporción entre ambas columnas.

Viktor era un vampiro. Esta frase, en circunstancias normales, habría pertenecido a la categoría de cosas que no pasan en la vida real, pero resultaba que las circunstancias normales no eran el habitat natural de mi vida últimamente.

Era un vampiro que llevaba quince siglos y tenía la firma de inversión más discreta del mundo y no soportaba el sol y tenía criterios matrimoniales que ninguna humana convencional podía satisfacer de forma sostenible.

Y me había besado en mi propio despacho y había planificado con semanas de antelación para asegurarse de que estuviéramos solos.

Tomé el té frío de un trago y fui a buscar papel membretado.

Se lo entregué en nuestra sesión siguiente, que técnicamente era la de cierre del contrato, dado que yo no había cumplido el objetivo de encontrarle esposa en tiempo.

Viktor tomó el sobre y lo abrió con la misma calma con que hacía todo, y leyó el contenido sin cambiar de expresión, lo cual ya había aprendido a interpretar como que estaba procesando algo que le importaba.

—Es una factura —dijo.

—Por servicios de consultoría extendida. —Me crucé de brazos—. Doce candidatas. Dieciséis sesiones de trabajo. Tres meses de investigación de perfil. Y —hice una pausa— el trabajo de campo adicional de la sesión doce.

La comisura. Los dos milímetros.

—El trabajo de campo adicional —repitió.

—Fue profesionalmente informativo. Confirma que tus criterios son específicos y que solo una candidata en mi base de datos los cumple.

Levantó la vista del papel.

—¿Y cuál es esa candidata?

—Yo.

El silencio duró más que ninguno anterior. Y Viktor Sanguis, que según su propio testimonio no había tenido razón para reírse en siglos, se rio.

No fue una risa pequeña ni contenida. Fue real y ligeramente desconcertada, como si él mismo no hubiera esperado ese sonido salir de su propia boca, y fue el sonido más extraño y más bonito que había escuchado en toda mi carrera de consejera.

—Luna —dijo, cuando paró.

—Viktor.

—El contrato especifica que debes encontrarme una esposa. No ser tú misma la esposa.

—El contrato —dije— también especifica que el criterio de selección lo determino yo basándome en compatibilidad demostrada, y yo determino que la compatibilidad está demostrada.

Me miró.

—Eso es una interpretación muy liberal de los términos.

—Soy la experta. Es mi interpretación profesional.

—¿Y si los Ancianos no aceptan?

—Ya hablé con ellos —dijo Viktor con calma—. Les expliqué que tengo una candidata que cumple todos los criterios, y que mi plan incluye una transición controlada cuando ella esté lista. Aceptaron.

Parpadeé.

—¿Cuándo hiciste eso?

—Anoche. Mientras dormías.

—Los Ancianos —dije, recuperando el hilo— aceptarán porque tú eres quien les presentas a la candidata, y porque, según el párrafo tres de su requerimiento, lo que necesitan es permanencia visible. Y yo soy perfectamente capaz de ser permanentemente visible.

—Eres humana.

—Eso —dije— es un detalle negociable con el tiempo.

—Lo sé —dijo Viktor, y sus ojos se suavizaron de una manera que no había visto antes—. Y cuando decidas que ha llegado ese momento, estaré aquí para guiarte. Sin prisa. Con todo el tiempo que necesites.

La pausa que siguió fue diferente. No el silencio de alguien que procesa, sino el de alguien que ya procesó y está decidiendo cómo responder a algo que lo tomó por sorpresa de una manera que le resulta, contra toda expectativa, completamente bienvenida.

Se levantó. Rodeo el escritorio. Y se quedó de pie frente a mí con esa altura y esa paciencia y esos ojos que ahora yo sabía que podían volverse absolutamente negros.

—El contrato original —dijo— queda rescindido.

—De acuerdo.

—Necesitarás firmar un documento nuevo.

—Tengo papel membretado propio.

—Será un acuerdo prenupcial.

—Muy, muy detallado, espero.

—Quince siglos de bienes —dijo—. Requiere detalle.

Le extendí la mano.

Él la tomó, y su temperatura era la misma de siempre: fría, estable, el frío de algo que no tiene urgencia de calentarse porque el tiempo no es el mismo problema para él que para el resto.

Lo que tampoco era el mismo problema para él era la paciencia para construir algo que durara.

Eso, pensé mientras estrechaba su mano y la sostenía, era un criterio de compatibilidad nada desdeñable.

EPÍLOGO: ENLACES ETERNOS

Tres semanas después, el letrero de «Luna García — Consultoría de Parejas» fue reemplazado.

El nuevo era más pequeño, en letras doradas sobre fondo negro:

ENLACES ETERNOS — Consultoría especializada para clientes de nicho.

Mi primer cliente en Enlaces Eternos fue, cómo no, el mismo que había sido el último de mi antigua consultoría. Viktor firmó el contrato prenupcial un jueves a medianoche —porque él prefería los jueves a medianoche, y yo ya había aprendido a negociar los horarios con la misma flexibilidad que cualquier otro criterio de convivencia—.

Pero antes de llegar a eso, tuvimos que resolver el asunto de los Ancianos. Su objeción inicial fue, predeciblemente, mi naturaleza humana. Viktor la manejó con su eficiencia habitual: primero con paciencia, luego con argumentos, y cuando ninguna de esas dos cosas funcionó, con ese tono que hacía que las opciones teóricas se volvieran impracticables. Después me contó los detalles.

—Les recordé que una humana con tu capacidad de negociación era un activo más valioso que una novia de manual —me explicó, con una ligera elevación de ceja—. Y les presenté la factura de tus servicios extendidos. El detalle de las cláusulas los convenció de que no querían tenerte como enemiga.

En cuanto a Seraphine, Viktor me aseguró que encontró otro clan. Dijo que fue una «reubicación voluntaria». Yo decidí no preguntar los detalles.

El acuerdo prenupcial terminó teniendo cuarenta y nueve cláusulas. Las cuarenta y siete primeras eran suyas: quince siglos de bienes requieren mucha precisión legal. La número cuarenta y ocho la añadí yo, y especificaba que las sesiones de «consultoría de criterios» podían ocurrir fuera del horario de oficina, en el sofá del despacho o en cualquier otra superficie que ambas partes encontraran adecuada. Viktor firmó sin objetar.

La número cuarenta y nueve la añadió él, después, casi como una posdata. Especificaba que, cuando yo estuviera lista, se iniciaría el proceso de transición. En el margen, con su letra pequeña y meticulosa, había escrito: «Sin prisa. Con todo el tiempo que necesites.»

Cuando terminó de firmar, levantó la vista y me miró con esa expresión que yo, después de cuatro meses, ya sabía leer sin esfuerzo. No era evaluación. No era cálculo. Era la atención absoluta de alguien que ha decidido que lo que tiene frente a él merece todos los siglos que le quedan.

—¿Tienes otros clientes potenciales? —preguntó.

—Eventualmente. —Doblé el contrato—. Para eso existe la consultoría.

—¿Y si alguno resulta ser tan complicado como yo?

Lo guardé en el cajón y le sostuve la mirada.

—Para complicados —dije— tengo tarifas especiales.

Los dos milímetros de sonrisa se convirtieron en algo más. No dramático. No el tipo de sonrisa que se queda en la memoria por su tamaño, sino por lo que comunica: que alguien que llevaba siglos encontrando el mundo predecible había encontrado algo que no lo era.

Y entonces, sin previo aviso, se inclinó.

No fue el beso de la oficina, aquel que había sido una declaración. Este fue diferente. Más lento. Más deliberado. Su mano encontró mi nuca con una suavidad que desmentía la frialdad de sus dedos, y me atrajo hacia él como si el gesto fuera tan antiguo como él, como si hubiera estado ensayándolo durante siglos sin saberlo.

—Viktor —dije contra su boca.

—Luna —respondió, y mi nombre en su voz sonó a promesa, no a presentación.

Su boca era fría, pero no me importó. Ya no me importaba nada que no fuera el peso de su mano en mi nuca, la forma en que su pulgar trazaba círculos en mi piel como si estuviera memorizando cada centímetro. El sofá de la sala de espera estaba a tres pasos, pero ninguno de los dos se movió hacia él. No hacía falta. El beso era suficiente, llenaba el espacio vacío entre lo que habíamos sido y lo que estábamos a punto de ser.

Cuando separó los labios, apoyó la frente contra la mía y cerró los ojos. Era la primera vez que lo veía cerrar los ojos. Siempre estaban abiertos, evaluando, midiendo, esperando. Pero ahora estaban cerrados, y eso, más que cualquier otra cosa, me dijo todo lo que necesitaba saber.

—He esperado mucho tiempo para encontrar a alguien que no retrocediera —dijo en voz baja, sin abrir los ojos—. Tanto que había dejado de creer que existiera.

—¿Y ahora? —pregunté, con la voz más ronca de lo que pretendía.

Abrió los ojos. Los grises habituales, pero con un brillo que no había visto antes. No era oscuridad. Era luz, del tipo que solo se enciende cuando alguien ha dejado de buscar y ha encontrado.

—Ahora —dijo, y su sonrisa llegó más lejos que los dos milímetros habituales— tengo que aprender a compartir mis cosas.

—¿Compartir?

—El tiempo. El espacio. La nevera, aunque solo la uses para guardar cosas que yo no como. —Su pulgar seguía trazando círculos en mi nuca—. Todo eso es nuevo para mí.

—¿Y te asusta?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Pero no quise retirarla. Porque en su respuesta estaba todo lo que necesitaba oír.

—Me aterra —dijo, y no había orgullo en ello, solo una honestidad tan desnuda que me dolió—. Pero también es lo mejor que me ha pasado en quince siglos.

No supe qué responder. Así que lo besé de nuevo, y esta vez el beso no fue una declaración ni una promesa. Fue una respuesta. La única que tenía.

Cuando finalmente nos separamos, su mano seguía en mi nuca, y la mía estaba en su pecho, sintiendo ese latido lento que ya no me sorprendía, sino que me parecía el ritmo más natural del mundo.

—Apaga la luz —dijo en voz baja.

—¿Estás seguro de que quieres quedarte en la oscuridad conmigo?

Sonrió. Se le achicaron un poquito sus ojos.

¿Eso era picardía?

—Luna —dijo—, llevo más de mil años esperando que alguien me hiciera esa pregunta. Y nadie la había hecho hasta que llegaste tú.

Apagué la luz.

Afuera era de noche, lo cual ya no era una observación, sino simplemente el ritmo al que funcionaba mi vida.

Me pareció bien. Me pareció mejor que bien.

FIN

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